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Relato: Crónicas de la vida marital


 


Relato: Crónicas de la vida marital

  

Crónicas de la vida marital - I



Vio la cara del amor cuando sintió el impacto de la cachetada
que la hizo trastabillar. Sus ojos brillaron de furia e, instintivamente,
respondió al golpe arrojándole una trompada que nunca llegó a su destino. Con
seguridad y rapidez el hombre detuvo en el aire el mazazo y, con habilidad
desconocida, le torció el brazo hacia la espalda, inmovilizándola.


— Soltame, carnero de mierda!!!, Puto!!! Reputo!!!, repetía
sin éxito una y otra vez la mujer, mientras daba y saltos y se retorcía tratando
de zafarse de la pinza con que el hombre que la sujetaba.


— Que sea la última vez que te ves con ese hijo de puta, le
dijo con total firmeza. La mujer sintió un escalofrío por toda su columna.


En medio de su ira la mujer se volteó y miró la decisión en
los ojos del marido y tuvo miedo.


— Pero no pasó nada, balbuceó.


— No me interesa si pasó o no pasó, a ése no lo ves más o si
no sos boleta vos y él.


A pesar del dolor de su brazo retorcido, la mujer revivió en
un instante las imágenes del encuentro con su antiguo novio y percibió, como un
recuerdo grabado en su piel, sus besos calientes y excitantes.


Nunca en sus diez años de matrimonio había visto a su esposo
tan celoso y furioso como ahora. El hombre la arrojó de bruces a la cama, se
sacó el cinto y comenzó a descargar sobre su traste aún enfundado en el ajustado
jean, cintarazo tras citarazo.


Los lonjazos, aunque amortiguados por la gruesa tela, hacían
estragos en sus generosas nalgas que se traducían en ayes y lágrimas de dolor.


Lloraba a boca batiente pidiéndole perdón a su marido por
aquella cita con aquel otro hombre de su vida.


Pasiva aceptaba el castigo con plena conciencia de su culpa.
—No hice nada, clamaba a sabiendas de su mentira.


A cada azote que el hombre descargaba sobre su culo, la
imagen de las tiernas caricias de aquel otro se le presentaban más nítidas y
convocantes en su memoria. Trataba de no pensar, pero aquellos golpes y esos
recuerdos inmanejables con el otro comenzaron a calentarla.


Su marido, ansioso, seguía descargando su azotaína, cada vez
con menos fuerza; su furia se fue transformando en súplica. Ya no ordenaba, sino
imploraba que nunca más lo viese, hasta que estalló en llanto impetrando el
perdón por la paliza.


Mojada por sus propias lágrimas, ella se dio vuelta y fue a
abrazar a su marido, prometiéndole que nunca más lo vería.


Un abrazo los fundió a ambos en un solo ser, sus lloros se
mezclaron, y las mutuas solicitudes de perdón no cesaban en sus bocas.


La alterada emoción de la ira dio paso a una profunda pasión,
demostrando que el transcurso del tiempo y la rutina matrimonial no la habían
aniquilado.


A través de la tela, su mano palpó como el sexo de su marido,
tantas veces dormido, comenzaba a despertarse. Sintió esa calidez ya casi
olvidada del comienzo de la erección y emitió un suspiro. El la abrazó con más
ternura, sacándole la remera que fue a vestir alguna parte de la habitación.


Ella no llevaba corpiño por lo que sus senos quedaron al
descubierto, aún lozanos a pesar de sus treinta y cinco, exhibiendo sus pezones
erectos por la excitación del momento, enclavados en la violácea aureola que los
realza.


Él miró a su mujer como hacía tiempo que no lo hacía; ella
descubrió en sus ojos la lujuria de la pasión, presionó su mano sobre el
esponjoso y caliente miembro; —amor mío, te amo, dijo y apoyó su cuerpo
semidesnudo sobre el pecho de su marido, quien la recibió con suaves besos en el
cuello y en los hombros en tanto sus manos reconocían, después de mucho tiempo,
la piel de la hembra al acariciar su desnudo torso.


— Nunca más, dijo ella y terminó de sacar la camisa del
marido que rodó al suelo dejando expuesto un torso trigueño, algo grueso, de
músculos suaves, de piel ya curtida por los cuarenta años, de hirsuta pelambre.


Los labios ardientes de la mujer besaron los pectorales del
hombre y mordisquearon brevemente las tetillas; conocedora del disparador
erótico de esa caricia en su marido, éste sintió la estocada y estremeciéndose
de placer.


El hombre desabrochó el jean de ella que, con no poco
esfuerzo por lo ajustado, finalmente cayó a sus pies arrollado sobre sí mismo.


La tanga, en su pequeñez, dejaba al descubierto las
abundantes y firmes nalgas de la hembra, las que se mostraban enrojecidas por
los latigazos recibidos, exhibiendo las marcas de los lonjazos con rojos más
intensos.


Una mano se coló bajo el triángulo de tela, atravesó el monte
de Venus y sus dedos se detuvieron en el sexo femenino. Los gemidos de la mujer
se multiplicaron.


Los delicados dedos de la mujer despojaron a su marido del
pantalón primero y luego de su slip, dejando libre el esbelto instrumento que su
mano no dejaba de excitar.


La pasión los calcinaba y de los insultos anteriores ya no
quedaba ni el recuerdo.


Con suaves besos la mujer se arrodilló frente a su marido,
examinó su pene tan querido, rozó levemente su glande con los labios, sopesó y
acarició sus huevos, los besó y, trabajando desde la base de ese primor, fue
lamiéndole lentamente hasta llegar de nuevo al glande, al que recorrió con su
lengua, alternando lengüetazos y gráciles besos, hasta cobijarlo dentro de su
boca haciéndole la felatio debida desde hacía tiempo.


