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Relato: Una niña en el parador (2)


 


Relato: Una niña en el parador (2)

  

Para poder seguir este relato, consultar la primera parte en

http://www..com/relato.php?id=11901



Una niña en el parador (2ª Parte)



Fueron unos instantes de duda, ninguno de los dos sabíamos
que hacer; yo sabía perfectamente que si seguía un poco más ya no habría marcha
atrás y volvía a dudar de si parar definitivamente aquel peligroso juego... y la
niña ya sabía sin duda que aquello tenía que ver con los cientos de consejos que
le daba su madre, cuando le repetía que no hablara con nadie, que no se parara
si algún hombre le preguntaba, que nunca, nunca dejara a nadie jugar con sus
braguitas... esos consejos repetidos y asumidos son los que acaban formando
todos los miedos infantiles y dan lugar a ese temor indefinido al "hombre del
saco", a esa sensación de que los hombres siempre buscan algo malo de las
niñas...


Tras unos segundos en que ninguno de los dos movió un
músculo, Teresa insistió al tiempo que se movía y hacía salir mi mano de sus
braguitas:


-Pero que me está pasando? Me noto muy rara.


-No te pasa nada pequeña –contesté sin saber que decir de una
situación que me parecía absurda.


-Pero...


-Psssss –la interrumpí para evitar tener que darle
explicaciones que yo no mismo no tenía- Ven, acércate, no dejaré que nunca te
ocurra nada malo princesa.


Mientras le hablaba, la acerqué más a mi pecho, apretando su
espalda contra mí, dejando que notara perfectamente mi excitado pene en su
pequeño culo, ya no había disimulo posible por mi parte, y Teresa no mostró
ningún signo de rechazo ante mi fuerte abrazo.


Mi mano se había alejado momentáneamente de su coñito, ya que
parecía ser lo único que alteraba a la pequeña y yo quería evitar una nueva
situación de tensión, por lo que me concentré en sus pechitos, rozándolos,
acariciándolos, amasándolos, pellizcándolos... Sus pequeños pezones estaban
turgentes y muy duros y reaccionaban a cada una de mis caricias, tan pronto
notaba su piel de gallina, como se le escapaba un gemido o apretaba uno de mis
pies con los suyos.


-Te gusta? –le susurré al oído.


-Noto unas cosquillas muy raras tío Ramón.


-Te estas haciendo mayor princesa, y las mujeres sienten
cosquillas diferentes a las niñas, y tu ya eres casi casi una mujer. –Le
explicaba mientras tenía un pezón en cada mano y jugaba con ellos.


-Pero tocar así no es malo?... Mamá siempre me ha....


-pssss... Mamá está en Barcelona no?.


-Sí, pero... –me contestó algo confundida.


-Mamá está en Barcelona –continué- y su pequeña ya no es tan
bebita como ella piensa, ya ha ido al cine con las amigas tres veces, ya tiene
su propio teléfono móvil, ya viaja a Galicia sola para pasar el verano con los
abuelos... y ya tiene cositas preciosas que las niñas no tienen –al decir esto
abrí mis manos y presioné cada una de ellas en una tetita, haciéndole ver
claramente a que me refería.


-Y Mamá... –Comenzó a hablar sin saber como acabar su frase.


-Y Mamá nunca va a saber que su niña ya siente cosas que solo
sienten las mujeres... –le dije notando como se apretaba más a mí con un ligero
estremecimiento que denotaba orgullo.


-...Mamá nunca sabrá que tus pechitos ya se ponen duros, que
les encanta ser acariciados, ser tocados... –Seguí susurrándole al oído mientras
acariciaba sus pechos con más intensidad y ternura que antes.


-...Nunca sabrá que la barriguita de su niña es tan sensible
que sólo con rozarla corren miles de mariposas por su cuerpo...


-...Que su cuello es tan dulce que al ser besado la hace
temblar, porque le encantan estos besitos tan diferentes...


-...Que los muslos de su pequeña son tan suaves, tan tiernos,
que siente deseos de gritar cuando alguien pasa su mano sobre ellos...


-...Que las braguitas de su pequeña esconden un pequeño
tesoro, un tesoro que ya no compartirás con sus papás, sino con otras personas
que la hacen sentirse importante, sentirse muy bien...


