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Relato: Los Albañiles


 


Relato: Los Albañiles

  

LOS ALBAÑILES


Durante varios meses había estado observando a aquellos tres
jovenzuelos a través de mi ventana. Ellos trabajan en una casa en construcción
frente a mi departamento y, desde un día que observé cómo se apretaban uno
contra otro, se rozaban intencionalmente y se aproximaban para tocarse las
nalgas o, mejor aún, el paquetón, nunca faltaba a mi puesto de observación. La
historia se fue repitiendo día tras día, durante las mañanas.


Convencido de que eran gays, un día decidí divertirme con
ellos y me desnudé completamente frente a la ventana, asegurándome de que me
vieran y fingiendo que no me daba cuenta.


Cuando volví a ver hacia la construcción, allí estaban las
tres cabezas, semi-escondidas entre los ladrillos de la nueva construcción. No
dándome por enterado, me paré frente a la ventana y comencé a masturbarme
suavemente, observando como las tres caras, a unos diez metros de distancia, se
esforzaban por no perder detalle.


La morbosidad de la situación me llevó al clímax en breves
minutos y mis convulsiones y jadeos no fueron fingidos sino provocados por el
formidable orgasmo que yo mismo me había producido.


Fui repitiendo la escena cada día a la misma hora,
esforzándome en las poses para permitir que me observaran con el mayor detalle
posible mientras yo me masturbaba, mientras me imaginaba a los tres albañiles
sacudiéndose las vergas en fantásticas pajas dedicadas a mí. Mis orgasmos eran
fantásticos y me pasaba casi una hora exibiendo mi verga erecta a sus atentas
miradas.


Aquel día, como de costumbre, me había masturbado frente a la
abierta ventana, hasta alcanzar mi orgasmo, retorciéndome y exagerando al máximo
mis contorsiones. Tras dar la sesión por concluida, limpié mi pene con una
toalla y fui al baño a lavarme.


Justo al salir del baño, sonó el timbre de la puerta. Vestido
sólo con una corta bata sobre mi desnudo cuerpo fui a abrir, decidido, y me
encontré con... ¡ellos!


Venían los tres juntos, aún vestidos con los monos de
trabajo.


- ¡Buenas tardes joven...! -dijo uno de ellos-. Perdone la
molestia. Somos de la obra de enfrente y, abusando de su amabilidad, queríamos
comprobar desde su ventana el acabado de la fachada.


Me quedé sorprendido y pensé: "Aquí va a pasar algo. Estos no
vienen a ver la fachada. Estos vienen por mí".


Los invité a pasar y los llevé hasta mi dormitorio, donde
abrí la ventana. Aunque estaba seguro de que la fachada les importaba un comino,
los tres se asomaron a la ventana e hicieron unos ligeros comentarios sobre unos
supuestos defectos que, según ellos, se observaban. Satisfecho el motivo
aparente de su visita, se volvieron para marcharse.


- ¡Joven, muchas gracias.. ! -dijo el mismo que había hablado
antes-. Por cierto, ¿le han dicho antes que está usted muy bien formado?


Ya comenzaba el ataque. Por mi parte, había decidido dejarme
seducir por aquellos tres fornidos mozalbetes.


- Bueno... -respondí- ¡No es para tanto!


- ¡Pues sí lo es!


- ¡Y se hace unas pajas.....! - dijo el segundo.


- ¡Y tiene una verga...! - soltó el tercero


Me hice el asombrado, mientras comenzaba a hacerse evidente
que me estaba excitando. Miré a los tres jóvenes de arriba a abajo, pero antes
de que pudiera decir nada, el que parecía el encargado, me soltó el cinturón,
abriéndome la bata, dejando toda mi delantera a la vista de sus ojos y, claro,
mi verga erecta.


Me hice el ofendido pero, inmediatamente, uno de ellos se
sacó el pene.


- ¡Vas a ver como también nosotros sabemos hacernos la paja!
-dijo.


Los otros dos también se sacaron los penes y comenzaron los
tres a masturbarse delante de mis narices.


Yo ya estaba a tope viendo aquellas tres pollas sacudidas por
sus propietarios a poca distancia de mis ojos.


Yo tenía alguna experiencia real, pero mi más frecuente
desahogo era la masturbación. Ahora era mi oportunidad y no pensaba
desaprovecharla.


El más joven de los albañiles, de unos veinte años, tenía una
verga preciosa, larga y gruesa, completamente circuncidada, con un glande
brillante y ya húmedo por la excitación.


Acabé de quitarme la bata, quedando completamente desnudo
frente a ellos. Tomé mi verga en la mano, uniéndome a la masturbación colectiva.
Me tumbé sobre la cama, mientras frotaba mi duro pene, que se erguía desafiante.


Los mozos ante el espectáculo, pararon de pajearse y el más
joven comenzó a desnudarse siendo imitado por los otros dos. En unos instantes
estábamos los cuatro en cueros y los tres me atacaron. Fue salvaje.


Yo quería ser penetrado en primer lugar por la verga del más
joven, pero no le dieron tiempo. El que parecía el capataz, se colocó tras mis
abiertas nalgas y, casi sin dejarme respirar, me la clavó de una descomunal
estocada, que me hizo gritar.


Mi ansioso ano admitió aquella polla, gorda y larga, que de
una sola vez entró hasta que los huevos del hombre chocaron contra mis nalgas.


Solté el aire de los pulmones y me fui a los cielos. Tenía
mucho tiempo de querer sentir aquel inmenso placer en mi interior.


Mi mano se apartó de mi pene y agarré a otro de ellos por el
miembro, apretándolo firmemente. En aquel momento, el muchacho más joven situó
su hermosa verga ante mi boca, que abrí para permitirle la entrada. ¡Qué rico!


