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Relato: La condesa (02: Aprendiendo)


 


Relato: La condesa (02: Aprendiendo)

  

La condesita Isabella,


2. Aprendiendo.


 


Continúa la traducción del manuscrito encontrado en los
Archivos de Sevilla:


Cuando me retiré a mis aposentos, acompañada de mi doncella,
seguía bajo la influencia de lo que había visto. Una mezcla de malestar y
emoción me embargaba. Unas sensaciones hasta entonces desconocidas.


Mi doncella se llamaba María. En realidad era una aldeana,
una criadita que tendría 15 o 16 años, morena, informe, de bastas manos y pies.
Apenas empezaba a desnudarme, como había hecho todos los días desde dos años
atrás, cuando entró a mi servicio, cuando le pregunté:

-María, ¿has estado alguna vez con un hombre?


Dejó de hacer lo que estaba haciendo y me preguntó a su vez:


-¿Por qué me lo pregunta la señorita?


Yo me di la vuelta y la vi de frente. Le dije que necesitaba
saberlo, que alguien tenía que decirme la verdad y no tenía nadie de confianza
que pudiera hacerlo, menos mi madre. Alguien que me dijera por qué pasaban esas
cosas y de qué iba exactamente.


Entonces me preguntó.


-¡De verdad quiere saberlo?, ¿y qué gano yo?, ¿cómo se que
nadie se enterará y me regresarán a la aldea?


-María: si te vuelves mi aliada y mi confidente, si me tienes
confianza y yo puedo tenértela, te tendré conmigo mientras me sea posible, y más
aún si logro eludir el convento.


-Pues bueno... sí, he estado con hombres, y no con uno. Casi
todas las jóvenes que servimos en esta casa, incluidas las dos doncellas de la
señora condesa, que son de familia noble, hemos sido poseídas por uno o varios
de los miembros de su familia, ya su señor tío, don Godofredo, sus hermanos, el
conde Francisco y los señoritos Luis y Carlos, e incluso el joven Godofredo.
Hasta ahora, sólo los señoritos Enriques, los dos, han estado fuera.


-¿Cu... cuando empezaste...?- le pregunté, sin terminar de,
creerlo.


-Cuando entré a servir, hace dos años. Era casi niña y
todavía doncella. Fue su hermano el condesito quien me inició, apenas en mi
segunda noche a su servicio. Luego señá Gabrielle, la cocinera, me consoló y me
explicó como eran las cosas aquí. Desde entonces, salvo los domingos y días de
guardar, casi todas las noches me visita alguno de los varones o, también, don
Guido, el maestro de armas; don Carlos, el administrador y don Ludovico, el
teniente de su tío don Godofredo.


-Claro –dije yo, pensativa: los hidalgos, con excepción del
anciano sacerdote...- ¿y cuantas de ustedes son usadas?


-Las dos doncellas de su madre, las de las señoritas Catalina
y Juana, yo, tres de las fregonas y una de las ayudantas de cocina. Somos nueve
para ocho, por lo que casi siempre nos toca todos lo días. Y a veces... aunque
eso no debería decirlo, hacen fiestas en los sótanos, sobre todo en ausencia de
la señora condesa.


-Y... ¿qué se siente?


-Pues, con perdón de usted, sus hermanos y su señor tío son
unos brutos, lo mismo que don Guido y don Carlos. Para mi es casi una
obligación, aunque el condesito y el señorito Luis son muy hermosos. Pero don
Ludovico me hace gozar... ¿sabe usted? mejor que cuando estoy yo sola... y
bueno, también el señorito Godofredo.


-¿Cómo que cuando estás sola?


-¿No lo sabe usted? –me preguntó extrañada-. Pues si quiere
le enseño, pero mañana: ahora me estarán esperando y extrañarán mi ausencia.


Esa noche no pude dormir. Extrañas sensaciones agitaban mi
espíritu, y una maraña de dudas me mantenían en vela. Al alba, como era de
rigor, llegó María y me vistió. Y a media mañana le dije a mi madre que quería
ir al huerto y que me llevaba a María. La llevé hasta el más alejado rincón, y
le dije:


-Ahora sí, enséñame.