El trabajo de la mujer en su sexo despertaba corrientes de
energía que se expandían por todo su cuerpo, arrancándole temblores
incontrolables. Sus manos se habían posado sobre la cabeza de ella, acercándola
y retirándola de su cuerpo. Sentía el calor, la suavidad de su lengua, la
cavidad bucal transformada momentáneamente en frágil vagina.


El hombre abrió los ojos y vió el culo enrojecido de su
hembra.


— Hay que arreglar esto, dijo. Separó a la mujer de su
estandarte. Apoyó el torso de ella, boca abajo, sobre cama dejando sus rodillas
hincadas en el piso; le quitó la tanga quedando su cuerpo en total desnudez, con
el culo en pompa.


Con la suavidad del mundo se dio a la tarea de besar las
nalgas de la hembra, sutilmente, siguiendo con sus labios la traza enrojecida
dejada por cada cintarazo.


Ella percibió el ardor de aquellos besos en la irritada piel
pero, paulatinamente, aquel sinsabor fue transformándose en fuente de placer que
se contagió al resto de su ser.


Con maestría casi olvidada el supo manejar su lengua para
cubrir la enorme superficie del culo de su mujer. Se dirigió a la quebrada de
sus nalgas, abriéndolas y expandiéndolas a fuerza de placenteros lengüetazos;
esculpió el centro de su raya hasta llegar a la oscura boca, donde se detuvo el
tiempo necesario para dibujar uno a uno los pliegues del orificio e introducir
la punta endurecida a la caverna del esfínter.


Ella, entregada como estaba, se dejaba hacer y volaba
apasionada respondiendo con gimoteos y movimientos de placenteros.


La lengua abandonó los pliegos del ano y continuó bajando
hasta encontrar los de la vagina, ya empapada olorosa a sexo. A cada roce de la
lengua, el clítoris desencadenaba un espasmo sigiloso pero intenso. Rápidamente
aquella pala se incrustó en la cueva de la hembra, cavando en su interior y
libando sus humores.


El gimoteo de la mujer expresaba que su arrebato iba in
crescendo y que su calor estaba a punto de incendiar la habitación.


El retiró su boca y, de una sola estocada, hendió su espada
en el canal de su hembra, quien sintió cómo aquella pija tan querida se abría
paso estirando las paredes de su sexo.


Aquel la ayudó mimando el clítoris con sus dedos mientras su
garrote penetraba en lo más profundo en rítmicos movimientos de pistoneo
sostenido. Ella lo auxiliaba levantando el culo y arrimando la concha a las
verijas de su macho.


Los gemidos entrecortados de ambos detonaban el frenesí del
momento.


La mujer apuró sus movimientos y una ola de eróticas
descargas la hizo estallar en un orgasmo pleno, contoneante, que, en sucesivas
ondanadas, sacudió todo su ser.


Paciente, aún teniéndola ensartada, el hombre esperó quieto
que se agotaran las olas orgásmicas que se desencadenaron por largos e intensos
segundos.


— Hermoso, papito, dijo más relajada. Te amo, fue hermoso.


El, con su instrumento enhiesto, se retiró del interior de su
mujer y, ayudándola, la acomodó boca abajo en la cama. —Te quiero, dijo ella. El
buscó un ungüento, interpuso un cojín entre el cuerpo femenino y el colchón para
levantar el traste y, despaciosamente, lo esparció sobre el culo en que se había
transformado en harapiento después de la azotaína.


La mano de la mujer se prendió del rabo masculino,
masajeándolo dulcemente, mientras él deslizaba la crema sobre la irritada zona.
Sus dedos ingresaron a lo más profundo de la raja hasta llegar al agujero negro.
Con abundante pomada ingresaron al estrecho canal, embadurnándolo y dilatándolo.


Ella sintió la embestida con dolor de un dedo, primero, luego
dos y más tarde tres que trabajaron en su ano moviéndose como tenazas que se
abrían y cerraban en su interior, entraban y salían y giraban sobre sí mismos
como cavando en sus esfínteres.


La fiebre de no haber llegado lo consumía por dentro…. Sin
muchos prolegómenos, ella sitió la cabeza ardiente del miembro de su marido
afirmándose en su ano y la presión del embistente. De un solo saque la espada se
abrió camino por la senda de su cueva, abriendo y quemando su esfínter como una
brasa, y empujando todo obstáculo que hallase en su camino. Ardor y dolor se
mezclaron para, una vez dilatado y acomodado el túnel, dar lugar a una sensación
de placer que la llenó. El, consumido por la pasión, apuró su ritmo. Ella
aflojaba su cuerpo para sentir con más ardor su mete y saca. Percibió cómo
creció en su interior, aún más, el miembro henchido de su marido. Sitió la
fuerza y la desesperación de aquel cuerpo por venirse y las pulsaciones de su
pija al inundarla con chorros de abundante esperma.


Consumada la eyaculación, el hombre se quedó tendido sobre el
cuerpo de su mujer mientras ella apreciaba cómo se iba aflojando la dureza de
aquella verga que, relajándose de a poco, fue replegándose, milímetro a
milímetro, hasta abandonar totalmente la tierra conquistada.


Ya relajados, y a la lumbre de un cigarrillo compartido, el
marido preguntó:


— Te ha cogido bien…?


— Sabes que sí, mi amor…


— Mañana me lo cuentas.



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Relato: Crónicas de la vida marital
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