Penetró hasta la garganta y allí comenzó a follarme, mientras
mi lengua hacía verdaderas filigranas en su suave glande.


El que me estaba follando el culo, se tumbó de medio lado
dándome un cuarto de vuelta, posición que aprovechó el tercero para apoderarse
de mi verga y comenzar a mamarme, mientras me agarraba de las nalgas. Los
chispazos de placer se acumulaban en mi cerebro.


Me empecé a correr en su boca, entre gritos, mientras el que
estaba a mis espaldas le daba más duro a sus embates. Me abrasaba el interior
del culo, pero estaba gozando.


Mi orgasmo fue monumental y mis gritos sonaban por toda la
casa a pesar de tener la boca llena de la verga del otro chico.


Ésta fue la primera en descargar. El joven se puso unos
momentos rígido, apretó su verga hasta lo más profundo de mi garganta y disparó


Me soltó una descomunal lechada a borbotones, descargándola
directamente en mi estómago justo en el momento que sentía dentro de mi ano la
segunda descarga de ardiente sémen que vació los huevos del capataz.


Quedó unicamente el que me había mamado y que, libre ya de
sus dos competidores, acabó de ponerme con la tripa contra el colchón y me
trabajó el trasero a placer.


Me la sacaba lentamente hasta tenerla casi fuera del ano y
después me la volvía a clavar de un solo golpe.


Mis excitación continuaba y yo, con mi mano, agarraba sus
nalgas apretándome más y más contra aquella verga que estaba haciendo mis
delicias, hasta que noté el primer borbotón de sémen en mi intestino. Despúes el
segundo y otro más. Me clavó su pene al máximo y siguió descargando su leche en
mi recto hasta que se vació del todo.


Lentamente la fue sacando y yo me sentí como vacío, parecía
que me habían quitado algo mío. Los cuatro, agotados por el esfuerzo, nos
acostamos a descansar.


Luego los invité a merendar, cosa que hicimos tal como
estábamos, en pelotas, hasta que poco a poco la cosa se empezó a animar de
nuevo. Las tres pollas ya apuntaban al frente y mi ano volvía a rezumar
líquidos.


Mientras comíamos, me metían mano y yo, pajeaba una u otra
verga, hasta que comenzamos de nuevo.


Volvimos al dormitorio y empezamos al revés. El chico más
joven se tumbó con la verga apuntando al techo y yo me situé sobre él,
clavándome lentamente en su estoque. Mi irritado culo absorbió aquel miembro
como si fuera el de un bebé y el calor subía por mi cuerpo hasta hacerme
palpitar las sienes.


Lo sentía dentro de mí y comencé a cabalgarlo, primero
despacio, pero poco a poco fui acelerando el ritmo, hasta que me acosté de
espaldas sobre él, besándolo y buscando su lengua con la mía.


El capataz aprovechó la postura y se me montó por delante,
comenzando a frotar su pene contra el mío. El tercero me agarró del pelo e hizo
que separase mi boca de la boca del chico y, levantándome la cara, me puso entre
sus labios su tiesa verga, que no dudé en tragarme.


Mientras tanto, el capataz seguía frotando su pene contra el
mío y aceleraba el movimiento a fondo.


La verga que tenía en mi ano, se hinchó repentinamente y
soltó su descarga. No bien hubo terminado de largar leche, el capataz aprovechó
para desplazar a su compañero y substituirlo con su potente mandarria dentro de
mi culo. Al sentir cómo me entraba su gorda verga, yo alcancé un fenomenal
orgasmo.


En mi excitación mordí la verga que tenía en la boca y él, al
momento de sentir aquello, se corrió soltándome la leche por la cara.


El capataz se echó a reir al ver la cara de sorpresa de su
compañero y, entre carcajada y carcajada, se pegó la gran corrida en mi culo.
Vuelta a descansar un rato y nueva ronda de orgasmos y corridas, cambiando entre
ellos de posición.


Esta vez le tocó al capataz la mamada mientras el chico
recibía una masturbación de mis manos y el tercero acertaba perfectamente en el
culo.


Nos tendimos en el lecho, yo con el ano lleno de verga y el
más joven se tumbó encima de mí, metiendo su verga en el espacio entre mis
muslos, practicando un coito interperineal.


Por fin el que tenía su verga en mi ano, descargó sus huevos
con violentas lechadas y se desinfló, momento que aprovechó el chico para
colocarse atrás de mí y encularme nuevamente a fondo.


Mientras tanto, yo chupaba y lamía el vergón del capataz que,
a los pocos instantes, me descargó una colosal corrida que desbordó mi boca,
chorreando por la barbilla. Quedó solo el más joven, que disfrutó de lo lindo.


Me clavaba la verga en el culo con tal fuerza que parecía que
a cada empujón se le hacía más larga y gruesa haciendome pasar por el cielo y
por el infierno, en un contraste de sensaciones que me acercaban rápidamente a
un renovado orgasmo. Metí una de mis manos por entre mis nalgas y su pubis y le
agarré de los huevos, estrujándoselos hasta que se corrió.


Sentí sus ardientes descargas en mi recto mientras con la
otra mano sacudía mi pene, provocándome una última corrida.


Todo acabó.


Me dejaron hecho un desastre, pero feliz. Se vistieron y se
fueron, despidiéndose... ¡Hasta mañana...!


Y así fue, día tras día, hasta que finalizó la obra, que me
imagino que duró tres meses más de lo previsto, por el tiempo que me dedicaban y
por lo cansados que volvían a la tarea de poner ladrillos, después de cojereme
cada día.


Autor: Amadeo


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Relato: Los Albañiles
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