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Relato: Historias de Llafranch (03) - El Haren I
EL HAREN I
Nuri fue fabricada como clon. Equivocadamente fue rechazada
para el papel que tenía encomendado: guerrera y guarda jurado, así que, pensando
que crecería torcida y deforme fue enviada a una granja en el Gran Plá en la
Catalunya Central. Así se conocía el orfanato o lugar donde se adiestraba a los
chicos y chicas, futuros esclavos que pudieran ser útiles entre tanto
desperdicio humano. Los que no se pudieran aprovechar servirían de pienso. Así
eran las cosas en tierras dominadas.
En la granja creció y conoció a una niña de su edad que nació
sorda y muda y que todos conocían como Tata. Al menos ella atendía a ese nombre
al leer los labios del que lo pronunciaba. Nuri era morena y fuerte; Tata rubia
y delicada aunque no tenía complexión débil, mas bien lo contrario, era anchita
de cuerpo y tenía fortaleza. Por ello trabajaban juntas en una tarea fatigosa de
reciclar PVC. Los supervisores de la granja se apercibieron muy pronto del error
cometido con Nuri pero la clásica manera de hacer las cosas en la Administración
Pública consistente en mantenella y no enmendalla no modificó su status de
montar piezas estúpidamente. Con los años su superioridad era tan manifiesta que
los gansos de los capataces la trasladaron para que hiciera su trabajo a pesar
de su corta edad, adquiriendo cada vez mas responsabilidades para que aquellos
gandulearan todo el tiempo. Nuri protegía a su amiguita y se hacía respetar por
su capacidad y cualidades innatas, amén de su fiereza y mal genio. Al caer la
noche las nenas descansaban juntitas, desnuditas y abrazadas amorosamente - sin
malicia de momento -.
Hasta que una noche ocurrió: Nuri tenía su mano sobre el
regazo de Tata que a causa de un sueño comenzó a moverse rozando su sexito con
el dedo de su amiga. El movimiento continuó inconsciente y placenteramente hasta
que acabó de despertarse. Dándose cuenta de lo que pasaba tomó la mano de Nuri y
se la restregó acariciándose el coñito notándolo humedito y suave. Nuri se
despertó. Inmediatamente captó lo que ocurría y siguió jugando con su dedo en la
cosita mojadita de Tata, metiéndolo en el agujerito o rodando sobre una puntita
durita mientras jadeaba notando a su vez una excitación hasta ese momento
desconocida. Con su cuerpo casi encima por pura intuición puso sus labios sobre
el incipiente pezoncito de la rubita que soltaba un gemido a la vez que metía su
manita en la entrepierna de Nuri lo que aumentó el gusto que sentía
sobresaltándose de placer. Las dos chicas estaban a cien. Así estuvieron larga
rato entre roces y caricias. Se besaron en la boca y en los pechos y en el
vientre sin dejar de acariciarse largamente las parrusitas. Nuri fue la primera
en comenzar a temblar y sentir como el pecho le oprimía para, a continuación
sentir un extraño e incontrolable goce espasmódico que la dejó exhausta y vacía
por dentro. Tata se había quedado quieta mirándola sorprendida. Nuri la tumbó y
puso su boca sobre su figa abierta y jugosa en un acto del subconsciente
colectivo lamiendo de abajo arriba. Tata lanzó un hondo suspiro; pensaba
desfallecer hasta que suave y mansamente se corrió. Las chicas acababan de
descubrir lo que daban de sí sus púberes cuerpecitos.
Y así pasaron los mejores años de su vida, mientras se
magreaban y se relamían su coñito y se propinaban estocadas con la lengua en
ojete cada noche, floreciendo cómo dos orquídeas: una parecía un brillante
tallado con mil aristas otra una joya de oro pulido. Cuando la pubertad las
sorprendió fueron separadas del primer estadio de La Granja. Llegados a este
punto podían pasar al status de disponibles para la esclavitud para ser vendidas
por el Estado o tomadas a su servicio, o bien servir de distracción al populacho
en ejecuciones públicas, privadas o en comidas de ricachones, dependiendo del
estado físico en que se encontraran. Ambas superaron el examen pasando a un
pabellón sólo para chicas. Los vagos de los guardianes y capataces hicieron
continuar al Nuri en su anterior trabajo mientras que Tata pasaba a labores de
la tierra, pero no que no eran demasiado pesados para ella.
Así que la felicidad continúo hasta el día fatídico que la
sorda fue víctima de la lascivia de un capataz que hacía tiempo que le había
echado el ojo. Como Nuri protegía a su amiga de cama y de todo lo demás,
mientras estuvieron juntas no hubo nada que hacer, pero la morenita tenía que
separarse durante la jornada laboral de la zona donde se encontraba Tata, y el
sátiro aprovecho la ocasión. Con una excusa la llevó a un bosque cercano al
huerto, un lugar que ni pintado donde había un tronco de pino gigantesco tumbado
y seco. Allí quitó la ropa de Tata y totalmente desnuda le apoyó sobre el tronco
apartando sus muslos y piernas atándolas a unas estacas que había preparado
previamente. Estaba amarrada al pilón y lista para el suplicio. El guarda la
violó, primero por la vagina y después por vía anal. Tata lloraba sin cesar.
Después de aliviarse el muy cabrón, por si le acusaban se había preparado la
coartada de darle una buena zurra, y aunque le acusara se inventaría alguna
excusa, ya que no podía follarse uno a las futuras esclavas. Después le echaría
al muerto a algún esclavo y diría que la había castigado por ello. Así que con
el látigo reglamentario comenzó a fustigarle la espalda, nalgas y muslitos de
Tata de forma especialmente cruel cuando le daba a su sexo, golpeando en sentido
longitudinal y dejando marcados los nudos del látigo en el valle de los
placeres. Era un flagelo corto que dejaba una señal púrpura cada vez que
golpeaba en la blanca piel de la nena, que gemía y lloraba sin descanso. Cuando
pensó que era suficiente, Tata tenía el cuerpo de pena. La abandonó sin
soltarla, esperando que por un golpe de suerte se la merendaran las alimañas. De
esta forma no tendría que dar explicaciones.
la buscaron durante dos días. Nuri estaba destrozada. Buscaba
y buscaba día y noche, hasta que la casualidad quiso que uno de los guardas
persiguiendo a su perro la encontrara medio muerta. Fue llevada a la enfermería
donde los cuidados de Nuri, que obtuvo permiso para ello, hicieron el milagro,
quedando casi sin huellas aparentes. Tata estaba aterrorizada pero al final con
su lenguaje particular que sólo Nuri entendía le explicó lo sucedido. Nuri juró
venganza.
