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Relato: Una niña en el parador


 


Relato: Una niña en el parador

  

Una pequeña en el Parador 1ª parte.


La historia que voy a contar ocurrió hace dos años, cuando
por motivos de trabajo debí realizar un viaje a Galicia y mi socio me pidió si
podía llevar a la pequeña Teresa con sus abuelos y así se evitaría un viaje sola
en avión. Aqunque pueda parecer extraño, no lo era porque Toni y yo siempre
hemos sido más que socios y amigos, casi dos hermanos por lo que siempre he sido
como uno más de la familia.


Durante el viaje, cruzando Castilla, nos sorprendió una
impresionante tormenta que hacía peligroso continuar, por lo que finalmente
decidí parar y pasar la noche en un parador nacional. Lo único disponible era
una habitación doble así que nos dispusimos a pasar la noche Teresa y yo, sin
mayores problemas, por cuanto yo no veía en la pequeña más que una cria.


Una vez en la habitación las cosas transcurrieron con
normalidad, casi como si se tratara de una nieta y su abuelo, yo jamás en la
vida me había sentido atraído por las chicas muy jóvenes y tampoco lo estaba en
ese momento.


Ya acostados, cada uno en su cama y apagadas las luces, la
intensidad de la tormenta aún era más evidente, ya que los rayos iluminaban la
habitación y los truenos hacían que vibraran los objetos. Teresa estaba cada vez
más asustada y después de un rayo realmente impresionante que pareció más una
bomba que un trueno, la niña se levantó y encendió la luz de su mesilla de
noche, caminando inquieta hacia el baño.


-Teresa, que haces?, estás bien?


-Me quiero ir de aquí, por favor.


-Tranquilízate, no pasará nada, este parador tiene pararrayos
y aquí no puede pasarnos nada.


-Vámonos, no quiero quedarme aquí, por favor vámonos -gimió
desde la puerta del baño.


-Teresa, por favor, piénsalo un poco, imagínate tu en el
coche, en la carretera oscura, solos, con esta tormenta, no sería mucho peor?


-Sí, es verdad.- Contestó empezando a llorar aterrorizada.-
Pero entonces que hago, no puedo soportar esto.


Yo me levanté, vistiendo solo los calzoncillos y me acerqué a
ella, acariciándole el pelo para intentar que se relajara. Teresa era algo más
baja que yo, vestía un camisón de color rosa pálido muy fino que le llegaba algo
más debajo de sus bragas de color blanco que apenas se entreveían cuando
caminaba. Al verme a su lado, se abrazó a mi lateralmente, apretó su cabeza en
mi brazo y lloró unos momentos en silencio soltando la tensión que acumulaba, a
lo que ayudó que la tormenta parecía amainar tras el enorme trueno que tanto
había asustado a la cría. Pasados unos minutos noté que estaba más tranquila y
lentamente la separé de mi.


-Estás ya más tranquila Tere?


-Sí, gracias...- Intentando no separarse de mi.


-Perfecto.- Dije separándome de ella.


-Pero no quiero volver allí ni apagar más la luz.- Dijo
señalando su cama.


-Tenemos que dormir Tere, mañana aún nos quedan muchos
kilómetros y vale más estar descansados, ale! A la cama, y tranquila que no
ocurre nada, este parador esta muy bien protegido.- Le dije dándole una palmada
el trasero.


-Por favor.... no....no.... -haciendo pucheritos.


-No podemos quedarnos toda la noche aquí de pie Tere.- Le
dije pasando mi mano por su cabeza, relajándola, sin saber muy bien si tomármelo
a broma, si seguir un rato allí de pie hasta que se calmara o si ponerme serio y
enviarla a dormir.


-Puedo dormir aquí? -Dijo señalando mi cama.- estas camas son
enormes y no le molestaré, se lo juro.


-Prefieres dormir en esta cama?- Fingí no entender bien lo
que la niña pedía.- Si está más cerca de la ventana.... No te asustarás más
todavía tan cerca de la ventana?


-No!! Jejejeje -rió nerviosa- Digo aquí con usted, en casa
cuando había tormentas fuertes me iba al cuarto de mis padres, pero nunca hubo
una tormenta tan grande como esta.


-Vale, venga a dormir.- Dije contento de haber resuelto una
situación que ya empezaba a ponerme nervioso.


Una vez en la cama nos colocamos cada uno en un extremo y
tras apagar la luz y darle las buenas noches, le di la espalda dispuesto a
intentar dormir. Pero cuando todo parecía que acabaría sin mayores problemas, la
tormenta reinició su actividad con más fuerza. "Otra vez...-pensé yo- ojalá que
esté ya dormida".


