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Relato: La condesita (05: Dar y recibir)


 


Relato: La condesita (05: Dar y recibir)

  

La condesita 5.


Dar y recibir placer.


Luego de dos o tres días de sin par agitación el señor conde,
mi hermano, los segundones de mi familia, el capitán mi tío y 120 hombres de
armas, don Guido entre ellos, partieron de nuestras tierras con rumbo noroeste.
Al frente de 35 hombres quedaron en el castillo don Ludovico y mi primo
Godofredo, nombrado "lugarteniente" por mi hermano, a más de los dos Enriques,
demasiado jóvenes para ir a la guerra. Ellos defenderían nuestras tierras en
caso de un improbable ataque de las tropas imperiales.


Esos días apenas si dormimos y no hubo tiempo de nada, pero
cuando la paz se hizo, luego de la marcha de los soldados, banderas al viento,
pífanos tocando y todo aquello, tuve tiempo de un aparte con Godofredo y le
dije: "esta noche te espero en mis aposentos. A ti sólo".


Esa noche despaché pronto a María, mi mucama, y esperé
desnuda bajo las sábanas la llegad del joven lugarteniente, que no tardó en
presentarse, bello como un dios. Venía cubierto con una capa bajo la cual
adiviné su viril desnudez. Se despojó de ella al tiempo que yo me incorporaba y
me tomó en sus brazos con igual ansia que la primera vez. Esperándolo, yo había
estado tocándome, de modo que estaba lista para recibirlo dentro de mí, y el lo
notó aunque, como yo, también llegó listo, con la verga enhiesta, lista para
horadarme.


Mientras me besaba fue empujándome hasta derribarme en la
cama y, sin previo aviso, me ensartó, no como la vez anterior sino con fuerza. Y
no es que yo fuera menos estrecha, sino que no tenía nada de miedo y lo ansiaba,
porque lo engullí como si tuviera la sabiduría y la solvencia de Eugenia.


Subía y bajaba con energía, pero pronto empezó a seguir el
ritmo que, con mis manos en sus duras nalgas, yo le imprimía, hasta que mi
estallido y mi llanto llegaron, con la sensación que dicen tener los santos
cuando ven a Dios nuestro señor, dicho sea con perdón.


Descansamos juntos, acariciándonos con suavidad, hasta que él
volvió a templarse. Yo quería repetir la dosis, pero él me dijo:


-Antes de que seas de otro, y ya que me has regalado tu
virginidad, voy a gozar de tu otra virginidad.


Yo no sabía de qué hablaba, pero lo dejé hacer. Me volteó
sobre mi eje, levantó mis caderas y me acarició el ano. Pronto sentí un dedo,
húmedo y frío como un gusano, entrar por esa cavidad prohibida por la Biblia.
Quise protestar pero su otra mano, jugando con mi clítoris, y la sensación del
pecado me lo impidieron. Luego fueron dos dedos y su saliva, abundante, entrando
dentro de mí. Finalmente entró su miembro. La verdad es que yo gozaba por el
otro frente, pero el saberlo gozando, hollando, me daba placer también a mi,
hasta que descargó sus calientes fluidos en mi intestino. Por esa noche fue
todo: adujo el cansancio y el ajetreo de los días precedentes para retirarse.
Pronto dormí también yo.


En un capítulo anterior dije que en los seis primeros meses
de mi vida sexual lo aprendí casi todo. Debí haber dicho que bastaron tres
semanas: la salida de los guerreros había dejado un número excesivo de mujeres
para Ludovico y Godofredo o, mejor, para Ludovico, que tenía a doña Ana y a
todas las criadas para él, porque a Godofredo lo acaparamos Eugenia y yo. Y es
que luego de aquella noche, durante dos semanas, salvo los domingos, nos la
montamos en la habitación de Eugenia. Ahí aprendí a cabalgar a un varón, a
dominarlo con la lengua, a controlar y hacer más lentos sus espasmos y, una
noche, a hacerlo con una mujer.


Eso pasó el primer sábado, cuando Godofredo estaba exhausto.
Me había gozado por mis dos orificios y el cansancio acumulado se hizo presente.
Eugenia no había recibido lo suyo y me lo pidió, con el tono que ya usaba
conmigo para entonces y que yo no me había parado a analizar o, mejor dicho, a
poner en tela de juicio:


Isabella, ¿recuerdas el primer día? –Y como yo asintiera,
prosiguió-. Pues inténtalo ahora.