Para llevarla a cabo no tuvo que esperar demasiado. Una
jauría de lobos merodeaba por los alrededores poniendo en peligro las manadas de
ovejas. Los guardianes, Nuri entre ellos, fueron por parejas a su búsqueda. La
casualidad quiso unirla al verdugo de Tata.
A salir de vigilancia, Nuri, conociendo el carácter
libidinoso de su acompañante, trazó un plan: se insinuaría al cerdo para que
saliera de la ruta prevista con la promesa de dejarse sodomizar. El tipo cayó en
la trampa y sugirió un lugar en el bosque, exactamente el sitio ya conocido
donde había torturado a Tata. Un sexto sentido dijo a Nuri que allí había
sucedido todo y que allí tendría que hacerlo. Al llegar al lugar donde se había
consumado el sacrificio, y junto al árbol caído, Nuri tomó al guardián y lo tiró
al suelo con una llave, haciéndole creer que era una hembra apasionada. El
tipejo, sorprendido primero, excitado después al ver que Nuri se quitaba la
pechera y le pasaba las tetas por su cara – disimulando su asco – como tomando
la iniciativa, se dejó hacer. Vago hasta final.
Nuri, se echó atrás sobre sus rodillas, y le quitó los
calzones, dejando a la vista un pobre instrumento pero todo tieso. Comenzó a
pasarle la lengua por el frenillo, aguantando de nuevo la náusea y pensando que
era la puntita de Tata. Nuri nunca había tenido relaciones con tíos pero
obedeciendo a su intuición pasó los labios húmedos por las tetillas del capataz;
el fulano que tenía un concepto del erotismo de un saltamontes, se cansó y puso
a Nuri de rodillas. Después tomó su polla con la mano para introducirla en la
boca de la chica. Nuri lo hizo y empezó a felar el asqueroso miembro que se puso
erecto del todo. Cuando ella intuyó por la hinchazón de las venillas que el tío
iba a correrse, se preparó para el mordisco. Cuando ese momento en que el pijo
se para porque viene lo inevitable, Nuri dio el golpe, con tal violencia, que lo
partió como si fueran un flan. Quedó con la caperulla en la boca y llenándose la
cara de sangre y semen tal como si el tronco talado fuera una manguera. El
capataz gritando como un poseso fue rodando por los suelos desangrándose,
mientras Nuri se levantaba, después de limpiarse la boca lo amordazó al mismo
tronco en que había violado a su amiga. Lo ató panza arriba mientras más sangre
seguía mandando. Y le decía: cabrón, a ver si puedes conmigo en lugar de pobres
chicas. Después tomó una daga y lo abrió en canal desde el cuello hasta los
testículos. Separó los músculos del vientre y sacó sus intestinos e hígado al
aire con la esperanza de que los lobos y buitres acudieran al olor y se lo
trapiñaran. Después lo desató, y todavía vivo esperó a que muriera. Tardó cuatro
horas en hacerlo. Como no tenían que volver hasta el atardecer, corrió hacia su
ruta marcada sola por si salían a buscarlos. Nadie lo hizo, y a la hora prevista
volvió a la granja, donde pregunto por su acompañante, diciendo que se había
separado a primera hora porque quería ver unas trampas. Todos los hombres eran
cazadores, y el capataz desbudellado las tenía en un bosque cercano, en lugares
secretos para que no le chafaran los sitios adecuados. Teniendo en cuenta que la
zona estaba plagada de ellos sería como buscar una aguja en un pajar. Nuri nada
dijo a Tata de lo sucedido y esta no llego a descubrirlo. Al principio la cosa
pareció ir bien pero el cadáver al fin fue descubierto a los nueve días,
consumido por los buitres y otras alimañas, sin aparentes rastros de violencia.
En circunstancias normales el caso hubiera sido sobreseido y
Nuri nada debería de temer pero.. ay; en lugar de dar carpetazo al asunto sin
complicarse la vida como era el deber de todo funcionario, el jefe del
campo-granja tenía una afición secreta. Desde joven llevaba detrás como un
tesoro un viejo arcón adquirido en las colonias del Norte, lleno de libros
anteriores a la era digital, todos ellos de misterio, escritos por gente muy
rara con dos o más nombres: Erle Standley Gardner, Vazquez Montalbán, Philip
Marlowe... Su preferido era uno de cuatro: Sir Arthur Conan Doyle. Se lo sabía
casi de memoria. Amaba tanto a su protagonista que se consideraba a sí mismo
como un irregular de Baker Street. Así que se dirigió al lugar de autos
con su lupa y empezó a rastrear. No tardó en relacionar lo que observó con una
de las narraciones, Estudio en Escarlata. La tierra húmeda del bosque estaba
llena de huellas, con el tipo de suela de las sandalias reglamentarias de los
guardas, pero de dos tamaños. Como todos eran gigantones, ¿ quien podía calzar
un 38? ; pues la chica. Elemental querido Watson.
Nuri estaba tumbada durmiendo con Tata, dando oyó que
llamaban a la puerta preguntando por ella. Se puso el uniforme y acompañó a la
guardia sin sospechar que sabían todo lo sucedido. La llevaron en presencia del
jefe de la granja y la interrogaron, y cuando ella negó todo conocimiento del
asunto un vergazo tremendo en su espalda la dejó sin aliento. El bestia del jefe
de la guardia, un gigante que medía dos metros y pesaba ciento ochenta kilos la
tomó de los cabellos y la levantó en el aire conminándola a hablar. Nuri,
sabiéndose perdida espero a recuperar el aire en sus pulmones y con toda la
fuerza de que fue capaz arreó un rodillazo en los huevos del bruto. Un sonido
líquido, un grito, y dejar caer a la muchacha el suelo fue todo uno.
Inmediatamente los guardianes que quedaron se lanzaron sobre ella y, aunque uno
de ellos se quedó sin ojo, finalmente fue reducida y encadenada, tras lo cual le
arrancaron el peto y el resto de sus vestidos, dejándola desnuda tirada en
suelo, donde comenzaron a golpearla con toda la saña de que fueron capaces, con
los garrotes reglamentarios, hasta que cayeron al suelo agotados los tres
guardias que quedaban útiles.
El jefe del campo abrió un expediente dónde anotó todo lo
sucedido para remitirlo ante la Delegación del Gobierno, convocó al personal
liberto y esclavo a la sala de juntas; allí mostró a Nuri desnuda y encadenada.
