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Relato: Laura va a la escuela


 


Relato: Laura va a la escuela

  

Laura va a la escuela


Capítulo 1: Los años previos


Había esperado con ansia el día. Mamá me había hablado tanto
de los placeres que me esperaban una vez que me incorporara al Colegio, me había
contado tantos momentos increíbles, que había logrado en más de una ocasión que
tuviera orgasmos con sus palabras. Era una niña muy sexual, así me habían
educado, para pensar en sexo. En mis estudios, porque yo estudiaba en casa, la
educación sexual era tan importante como podían serlo las matemáticas.


Mi primer orgasmo lo tuve a los 12 años. Cuando tuve mi
primera menstruación mamá me enseñó a masturbarme. Esperó que pasaran los
primeros días, durante los cuales me tuvo acumulando tensión, explicándome lo
que muy pronto sucedería. Esas noches, al llegar la hora de ir a dormir, ella
misma me quitaba el vestido y así, desnuda, porque en casa jamás se usó ropa
interior, me ponía las esposas de cuero suave compradas especialmente, en las
muñecas y en los tobillos, me acostaba en la cama y me ataba con las piernas
abiertas y los brazos sobre mi cabeza. Así me contaba una vez más de los
inmensos placeres del sexo, me contaba cómo se sentía meterse los dedos en la
vagina, mientras me acariciaba con suavidad los brazos, el vientre y las
piernas, sin tocarme en los pechos o en el coño, como yo le pedía. Luego de un
rato me daba un beso en los labios, apagaba las luces y se iba. Al quinto día,
luego de bañarme, operación que ella presenció para asegurarse que no intentara
improvisar con mi deseo (lo que no era necesario porque yo siempre le obedecía),
me secó con suavidad ella misma, luego me llevó a la habitación y ambas nos
recostamos en la cama, una junto a la otra. Siguiendo sus órdenes, comencé a
tocarme los pechos, hasta que los pezones estuvieron duros, y los apretaba con
mis dedos y retorcía suavemente, sin que doliera, sino contribuyendo a mi
excitación.


Mientras mi mano izquierda seguía recorriendo mis pechos, mi
cuello, mi cara, mi mano derecha bajaba hasta mi coñito apenas cubierto por un
vello fino. Al mismo tiempo, mi madre junto a mí hacía lo mismo, ella me miraba
para ver si yo lo hacía bien y yo la miraba para copiar cada uno de sus
movimientos. Apoyé mi manito sobre mi concha y presioné con fuerza, sintiendo el
calor que crecía entre mis piernas, acaricié mis labios con suavidad, busqué con
mis deditos el clítoris, podía sentirlo más engordado por la excitación, apenas
necesité rozarlo con un dedo cuando fui sorprendida por mi primer orgasmo.
Estaba tan excitada por la preparación que acabé en solo unos momentos. Mamá se
rió con ganas al ver mi cara de sorpresa y gozo, y decidió que lo mejor sería
continuar hasta terminar con la lección. Unos minutos después metí mi dedito en
mi vagina y lo moví con lentitud, explorando mi interior. Estaba ya lubricada de
mi reciente orgasmo y se movía con suavidad, pero apretaba, mi conchita estaba
bien cerrada, y me preguntaba cómo haría para meter allí hasta el más pequeño de
los consoladores que tenía mi mamá. Sabía que con el tiempo lo lograría, ansiaba
ese momento, y mientras tanto buscaba mi punto g con mi dedo, hasta encontrarlo
y tener mi segundo orgasmo, 15 minutos después del primero.


Durante más de un año y medio me masturbé todos los días. Mi
mamá me ordenó hacerlo al menos una vez al día, pero yo lo hacía al menos 3 por
día. Para mi cumpleaños de 13 me regaló mi primer pene de plástico, bastante
chico pero suficiente para ir agrandando mi vagina. También comenzaron las
sesiones de castigo. Desde chiquita me daba nalgadas cuando me portaba mal, pero
desde entonces se transformaron en un juego sexual. Todas las noches me acercaba
a ella completamente desnuda y con mis ataduras en la mano. Ella me ataba las
manos en la espalda, me ponía sobre su falda y me pegaba, a veces con la mano y
a veces con una paleta, hasta que mi culito quedaba rosadito. Al principio
lloraba, pero con el tiempo me fui acostumbrando, y ella nunca me pegó muy
fuerte. Luego me desataba y yo salía corriendo a mi habitación a masturbarme.