Pero no estaba dormida, y poco después, ante el incremento de
los truenos, noté como la niña se acercaba a mí, poniendo su barriga y su pecho
en mi espalda y pasando un brazo sobre mi costado, dejándolo descansar en mi
pecho.


-Vuelves a estar asustada no?.


-Sí.


-No te preocupes princesa -intenté tranquilizarla usando la
misma palabra que tantas veces había oído a su padre decirle- no va a pasar
nada, la tormenta está alejándose y yo estoy aquí contigo.


Para reconfortarla un poco más, empecé a pasar mi mano
suavemente por su muñeca, preguntándole a ratos si estaba mejor, a lo que Teresa
me contestaba con un sonido gutural infantil diciéndome que si.


La situación parecía volver a estar controlada, la niña se
notaba más tranquila y yo dejé de tocarle la muñeca y el antebrazo confiando en
que se durmiera. Ella también dejó de hablar aunque no retiró su mano de mi
pecho, sino que siguió moviendo los dedos muy lentamente, como había hecho todo
el rato, medio enredándolos en mis pelos medio estirando de ellos, como si eso
la relajara.


Evidentemente al que no relajaba era a mí, pues noté como mi
sexo se hinchaba al máximo pese a mi incredulidad y pese a que me decía a mi
mismo "joder Julio! Es una cría, podría ser tu nieta y no tiene ni idea de que
poner su mano así en el pecho de un hombre no es como acariciar su osito de
peluche ni que apretarse así a la espalda de un hombre no es como apretar su
almohada", pese a todo, no podía evitar sentir sus pechos, apenas dos bultitos
del tamaño de un albaricoque, que se apretaban contra mi espalda; ni podía
evitar sentirme excitado por los tironcitos de sus dedos en el vello de mi
pecho.


Estaba claro que Teresa se encontraba mejor sintiendo la
proximidad de un hombre a su cuerpo, algo que le recordaba la seguridad de la
infancia, cuando nada malo puede pasarte porque los padres están allí para
protegerte. Una muestra más de ello es que la niña movió sus pies, bastante
fríos, buscando los míos y apretándolos contra ellos.


Unos minutos después, yo seguía igual o más excitado y ella
seguía con su juego, ignorante de las consecuencias que podía provocar en un
hombre adulto. Como ya he dicho nunca había sentido el más mínimo interés ni
atracción por muchachas menores de 17 o 18 años, pensaba que eran simplemente
niñas que no habían aún despertado su interés por el sexo.


Y Teresa era mucho más pequeña que todo eso, había cumplido
12 años hacia apenas 2 semanas, yo aún recordaba perfectamente los problemas a
la hora de elegir el regalo para ella el día de su cumpleaños, era la cría que
no hacía aún ni cinco veranos nadaba sin bikini sin problemas, me decía tío
Julio y a la que veía como si fuera un bebe.


Pero ahora era evidente que estaba allí apretándose contra mi
espalda y por primera vez me planteé a que edad las niñas sentían el primer
deseo sexual y si no sería que Teresa lo había sentido aquella noche, si no lo
estaba sintiendo en aquellos momentos, su mejilla apretada en mi cuello, sus
pechos aplastados contra mi espalda, sus piececitos metidos entre mis
pantorrillas y su mano jugueteando con el vello de mi pecho.


"Sólo hay una forma de saberlo, de saber si está sintiendo su
primer deseo sexual o si aún cree que un hombre y su oso de peluche son la misma
cosa, algo a lo que abrazar para sentirte más segura en las noches oscuras y
tormentosas", pensé. "Me daré la vuelta y si todo son imaginaciones mías la cría
debe apartarse, mientras que si lo que siente es esa primera curiosidad por ese
mundo misterioso de los mayores, igual se queda abrazada a mi, curiosa por esa
cosa grande y dura de la que ya habrá oído hablar".


Así lo hice, muy lentamente, para que ella fuera plenamente
consciente de lo que yo estaba haciendo y de cual iba a ser la situación, me fui
dando la vuelta. Al principio la niña no reaccionó, pero antes de que quedáramos
definitivamente cara a cara, Teresa se dio la vuelta rápidamente, dándome la
espalda.


Su movimiento me sacó de dudas y pensé que todo habían sido
imaginaciones mías, que al fin y al cabo la cría había estado abrazándome y
tocándome sin ser consciente de que yo no era su enorme peluche blanco, sino un
hombre que se podía excitar, probablemente ni siquiera sabía con claridad lo que
eso significaba y solo buscaba sentirse segura ante la tormenta que no amainaba
y la mantenía asustada.


