A unos metros de la casa, un hombre cortaba leña. Su físico era impresionante. No podía creerlo, ese hombre tan recio y varonil, no era más que aquel niño con el que solía jugar a escondidas de mi padre.
Había sido una tontería, una estúpida apuesta de sábado por la noche, de las que se hacen cuando se lleva encima alguna copa de más. Me jugué con mis amigas Tona y Marta que si que era capaz de acostarme con un tío de los anuncios de relax, con un profesional del sexo, ellas me pagaban el polvo y, si no lo hacía, debía invitarlas a cenar a un restaurante de la ciudad (mínimo 60 euros por cabeza).
Una encantadora religiosa, un avezado hechicero negro, un enorme mastín, la conjura, el sortilegio, la lascivia, son algunos elementos que se entrelazan en esta historia, en un intento por desentrañar una sexualidad reprimida.