Como mi mamá me prohibió tener sexo con varones hasta estar
lista, lo hacía con mis amigas, dos vecinas de mi misma edad. Cuando alguna
venía a mi casa, ya sabía que allí no se usaba ropa interior, y muchas veces de
ningún tipo, así que cuando entraban se desnudaban, y nos paseábamos sin ropas,
riéndonos y tocándonos. A veces, éramos 3 ó 4 niñas de 13 añitos, desnuditas
como Dios nos trajo al mundo, tentándonos unas a otras. Cuando estaba con ellas
mamá me dejaba usar todos sus juguetes, así que nos divertíamos en grande.
Algunas veces atábamos a alguna y entre todas la acariciábamos hasta que tenía
orgasmo tras orgasmo y gritaba que parásemos. Otras veces hacíamos competencias
de chupar el coño, para ver quién podía hacer acabar más rápido.


Capítulo 2: la admisión


El día anterior a cumplir 14 años me preparé para mi ingreso
al colegio al día siguiente. Me depilé el coño completamente, algo que hacía
regularmente desde hacía un tiempo, para tenerlo como mi madre. Desnuda me paré
frente al espejo y observé cada detalle de mi cuerpo. Era muy hermosa, toda una
mujer a los 14 años. Aún no tenía los pechos de mi mamá, pero tenía bastante, y
estaban bien paraditos. Miré en el espejo mis ojos azules y mis cabellos
castaños, largos y lacios. Miré mi figura, perfecta con mi 1,66 de altura y 48
kilos, admiré los labios de mi coño, los abrí con los dedos para observar el
interior rosado de mi vagina. Me masturbé allí parada, mirando mi imagen en el
espejo.


La mañana siguiente me bañé y vestí para el Colegio. No me
toqué, porque mamá me lo prohibió. Me puse mi atuendo: la bombacha y el corpiño
era la primera vez que los probaba. Mamá me compró un conjunto de seda blanca,
muy suave y muy sexy, pero igual era incómodo, no estaba acostumbrada. Luego me
puse la pollera escocesa y la blusa, con las medias cortas y los zapatos parecía
una verdadera colegiala.


El Colegio quedaba a dos horas de casa en auto, en medio del
campo. Era un edificio enorme y hermoso, con gigantescos jardines. Entramos por
la puerta principal sin cruzarnos con nadie y fuimos directamente a la oficina
de la directora. Era una mujer de unos treinta años, hermosa con su cabello
dorado atado y su trajecito entallado. Allí nos recibió y luego de los saludos
me preguntó como me sentía.


- Excitada - le dije sin pensarlo.


Ella sonrió y me señaló la puerta de la oficina del
vicedirector. Todas pasamos. El vicedirector era un hombre de cincuenta años, de
escasos pelos canosos. Le preguntó a mi madre si me había explicado exactamente
qué significaba inscribirse en el Colegio. Ante su respuesta afirmativa, se
dirigió a mi.


- ¿Estás segura de querer unirte a esta institución? - me
dijo.


- Sí, señor. Estoy ansiosa por comenzar.


No dijo nada, sino que se dio vuelta y abrió un armario con
una llave que sacó de su bolsillo. Del armario retiró un collar de cuero. Se
acercó a mí y me dijo que me agachara. Yo lo hice sin dudar, y él colocó el
collar en mi cuello. Me tomó de la mano y me llevó a través de la puerta a una
habitación llena de lockers. Mamá vino detrás nuestro, mientras la directora se
excusó diciendo que debía preparar el acto.


- Quítate toda la ropa - me dijo el director.


Comencé a hacerlo con el corazón acelerado. Nunca había
estado desnuda delante de un hombre, cada vez que estaba en casa un amante de
mamá yo me ponía algún vestido. Seguro, muchos de ellos tuvieron oportunidad de
observar mi coño sentada en un sillón, pero esto era otra cosa. Me quité la
blusa y la pollera, los zapatos y las medias. Quitarme la ropa interior era un
placer, estaba muy incómoda por ser la primera vez que la usaba. El vicedirector
abrió un locker y depositó allí mi ropa. Sacó unas esposas metálicas, como las
de la policía, y una correa para mi collar.


- Ya no necesitarás de esas ropas, ni de ninguna otra. A
partir de este momento eres una esclava - dijo, sin mayor ceremonia.


Me tomó de los hombros y me hizo girar hasta darle la
espalda. Tomó mis manos y colocó las esposas, muy apretadas hasta lastimarme.