Tata al ver a su amiga en ese estado rompió a llorar, cayendo en la cuenta la
muy estúpida de lo que había sucedido y sintiéndose culpable. El juez y jefe, un
tipo sádico, leyó los cargos dónde sentenciaba de muerte a la esclava, dejando
al del cojón reventado y al tuerto de elegir la forma de hacerlo. Éstos ya
habían trazado un plan: en un montículo próximo, no demasiado lejos del campo,
clavaron cuatro estacas gruesas de aproximadamente un metro de altura, usando a
Nuri como bestia de carga, desnuda y llena de cadenas. Transportaron al
montículo vigas y pilares y tablas de madera para hacer un sombrajo que hicieron
construir a la condenada a golpe de látigo. Cuando el tenderete estuvo listo
ataron a Nuri boca arriba por brazos y piernas a las astas ayudados por caballos
percherones, tensándola de tal norma que le dislocaron las muñecas y tobillos.
Tensa como una cuerda de arco. Y comenzó el sacrificio: cada atardecer subía al
montículo los guardas y todo el voluntario que deseara apuntarse a azotar a Nuri
hasta que les viniese en gana. Descansaban bajo el tejadillo y volvían a la
carga tantas veces como les apetecía. Cada noche era un suplicio pero el día era
aún peor, puesto que el sol secaba la carne viva y el dolor y el hedor iban
unidos. Al quinto día milagrosamente Nuri seguía viva, ya que Tata aprovechaba
el sueño de los verdugos para dar de beber y alimentar a su pareja, y pasarle un
bálsamo que había preparado una vieja arpía del campo (a cambio de gozar de sus
encantos, naturalmente), y terminar lamiendo las heridas de Nuri delicadamente y
también porqué no decirlo, lujuriosamente.
Al décimo día aparecieron los buitres que, tímidamente
primero y decididamente después, comenzaron a picotear a las partes blandas de
la pobre chica: el pecho, la barriguita, el monte de Venus. Menos mal que estaba
maciza como una roca, además de tensada por las cuerdas, lo que impidió que las
bestias traspasaran los músculos del vientre y comieran sus entrañas, lo que
habría significado el final de Nuri. La fortuna quiso que en ese momento
apareciera Mussa, buscando material. Al ver lo que pasaba dio varias palmas y
los buitres, valientes ellos, desaparecieron y se apostaron en un árbol cercano.
El cazatalentos se acercó y observó que Nuri tenía el plexo
solar y el vientre agujereados, y a punto de ser visibles los intestinos y otras
vísceras. Mussa tenía acciones en la granja, ya que se trataba de una empresa
mixta, y exigió al jefe que le informara del porqué una posible transacción
comercial era alimento de carroñeros. Musa tenía informes de la evolución del
personal femenino del campo, y muy buenas referencias de Nuri. Así que, todavía
viva, fue trasladada a la enfermería donde su médico personal, discípulo no
demasiado aventajado de Arius, en sus tiempos de cátedro en Montpeller intentó
salvar lo salvable.
A pesar de que el médico hizo un buen trabajo Nuri quedó con
unas cicatrices muy evidentes, huecos en sus carnes blandas y con manchas en su
tronco. Fue una suerte que los pajarracos no se comieran sus ojos y que su cara
fuera respetada mínimamente. Musa partió hacía su granja en el Empordá, y al
regreso Nuri estaba recuperada. Ella y Tata fueron empaquetadas hacia el centro
de distribución en el galeón de Mussa. Tenían diecinueve años.
Volvamos a Penyscola, con Flo continuando su inspección:
- Y tú como te llamas, dijo dirigiéndose a otra rubia muy
alta.
- Naa, respondió. Era muy grande, pechos voluminosos,
redondos y firmes; ojos azules enormes y boca voluptuosa. La mamará bien, pensó
Flo. El resto del cuerpo con piel muy lechosa con pecas rubias. Tenía el vello
del pubis recientemente afeitado, lo que permitía distinguir su sexo interno
rosado y jugoso. El culo redondo, con nalgas suaves y blandas aunque tieso y
firme. Era el compromiso perfecto entre proporción, carnes abundantes, y
ausencia de desplomes, cuelgues o grasas rugosas.
- Ven aquí, dijo Flo. Cuando llegó hasta él le hizo dar la
vuelta y agacharse. Ábrete los culos, le mandó. Naa con ambas manos en los
cachetes dejó a la vista un ojete limpio y sonrosado. Flo asintió con la cabeza,
comprobando que a pesar de la presión de las manos agarrando la piel de las
nalgas no tenía ni pizca de celulitis. Después la mandó retirarse junto a Nuri y
Tata.
Naá nació esclava en una quinta del interior. Como era
costumbre la apartaron de su madre y se crió con la canalla. Los chicos
torturaban a las niñas para ir haciendo boca desde la más tierna infancia,
dejando muy claro quién era quién. Todo el mundo estaba muy de acuerdo en eso,
por supuesto. Pronto empezó a dejar claro que no era como el resto de las nenas:
no dejaba que la azotaran, ya que era fuerte y astuta y consiguió de esta forma
que los chicotes la admitieran en su rol, y a la hora de martirizar a las niñas,
era la más perversa y refinada.
Los chicos se morían de ganas por cogerla y hacerle sufrir
todas las torturas que ella practicaba, pero le tenían miedo y eran demasiado
pequeños para denunciar su actitud. Aunque los niños de la esclavitud se criaban
salvajes hasta la edad de trabajar, este tipo de conducta feminista se
consideraba un mal ejemplo y se corregía inmediatamente con graves consecuencias
para la infractora, pero mucho peores para los imbéciles blandos que lo
consentían. Así que cuando Naá tenía diez años y aún no era una auténtica
adolescente era la jefa del grupo, más por miedo que por adhesión.
Ella intuía que mientras se divirtiera con niñas y no tocara
a los varones – con el látigo, claro - no habría problema. Aun así tuvo varios
intentos de motín, y en el último de ellos los tres chicos mayores la esperaron
agazapados, sorprendiéndola en un recodo del camino. A duras penas, lograron
sujetarla y arrastraba a un olivo, pero cuando intentaban desnudarla y
descuidaron la presa, se volvió lanzando uno al suelo y zafándose de los otros
dos. Presas del pánico al ver que agarraba dos piedras de considerable tamaño,
huyeron despavoridos y la dejaron en paz definitivamente. No la denunciaron por
miedo y vergüenza, aunque se la tenían jurada.
