Se pinta los labios, y se los lame. Se sujeta y aprieta los pezones. Y dice, que mi cuerpo es suyo. Se dice a si misma, mi cuerpo es su cuerpo. Toma, una de mis camisas, se la viste, se la abotona. Esta calenturienta y sus pezones se le endurecen, más y más a cada instante.
Su cuerpo ondulado, se arquea y serpentea. Su deseo le culebrea y se le retuerce, por dentro y por fuera. Y si, la dejo volverse me sonreirá y luego, me dejara ver todos los matices del gusto, del placer y del goce que le ascienden, se le enroscan y le suben y bajan, por toda su piel y por el interior de sus entrañas, por su corazón y por su mente “de mujer enamorada y satisfecha, comprendida y cómplice”. Sus pechos, y su vientre gozan. Sus brazos y piernas, sus manos y sus pies de delectan apretándose conmigo y acariciándome.
Yo con la toalla enrrollada me coloce encima de su preciosa polla y empeze a menearsela a la vez que me la metía entera en la boca y la lamia como si de un caramelo se tratase.
Llevaba una vida un tanto anodina hasta que el cuarto marido de mamá decidió hacerme hembra de provecho. Cuanto debo agradecerle a él y a mamá que colaboró.