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Relato: Perro de Alquiler (02)


 


Relato: Perro de Alquiler (02)

  

Perro de Alquiler II


 



Tome, póngase esto. - me dijo el francés, tirándome una
diminuta tanga roja y un collar de perro.




Yo estaba sumido en la nada, cabizbajo, con la mente volando
por todos lados. No me había percatado de que estaba buscando algo en la cajuela
de su carro hasta me tiró esas prendas.



¿Quiere que me lo ponga?


Así es…


Pero… no me va a quedar…


No importa, si lo aprieta mucho mejor… quiero verlo vestido
con esas prendas.




Obedecía, me puse la pequeñísima tanga esa. Era casi solo
hilo por todos lados, con una abertura elástica al frente. La parte trasera se
me metió en medio de las nalgas hasta el fondo, y el frente apretaba mucho mi
paquete.



Arturo, no tiene idea de lo bien que se mira… usted posee
un aura muy erótica. – sacó una cámara fotográfica – Esto tiene que guardarse
para la posteridad. – y me tomó varias fotos.




No le dije nada, no atiné a hacerlo. Y la sensación de la
tela de esas extrañas bragas contra mi piel, y el morbo de tener un collar de
perro en el cuello, más el hecho de que me encontraba por completo denudo, me
empezó a excitar lentamente.



Señor Arturo, ¡no puedo creerlo! Su pene empieza a
levantarse de nuevo. – era cierto, me avergoncé mucho de mi mismo – ¡Me parece
extraordinaria la prestancia y gran disposición que usted tiene para el sexo
gay… ¿seguro que nunca lo había hecho antes?


Nunca, jamás…


¿Y tampoco fantaseaba con el?


No, nunca…


¡Extraordinario! Me he topado con una verdadera joya
sexual. A propósito, creo que es hora de presentarme, creo que fui un poco
grosero. Mi nombre es Jean Bertrand Ochier…




Arrancó el carro y nos fuimos, se fue platicándome no sé qué
cosas, no las recuerdo. Pero lo que si recuerdo bien era su mano, pues esta
estaba paseándose sobre el bulto que se formaba debajo del calzoncillo. Tragué
saliva, mi cuerpo se estremeció y mi pene despertó, se puso duro, luchando por
salirse de la tanga. Con un rápido movimiento, Ochrier lo sacó por una abertura
, y lo comenzó a acariciar.



Es un pene bastante grande Arturo…


Gra-gracias…


¿Tiene planes para el día de mañana?


Pues… no, ninguno…


¿Entonces estará disponible?


Si, si… creo yo…


Bien, bien… entonces no importa que no regrese a dormir
hoy, ¿o si?


No… ahora… no, no importa…


Bien, bien, bien…




Continuamos con la marcha, Ochrier paró adelante para sacar
otro curioso artilugio de la guantera. Se trataba de un pequeño cinturón de
cuero negro, unido a una argolla dorada que se abría y se cerraba. La argolla la
cerro alrededor de la base de mi pene, y el cinturón alrededor de mis
testículos.



Espero que no le moleste…


Un poco…


Pero un poco no es malo… si, que bien que traje uno de su
talla, aunque la verdad, no esperaba tener que usarlo muy seguido, es difícil
conseguir perros de sus dimensiones Arturo. – "…perros de sus dimensiones…"
dijo, refiriéndose a mi pene largo (18 cm) y bastante grueso, y a mis huevos
bastante grandes también.




Esa nueva prenda encendió en mi otra cosa que no conocía. Ya
saben cómo descubrí la extrema sensibilidad de mi ano, tanta que soy capaz de
llegar al orgasmo tan solo con estimulación anal. De hecho, en la actualidad me
cuesta un poco alcanza el clímax si por lo menos no me lo tocan. También saben
que me gusta mucho ser dominado, eso me da un morbo bien grande. Pero eso aun no
es tan obvio, como lo empezó a ser luego de que me pusiera esas cosas. Me sentía
un objeto de su propiedad, me sentía muy sumiso a el, bastante de verdad. Y esa
sensación de pertenecerle, me gustaba… y me gusta todavía.



Bertrand, Ochrier, jamás podré olvidar ese nombre, ni a ese
hombre. se los describiré ahora: es un hombre de 28 años, un próspero empresario
francés que exporta productos guatemaltecos a su país. Mide 1.75, es delgado de
porte atlético, de piel blanca y sonrojada, rubio, con el inicio de una calva
precoz en la coronilla. El resto de su cuerpo está completamente depilado. Es
muy educado y cortés, con modales refinados. Pero el rasgo que más me llamó la
atención de el eran sus ojos, 2 hermosas esferas de un azul gélido. Con solo
verme, esos 2 fríos ojos pueden dominarme inmediatamente.