Los chicos de su edad fueron llevados a trabajar a los pocos
meses. En la quinta situada en un lugar llamado antiguamente Massalió, se
fabricaba aceite para el Estado. El gerente era un vago malversador que lo
vendía a precio inferior de mercado a particulares y amigos que lo transportaban
a las tierras sometidas. Como tenía mano de obra abundante, casi todos varones,
y muy pocas hembras, estas últimas eran llevadas a trabajar más tarde que los
chicos. Así que Naá se fue transformando redondeando sus caderas y muslitos,
creciéndole unos enormes pechos, sacando un hermoso culo, y poblándose de
pelitos las partes más apetecibles de su cuerpo.
Afortunadamente no salió a su madre, ya que no tuvo nunca la
regla. Es decir, siguió la norma general de esta parte del MC de ser estéril. El
cambio le vino precozmente a los once años, y aún quedaban al menos dos para que
fuera llevada a trabajar, así que continúo en el pabellón de las mujeres
aprendiendo de las más arpías y viciosas todo lo que había que hacer con sus
agujeritos. A su vez perdió todo aliciente el jugar con los muchachitos, ya que
los que quedaban eran muy críos para ella. Los de su edad habían sido
trasladados a los barracones de los hombres que vivían separados más de un
kilómetro.
Comenzó a frecuentar las compañías femeninas. Durante el día
haciendo gala de su fuerza, las perseguía hasta cazar a las que más le gustaban.
Las solía arrastrar hasta su lugar favorito: un olivo enorme en un hueco del
monte, cuyo tronco se recostaba inclinado hacia el suelo. Allí desnudaba a sus
víctimas: jóvenes adolescentes de incipientes pechos, pelitos escasos y culito
pito e inmaculado. Las, agarraba, ora inclinadas boca arriba sobre la base de
olivo, con las piernas separadas cuando quería castigar su chochito, o bien boca
abajo cuando el objetivo era el orificio anal. Primero les lamía con su lengua
hasta notar que zumaban, para a continuación darles un mordisco brutal hasta
traspasar los dientes las blandas carnes, y notar el sabor salado de la sangre
en su boca. Las pobres víctimas, amordazadas para no gritar, saludaban a mares y
se meaban o cagaban encima lo que excitaba todavía más a Naá. A veces les
introducía por el culito primero un dedo, luego dos, tres, hasta casi
reventarles el esfínter. Las chicas solían terminar atadas de los brazos a una
rama y azotadas con una fusta que Naá había robado a los guardianes, a cuyas
anchas espaldas y caían todas las culpas, todo ello sin que nadie rechistara.
Cualquier criatura que osara denunciarla sería probablemente azotada de nuevo
por embustera. Además, ya sabemos que era normal que las hembras fueran
torturadas desde su más tierna infancia. Por las noches, sus mismas víctimas del
día eran obligadas a compartir catre con Naá, que se las había arreglado para
tener un compartimento separado, mediante préstamo de sus encantos y habilidades
a la jefa de las esclavas. Las visitantes de Naá eran obligadas a lamerle los
pechos y axilas y darle mordiscos gradualmente más fuertes por todo su vientre,
costados y bultos púbicos. Después debían comerle el coño mientras introducían
el dedo en su ano. Cuando se corría se daba la vuelta y se hacía estacar lo más
hondo posible la lengua en el agujero negro, mientras masajeaban su clítoris. El
líquido vaginal de Naá manaba como una fuente, empapando sus muslos. Por fin, al
cabo de cinco o seis orgasmos se dormía plácidamente.
Así pasaron los meses hasta que cumplió trece años. Ese día
amaneció como cualquier otro; Naá se despertó excitada como de costumbre y con
ganas de guerra. Más que de costumbre, puesto que había tenido que compartir
lecho con la más bruja de las esclavas que tenía más de sesenta años, y que
tenía de contentar como pago por favores antiguos. Ella no había disfrutado en
absoluto con ese cuerpo arrugado y deforme, que, además, olía a ajo, pero la
guarra resoplaba como una marrana cada vez que se corría. De esa noche Naá sacó
en claro una cosa que le impresionó sobremanera: la vieja le contó acerca de la
existencia de determinadas mujeres que tenían la capacidad de hacer crecer un
pito; se llamaban hembras emergentes, y aunque ella no había visto a ninguna,
aseguraba su existencia. Naá hubiera dado un pecho por tener esa cualidad, pero
era algo que consideraba imposible puesto que se había tocado la figa
introduciéndose los cerdos hasta el cuello del útero sin que tal hecho
ocurriera. No sospechaba ella que tal circunstancia no coincidía necesariamente
con la pubertad. Así que, tras desayunar, a aliviarse. I y se dirigió a la caza
y captura de una muchacha a la que torturar. No tardó demasiado en llevarse a
una morenita culona al olivo, donde le ha amarró, desnudó y puso con el culo en
pompa. Comenzó lamiéndole el coño y al sentir la humedad introdujo sus dedos
para embadurnar su ano. Mientras lo hacían volvió a pensar lo que haría en ese
agujerito con un buen cipote. Se excitaba sobremanera y dudo entre soltar a la
nena y obligarla a comerle el coño, o a hacerse una paja mientras la propinaban
mordiscos en sus blandos y abundantes culos. Eligió lo segundo y comenzó a
acariciarse el clítoris mientras lamía el ojete redondo y negro. Introdujo un
dedo medio en la vagina hasta el fondo, tocando todos sus bordes varias veces.