Yo había acompañado mis palabras con suaves pellizcos en sus
pezones y tetitas, con el roce de mis manos en su vientre, con suaves besos en
su cuello, con caricias en sus muslos y finalmente con el roce de mis dedos
sobre su vagina, apretando ligeramente la tela de sus bragas y podía notar como
Teresa se estremecía cada vez más, como gemía y respiraba profundamente, sin
duda entendiendo ya más lo que ocurría y dejándose llevar por el sentimiento de
placer secreto que experimentaba.


Aprovechando los movimientos anteriores, yo había ido
subiendo el camisón de dormir de Teresa, hasta que finalmente lo saqué por su
cabeza, sin que opusiera resistencia, aunque noté como en el momento que se notó
casi desnuda, dudó y fue a taparse sus senos; yo no podía permitir que se
rompiera aquel ambiente mágico que había conseguido crear con mis palabras y sin
dejarla dudar volví a apretar su espalda a mi pecho y a hablar en el mismo tono
que tanto la tranquilizaba...


-...Y Mamá ni se imagina como le gusta a su pequeña sentirse
abrazada por alguien mucho más fuerte que ella, notar esos brazos tan fuertes
pero tan dulces que la aprietan, sentir el pecho de un hombre en su espalda...


-Ji Ji Ji, -rió Teresa nerviosa aunque no podía ocultar su
excitación- cuantos pelos tienes.


-Te gustan? –Le pregunté seguro ya de haber acabado con sus
miedos y dispuesto a llevarla hasta el orgasmo.


-Sí –me contestó como avergonzándose de sus propias palabras.


Teresa estaba completamente entregada y cuando volví a meter
mis dedos bajo sus braguitas apenas noté un ligero movimiento de sus rodillas
como intentando cerrarlas, pero tan imperceptible que mi mano entró sin
problemas y me apoderé completamente del coñito más dulce que nunca había
tocado.


Empecé a jugar con sus labios, con su monte de Venus,
frotando la escasa pelusa que lo cubría, separando los labios para rozar su
clítoris, lo que le provocaba un placer tan repentino y fuerte que movía sus
caderas para alejar mis dedos de aquel granito, pero al instante volvía a
moverlas para acercarlo a mi mano. Las bragas apenas me permitían mover la mano
con comodidad, por lo que sin dejar de lamer y besar su cuello, bajé sus
braguitas hasta las rodillas y finalmente, al no notar ninguna oposición por su
parte, se las quité.


Las noté húmedas y las llevé a mi cara para olerlas, tenían
un olor muy fuerte, quizás más fuerte que cualquiera de las mujeres con las que
he tenido sexo y eso acabó de excitarme, hasta llevarme casi a eyacular sin
tocarme.


La niña se había ido moviendo y yacía estirada en el colchón
sobre su espalda, con las piernas separadas y gimiendo con una intensidad que
indicaba que estaba a punto de alcanzar el primer orgasmo de su vida. Yo
mantenía los labios de su coño separados y frotaba circularmente el clítoris, al
mismo tiempo que apretaba mi polla contra su muslo.


Poco a poco sus gemidos se fueron transformando en pequeños
grititos, hasta acabar siendo un prolongado lamento de placer, Teresa se estaba
corriendo, se derretía entre mis dedos, arqueaba sus caderas para fundir su coño
con mis dedos, estiraba el pelo de mi cabeza mientras yo lamía su cuello... Y de
repente gritó, intentó ahogar su grito, pero éste escapó de su garganta y hizo
que yo también empezara a correrme. Sin dejar de acariciar su clítoris, y
notando mi polla a reventar contra mi slip y su muslo, la apreté fuertemente
contra mí, mientras me corría en un orgasmo que me pareció interminable.


-Tío Ramón –Fue la niña la primera en hablar.


-Sí?


-Estás bien?


-Sí princesa, estoy muy bien –le contesté separándome
ligeramente de ella, temeroso de mojarla más de lo que ya la había mojado.


Sin dejar de abrazarla dulcemente, le expliqué lo que había
ocurrido y la calmé y tranquilicé, al tiempo que usaba la sábana para limpiar su
muslo disimuladamente; Teresa parecía encontrarse tan avergonzada como yo, como
si pasada la tempestad (la real y la sexual) de pronto los dos hubiéramos
recuperado la calma. Poco a poco los dos fuimos dejando de hablar, la niña
además estaba agotada y era tardísimo, por lo que nos quedamos dormidos.


Las primeras claridad del alba me despertó sobresaltado, no
sabía si había sido un sueño, ni donde estaba y mi cabeza daba vueltas como una
noria; pero las dudas desaparecieron cuando vi el pequeño cuerpecito que dormía
a mi lado.


