Con la llegada de nuestros vecinos, mi vida cambió totalmente. Ella, aprovechando la ausencia de mi madre por unos días, se ocupó de enseñarme a ser un hombre.
María dejó de ser esa chiquilla con la que en ocasiones conversaba durante mis veranos en el campo y se convirtió en una deliciosa adolescente de 17 años que llegó a trabajar de "nana" a mi casa.