Una vez en el sótano, terminé de colocar todos los látigos en el armario y saqué brillo a las sillas y aparatos de tormento. Valeria, me asestaba cada dos por tres un latigazo en la espalda. Y a veces en las nalgas o los muslos.
Las dos administradoras unieron los grilletes de mis muñecas a la espalda y me condujeron hasta el lado opuesto en donde aparecería Lea. Yo colaboré respirando agitadamente y manteniendo mi cuerpo ligeramente doblado.
Una vez en el exterior respiré profundamente y me sentí libre. Me dirigí al coche y me trasladé a casa con la sana intención de no volver a visitar aquellos parajes.
Bajé la mirada y me dirigí de nuevo a la habitación. Cogí las cadenillas y entré con paso algo vacilante. Me aproximé a él y le entregué aquel diabólico juguete.
Fue ella, quien seleccionó el espino y lo fué depositando sobre mis brazos, que de vez en cuando, me los rozaba por los pechos a fín de que sintiera sus mordientes y lacerantes efectos.
De haber durado la inmersión 10 segundos más, me hubiera ahogado. Cuando mi cabeza salió a la superficie, comencé a soltar toses y aspirar aire entrecortadamente.