Pero consciente o inconscientemente sus roces me habían
excitado y necesitaba unos minutos para calmarme y para que mi sexo recuperara
su tamaño normal antes de dormirme. No buscaba nada más, pero necesitaba volver
a sentir su cuerpecito junto al mío, aunque sabía que eso no iba a ayudar a que
me calmara, me veía completamente capaz de controlar mis actos y de parar en el
momento justo, sin dejar que las cosas pasaran a mayores.


Con esa idea de volver a sentir el calor de su cuerpo y de
poder tocar esas tetitas que había notado en mi espalda, me acerqué a ella
procurando en todo momento que mi bajo vientre se mantuviera alejado de sus
nalgas, pues no quería ni que descubriera como me encontraba ni que se asustará
ante el tamaño que alcanzaba mi pene.


Me acerqué a Teresa y aunque tenía espacio y cama para
alejarse de mi, la niña no lo hizo, sino que se quedó quieta e incluso se
acurrucó un poco al sentir mi pecho en su espalda; también movió sus pies y
volvió a buscar los míos para colocarlos entre ellos.


-Uy... que fríos tienes los pies.- Le dije.


-Sí.


-Estás ya más tranquila Tere?.


-Sí.


-Mientras yo esté contigo no tienes que temer nada princesa.


Mientras hablaba me apreté más a su espalda, aunque en ningún
momento acerqué mi sexo a la pequeña, por miedo a asustarla o a que se diera
cuenta de mi estado y rompiera aquel contacto que tanto me agradaba. Poco
después decidí pasar mi brazo bajo su cuerpo dispuesto al menos a rozar sus
pechos, esos pechos que apenas habían empezado a crecer y que había notado antes
contra mi espalda.


Apenas había pasado mi mano bajo su costado, cuando noté como
ella arqueaba ligeramente su cuerpo, facilitándome claramente el paso del resto
de mi brazo. Yo estaba en la gloria, seguramente Teresa no era consciente del
contenido sexual de todo lo que allí estaba pasando, pero era evidente que a la
niña le gustaba tanto como a mi aquel contacto entre nuestros pechos y espaldas,
sentir aquel calor que emanaba del cuerpo del otro.


Ahora era yo el que la abrazaba a ella, mi codo izquierdo
bajo su costado izquierdo, mi antebrazo apretado contra sus incipientes senos y
mi mano reposando acariciadora en su costado derecho. De esa forma la apreté más
contra mi, haciendo que el contacto fuera mucho más intenso y sin notar ni la
más leve muestra de rechazo o incomodidad por parte suya; estaba claro que
Teresa también se encontraba a gusto de aquella manera.


Sin apenas moverme por miedo a que se rompiera aquel contacto
maravilloso, deslicé mi mano ligeramente y la pasé lentamente sobre su pequeña
teta moviéndola hasta su cuello, esperando algún gesto de contrariedad o rechazo
por su parte, pero no se produjo ninguna reacción. Tras mover mis dedos unos
minutos en su cuello, volví a llevar mi mano hasta su pecho, pero ahora con la
intención de dejarla sobre su seno, que aún no era más que un abultamiento de su
pecho.


Al poner mi mano sobre aquella teta apenas desarrollada creí
no ser capaz de controlarme más. El pezón era apenas del tamaño de un grano de
maíz y parecía algo duro, aunque no podía asegurarlo debido a su pequeño tamaño
que lo hacía completamente diferente al de cualquiera de las mujeres a las que
había tocado a lo largo de mi vida. Y el pecho era como un pequeño montículo de
carne dura y suave que palpitaba bajo mi mano.


Aquello estaba llegando demasiado lejos y sentí miedo de no
ser capaz de controlar mis reacciones y acabar haciendo algo que podría acabar
en un desastre para la cría, para mis negocios, pues la ruptura con el padre de
la niña habría sido terrible después de toda una vida unidos e incluso para mí,
como persona.


Era el momento de retirarme, de hecho hasta ese punto no
había ocurrido absolutamente nada más que una niña asustada buscando la
seguridad que un adulto casi de la familia podía ofrecerle y este mismo adulto
intentando protegerla y calmarla para que se durmiera; que había tocado su
pecho, sin ninguna duda que sí y que eso no había pasado desapercibido para la
niña, pero seguro que cuando contara la terrible tormenta del parador a sus
padres, este detalle sería pasado por alto. Pero no podía seguir más adelante
porque sabía que estaba a punto de perder el control y las consecuencias podían
ser graves.


