La brisa golpeaba en Coyoacán, un barrio de la ciudad de México; a lo lejos, el sol comenzaba a ocultarse dejando ver unas nubes amenazadoras, negras, cargadas de agua y con fuertes intenciones de dejar caer litros y litros de ese líquido. El viento trasformándose en un ventarrón mas fuerte, comenzó a azotar los techos de las casa que con gran esfuerzo consiguen salir airosas a tan fuerte agresión.
No puedo dormir más, no puedo volver a pegar los ojos sin sentir el pequeño impulso de sentir tu rostro cerca al mío, y si bien no esta, el solo hecho de pensar que una vez estuvo ahí lo hace inmortal.
El sentido del oído comienza a funcionar, oyendo como te quejas en un acto de placer enrarecido. Caricias nuevas que no has sentido, y que descubres entre mi dedo y tu piel interior. Así te vas descubriendo, dándote y dándome nuevas formas de sentir.