María se quitó el ropón que la cubría y apareció como Dios la
echó al mundo... bueno, un poco más crecidita. Ahí noté que el ropón disimulaba
una generosa figura, unos pechos envidiables y unas rotundas nalgas. Yo no sabía
mucho, quizá, pero sí, gracias a los pocos cuadros que la familia conservaba, a
las miradas de los hombres y a mi instinto, qué gustaba a los hombres, y ahí
estaba: era eso, no la flaquita que era yo entonces.


María se echó sobre su ropón y me dijo:


-Mire usted, amita. Aquí tenemos una cosita que nos hace
sentir rico. Esta es la que hay que acariciar y tocar. Cuando usted lo haga,
solita se irá dando cuenta de cómo hay que hacerlo. Y luego –me dijo, diciendo y
haciendo-, los mismos dedos pueden entrar en el hueco que los hombres nos
buscan. Este tan apretadito al principio y tan amplio cuando tiene a un varón
ahí. cuando quiere tenerlo.


Mientras hablaba, yo la veía. se masajeaba con cuidado esa
pequeña protuberancia que tantas tonterías nos lleva a hacer, en la cual
reparaba por vez primera. Encogió las piernas y supe que la aldeana de la
víspera habría estado haciendo exactamente lo mismo luego de la rápida y
violenta cogida que le había puesto mi hermano.


Se acariciaba, se estiraba, se pellizcaba ese monte, y luego,
con la otra mano, mientras me lo estaba diciendo, empezó a explorar su entrada,
tras hacer a un lado los labios. Vi desaparecer el índice, luego apareció otra
vez y desapareció, ahora junto con el medio, y luego el anular... Yo no entendía
bien, todavía, de qué se trataba, donde se iban sus dedos, por donde entraban,
pero la veía retorcerse sobre el suelo y poner los ojos en blanco.


Entonces se oyeron voces varoniles: eran mis hermanos Luis y
Carlos. María apenas alcanzó a pedirme que me escondiera, y yo lo hice. Ella
seguía con los dedos dentro cuando aparecieron mis hermanos.


-Mira qué tal puta –dijo Carlos-. Parece que no le alcanza
con lo que le damos en las noches.


-Así parece –contestó Luis-. Habría que llamar a la
guarnición.


-Claro que no podemos permitir esto –replicó Carlos. Y se
sacó el grueso cinturón de cuero y aporreó un par de veces a mi doncella, que no
había dicho nada. Antes de dar el tercer golpe sacó su miembro viril del calzón
abullonado. Golpeó un par de veces más a María y sin desvestirse, se tiró sobre
ella y sin ceremonias de ninguna especie le introdujo el miembro en el lugar en
que antes habían estado los dedos de mi criadita.


Como Francisco la víspera, Carlos embistió violentamente y a
los tres o cuatro minutos gruñó, gimió y se quedó inmóvil sobre las receptivas y
prietas carnes de María. Mientras tanto, Luis se había desnudado por completo.
La belleza de Luis me distrajo un tanto de lo que a sus pis pasaba, así que no
vi bien que pasó cuando Carlos se levantó y enfundó su miembro. Y es que tampoco
sabía yo mucho de belleza viril, pero debo decir que mi joven hermano Luis era,
efectivamente, muy bello. Alto, membrudo, con una rojiza barba que le sombreaba
ya la cara y un vello delicado y rubio que cubría todo su cuerpo. Por segunda
vez veía una verga de cerca, erecta en todo su esplendor, y si la de Francisco
la había visto de lejos, la de Luis, ahora, casi podía tocarla.


Cuando Carlos se incorporó, María volvió a abrir las piernas
y miró a Luis, como invitándolo, pero este dijo:


-¿Crees, so puta, que voy a pasar por ahí, inmediatamente
después de mi hermano?- Y con su brazo derecho la volteó, poniéndola boca abajo.
Se hincó tras ella y escupió abundante saliva directamente a su ano, que estaba
bien visible y luego –parece que ese día no terminaría de aprender- con la misma
violencia que había visto en mis otros dos hermanos, empaló por ahí a mi mucama.