Sin ninguna duda todo lo que había creído soñar era verdad, a
mi lado estaba Teresa completamente desnuda y podía notar como el semen inundaba
toda mi zona púbica. En un primer momento sentí un enorme sentimiento de culpa,
todos los tabúes del mundo coincidían en mi mente, pensé que había traicionado
la confianza de mi mejor amigo, me sentí como un pederasta de los que tantas
veces había maldecido; temía el momento de tener que despertarla y tener que
mirar a los ojos de la pequeña Teresa, a la que no me atrevía ni a mirar.


Cuando más distraído estaba, noté un movimiento en la cama y
supe que Teresa estaba despierta, noté como buscaba una sábana rápidamente y
aunque me hacía el dormido, supe que se había tapado; luego noté como se
incorporaba sobre su codo y me observaba. Ella también debía estar confundida
por lo ocurrido y aprovechó la ligera penumbra para mirar mi cuerpo, incluso
desplazó la sabana un poco para poder mirar la zona de mi slip, y el bulto en mi
entrepierna, lo que me hizo sentirme muy avergonzado al pensar si la luz sería
suficiente para poder notar las enormes manchas que había en mi slip. Teresa no
hizo nada más, no se atrevió a tocarme y el cansancio y las emociones de la
noche anterior hicieron que volviéramos a dormirnos.


Cuando volví a despertarme ya era de día, notaba una tremenda
erección y volví a dudar si todo había sido un sueño erótico, por lo que
rápidamente miré a mi lado y vi a la niña profundamente dormida, la sábana se
había movido y dejaba al descubierto sus tetitas, eran poco más grandes que dos
medios albaricoques, con una aureola pequeña, muy oscura y dos pezones muy
oscuros también apenas del tamaño de media alubia, aunque yo ya sabía lo duros y
erectos que podían ponerse.


Evidentemente, lo que veía no ayudó a bajar mi excitación y
tras una breve lucha entre mis buenas intenciones y el recuerdo del placer de la
noche anterior, fue éste el que ganó y mis buenas intenciones y mis tabúes y
miedos fueron desapareciendo.


Teresa tenía un cuerpo menudo, aún más infantil que adulto,
pero la noche anterior me había demostrado hasta que punto podía mojarse y
sentir como una mujer; al recordar el olor de su ropa interior noté una punzada
en mi polla, que saltó endureciéndose aún más.


Lentamente para no despertarla fui bajando la sábana, hasta
que pensé que me desmayaría al ver su coñito, lo que la noche anterior me había
parecido pelusa era una especie de bello casi transparente que apenas se
insinuaba sobre su rajita, apenas más largo que el de un melocotón; la vagina
era pequeñísima, como cerrada sobre si misma, los labios mayores apenas
sobresalían y justo empezaban a volverse más oscuros.


Mi excitación crecía por momentos y deseé volver a notar el
olor de aquel pequeño coño, tal como lo veía apenas era diferente del de niñas
pequeñas o bebés que había visto en la playa o en la familia, y parecía
imposible que aquel coñito infantil fuera el mismo que había mojado de aquella
manera las braguitas, decidí salir de dudas y moviéndome hasta los pies de la
cama, acerqué mi cara y pude volver a oler aquel aroma inconfundible, era olor
de mujer, de mujer joven, pero de mujer, y aquello derribó las últimas barreras
que mi mente oponía.


Suavemente para no despertarla separé sus piernas y rocé su
coñito con mi nariz, el aroma era más fuerte que el de todas las mujeres que he
conocido, y suavemente besé los cerrados labios infantiles; yo veía que estaba
perdiendo otra vez el control, pero no pude evitar pasar la lengua a lo largo de
todo el coño. La niña seguía sin moverse, por lo que repetí la operación varias
veces, cada vez más lentamente. Al rato noté como su respiración se espesaba y
la primera humedad brotaba de entre los labios cerrados.


"Si sigo seguramente se correrá y pensará que ha sido un
sueño", pensé mientras seguía lamiendo cada vez con más fuerza. Pese a que mi
saliva mojaba todo su coño, pronto empecé a notar el sabor de sus jugos, que
acabaron por hacerme perder el poco control que aún tenía. Con la misma lengua
separé sus labios y empecé a lamer y sorber su clítoris, solo quería que se
corriera para irme al baño a masturbarme, mientras ella se quedaba con la duda
de si ese segundo orgasmo habría sido un sueño húmedo.