- Ay, duele - dije sin darme cuenta. Todo había sido tan
tranquilo, no esperaba tanta rudeza.


- Silencio - dijo mi mamá. Yo inmediatamente bajé la cabeza
con vergüenza.


El vicedirector no dijo nada. Me tomó nuevamente de los
hombros, me puso frente a él y me miró a los ojos mientras fijaba con un candado
la correa al collar en mi cuello.


Sin soltar a correa golpeó la puerta, e inmediatamente entró
una chica. Ella sería mi tutora durante mis dos primeros años en el Colegio. Eso
significa también que sería su esclava personal. En cuanto la vi entrar,
vistiendo una bata azul, me enamoré de ella en un instante, de su cabello rubio
y sus ojos verdes, de sus piernas asomando bajo la bata. No podía esperar para
poder verla desnuda y saborear sus pechos grandes. Además, sabía que su hermano
sería el encargado de desvirgarme, y ya lo saboreaba imaginándolo tan atractivo
como ella. Las presentaciones se hicieron rápidamente.


- Andando - dijo el director.


Me sentía muy extraña, caminando por el pasillo llevada de la
correa como un animal, desnuda junto a dos adultos vestidos y mi compañera, mi
nueva dueña, también vestida. Al mismo tiempo estaba muy excitada, el flujo
salía de mi vagina y caía por mis muslos. Podía olerlo, y sabía que ellos
también podían olerlo.


Entramos al salón donde estaban reunidas todas las alumnas.
Cincuenta chicas con las batas azules con el logo del Colegio. Sobre el
escenario, yo, desnuda y atada, indefensa. Junto a mí, la directora y el
vicedirector, que me tenía firmemente de mi correa. Y delante de mí, todas mis
compañeras y mi madre. La tutora permanecía en silencio detrás de mí.


El vicedirector se sentó en una silla y tiró de mi correa,
obligándome a apoyarme sobre sus piernas para recibir mis primeras nalgadas como
esclava. Estaba ansiosa por ese momento, sabía que su pene se pondría tieso al
golpearme, y deseaba sentirlo. me puse tan cerca de su estómago como pude, era
difícil acomodarse con las manos esposadas en la espalda. También abrí las
piernas, para que pudiera tener una buena vista de mi coño y se excitara. Pude
sentir inmediatamente su pene presionando contra mi vientre. Me golpeó un par de
veces con las manos, fuerte pero no demasiado, y luego metió un dedo en mi
vagina, y luego otro, mientras yo luchaba sin éxito para que no se me escapen
los gemidos de placer ante el tratamiento que estaba recibiendo. Los sacó y los
mostró a la multitud. Todos pudieron ver el brillo de mi flujo sobre sus dedos,
notar lo excitada que estaba.


Luego la directora le alcanzó un pequeño látigo, y comenzó a
pegarme, esta vez con mucha más saña, durante largos minutos, mientras las
lágrimas caían por mis mejillas y su fuerte brazo sobre mi espalda impedía que
me moviera demasiado. Al mismo tiempo estaba cada vez más excitada, sabía que de
un momento a otro acabaría allí mismo, delante de todos esos extraños. Cuando
comenzó a golpearme con el látigo en el coño me corrí con más fuerza de lo que
nunca lo había hecho. En ese momento terminó el castigo.


Me levantó tirando de la correa, mientras yo aun me sacudía
por el orgasmo. Me posicionó de frente a todo el grupo de alumnas que, ante un
gesto de la directora, removieron sus batas. Era una vista tan hermosa, todas
esas chicas desnudas, con sus coñitos afeitados como el mío, con sus pechos
firmes y los pezones duros por la excitación del espectáculo que estaban
observando. El vicedirector le pasó la correa a mi tutora y se dirigió a una
mesa sobre el escenario. Sarah, mi nueva ama, golpeaba con sus pies los míos
para que me abriera más de piernas, hasta que mis pies estuvieron separados un
metro. La directora quitó las esposas que unían mis muñecas y pude mover los
brazos, pero sólo por un momento, porque rápidamente el vicedirector colocó en
mis muñecas nuevas ligaduras, éstas de cuero resistente, y volvió a unir mis
manos. Luego colocó una cadena en la parte de atrás de mi collar, y unió el
gancho metálico que amarraba mis manos al collar en mi cuello, obligando a mis
manos a permanecer a mitad de mi espalda. Ahora estaba más indefensa que nunca,
mis manos no podrían ponerse en el camino de nada que intentaran hacerme.