Así que pese a que lo que deseaba en ese momento era
continuar como estaba, me di la vuelta dispuesto a dormir y a guardar para
siempre un grato recuerdo de aquellos minutos abrazado a una chiquilla que
siempre había visto casi como mi nieta. Le di la espalda con gran pesar por mi
parte, por aquel punto y final a una noche que a buen seguro habría acabado de
otra forma si Teresa hubiera tenido sólo unos pocos años más.


Casi salté en la cama al notar como Teresa se daba la vuelta.
Por lo visto yo no era el único que estaba a gusto sintiendo nuestros cuerpos
tan cerca, y la niña había decidido prolongar aquellos momentos tan agradables.
Primero sus pies me buscaron y yo levanté la pierna para que ella los colocará
entre los míos, sus piernas se acoplaron a las mías, desde los pies a la
cintura, su vientre se apretó contra mis riñones, su boca dejaba escapar su
aliento sobre mi cuello y sus pechos se aplastaron contra mi espalda.


Ahora si notaba claramente que sus pezones estaban duros,
ahora si tenía algo con lo que compararlos, apenas veinte minutos antes había
notado sus pechos contra mi espalda igual que ahora y sus pezones no estaban
así, duros y puntiagudos clavándose en mi carne.


"Dios!" -pensé- "lo sepa o no lo sepa, está excitada,
seguramente ni ella misma es consciente de lo que le pasa, pero su cuerpo le
pide apretarse a mi y prolongar este contacto, aunque para ella seguro que aún
es solamente una búsqueda de protección y seguridad, sus pezones no dejan lugar
a dudas".


La nueva situación no era tan preocupante para mí, puesto que
yo estaba "dormido" y era ella la que se apretaba contra mí buscando esa
"seguridad" que la presencia de un adulto le proporcionaba ante la tormenta, que
pese a haber disminuido mucho aún no había acabado. Minutos después Teresa
volvió a pasar su mano sobre mi costado izquierdo y la puso nuevamente sobre mi
pecho; y poco después sus dedos volvían a moverse curiosos por mi pecho, con
movimientos apenas perceptibles, jugando ahora con algunos rizos de mi abundante
vello, estirando otros después o apenas rozándome con la yema de su dedo índice.


Estaba claro que Teresa estaba tan a gusto como yo, y poco
después quizás sorprendida al notar como mis pezones también estaban duros, dejó
de jugar con el vello y puso toda su atención en mis endurecidos pezones,
tocando primero uno y luego otro, como si los comparara, moviendo su mano muy
lentamente como si no quisiera despertarme, aunque yo estaba muy despierto.


Conforme pasaban los minutos cada vez me importaba menos si
la niña era consciente o no de lo que estaba haciendo, de lo que estaba pasando
y pese a que sabía que corría el riesgo de no poder controlarme definitivamente,
decidí volver a girarme, para quedar frente a frente, pues suponía que esta vez
ella no se giraría.


Pero me equivoqué, apenas Teresa vio que me daba la vuelta,
ella también se giró, dándome la espalda. No entendía nada!! Aquello parecía un
ballet en el que los dos nos movíamos al mismo tiempo, pero yo había esperado
que ella no se girase esta vez y me permitiera sentir sus pequeños senos en mi
propio pecho.


Apenas me hubo dado la espalda lo primero que hizo fue buscar
un hueco entre mis pies en el que colocar los suyos, lo cual interpreté como un
claro síntoma de que el contacto con mi cuerpo no le desagradaba y quería seguir
muy cerca. Yo cobijé sus pies y no paraba de acarícialos con los míos,
frotándolos, también pegué mi pecho a su espalda y tal como había hecho antes, y
al intentar pasar mi mano entre ella y la cama, la niña arqueó su cuerpo de
forma mucho más ostensible que la primera vez, facilitándome el paso del brazo.


Yo repetí mis movimientos de antes, puse mi mano sobre su
costado pero apenas me tomé mucho tiempo para disimular, unos segundos después
la movía hasta su pecho y lo tocaba claramente, pellízcándole y jugando con su
pezón mucho más duro e hinchado que antes.


Su respiración se había hecho mucho más pesada y ya no me
cabía ninguna duda de que estaba excitada, aunque también tenía la sensación de
que nunca se había sentido así y ni ella misma era quizás consciente del juego
al que estábamos jugando, aunque seguramente también la excitación y la
curiosidad le hacían desear descubrir nuevas cosas y no parar aquel juego en el
que sin ninguna palabra y al amparo de una tormenta de verano, los dos estábamos
descubriendo nuevas sensaciones.