-Ohh ohh... que me haces? que me haces? –me sobresaltó su
voz, mientras sus manos agarraban mi cabello.


No supe que contestarle, por lo que seguí chupando con más
fuerza, ya no tenía que disimular, así que abrí su coñito con mis dedos y pude
chuparla más profundamente, Teresa gemía y noté que iba a correrse, seguí
chupando su clítoris y penetrando su pequeño agujerito con mi lengua, hasta que
entre gritos de para! para! volvió a correrse.


Esta vez yo no me había corrido y seguía excitadísimo, ella
quedó medio desmayada tras el orgasmo y yo aproveché para tumbarme y apretarla
contra mí. Teresa no habló, pero tampoco me mostró ningún signo de rechazo ni
siquiera cuando apreté fuertemente mi pene contra sus nalgas, al contrario, me
pareció sentir como se acercaba más a mi.


Estábamos los dos de costado, doblados como un cuatro y tenía
a Teresa casi incrustada en mi regazo, prácticamente cubierta por mí, mi cabeza
sobre su cuello y su cara, mi brazo sobre su pecho, mi pierna sobre su cintura y
muslo y mi pene y mis testículos se apretaban contra su nalga.


-Estás bien princesa?


-Sí.


-Has visto que mayor eres ya? –le susurré besando su oreja.


-Sí.


-A qué mamá ni se imagina las cosas que puede sentir y pensar
su pequeña niña? –susurré frotando mi pene en su trasero de forma clara.


-No.


-Desde cuando notas eso Teresa? Desde cuando notas que te
atraen los hombres? –pregunté esperando no equivocarme y abrazándola aún más
fuerte para infundirle confianza.


-.... –No hubo ninguna respuesta, aunque se apretó más a mi
pecho.


-No temas, quizás mamá no lo entendería, pero yo se lo mujer
que ya eres.


-Un mes o dos, -dijo finalmente de forma entrecortada- varias
veces, en la playa me fijaba que me gustan.


-Viste hombres desnudos en la playa? –pregunté sorprendido
que sus padres la llevara a playas así.


-No, no, normales.


-Pero has visto hombres desnudos no? Fotos, revistas, las
amigas....


-No, nunca.


-Ni a Papá?


-Casi, a Papá todo menos la cola...


La conversación me estaba volviendo loco de excitación,
notaba como podía correrme otra vez como la noche anterior, sin llegar a
tocarme; Teresa se encontraba muy a gusto conmigo y me hablaba cada vez menos
tímida; yo seguía besando y lamiendo su nuca, su cuello y sus orejas y decidí
dar un paso más.


-Notas mi cola Teresa?


-Sí –Contestó moviéndose inquieta.


-Te da miedo?


-Sí... –se interrumpió nerviosa- No... quiero decir, no se...
un poco.


-Qué diría Mamá –insistí en su madre, viendo que era una
forma de relajarla y que parecía hacerla sentirse orgullosa de su propia
valentía- si supiera que estás notando la cola de un hombre?.


-Ji ji ji –rió con una risa traviesa que no me parecía de
miedo.


-Te reñiría seguro no?


-Sí.


-Y que diría si supiera que la has visto?.


-Es que no la he visto –Contestó rápidamente.


-Te gustaría verla?


-.... –Se movió inquieta sin contestar.


-Dame la mano –susurré en su oreja mientras la mordía y
tomaba su mano.


Tuve que separarme un poco de su espalda, dejar algo de
espacio entre los dos, y muy lentamente, para que ella tuviera tiempo de
retirarla si quería, fui acercando su mano hasta mi entrepierna; la dejé sobre
mi ombligo dándole la última oportunidad para retirarla. Teresa la dejó quieta,
y tras unos segundos volví a coger su mano y a ponerla directamente sobre mi
pene, que estaba apunto de reventar para salir del slip. Teresa parecía
petrificada, no movía un músculo, ni siquiera para retirar su mano, que notaba
con fuerza los latidos de mi pene.


-Qué piensas? –pregunté sin saber muy bien como salir de
aquel momento.


-Que grande es no?


-Te da miedo?


-Que dura es... –Comentó ella como si no me hubiera oído.


Yo me separé algo más de ella y notando que no había rechazo
en sus palabras, me quité los slips rápidamente, quedando totalmente desnudo a
su lado. Tras unos momentos de desconcierto, Teresa alargó su mano y lentamente
tocó mi pene; pero esta vez no se quedó quieta, sino que parecía tener ganas de
explorarlo, primero fue hasta la punta húmeda y suave y tras palparla fue
bajando a lo largo del tronco, en un lento viaje que parecía no tener fin,
finalmente llegó hasta los testículos y tras palparlos también inició el camino
a la inversa, hasta llegar nuevamente al capullo.


