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Relato: Médico de pueblo


 


Relato: Médico de pueblo

  

MEDICO DE PUEBLO


No sabía ni donde me encontraba; mi coche devoraba los
kilómetros por aquella serranía perdida en dirección a mi casa después de un
viaje de trabajo y queriendo acortar para evitar un atasco en la carretera
principal, había optado por caminos vecinales con la esperanza de llegar para
cenar. La comida de trabajo me había producido un intenso ardor de estómago que
incluso me nublaba la visión, así que poniéndose el sol decidí para en el
próximo pueblo y consultar en una farmacia.


Apenas eran cuatro casas juntas en medio de aquel paraje
agreste pero me detuve pues el estómago no daba más de sí; entré en un
establecimiento que debía ser el bar de aquel pueblo y me dirigí a la encargada,
una mujer cincuentona, muy grande morena, rolliza, a la que pregunté por una
farmacia. Me preguntó acerca de mi dolencia y me dio unas señas, dos casas más
abajo. Me dirigí hacia allí y me abrió otra mujer, casi una réplica exacta de la
dependienta del bar, le comenté lo que me pasaba y me hizo entrar en la casa, me
senté en una silla y me dio una pastilla para que me la tomase mientras ella
desaparecía en otra habitación.


A los pocos minutos comencé a marearme, a sentir que mi
estómago daba vuelta y me derrumbé en el suelo; perdí la consciencia totalmente
y cuando desperté me hallaba tumbado en una camilla de hospital, en una
habitación totalmente aséptica enlucida toda ella de azulejos blancos, con
instrumental médico por todos lados. Sacudí mi cabeza para despejarme y traté de
levantarme, pero me fue imposible moverme, ya que mis tobillos estaban
encadenados a la mesa, al igual que mis manos y una fino cordón pasaba por mi
cuello fijándome a la camilla. Llamé a voces y enseguida se presentaron allí las
dos mujeres, la que me había recibido y la dependienta del bar, ambas con un
delantal plástico por toda indumentaria.


Me alarmé bastante ante aquella perspectiva, pero una de
ellas enseguida se apresuró a ponerme una mascarilla en la cara e inyectarme un
gas que me dejó atontado; así, adormilado, ellas podían campar a sus anchas en
mi cuerpo. Lo primero que noté fue cómo mis rodillas eran alzadas y flexionadas,
pues les oí comentar que si era un problema del estómago el aparato digestivo
tenia fácil acceso por el culo; una presión importante noté en el ano, y es que
estaban colocándome un gran consolador en mi recto. Nunca antes había
introducido nada por allí, por lo que era virgen, pero no les pareció importar,
horadando y perforando mi ano con impaciencia, enterrando el duro plástico hasta
la mitad. Recuerdo el roce de los guantes de látex en mi escroto y en mis
testículos, como una de ellas tomaba mis huevos con las manos y los masajeaba
con violencia mientras era violado con el consolador.


Así lo dejaron y observé como la dependienta del bar se
retiraba el delantal a un lado y se subía a la camilla; a horcajadas sobre mi
vientre cogió mi polla y la meneo un momento hasta que la puso en disposición de
ser usada, y una vez erecta se la metió en el coño y se sentó de golpe, de
manera que con el empujón el consolador entró del todo en mi culo. Mientras
aquella me cabalgaba en silencio, la otra mujer me retiró la mascarilla de la
cara y en su lugar colocó sus enormes pechos, recostándose sobre mi pecho y
observando la cabalgada de cerca. Me costaba respirar, medio atontado, a través
de aquellas dos enormes tetas que me ocultaban la cabeza por completo mientras
mi pene estaba envuelto entre las carnes de aquel gran coño y el consolador se
me clavaba en las entrañas sin compasión.


En un momento dado las mujeres cambiaron la posición, pero en
la que me cabalgó noté más presión en mi polla, y es que se había penetrado el
culo ella, mientras que la recién descabalgada, en vez de darse a la lamida de
pecho me puso su culo en la cara para que se lo lamiese; era tal la profusión de
carne que me envolvió la faz que ya no sabía ni donde estaba, embotados mis
sentidos por aquella vorágine de perversión.


Se separaron de mí una vez saciadas las dos, por el momento y
una de ellas aplicó un gel sobre mi polla, sintiendo yo una quemazón en mis
partes íntimas, pero que me provocó una erección monstruosa; las oí reirse con
ganas mientras trasteaban con una especie de tubo que pronto supe para que
servía.


El enema que me aplicaron fue de antología; me sacaron el
consolador a la fuerza, pues se había quedado incrustado en mis entrañas y me
aplicaron el conducto; las vi cómo orinaban dentro de un recipiente que fue el
que utilizaron después para conectarlo a la cánula y bombearlo todo en mi
cuerpo, y cuando estuve relleno de sus orines me taponaron el culo y me
aplicaron de nuevo la mascarilla para adormilarme.


Una hora después volvieron a mí; yo había estado flotando en
el limbo de los sueños, tratando de escapar a la pesadilla que estaba viviendo,
pero aun me quedaba mucho por pasar. Las vi manejando unas enormes jeringuillas
que llenaron de medicina antitetánica y sin un ápice de compasión me clavaron
las agujas en ambas nalgas, disfrutando con la presión de la aguja y chispeando
los ojos mientras el líquido entraba en mi cuerpo, produciéndome un intenso
dolor. La mascarilla y el gas que me adormilaba no consiguieron que el efecto
doloroso se paliara, pero aún aumentó mi terror cuando las observé preparar más
instrumental médico, y con una de ellas acercándose a mi entrepierna bisturí en
mano. Traté de liberarme sin éxito con el terror reflejado en mis ojos mientras
la del bar volvía al lado de mi cara y sin dificultad aparente se subió a la
mesa, pasando cada pierna la lado de mi cabeza y sentándose en mi cara, con la
mascarilla aún puesta sobre mi nariz. Sus nalgas me envolvieron por completo, la
máscara se clavó en mis mejillas y todo se quedó herméticos de manera que no
tenía más remedio que respirar el gas. Su coño chorreando me pringó la barbilla
de sus flujos mientras la otra mujer ya estaba hurgando en mis testículos.


Noté otro fuerte pinchazo en la base de mi polla y tras eso
ya nada más, solo la sensación de sofoco y la quemazón en mi polla; lo que me
estaban haciendo era una operación quirúrgica para quitarme el carnet de padre,
o sea, una vasectomía. No sentí nada, solo leves cosquillas mientras aquella
trabajaba mis partes íntimas y los instrumentos que la que estaba sentada en mi
cabeza le pasaba a través de mi pecho.


Finalizada la operación la que me trabajó la polla se subió y
me folló una vez más, quitándome antes el tapón del culo y provocando la
evacuación de sus orines a presión. Esta vez me corrí mientras la otra me
estrangulaba el cuello, perdiendo de nuevo la noción de las cosas.


Cuando desperté estaba en mi coche………….


 

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Relato: Médico de pueblo
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