Tengo un don. No hay mujer en el mundo capaz de resistírseme. Es cierto, no miento ni exagero, he logrado follarme a todas las mujeres con las que me lo he propuesto. No se trata de un poder mágico o mental...
Sentados en corro, empezamos a hablar y a beber bromeando sobre nuestro futuro. Alguien sacó “maría” y empezó a liar unos canutos. El ambiente fue aumentando de temperatura, real y mentalmente, y entre risas fuimos despojándonos de la ropa hasta quedar totalmente desnudos.
Con su mete y saca doloroso comencé a mojarme, estaba tan llena, me sentía putísima, tenía al fin lo que quería. Me estaba cogiendo aunque al inicio no lo quiso hacer; ahora lo estaba recibiendo en mi concha, mi concha lo estaba apretando, le estaba dando placer.
Me gusto su físico desde el primer momento: algo más alto que yo, hombros anchos, torso fornido sin exageraciones de masa muscular, ojos claros y pelo largo castaño recogido en una coleta. No sé porque, los hombres con coleta me han excitado siempre mucho.
Ha sido uno de los hombres con más aguante que he conocido, era capaz de llevarte al orgasmo varias veces seguidas sin correrse y cuando lo hacía tenía las eyaculaciones más abundantes que he visto.
aquel piso se convirtió en nuestro sitio de reunión habitual y fue el detonante para que se iniciara una temporada de tórridas fiestas con poca luz, mucho alcohol, algunos porros y todo el sexo que podíamos; y que dejaban tras de sí un rastro de vasos sucios, ceniceros llenos, condones usados y olor a semen.
No es relato x, es parte de la vida y vivencias de un chico que no sabe cual es su orientación sexual y cómo llegó a ser lo que es por lo que a veces incansables y repetidas normas se les aplica a los chavales jóvenes.
La primera vivencia de relación entre sexo y automóvil me sucedió una noche de fin de semana a la salida de un cine, al que habíamos ido un grupo de amigos y conocidos.