Arturo, saqué mi pene del pantalón y póngase a chuparlo.




Le obedecía inmediatamente, bajé el cierre de su pantalón,
saqué su pene semi erecto y procedí a lamerlo como si fuese un helado. No sabía
como realizar buenas mamadas, pero me esforzaba en ello. Por su lado, a Ochrier
le hacía mucha gracia ver el empeño que ese hombre maduro que tenía agachado
sobre su sexo (yo) le ponía a la tarea. Y precisamente mi inexperiencia era una
de las cosas que más le gustaban a Bertrand Ochrier de mi.



Continué con la faena durante todo el trayecto, casi podía
decirse que me gustaba. Ahora tenía metido ese pene, ya duro y parado, entero
entre la boca, cuidando de lo lastimarlo con los dientes. Lo succionaba con
fuerza, mientras acariciaba el glande con la lengua. Seguramente era una visión
increíble, yo, Arturo Martínez, un hombre alto y corpulento, velludo como un
oso, barbado y con bigote, que aparentaba ser una auténtico macho, estaba
reducido ahora a un principiante de chupavergas.



Antes de llegar al edificio en el que se encontraba su
departamento, Ochrier sacó su pene de mi boca y me ordenó que se lo guardara, lo
hice con mucho cuidado.



Mmmm… usted aparenta ser un hombre rudo y tosco, le gusta
el trato brusco y violento… pero en realidad es bastante delicado cuando debe
manipula mis partes… me gusta eso, es una contradicción fascinante.




Me cubrió con una gabardina, entramos al edificio, subimos
por el ascensor hasta el penthouse y entramos. Inmediatamente Ochrier cerró la
puerta y me ordenó despojarme de la gabardina, quedé desnudo frente a el, solo
con la tanguita, el collar de perro y el cinturón en los huevos. Tenía una
bonita y visible erección.



Estaba avergonzado y mortificado, ¿cómo era posible que se
excitara en un momento así? Estaba siendo utilizado como un animal, como una
mercancía, hice cosas que me asqueaban y apenaban en lo más hondo del alma,
¿cómo podía estarlo disfrutando de esa manera? ¿Cómo podía su pene estar parado,
como si se tratara de algo delicioso y agradable?



Ochrier percibía el conflicto en el que estaba su puto, cosa
que lo regocijaba. Sabía que yo me le entregaría en bandeja de plata que si
continuaba con su juego, que por calentura sería capaz de hacer cualquier cosa.
Pero que después me estaría muriendo de la vergüenza, que no me podría explicar
por qué lo había hecho, y eso lo calentaba más todavía. Le gustaba tener que
trabajar para domar a una bestia tan noble como yo.



Se despojó de la ropa también el, quedando solo en slips,
exhibiendo debajo de estos una gran erección.



Arturo, avance hasta mi a gatas, muy despacio. – obedecí,
me puse en 4 y comencé a caminar lentamente hasta llegar a los pies de Ochrier
– Béseme y chúpeme los pies. – volví a obedecer de inmediato, bajé la cabeza y
me puse a besar y a chupar los pies de mi amo.




Me sorprendía de mi mismo, nunca me imaginé arrodillado a los
pies de otro hombre, desnudo, chupándole los pies, y caliente encima de todo.



Mmmm, me gusta su lengua Arturo, creo que tiene mucho
potencial… mmmm… ahora, tome mi pene con sus labios y sáquelo de mi ropa
interior… sin usar las manos.




Me desconcerté por un breve momento, no sabía como realizar
esa orden. Pero los fríos ojos azules de mi patrón me devolvieron rápidamente a
la realidad. Me arrodillé y me puse a tratar de bajar los slips con los labios,
trataba de tomar un borde con los dientes, pero no encontraba la manera. Y el
francés se reía de los repetidos y vanos intentos de su perro. Me sentía muy
humillado.