Una opresión le subió desde su vientre hasta el pecho mientras un gusto
reconcentrado inundó un punto determinado de su cueva. Volvió a localizarlo y a
masajearlo… y de nuevo una oleada de placer la embargó y obligó a jadear, puesto
que quedó sin respiración mientras que el circulito mágico empezó a perder
sensibilidad simultáneamente a que el clítoris comienza a empalmarse como nunca
había visto antes, y crecer ante sus asombrados ojos de forma rápida y
progresiva. Cuanta más sensibilidad y goce perdía el interior de su coño, mayor
se hacía su cipote sin que por ello la opresión del deseo cesara. Los jaleos
asustaron a la morena amarrada al árbol, que ya había pasado antes por el trance
e imaginaba alguna barbaridad por lo insólito de lo que estaba ocurriendo,
puesto que lo normal era que el suplicio fuera matinal y el sexo nocturno. Naá
cayó en la cuenta que era una de las privilegiadas mujeres como las que le contó
la anciana. Tenía una verga que muchos chicos envidiarían. Cuando llevó su mano
sobre ella la notó sensible y dura, y el placer se hizo más intenso. Chota como
una burra se inclinó sobre el culo abierto y introdujo su polla mientras gritaba
la morena. Pensaba que era más fácil pero al encontrar resistencia y
desconocedora del poder de penetración prefirió embadurnar su verga con líquido
vagina. Al introducir los dedos volvió acariciar su punto sensible y, milagro,
todavía le creció más. Introdujo los dedos mojados en el esfínter de la morena
lubricándolo, y le estacó el aparato, metiéndolo de golpe hasta el mango. Gritó
de placer y empezó un mete-saca con jadeos acompasados, los de ella, y los de la
sodomizada, que también disfrutaba del castigo. Se corrió siete veces y la
amarrada dos. Cayó desfallecida, agotada y relajada, y se quedó dormida. Al
despertar procedió a lo acostumbrado. Ató a la morena en la rama y le propinó
cincuenta latigazos en las nalgas y en los pechos. La desató y amenazó con los
peores suplicios. Y se fue tan contenta.
Al poco tiempo, la llevaron a trabajar al campo. Al verla los
3 golfos a los que había ridiculizado urdieron un plan para vengarse. Al
atardecer, cuando volvía, sola por supuesto, le tendieron una emboscada. Se
apostaron junto a un ribazo. Ellos solos nunca hubieran podido hacerlo, pero se
conchabaron con tres gigantescos guardias. Cayeron sobre ella y la redujeron,
trasladándola a un rincón discreto. Allí mientras los grandotes la sujetaban con
las piernas abiertas, los vengadores le arrancaron las ropas y la sodomizaron y
se corrieron en su culo. Naá lloró de rabia más que dolor, puesto que aunque
virgen de coño y culo los calibres eran ridículos para sus orificios. Suerte que
dejaron intacta la figa ya que el himen era más estrecho. Naá conservó la calma
y pensó:
- si los guardias quieren parte del botín tendré una
oportunidad al cambiar de papel, porque estos cabrones son un los flojos, así
que voy a relajarme y dejar hacer para conservar las fuerzas. Si no es así estoy
perdida, porque seguro que llenarán mi vagina y mi ano con hojas de ortigas
taponándolas con un palo, y me rasparán los bajos con zarzas, como me veían
hacer a mí a las niñas. Y después me matarán por miedo de alguna forma horrible.
La ocasión llegó: mientras un guardia dejaba uno de los
brazos a un jovencito, y comenzó a quitarse los calzones, Naá se zafó del
jovenzuelo, y pegó un puntapié a los cojones del guardia que se había separado
y, rápida como una centella le metió los dedos en los ojos al otro. Los niñatos
como buenos cobardes quedaron paralizados mientras Naá, con la fuerza que da la
desesperación y el pánico, dio un cabezazo tremendo en la cara al tercer
guardia. Con los peligrosos fuera de combate, los miedicas fotieron el camp. Naá
terminó la faena pateando los huevos a los tres brutos a los que dejó hechos un
ovillo en el suelo y a patadas los tiró ribazo abajo. Volvió hacia su barracón
todavía de día dando un rodeo hasta el río, donde se desnudo y se dio un baño en
sus limpias aguas, quitándose el semen asqueroso que todavía se pegaba a su
cuerpo. Sintiéndose mejor y muy tranquila volvió al campo de mujeres ya de
noche, sabiendo que por la cuenta que les tenía los guardias se callarían como
muertos al haber sido derrotados por una mujer.
Y en efecto así fue, los guardias para justificarse acusaron
del ataque a los tres esclavos cobardes, que murieron empalados para escarmiento
y conservación de la disciplina.
Al llegar al campo, a Naá la estaban esperando. Fue conducida
al despacho del jefe. A su lado había un hombrecillo calvo y con mirada astuta.
- Naá, le dijo el gerente, este señor es Martínezford. Oye lo
que tiene que decirte.
- he visto todo lo sucedido desde un lugar cercano donde
había ido a mear, así que tienes dos opciones: morir empalada por conducta
inmoral después de ser despellejada viva y quemada con hierros candentes en los
pezones, ombligo y partes nobles (higo y culo), o bien aceptar mi oferta:
convertirte en amazona. Sabes que puedo comprarte como esclava pero eso llevará
trámites innecesarios, así que este procedimiento rápido de entregar una
solicitud de forma voluntaria está contemplado por una antigua directiva
europea, así que elige.
Naá estaba aterrada. Había oído contar a las esclavas viejas
que había chicas luchadoras: las Amazonas. Era un deporte muy extendido en el
Este: Constantinopla, la República Serenísima, Samarkanda… Aquí en Aragó se
practicaba también en els Paisos Catalans del norte, aunque no como un
espectáculo nacional como en estos lugares. También se hacían giras de
exhibición, aunque lo usual era practicarlo en los circos o en los palacios
privados peleando hasta la muerte. También sabía que todas morían muy jóvenes,
pero la perspectiva que le arrancaran la piel a tiras ya la había visto en una
ejecución parecida hacía un año y era bastante peor, así que aceptó.
Ni llegó a pisar su aposento. Partió inmediatamente hacia una
fortaleza de piedra gris situada más al norte y que se conocía como el monestir
de Poblet donde tenía su sede la cuadra de Martínezford.
Llego justo el día que cumplía 15 años. La alojaron en un
pabellón con 9 chicas más, todas enormes y fuertes, muy hombrunas, que se
relamieron de gusto con la novata. Como estaban prohibidas las torturas entre
amazonas fuera de los combates no pudieron tocarle ni un solo pelo por si
aparecían cardenales y eso costaba cien latigazos a la autora, aunque como los
entrenamientos y lecciones terminaban siempre con señales, aprovechando esos
períodos las nuevas eran apaleadas por las noches por las veteranas. Así que se
contentaron con obligarla a lamerles el culo y comerles el coño a la compañía en
pleno. Pronto comenzaron las prácticas de lucha y enseguida se demostró que Naá,
aunque muy joven sería difícil de manejar en poco tiempo. La lucha se regía por
muy pocas normas. Peleaban totalmente desnudas: su único vestido era unos copos
protectores en la parte femenina más sensible, los pechos. Un puñetazo o
cabezazo en ellos podía dejar a una mujer fuera de combate. Si tenían buenos
músculos en el plexo solar podían soportar los golpes en el estómago mucho
mejor. Luchaban descalzas y valía absolutamente todo. Cuando una luchadora
dejaba en el suelo otra inerme, su deber era matarla con sus manos, con sus
defensas pectorales, o con las de su víctima. Así hasta el siguiente combate.