-Dios mío... –me pareció entender que decía.


Yo temí que se asustara ante su propia osadía o ante el
tamaño de mi pene o ante la misma situación, por que lo girándola sobre el
colchón la puse frente a mí y la abracé fuerte, los dos de costado y besando sin
parar su cara, sus labios, su cuello.


-Abrázame... abrázame tu también princesa.


Sus brazos rodearon mi espalda y tras unos momentos de no
saber que hacer, Teresa se apretó completamente contra mí, desde los pies a la
cara, aplastando mi pene entre nuestros cuerpos; eran momentos de duda, pensé
frotarme contra su vientre y acabar así, pero también veía que era una ocasión
única para volver a hacer el amor a una preciosidad como aquella, para volver a
notar un himen bajo mi sexo, y decidí seguir hasta donde el propio juego me
llevara.


Empecé a acariciar su espalda, su trasero, su ano; llegué
hasta su vagina, tocándola desde atrás, el pequeño agujerito estaba encharcado y
no era ya mi saliva o los jugos de su anterior orgasmo, sino que la niña seguía
mojándose, volvía a estar muy excitada y cada vez que notaba mi mano acercarse a
su ano, levantaba la pierna para dejarme alcanzar más fácilmente su sexo. Ella
acariciaba mi espalda, mi culo y en un par de ocasiones me pareció que quería
llegar más abajo, pero la postura y sus cortos brazos no se lo permitían.


Yo quería que viera mi pene, que volviera a tocarlo, a pasar
sus dedos y en aquella postura no podía, por lo que la levanté y la icé para
sentarla en mi cara. Ella entendió lo que yo quería pero equivocó el lugar donde
quería sentarla, ya que por tres veces intentó sentarse en mi pecho cuando yo la
llevaba hacia mi cara. Finalmente la senté sobre mi boca y empecé a besar,
lamer, chupar su coño; volvía a notar aquel olor que me volvía loco y separando
sus piernas tanto como pude empecé a penetrarla con mi lengua tanto como podía.


Ella quedó como hipnotizada mirando mi polla a punto de
reventar, noté como incluso contraía un poco sus piernas, sin duda asustada o
impresionada por lo que veía; me pareció notar un amago de levantarse de mi
cara, pero yo necesitaba llegar al orgasmo y no podía permitir que al final, por
lo que sostuve sus muslos y pensé que quizás por última vez la referencia a su
madre y a los cambios que ella sentía funcionaría:


-Que diría Mamá si te viera ahora?


-Ji ji ji


-Que diría mamá si viera que su nenita ya no juega con la
Nancy si no con una cola como la de papá?


-Papá tiene una así? –preguntó sorprendida señalando mi polla
que no paraba de moverse.


-Claro, lo he visto muchas veces.


-Y Mamá juega con ella?


-Sí, mamá juega con ella, tócala tú, anda acaríciala.


Lentamente fue alargando su mano y primero con un dedo, luego
con dos y finalmente con la palma de la mano acabo acariciando mi polla y mis
huevos; yo estaba a punto de explotar, jamás había imaginado que aquello pudiera
suceder, pero en esos momentos ya estaba dispuesto a llegar al final si era
posible y aumenté el trabajo de mi lengua en su coño, abriéndolo y dilatándolo
pero sin llevarla al orgasmo para que ella no perdiera su interés en mi.


-Cógela, tómala en tu mano.


Ella la tomó obediente y yo le mostré como tenía que hacer
para masturbarme, indicándole que lo hiciera todo muy despacio.


-Que grande es... que dura... si mamá me viera jugando con
esto...


-Jajajaja -reí con ganas ante la ocurrencia de la cría-
Échale saliva, mójala que patine bien la piel.


Teresa dejó caer saliva obediente, mojando sus manos y mi
polla; yo la había notado 4 veces al borde del orgasmo, pero yo paraba para
evitar que se corriera, finalmente decidí probar, llevaba muchos minutos
dilatándola y si no podía meter mas que el capullo sería suficiente para tener
un orgasmo a las puertas de su coño.


Cuando más entusiasmada estaba con las subidas y bajadas de
la piel de mi pene la levanté y la dejé de espaldas en la cama. Ella me miró con
ojos sorprendidos, al separarla de su nuevo juguete, aunque no notaba miedo en
su mirada, sino curiosidad.