Yo estaba tan excitado como no recordaba haberlo estado nunca
antes, ni siquiera en mis viajes a Río de Janeiro y junto a las mulatas más
explosivas de la ciudad, me había sentido de aquella manera, aquí se mezclaba
todo: el sexo, la infancia, el miedo, el peligro, la curiosidad, el deseo, lo
prohibido... y la combinación de todo hacía que mi pene estuviera a punto de
estallar, mojado e hinchado palpitaba deseando también sentir más cerca aquel
cuerpo caliente.


Había llegado el momento, no podía más y quería ver como
reaccionaba Teresa cuando notara que jugar con un hombre mayor no es lo mismo
que jugar con su oso de peluche, cuando notara lo que diferencia a los hombres
de las mujeres, aquello de lo que solo habría cuchicheado algunas palabras
avergonzadas con sus mejores amigas.


Con esa idea, y sin dejar de acariciar sus pechos, acerque mi
pubis a su trasero y le dejé que notara con claridad la enorme dureza de mi
sexo. Su respiración se cortó al notarlo y yo pensé "aquí se acaba todo, ahora
saltará hacía su cama consciente del peligroso juego al que estaba jugando";
pero tras unos segundos en los que no pasó nada, Teresa apartó su culo de mí,
pero ni siquiera quitó sus pies de entre los míos.


Estaba claro que se había asustado o quizás solo se había
sorprendido, pero también estaba claro que la niña no quería romper el contacto
conmigo, por lo que pese al rechazo que había mostrado hacia mi sexo, me
envalentoné y pasé mi otra mano sobre su costado para dejarla directamente sobre
su vientre, donde empecé a juguetear con su ombligo y a rozar ligeramente el
elástico superior de sus bragas.


No era la primera mujer a la que excitaba con mis manos y
sabía perfectamente como hacerlo, su camisón había ido subiendo lentamente con
el juego de mis dedos y mi mano tocaba ya directamente la carne caliente de su
bajo vientre. La respiración de Teresa se había ido convirtiendo lentamente en
un jadeo suave y sordo y varias veces había notado como de forma instintiva, la
chiquilla empujaba su pubis de frente, como queriendo aumentar la presión de mis
dedos sobre el mismo.


Varias veces había pasado mi dedo índice por el interior del
elástico de sus bragas, cada vez un poco más profundo y en ninguna de ellas
había notado la presencia de pelos; finalmente, y viendo como ella no solo no me
rechazaba sino que movía sus caderas levemente pero con una clara muestra de
deseo, introduje mi mano en sus bragas y llevé mis dedos hacia la turgencia de
su monte de venus; allí si había pelos, o mejor dicho, había una ligera capa de
vello, de pelusa, más parecida a la piel de un melocotón que a cualquiera de las
mujeres a las que había tocado hasta entonces.


Alargué un poco más la mano y mi dedo índice notó como se
abría ligeramente su cerrada ranura, deslizándose sin problemas unos milímetros
entre sus labios debido a la humedad que empapaba toda la zona.


"Santo cielo -pensé- está empapada, dios mío, ¿cómo puede
excitarse así una chiquilla?, jamás me lo hubiera imaginado".


-Oh... -Su gemido me sacó de mis pensamientos.


-No pasa nada princesa.


-No, por favor, ahí no. -Cerró sus piernas, atrapando allí mi
mano.


-No pasa nada, ya verás.


-Ahí no... ahí no.- Repetía casi sin voz ni fuerzas para
moverse.


Estaba claro que la niña estaba completamente confundida, en
su cabeza bullían consejos, tabúes y avisos sobre los hombres y su pequeña
rajita, pero yo notaba como pese a lo que decía su voz, su cuerpo deseaba sentir
mis dedos abriendo aquellos labios ligeramente inchados y rozando ligeramente su
apenas perceptible clítoris.


Pese a sus negativas repetidas, cada vez más débiles, yo
continúe frotando su monte de venus e introduciendo la yema de mi dedo índice
entre sus labios mayores para rozar su clítoris apenas mayor que un grano de
arroz. Poco después Teresa abrió de forma instintiva sus muslos y empezó a gemir
de manera más clara. Luego estiró su pierna al mismo tiempo que yo me acercaba
un poco más, por lo que mi pene que ya mojaba claramente la tela, quedó apretado
contra su muslo.


Sin dejar de masturbar a la niña, esperé su reacción al notar
mi sexo apretado en su muslo, pero al contrario que la primera vez que lo
sintió, no solo no se apartó, sino que me pareció sentir como apretaba algo más
su pierna contra mí.


-Que me está pasando tío Ramón?


-Nada princesa, nada, que te estas convirtiendo en una mujer
y te gustan cosas que antes no te gustaban....


Continuará


 



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Relato: Una niña en el parador
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