Casi todas palmaban. Si conseguían luchar en el circo la posibilidad de
supervivencia era mayor, ya que el populacho podía perdonar a la caída, aunque
si lo hacían en las fiestas privadas de los ricachones o fiestas oficiales,
donde además la forma de matar a la perdedora contaba, cabía la posibilidad –
bastante remota - que algún patricio complacido comprara a la vencedora,
obligando al manager a ello, a causa de una deuda o compromiso. En ese caso
existían normas muy estrictas para la amazona liberada: debía ir siempre
encadenada y sus carnes reblandecidas con la tortura de forma habitual, para
evitar ataques de venganza o de ira. No se conocía el caso de ninguna que
llegara a los treinta años. Había algunas otras normas establecidas, como por
ejemplo, cuando el ring, que era cuadrado, era sobrepasado por alguna luchadora
más de tres veces, la otra luchadora tenía derecho a dislocarle un brazo. Si
volvía a caer fuera, le dislocaban el otro, lo que significaba la muerte segura.
Las amazonas eran marcadas con un distintivo único para todo
el MC (otra antigua directiva europea) para ser reconocidas y tratadas como se
merecían cuando, por alguna circunstancia dejaban la lucha: bien encadenadas y
apaleadas regularmente. Un artilugio normalizado (DIN 12AA1203) de hierro al
rojo vivísimo era aplicado sobre la axila derecha. La marca debía ser bien
visible por lo que las amazonas siempre iban inmaculadamente depiladas, bajo
pena de 100 latigazos. Algunas para evitar descuidos se cauterizaban el pelamen.
Naá pasado el suplicio decidió conservar su hermoso vello dorado. Era una
muchacha cuidadosa y nunca tuvo problemas con su blanca piel axilar, siempre
lisa, suave y tremendamente lujuriosa para la vista y el tacto lingual.
Naá era una alumna aventajada y aprendió muy pronto; al año
apenas, ninguna otra osaba tocarle un pelo fuera de las horas de entrenamiento;
a los diecisiete era la más sabia y más fuerte y todas le tenían un gran
respeto. Todas las noches, a las compañeras menos marimachos las llevaba a su
lecho y disfrutaba con ellas, utilizando su divino cipote. Después del sexo, en
las jornadas de más entrenamiento en que ninguna de ellas – Naá incluida – se
libraba de moratones y cardenales, las machacaba a rodillazos en los bajos como
símbolo de sumisión. Por supuesto que todas las novatas eran primero para ella.
Las disfrutaba hasta cansarse, aunque las más agraciadas eran sus protegidas
casi a perpetuidad. Recién cumplidos los dieciocho años la consideraron apta
para su primer combate. Rara era la amazona que lo hacía antes de los veinte
puesto que costaba mucho dinero su mantenimiento y entrenamiento y los jefes de
las cuadras tenían que estar muy seguros de la victoria, pero Naá ya estaba
madura. La llevaron a pelear a la masía del gobernador en la antigua Tarraco,
relativamente cerca. Estaba un poco nerviosa puesto que la contrincante era de
una reconocida cuadra de Nubia, colonia del Reino al sur del antiguo Egipto, al
otro lado del Mare Nostrum.
La lucha tendría lugar en una sala de columnas con suelo de
mármol sobre la que se había colocado una tarima de madera de medidas
reglamentarias: diez por diez metros, cosa muy rara porque habitualmente se
luchaba sobre moquetas amarillas para que destacara el color de la sangre. El
lugar estaba abarrotado de personalidades y presidido por el gobernador y cuatro
ilustres visitantes de ojos rasgados procedentes del confín del MC, ya en la
antigua Asia, tumbados en chaiseslongues con hetairas en cueros sirviendo de
platos con sus vientres. Naá vio a su contrincante y se estremeció: era una
negra más alta que ella con el cabello muy corto cortado a cepillo, todo músculo
y aristas, hombruna, con defensas pectorales de oro que en realidad no hacían
falta, porque su pecho era casi inexistente. Se diría que era un tío a no ser
por su cabellera negra rizada bien visibles a ambos lados de su chocho enorme.
Cada defensa en realidad era un punchón de casi ocho centímetros de largo,
verdaderas dagas cortantes. Nunca lo había visto en sus años de preparación. En
el aprendizaje luchaban con petos de cuero duro y en la formación avanzada se
usaban los de lucha, metálicos y con clavos. Cada amazona tenía su estilo, pero
la mayoría de ellas quedaban heridas por las puntas. Ella usaba para sus enormes
pechos copas erizadas de clavos de casi un centímetro de largo y se había
acostumbrado a pelear con los brazos bien abiertos para no rozar con las
peligrosas puntas, pero lo que veía la aterrorizada. Debería tener mucho
cuidado. Un abrazo de esa bestia atravesaría sus costillas y pleura, y
alcanzando al pulmón sería el final. Martínezford sentado en la última fila la
mirada sin expresión alguna.