Finalmente Ochrier se bajó el mismo la prenda, quedando
desnudo. Entonces si pude tomar ese falo enhiesto con la boca, empezando una más
de las incontables mamadas que daría en mi vida. El me tomaba de los pelos,
haciéndome la cabeza de atrás hacia delante, al tiempo que movía de igual manera
las caderas, pero en sentido contrario, de manera que cuando yo me acercaba, la
pelvis de Ochrier también. Así, literalmente, me estaba cogiendo por la boca. Y
yo me agarraba de las piernas de mi amo, dejándolo hacer conmigo lo que se le
diera la gana.



Empecé a gemir y a jadear sin darme cuenta, también a sudar.
Mi pene tenía cara de querer explotar, de estar desesperado. Ese inmenso pedazo
de carne de 18 cm que me cuelga entre las piernas se tambaleaba de un lugar a
otro, siempre acompañado por sus 2 gordos, redondos y peludos compañeros.



Arturo, camine hacia el sillón. – me soltó y avancé
lentamente en 4 hasta el sillón, me alcanzó y le puso la corre a mi collar –
Acuéstese boca arriba, con las piernas abierta y levantadas en el aire. –
obedecí otra vez.




Ochrier se acercó, con su pene en el aire, rígido, brillante
por sus fluidos y mi saliva. Se quedó contemplándome un rato, a su sumisa presa
que estaba justo como el quería: acostado sobre el sillón, boca arriba con las
piernas abiertas y levantadas en el aire; la cabeza recostada en el respaldo y
las nalgas en el borde del asiento; con los brazos sosteniendo cada miembro
inferior, de manera de dejar el ano totalmente expuesto.



El francés me comenzó a pasar los dedos sobre los testículos,
despacio, por todo lo largo de mi mástil también, presionando el glande con
maestría para ordeñarme las gruesas gotas de fluidos lubricantes que de la punta
salían. Las tomaba con los dedos y luego me los llevaba a la boca para que los
chupara como si fuese néctar. Mi pene palpitaba, estaba muy apretado por la
argolla dorado que lo rodeaba.



La tira trasera de la tanga se desprendía en 2 tiras más
delgadas, por lo que Ochrier las separó, colocó su pulgar sobre mi ano y empezó
a presionar suavemente. Un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo, era una
caricia que me encantó, no se por qué. Y aun me encantan esas caricias, son lo
máximo para mi. Su pulgar se hundió entre mis entrañas, y el escalofrío se hizo
más grande, más intenso. Me costaba tener los ojos abiertos, se me cerraban del
inmenso placer que sentía. No me di cuenta de cuando introdujo otros 2 dedos
más, pero si cuando los comenzó a meter y sacara, cogiéndome con ellos. En su
cara podía ver como se deleitaba con tenerme entre sus manos, manso y entregado
completamente, volviéndome loco de placer.



Entonces colocó su pene en las puertas de mis entrañas, tomó
mis piernas y me penetró. Empezó así la segunda sodomización de mi vida, algo
con lo que no puedo dejar de vivir ahora. Yo me sujetaba de los asientos,
gimiendo con fuerza, frunciendo el ceño y apretando los dientes, era esa mezcla
de dolor y placer, morbo y vergüenza, lo que me volvía loco.



¡¡¡AAAGHHH!!!


¡Vamos Arturo, yo sé que le gusta!


¡¡¡DIOS MÍO!!! ¡¡¡OOOUUGGHH!!!


¡Vamos Arturo, aguante, aguante! ¡Grite si quiere perro,
grite como un desesperado!


¡¡¡ME VAAAAAA… ME VA… A PARTIR…!!! ¡¡¡AAAAAAGGGGHHHHH!!!


¡Si! ¡Lo voy a partir en 2, porque le gusta, perro!




Paró y me dio la vuelta, poniéndome arrodillado en 4 sobre el
sillón. Sujetó con fuerza la correa a modo de riendas, y me penetró como un
salvaje. Sus embates sonaban contra mis nalgas como aplausos, mientras mi pene
se movía violentamente como un largo péndulo fuera de control. Sus venas estaban
a punto de explotar, deseaba tanto llegar al orgasmo, pero el cinturón que me
había puesto allí lo impedía.



Luego me tomó de un brazo y me hizo acostarme boca abajo
sobre la mesa de centro de la sala. Mis caderas y cabeza quedaban fuera de la
mesa. El morbo era gigantesco, no me dejaba pensar con claridad, tan solo sentir
ese sentimiento de sumisión y pertenencia a el.