Mi tutora comenzó a acariciarme y chuparme los pezones,
aunque no necesitaba hacerlo porque yo los tenía ya muy duros, y colocó en ellos
pinzas metálicas unidas por una cadenita. Esta cadenita la colgó de un gancho en
mi collar, de modo que la cadena estiraba mis pezones y levantaba mis tetitas de
niña. Esto también dolía, pero al mismo tiempo aumentaba mi placer, evidente en
mis gemidos ante cada nuevo roce. Luego colocaron una cadena dorada alrededor de
mi cintura. Tenía la medida justa para no caerse de mi cintura sin apretar. De
esta cadena salía otra, que dejaron colgando entre mis piernas. En ese momento
las alumnas comenzaron a moverse, cada tutora se acercó a su sumisa y le colocó
unas esposas uniendo sus muñecas detrás de sus espaldas. Las niñas se dejaban
hacer sin chistar, dejaron que les coloquen los broches en los pezones, dejaban
que se arrodillaran delante de ellas y les abrieran las piernas y les besaran el
sexo. Mi tutora tomó un dildo de la mesa y se acercó detrás de mí, y comenzó a
insertarlo dentro de mi vagina. Entró con facilidad, porque estaba lubricado, al
igual que yo misma estaba lubricada. Al mismo tiempo, las tutoras entre el grupo
de alumnas insertaron vibradores en los coñitos de cada una de sus esclavas.


Sarah luego tomó un butt-plug y lo insertó, esta vez con más
dificultad, dentro de mi ano. Una vez completada la operación tomó la cadena que
colgaba entre mis piernas y la pasó por un anillo en la base de los vibradores
que llenaban mis agujeros, y la ató con un candado, asegurándose así que no se
caerían. Luego cerró mis piernas y colocó otras esposas de cuero en mis
tobillos, unidas también por una sólida cadena. Finalmente, encendió los
vibradores, y ahí tuve mi segundo orgasmo del día. Cuando volví a abrir los ojos
todas las chicas delante de mí tenían sus consoladores dentro de sus culitos, y
sus coños habían sido cerrados con unas pinzas que muy pronto conocería muy bien
yo misma, unas pinzas dobles que mordían el clítoris, unidas por una goma
rígida, para evitar que los vibradores salgan de la vagina.


El anteúltimo paso fueron broches plásticos, colocó tres en
cada uno de mis pechos, luego tomó una fusta y golpeó la base de mis tetas dos
veces cada una, causando gran dolor mientras mis pechos subían y bajaban y las
pinzas tiraban de mis pezones sostenidos por mi cuello. A este punto yo ya
gritaba, gemía y lloraba abiertamente, y el final fue una mordaza, una pelota
roja con una correa de cuero que ató a mi nuca.


Todo este ritual fue llevado a cabo casi sin pronunciar una
sola palabra.


Sarah, que había tenido mi correa en su mano todo el tiempo,
tiró de ella con fuerza, y yo me ví obligada a seguirla, mientras el resto de
mis compañeras eran masturbadas por sus amas. Caminaba con dificultad al tener
mi coño y mi culo llenos, mis manos atadas a mis espaldas y mis tobillos unidos
por una corta cadena. Me llevó por un pasillo hasta una puerta junto a la cual
había unos ganchos. A esos ganchos ató mi correa, de modo tal que yo tenía que
pararme muy pegada a la pared y en puntas de pie para que mi collar no me
ahogara. Este fue el punto más alto de mi humillación, esperando contra la pared
en un pasillo desierto, como un animal que espera que su dueño lo busque. Así
estaba yo, desnuda y descalza, llena de cadenas, pinzas y broches, y
terriblemente excitada por los dos vibradores.


Cuando Sarah salió, tomó mi cadena y me introdujo a lo que
sería mi dormitorio por los dos siguientes años, una jaula de hierro y madera de
80cm de lado y 80cm de alto, en la que solo cabría acostada sobre el colchón que
estaba tirado en el suelo. Soltó mis manos y manos y me ordenó ingresar en la
jaula. Me preocupaba la perspectiva de pasar toda la noche con los vibradores
dentro, pero no dije nada, ni hubiera podido por la mordaza. Creí que me pasaría
toda la noche masturbándome, pero cuando entré, cerró la puerta y me dijo que
saque las manos a través de los barrotes. Me colocó en las manos unos grilletes,
dejando mis manos fuera de la jaula y a mi coño completamente desamparado.
Saludó con un buenas noches, apagó la luz y se fue.


 

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Relato: Laura va a la escuela
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