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Relato: La criada


 


Relato: La criada

  

LA CRIADA


Pepi llegó a casa recomendada por una amiga del pueblo.
Tendría unos dieciocho años. Era bajita y regordeta, con cara roja de campo y el
pelo en melenita corta, tintado de rubio con agua oxigenada. Era muy cateta,
pero además, medio tartaja y parecía mas limitada que las anteriores criadas que
habiamos tenido.


Una tarde volví de la oficina antes de lo acostumbrado,
porque retransmitían un partido de la selección española de futbol. Me senté en
el sofá del cuarto de estar, me serví un whiskisito y me dispuse comodamente a
ver el partido. Mi mujer había salido a hacer unas compras y la muchacha se
escuchaba a lo lejos, lavando a los niños en el cuarto de baño. De pronto,
escuché unos gritos y fui alarmado a ver que ocurría.


Los niños estaban formando una tangana impresionante y no
dejaban que Pepi los lavará. Habían estado salpicando agua a diestro y siniestro
y tanto el suelo, como la misma muchacha, estaban empapados. Me quedé en el
marco de la puerta para imponer un poco de respeto. "Has visto" - empezó a
decirle a Eduardito - "aquí está tu padre. A ver si ahora sigues tirando agua".
Mire usted señolito como lo han puesto todo, me decía sin mirarme, mientras
refregaba a los niños con jabón.



El suelo del cuarto de baño estaba lleno de agua y ella tenia la camiseta toda
empapada. Se puso en cuclillas y empezó a embadurnar la espalda de uno de los
niños con una esponja que echaba espuma por los cuatro costados. Al agacharse,
se le subió un poco la falda y ante mis ojos aparecieron dos inmensos muslos,
rollizos y hermosos. Quedé sorprendido por la vista. No pensaba que la cateta
estuviera tan maciza. Me extrañó, con lo mujeriego que soy, que nunca antes me
hubiera fijado en ella. Mira que me había tirado a la mayoría de las chicas que
habían pasado por la casa. Pero a ella nunca se me habia pasado por la
imaginación tirarle los tejos. Quizás porque parecía medio tonta y siempre
andaba desaliñada.



Terminó de lavar a los niños y empezó a secarlos con una toalla grande. Cuando
comenzó a vestirlos, como ví que reinaba la paz, decidí volver al salón y
continuar viendo el partido.



Me senté en el sofá y eché un trago de whisky. Intenté meterme de nuevo en el
partido, pero no podía. Tenia grabados los muslos de Pepi en mi mente. Me
levanté y fui de nuevo al cuarto de baño. A los niños se les escuchaba en su
cuarto haciendo de las suyas. Mientras Pepi se había quedado en el cuarto de
baño, secando el suelo con la fregona. Me fijé que, al igual que la camiseta,
tenía la falda totalmente mojada.



Estás empapada Pepi, le dije.



Da igual señolito, estoy acostumbrada, me dijo.


Pero es malo, debes secarte pronto o cogerás un resfriado, le
contesté. Cogí una toalla, se la eché por los hombros y empecé a frotarselos
ligeramente.

- Debes cambiarte cuando antes, sino puedes enfriarte.


Ella no decía nada y seguía secando el suelo. Yo seguía
frotando con suavidad. Ella no se inmutaba y yo estaba cada vez mas nervioso.
Bajé una de mis manos y le froté ligeramente el pecho izquierdo. Tenia las tetas
grandes y llenas de juventud. Noté que sus pezones estaban duros y sentí los
latidos de su corazón excitado.



"Pepi, ¿tienes novio?", la pregunté, todo lanzado.



¿Yo?, que va señolito -me contestó- quien va a quererme a mí con lo fea que soy.




Sentía mi polla aprisionada en el pantalón que se había puesto como una piedra.




Le metí una mano por debajo de la falda y empecé a acariciarle los muslos. "Ay,
no haga usted eso señolito", me dijo ella bajito, pero sin mucha convicción.



Le desabroché el botón de la falda, y como estaba mojada, cayó al suelo por su
propio peso.



Ante mi sorpresa, no llevaba bragas. Apareció ante mi, todo el esplendor de sus
muslos y un culo redondo y macizo. Por los laditos, le sobresalía una abundante
caballera, rizada y castaña.



La volví, la abracé y le di un beso largo en la boca. Se quedó lacia, como una
muñeca de trapo. Con una pierna entorné un poco la puerta del cuarto de baño. Me
saqué la polla y se la metí de un trallazo. Ella dio un respingo y echó la
cabeza para atrás. Entró fácil, porque tenia mas empapado el coño que la
camiseta. Empezó a jadear desde el principio, abriendo la boca con suspiros
grandes y profundos, hasta que al ratito noté como se corría, mientras decía,
señolito... señolito...



Durante un tiempo me la estuve follando casi a diario, pero nunca podré olvidar
aquel inmenso primer polvo en el cuarto de baño.


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