Volvió a la carga, arrancándome un largo grito, y roncos
gemidos. Yo me sujetaba con fuerza a los bordes de la mesa y cerraba con fuerzas
los ojos, apretando la mandíbula, esta vez Ochrier no me quería dejar vivo. Su
pelvis se estrellaba fuertemente contra mis nalgas, mis huevotes peludos
rebotaban por todos lados, lo que me producía cierto dolorcito; mi pene se
zarandeaba violentamente contra la mesita, y yo me esforzaba mucho por no
desfallecer.



¡¡¡¡AAAAHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAHHHH!!!!


¡Aguante Arturo!… ¡Yo sé que le gusta!


¡¡¡¡AAAAHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAHHHH!!!!


¡Dígamelo!… ¡Dígame que le gusta!


¡¡¡¡SSSIIIIIIIIIII!!!!… ¡¡¡¡ME ENCAAAAAANTAAAAAA!!!!
¡¡¡¡AAAAGGGGHHHH!!!!


¡¿Lo quiere más duro perro?!


¡¡¡¡SSSSIIIIIIII!!!! ¡¡¡¡AAAAGGGGHHHH!!!!… ¡¡¡¡PAARTAMEEEEE
EN DOOOOOOSSSSS!!!!




Y Ochrier si lo estaba haciendo, los golpes de su pelvis eran
extremadamente violentos. Podía sentir el sudor de su cuerpo caer sobre el mío,
que estaba empapado. Y su rígido falo entrar y salir de mi interior horadando
mis entrañas, casi arrancándome el ano.



Terminé tragando el semen de mi amo, después de que Ochrier
se saliera de mi interior y eyaculara en mi la boca. Me retuvo debajo de la mesa
del comedor, lamiéndole los pies y el sexo, mientras le suplicaba que me dejara
terminar, tal y como me lo había ordenado. Me encontraba estaba extasiado, me
gustaba sobremanera que me sometieran de esta manera. Me sentían tan dominado
por el… Ochrier recompensó mis súplicas con una abundante cantidad de semen que
recibí y tragué como el más fino de los alimentos.



Le voy a enseñar un truco Arturo. Quiero que se acueste en
el suelo, con la pelvis sobre esas 3 almohadas grandes que se encuentran sobre
el sillón largo. – obedecía, quedé con la pelvis por encima del nivel de mi
cabeza – Ahora dejaré que acabe masturbándose. Pero ponga atención, que antes
de llegar al clímax, quiero que levante las caderas con las piernas y haga que
su semen le llegue hasta la cara. Deberá beberse cada gota de su esperma,
¿entendido?


Si señor…




Hice como me ordenó, después de que me quitó en pequeño
cinturón y la argolla dorada, comencé a masturbar mi casi amoratado pene como
loco, y breves momentos después terminé eyaculando con fuerza, llegando mi semen
sobre mi rostro y boca abierta. No sé, pero ese día sentí el sabor del semen
delicioso. Desde entonces me encanta.



Ochrier volvió a montar a su perro otras 3 veces esa noche
(es increíble el vigor de ese hombre), sobre la mesa, en el sofá, y de último en
el suelo, en donde fui tomado en la posición del misionero, con mi pierna
derecha sobre el hombro del francés, y la izquierda rodeándole la cintura.
Escuchaba las palabras lascivas que mi patrón me susurraba al oído, en que me
decía que era el mejor perro que había probado en toda su vida. Terminé
profundamente dormido entre sus brazos. Al despertar, nuevamente me hizo suyo, y
luego me fue a dejar a una parado, en donde tomé un bus a mi casa. Obtuve una
muy buena paga por mis servicios, y una cita para el próximo miércoles. Me
regaló la tanguita.



Desde entonces, decidí tomar un nuevo giro en mi vida. No
hallaba trabajo, así que decidí dedicarme a eso, solo mientras conseguía algo.
Pero lo cierto es que muy pronto dejé de hacerlo por necesidad y lo empecé a
hacer por puro placer.



Bueno, ahora ya saben cual es mi historia, como fue que me
convertí en un puto. Y, aunque mi situación ya mejoró y ya no necesito vender mi
cuerpo, ya no puedo aguantar esa necesidad de ser comprado que tengo, y salgo a
la calle a comerciarme como una mercancía barata.



Pero mi historia no ha llegado a su fin todavía, lo que me
ocurrió después creo que será de su interés. Y no solo conmigo, si no con mi
familia también. Pero eso se los contaré cuando nos veamos más adelante, hasta
la próxima.



Continuará…



Garganta de Cuero.



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Relato: Perro de Alquiler (02)
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