Como si fuesen pocos los dolores de cabeza que Rubí me ocasionaba, me trajo a su prima de diez años para que aprenda y disfrute conmigo, como antes lo había hecho ella.
Rubí, a sus 15 años, decidió acostarse con su novio, pero antes quiso que fuese yo el primero como su tío maduro. Me negué, pero la ayudé a que se desflore sola, con su vibrador.
Opté por deslizar mi boca por las caras internas de sus muslos y ella abrió aún más las piernas. Cuando llegué con mi boca a su vulva su respiración estaba totalmente entrecortada. Esto me lo enseñó mi papá, me dijo en voz baja.
“¡No! ¡Ahora!” gritó Rubí riendo por lo que le pedí por favor que no gritara. “¡Ahora!”, insistió luego siguiendo con su risita a la vez que comenzaba a dirigirme su mano peligrosamente.
Aceptó las caricias más audaces durante el viaje en subterráneo pero con total indiferencia y sin inmutarse. Después nos dimos satisfacción, vestidos, en la escalera de su casa.