Me jaló del pelo haciéndome daño, y puso mi cabeza entre sus
piernas. Yo traté de poner en práctica la forma en que su lengua había jugado
con mi clítoris y sus labios, y ella, con la mano, me fue indicando cómo, donde
y a qué ritmo lo quería. Objetivamente yo no sentía placer alguno, pero sentir
sus estremecimientos bajo mi lengua me fueron excitando, despertando mi propio
placer. Descubrí entonces que dar placer puede ser tan gozoso como recibirlo,
tanto así que cuando Eugenia acabó, yo ataqué a Godofredo: había visto ya más de
una vez cómo Eugenia se lo chupaba para tener cierta idea de cómo hacerlo, y
aunque sabía a mi misma y a sus salados jugos. Me costó trabajo, pero logré
parársela, lástima que entonces Eugenia me obligara a hacerme a un lado para
gozar ella la erección que tan trabajosamente conseguí.


Bueno, pues pasadas esas dos semanas quise experimentar algo
nuevo. Ya no más ser la aprendiza, la que obedecía, sino mandar, y pensé en los
dos Enriques, mi hermano, dos años mayor que yo, y mi primo, que le llevaba uno.


Enrique mi hermano era una réplica de sus mayores: a su edad
era alto ya, y membrudo. Un tupido bozo haría creer a cualquiera, de lejos, que
ya gastaba bigote, aunque aún no le sombreaba la barba. Enrique, mi primo, era
una réplica en miniatura de su hermano Godofredo, aunque más delicado, casi
femenino.


Como había hecho antes, hice mediciones y observaciones de
los pasillos externos y los pasadizos oscuros del castillo. Tres días tardé en
conseguir una buena posición de espionaje en el cuarto de mi primo Enrique. Tres
días, porque seguía haciéndolo cotidianamente con Eugenia y Godofredo.
Finalmente una noche de domingo logré colocarme en posición, todavía pensando en
la manera de hacerlo mía, de hacerlos míos sin caer bajo su férula o sus
chantajes, cuando lo vi entrar, sudoroso aún de su clase de esgrima que, luego
de la partida de don Guido con los soldados, les daba Godofredo a los dos
Enriques.


Lo que siguió me asombró sobre manera: mi primo se desnudó y
empezó a acariciarse su pequeño miembro, que creció hasta alcanzar un tamaño que
su estado de reposo no permitía prever y, a continuación, ¡empezó a vestirse con
galas femeninas que fue sacando de su armario!


Una vez así engalanado, con una peluca negra que parecía
natural, los labios pintados de carmín, la cara maquillada y los falsos senos,
parecía una grácil doncella. Por alguna ignota razón sus maniobras me habían
excitado y bajo mis consabidas bragas y la vaporosa bata, empecé a tocarme.


En eso estaba, cuando se abrió la puerta de la habitación de
mi primo y apareció mi hermano Enrique, alto, rubio y apuesto. Cerró tras de sí
la puerta, echó la tranca y saludó a su primo diciéndole algo así como "adorada
mía". Inmediatamente, la dama y el caballero se unieron en un apasionado beso.


Ya no tenía que inventar nada: con lo que estaba viendo
bastaba para chantajearlos. Pensé entrar de inmediato pero me lo pensé mejor y
decidí ver primero, ver bien.


Luego del beso, mi hermano obligó al otro Enrique a
recostarse sobre una cajonera aledaña a la cama, levantó el vaporoso vestido por
encima de su cabeza, le bajó las femeninas bragas y lo enculó sin más ni más..
Los dos disfrutaban el momento y se veía que ya tenían una larga experiencia.
Entendí también por qué no se habían unido al folladero colectivo que en ese
castillo había. Pensé incluso que se amaban y estuve a punto de desistir, pero
estaba sumamente excitada y pensé también que quizá no habían tenido mujer a su
disposición, que quizá sólo se les había ocurrido con las sirvientas y no
querían rebajarse a eso.


Me aparecí ante ellos en el momento en que Enrique mi hermano
arreciaba sus arremetidas y empezaba a gritar "toma, perra, toma, toma" y cosas
así. No notaron mi presencia hasta que a medio cuarto les dije con la voz más
acariciadora que pude poner:


-Niños, ¿no me invitan?


Tan pronto voltearon, bastante asustados, dejé que mi bata se
deslizara hasta el suelo, permaneciendo ante ellos desnuda, sólo cubierta por
mis bragas y mis sandalias.



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