Y comenzó la lucha: las dos amazonas, con los brazos
extendidos, tras unos titubeos de observación se enzarzaron como en la lucha
grecorromana. Dieron unos vueltas en círculo y de repente la negra sujeto a Naá,
balanceándose hacia atrás con la esperanza de que cayera sobre ella y quedará
ensartada. Naá que lo había esperado se apoyó con sus brazos y dio una voltereta
por encima, pasando de largo y cayendo al otro lado. Antes de levantarse vio a
la negra ponerse de pie de un salto sin apoyarse, y dirigiéndose a ella le
propinó un patadón en el vientre. Naá aguantó el golpe, y otro, y otro más. Muy
astutamente y pensando rápido decidió aguantar el chaparrón, y hacer creer a la
bestia negra que la novata estaba groggy. Sólo tenía que estar alerta por los
punzones. La quinta patada fue en el costado y sintió un dolor penetrante. Se
hizo la derrotada, simulando estar KO. Aún fue pateada un par de veces en el
coño. Aunque su capacidad de resistencia era notable, si la negra seguía con esa
táctica perdería sus fuerzas muy pronto. Entonces la africana cayó en la trampa,
y creyendo que estaba sobre una moqueta blanda se lanzó en plancha para acabar
con ella. Naá giro sobre sí misma evitando su contacto. La negra quedó clavada a
la tarima boca abajo. Quedó atónita al no poder levantarse cayendo en la cuenta
de su error. Antes de que pudiera soltarse presionando hacia el suelo con sus
brazos poderosos, Naá se levantó y se dejó caer de rodillas sobre su espalda,
inmovilizándola todavía más al clavarse totalmente los enormes puntuales
metálicos en la madera. Entonces volvió a dejarse caer, pero esta vez de
rodillas sobre sus riñones una y otra vez, y a golpear con sus duros tobillos
sus costados hasta que la negra, sin respiración soltó un estertor. Apoyo un pie
sobre su espalda, tomo uno de sus brazos y le aplicó una llave dislocándoselo
primero, y rompiéndoselo después. Después tomó el otro y repitió la misma faena,
quedando la negra absoluta y totalmente inútil. Comenzó a saltar sobre ella de
nuevo con las rodillas pegadas y golpeando sobre sus riñones. A la quinta caída
de rodillas vio que se formaba un charco con un líquido rojo: la negra meaba
sangre. Después, con la morena totalmente a su merced le soltó el peto
defensivo, y la volteó panza arriba. Estaba a punto e inmóvil. Se inclinó sobre
ella y abriendo su boca todo lo que puedo le arrancó el pezón derecho de un
mordisco brutal, y ante sus aterrorizados ojos se lo comió. Volvió por otro y se
lo arrancó también de un bocado. Se lo sacó de la boca y se lo metió en la de la
negra hundiéndolo en su garganta. Cogiendo la defensa puntiaguda por el lado de
la daga, sajó el vientre de la morena con varias pasadas, después con sus dos
manos le abrió la barriga y le arrancó el hígado, con todo su cuerpo bañado de
sudor y sintiendo como le manaba el líquido vaginal piernas abajo por la
excitación del combate. Levantó la víscera en lo alto con ambas manos en señal
de triunfo duchándose con la sangre que manaba de la víscera. Había vencido en
apenas cuatro minutos. En la noche, de vuelta a Poblet se enteró de que la negra
a la que había vencido tenía 26 años y que había matado a 49 luchadoras, más
otras trece en entrenamientos.
Martínezford estaba impresionado, esta chica era un filón.
Con la joven que era y con lo buena que estaba pronto sería un ídolo popular. La
reservaría para el circo. Para su desgracia, también el gobernador se había
fijado en ella, así que seis meses después en Poblet se recibió un mensaje del
Delegado del Gobierno para que Martínezford y su amazona se presentaren en el
Palau del Rey en Poblesec, la antigua Barcelona, para un nuevo combate en una
fiesta privada con la embajadora de Samarkanda, único lugar del MC con
matriarcado, donde las mujeres eran libres y no dependientes de un hombre. El
resto de Estados detestaban esa costumbre, pero la ausencia de espíritu guerrero
y la desaparición total del concepto de conquista llevaban a soportarlo. Además,
en Samarkanda City, la capital, se fabricaban la totalidad de las sedas del MC,
vestidos necesarios a causa del calor por frescos y agradables al tacto. Ante
tal petición Martínezford no podía negarse, y pensó que si Naá ganaba en un
escenario tan exquisito todavía aumentaría su cotización, incluso podría llevar
a su amazona al Este donde podría hacerle todavía más rico.
Por las noticias recibidas de la velada, sería todo un
acontecimiento con auténtica expectación por la pelea que sería su punto álgido.
Nunca se habían visto antes tanto capitostes. La embajadora, una gorda
celulítica presidía la sala y no perdía detalle al aparecer la amazona. Si
ganaba y estaba en condiciones pensaba tomarla en préstamo esa noche, pagando a
Martinezford, naturalmente. Naá estaba tranquila aunque no sabía quien sería el
contrincante. Era por lo visto un secreto. Ya llevaba diez minutos en el
cuadrilátero esperando, donde una alfombra color amarillo reglamentaria
sustituía a la tarima cuando apareció el energúmeno. Una cara de espanto era la
bella estampa de Naá. Ante sus ojos una enorme bestia, una gran masa de carne de
mas de trescientos kilos: un luchador de sumo; además, hombre. Ningún luchador
de cualquier sexo o disciplina podía vencer jamás a uno de estos monstruos,
cuyas artes se remontaban a muchos años antes del periodo de los cataclismos.
Sintió flojera en las piernas ya que estaba segura de estar acabada. Sin
embargo, su espíritu guerrero le hizo reaccionar y disponerse a vender cara su
vida. Al sonar el gong se lanzó como una bala y soltó una pierna con un salto
hacia el cuello del mastodonte que aguantó el golpe sin inmutarse. La cogió por
el cuello y de media vuelta la lanzó fuera de la lona. Se levantó y fue de nuevo
contra el sumo. Este permanecía en el centro agachado con los codos apoyados
sobre las rodillas. Llevaba un grueso taparrabos apenas visible por un caído
vientre monstruoso, enorme y abultado, que le protegía de los golpes bajos. Una
patada en los cojones de Naá le hizo cosquillas. De nuevo la sujetó por entre
piernas y riéndose, la volteó de nuevo la fuera del ring. Era la segunda vez..
El bestia parecía no tener puntos débiles, pensó Naá, mientras volvió a lanzarse
sobre él: quería ganar tiempo y pensar pero no quería parecer astuta. Besó el
suelo otras tres veces con cuidado de no salir del cuadrilátero, y cada vez
tardaba más incorporarse. Estaba intentando su táctica favorita basada en su
gran resistencia: que el japonés la subestimara. Se había trazado un plan casi
suicida pero era lo único que podía salvarla. El gigante, que era todo fuerza y
escasa maña, viendo a Naá aparentemente madura se dispuso a acabar con su
víctima y, confiado, se lanzó decididamente sobre ella. Naá, incorporada,
buscando el cuerpo a cuerpo le hincó la rodilla en su voluminoso barrigón,
haciendo caso omiso de su táctica inicial de mantener la distancia. Al ver que
se encontraba a su alcance, el chino la atenazó con el brazo derecho y, como
esperaba Naá, le enganchó del cuello, volteándola pegando contra él su espalda
para huir de los petos erizadas de clavos. Con su mano izquierda sujetó a Naá
por su cintura impidiéndola zafarse levantándola en el aire. Comenzó a apretarla
con sus poderosos brazos arqueándola para ahogarla. Naá tenía escasos segundos
para resolver su plan, de lo contrario estaba muerta. Mientras golpeaba su codo
izquierdo hacia atrás de forma torpe, aparentando desesperación, dobló su brazo
libre buscando en su espalda el cierre de peto, lo encontró y abrió fácilmente y
cuando ya la presión en su garganta era insoportable lo lanzó contra el monstruo
dándole de lleno en pleno rostro.