Mientras era violentamente enculada, María llevó sus dedos a
su sexo, y empezó a moverlos al ritmo de las embestidas de Luis, hasta que sus
suaves gemidos, casi inaudibles, hicieron concierto con los alaridos de su
"señorito". Luis sacó su miembro, casi fláccido, que goteaba una sustancia
blanca. Se limpió el miembro con el sayal de María y volvió a vestirse. María
seguía desnuda, despatarrada sobre su sayal, cuando los dos jóvenes hidalgos le
dieron la espalda marchando por donde llegaron. Todavía dijo Carlos:


-Lávate ahí, so perra, porque esta noche te aguarda el señor
conde, mi hermano.


Cuando calculé que estaban lejos salí de mi escondite. Estaba
enormemente excitada, pero también llena de dudas.


-¿Te lastimaron? -le pregunté.


-No, señorita. Al principio duele, pero ya me acostumbré y me
gusta. Aunque es mucho mejor cuando se hace con cariño, como su primo Godofredo.
La verdad, amita, es que ya no podría vivir sin esto.


-¿Y yo, María, qué hago? –le pregunté-. ¿Me voy a quedar así
hasta la noche?


-¿Qué siente usted?


-Ansias, picazón, vacío... no se, María. Nunca me había
sentido así. Debes ayudarme.


-Bien mi amita, pero sólo por esta vez, para que usted
aprenda y pueda hacerlo sola, porque si me pillan haciéndolo, me devuelven a la
aldea.


Hizo que, sin desvestirme, me acostara boca arriba, todavía
sobre su sayal, y que flexionara las piernas. Levantó mi vestido a la altura de
mis pechos, y me bajó las bragas. Con su mano derecha me acarició mi pequeña
protuberancia, dando vueltas sobre ella con sus dedos, y con los dedos de la
mano izquierda acariciaba los bordes de mi hendidura (ya sabía yo, acababa de
saberlo, que eso era una hendidura).


Lo que estaba sintiendo no es para contarlo: vosotros,
vosotras, si lo habéis sentido, sabréis de qué hablo, y si no, las palabras son
inútiles para contarlo. Mi primer orgasmo, pues.


Agitada y sudorosa volví al castillo, justo para comer.
Estábamos a la mesa, como de costumbre, los miembros de la familia, las dos
doncellas de mi madre, el administrador, el teniente, el cura y el maestro de
armas. Acababan de poner el asado al centro de la mesa y ya mis hermanos se
abalanzaban sobre él, cuchillo en mano, cuando mi tío don Godofredo dijo:


-Hay nuevas. Jóvenes, se acabó el reposo y tendréis por fin
ovcasión de probaros como dignos hombres de vuestra estirpe. Los ejércitos
españoles e imperiales avanzan sobre Francia y el rey nuestro señor, junto con
el duque de Guisa y el condestable de Montmorency preparan nuestras fuerzas.
Entre tanto, el joven hijo del condestable, el duque Francisco, corre a la
frontera a detener al enemigo. Una vez más la guerra empieza.


Mis hermanos y mis primos estallaron en gritos de júbilo,
mientras don Guido y don Ludovico intrercambiaban miradas sombrías: a mi, mera
observadora, me pareció que ellos sabían de qué iba la guerra y que a ellos, en
todo caso, no les tocaría mas que palo, hierro, sangre y hambre.


De cualquier manera, esa noche, en la soledad de mis
aposentos, puse en práctica lo que había aprendido y, durante dos semanas me fui
explorando poco a poco, conociéndome, dándome placer a mi misma como me había
enseñado María, mientras nos llegaban los apagados ecos del sitio de Terouanne y
don Godofredo y don Ludovico reclutaban y entrenaban a otro medio centenar de
hombres de armas.




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