Yo me coloqué de rodillas entre sus piernas abiertas y
agarrando mi pene con la mano empecé a frotarlo a lo largo de su estrecha pero
húmeda vagina.


-Que haces? –preguntó Teresa más intrigada que asustada.


-Voy a frotar tu cosa con mi cosa, volverá a darte el gustito
ese tan grande otra vez y a mi también.


-Ah... –contestó sin saber que decir, no muy convencida de lo
que ocurría.


Mi roce con el pene fue haciéndose cada vez más profundo,
Teresa estaba con los ojos cerrados, y gemía al ritmo de mi movimiento, con más
intensidad cuando frotaba su clítoris y como una especie de quejido cuando
llegaba hasta su agujerito y presionaba cada vez un poco más fuerte. Por un
momento paré de frotar el pene y usando mis dedos abrí mas los labios de la niña
y a usar mi lengua para lamerla y llegar tan adentro como podía.


Teresa gemía y se retorcía a cada embestida de mi lengua y yo
creí llegado el momento de probar, justo antes de que la niña se corriera otra
vez y perdiera ese estado de ansiedad en el que se encontraba; así que volví a
incorporarme y puse mi polla a la entrada del mojado coñito, noté como sus
labios se abrían ante mi empuje; empujé un poco más y noté como también los
labios menores se separaban, como abrazando mi capullo.


Parecía que la niña estaba preparada, que su vagina se
dilataba para permitir el paso de mi pene, enorme comparado con su estrecha
abertura. Aquello era más de lo que yo podía resistir, así que empujé otro poco
y mi pene entro hasta lo que parecía el final de aquel estrecho túnel. Teresa
emitió un largo quejido y pareció darse cuenta de lo que intentaba, intentó
retirar su cadera hacia atrás, alejando su coño de mí, pero al mismo tiempo su
excitación la llevaba a empujar hacia delante, buscando el contacto que le
permitiera correrse y desahogar su excitación.


Estuve un buen rato sacando y metiendo la punta de mi pene
hasta ese punto en el que notaba resistencia, hasta que noté que Teresa ya no
notaba ningún dolor y sus gemidos volvían a ser de puro placer. En ese momento
noté que mi propio orgasmo estaba muy cerca y apreté los riñones, apreté suave
pero firme, apreté notando como su carne se abría ligeramente, apreté hasta
notar que la resistencia cedía, apreté notando como su virginidad se rompía y mi
pene entraba ya sin obstáculos.


Teresa gritó, fue un grito corto de dolor que me conmovió,
pero ya no podía detenerme, seguí empujando y notando como ella se abría a mi
paso, hasta que sentí mis huevos golpeando su culo; me detuve unos minutos, la
abracé y la besé, notando como poco a poco la vida volvía a su cara, cuando
abrió sus ojos le sonreí y ella esbozó una ligera sonrisa.


-Estas bien?


-Está dentro? –Preguntó con un hilo de voz


-Sí, mira. –le contesté levantándome sobre mis brazos y
dejándole ver como entre nuestros cuerpos solo se veían mis pelos rozando su
pubis.


-No se ve nada. –Dijo ella con voz débil.


Viendo que la niña empezaba a estar mejor, empecé a bombear,
cada vez más rápido, sacaba casi todo mi pene y volvía a enterrarlo hasta la
raíz, la sensación era inigualable, y pronto volví a estar al borde del orgasmo,
sobre todo cuando empecé a oír los gemidos de Teresa.


Finalmente empecé a eyacular, el orgasmo duró un tiempo que
me pareció interminable, hasta que finalmente quede agotado sobre Teresa. Cuando
me recuperé rápidamente fui consciente de la situación en que estaba la pequeña,
casi aplastada por mi peso, me incorporé, la besé y empecé a acariciar su sexo;
Teresa aunque dolorida aun no se había corrido y su cuerpo seguía en tensión,
así que empecé a lamerla más y más intensamente, sin importarme el semen algo
rojizo que salía de su coño, hasta conseguir que tuviera al fin un largo
orgasmo.


Después abandonamos el parador, la dejé en casa de sus
abuelos y aquel verano volví a verla 3 veces más en Galicia, las tres hicimos el
amor y desde entonces seguimos haciéndolo con cierta asiduidad; pero yo jamás he
olvidado aquella primera noche en el parador, aquella tormenta de verano que
acabó de esta forma tan inesperada.


 

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Relato: Una niña en el parador (2)
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