El sumo dio un grito terrible e instintivamente se llevó las
manos sobre su herida cara. Naá al verse libre se escapó y con una llave le hizo
caer de espaldas, lanzándose de cabeza sobre su entrepierna. Le quitó la faja
dejando al descubierto un minúsculo pene y dos gruesos testículos, y de un
terrible mordisco le arrancó de cuajo la polla y un cojón. El chino empezó a
aullar como un verraco, al tiempo que cerraba las piernas de golpe atrapando
entre ellas a Naá. Esta no había calculado bien y el golpe le produjo un dolor
intensísimo desde el cuello hasta la punta del pie izquierdo. A duras penas se
separó y viendo que el gordo tenía ambas manos cubriéndose los bajos, descargo
de nuevo con la defensa sobre su cara reventándole ambos ojos. El chino estaba
KO, pero por instinto se colocó boca abajo en posición fetal para protegerse de
nuevos golpes. Naá resistiendo un dolor indecible y una pérdida de movilidad
progresiva, viendo el agujero anal de gran calibre a la vista, metió de su puño
por él, introduciéndolo todo lo que dio de sí, agarró con su mano el intestino y
lo arrancó con fuerza, llevándoselo detrás. De resultas del esfuerzo, cayó de
espaldas con los budellos en su mano. El gordinflón empezó a rodar de un lado a
otro con la víscera colgando soltando mierda y sangre a chorro como una
manguera, salpicando a los sorprendidos espectadores situados en la cercanía,
lanzando estertores y vómitos por la boca seguidos de un manantial de sangre.
Tras varias convulsiones quedó inmóvil, muerto entre un mar rojo y amarillo de
sangre y mierda. Naá apenas pudo levantarse y alzar el brazo derecho en señal de
victoria. Después se desvaneció. Despertó en la carreta inmovilizada por una
escayola desde el cuello hasta la cadera. Tenía dos vértebras rotas que de
milagro, no le habían partido la columna vertebral.
Tardaron más de un año en quitarle el yeso, y seis meses más
con masajes y ejercicios para intentar su recuperación, pero ya no era la misma.
Martínezford estaba desolado, puesto que había perdido a su flor más preciada.
Ahora tenía que tomar una decisión: teniendo en cuenta que las amazonas no
podían ser vendidas como esclavas, ya que así lo estipulaba la legislación
vigente con la máxima pena, la única que aplicaba a los hombres la tortura
previa al empalamiento, y para ello, tal como ya sabemos, todas tenían marcada
la señal prescrita bajo el sobaco derecho, siempre bien visible y depilado, no
quedaba más remedio que cargarse a su antigua estrella, y que sirviera de
alimento a carroñeros o a los antropófagos, ya que no tenía fincas agrícolas
donde ponerla a trabajar de bestia de carga hasta reventar. Sin embargo su
codicia pudo más. Martínezford sabía lo que tenía que hacer para hacer
desaparecer sus antecedentes de luchadora y venderla como esclava Esta chica
tenía una piel tan clara que con el tratamiento adecuado podía hacer, sino
desaparecer, si disimular su marca. Esta, apenas visible depilada, sería
prácticamente imposible de descubrir dejando crecer su abundante vello axilar...
siempre que pudiera pasar como... otro tipo de señal: ningún método más directo
y efectivo que la tortura. Dejando su cuerpo marcado para siempre a nadie se le
ocurriría sospechar de su pasado al ver una marca mas en lugar tan apetecible.
Puede que no sacara mucho por ella, quizás la compraran para trabajar pues
todavía era muy fuerte, o mejor algún vicioso amante de las cicatrices, pero
menos era nada
La hizo venir a Poblet desde la quinta dónde convalecía. Naá
pensó que nada bueno le esperaba. Al llegar fue inmediatamente esposada y
conducida hacia los sótanos donde se encontraban las salas de castigo. Junto a
la entrada de la escalera la esperaban cuatro de sus antiguas compañeras,
precisamente sus mayores enemigas, que inmediatamente la arrastraron a patadas y
puñetazos a la cámara de tortura, la desnudaron, quitaron las esposas y
amarraron panza arriba de brazos y piernas al potro. No podían marcarla de nuevo
en la axila derecha donde se encontraba la señal reservada a las esclavas
amazonas porque podría hacer sospechar. En lugar de eso comenzaron a tirar de
las cuerdas, dislocándole las articulaciones. Naá gritaba de dolor, sudaba como
una cerda y se cagó y se meó varias veces. Sin aflojar la tensión la apalearon
las 4 a la vez con varas nudosas, cascándole los pechos, la barriga, los muslos
y el sexo. Cuando tuvo el cuerpo totalmente tumefacto la soltaron y amarraron
por las muñecas y tobillos con argollas móviles a unas barras, de forma que
quedó colgada en forma de asta. Las poleas comenzaron a estirar y la sangre
manaba brazos abajo al clavarse las argollas en su carne. Con su cuerpo
totalmente tensado, la más vengativa de todas tomó un artefacto conocido como
látigo de ganchos, y le propinó 25 latigazos, convenientemente repartidos entre
sus tetas, barriga y pubis. Eran mas que suficientes.
Cada azote arrancaba pedacitos de piel, pelo púbico y carne
por cada uno de los diez terribles miniganchos, esquitando de sangre a
Martínezford que presenciaba la escena y a las amazonas presentes. Para terminar
la faena tomaron el látigo entre dos, cada una de una punta, y lo aplicaron
sobre cada costado, desde la cintura hasta el codo, estirando como si de una
sierra se tratara. Cada vaivén arrancaba de cuajo piel y trocitos de carne. Una
de ellas, con tal saña que desgarró su pecho derecho dejándolo partido y
descolgado. Con el cuerpo en carne viva desde el cuello hasta las rodillas, la
soltaron y arrojaron a una celda. Al día siguiente entró en coma y Martínezford,
temiendo por su vida y por sus pelas llamó a su médico personal a toda prisa.
Este, también discípulo como Arius del gran Gabielo, hizo un buen trabajo,
recuperandola, dejándola terriblemente señalada pero viva. En seis meses mas
mejoró en gran medida, recobrando en parte su espléndida y suave piel pero,
aunque todavía fuerte y lozana había perdido su antiguo poderío. Fue vendida a
Mussa a poco de cumplir los veinte años.