webcams porno webcams porno webcams porno



Pulsa en la foto
Miriam - 19 anos
 
webcam amateur
Conexion desde su casa
"Imagen real



Pulsa en la foto
Vanesa - 22 anos
 
webcam amateur
Conexion desde su casa
"Imagen real"


Pulsa en la foto
Lorena - Edad 19
 
webcam amateur
Conexion desde su casa
"Imagen real"


Relato: Patricia


 


Relato: Patricia

  

Patricia conducía su flamante deportivo rojo por las calles
de la ciudad cuando al detenerse en un semáforo vió que se le acercaba una
muchacha desgreñada con la pretensión de limpiarle el parabrisas con una sucia
esponja.



"Sólo la voluntad, permita que le limpie el..."



"Ni se te ocurra, no toques mi coche o arranco y te llevo por
delante – le respondió airada desde el interior de su descapotable"



Pero ya era tarde. La argucia de siempre. Mientras la joven
descuidada y sucia comenzaba a hablar ya había estampado la esponja mojada en el
cristal delantero. Una mancha de agua jabonosa poco limpia se desparramó por
todo el cristal dificultando la visibilidad y encolerizando a la arrogante
joven.



"Aparta tus sucias manos de mi coche, jodida pordiosera – le
gritó indignada Patricia al tiempo que metía la primera."



El semáforo de los peatones comenzó a parpadear y el chirriar
de las ruedas atemorizó a los viandantes que estaban a medio cruzar la calzada.
La pedigüeña se tuvo que hacer a un lado pues el deportivo salió a toda
pastilla.



"Malditos mendigos..., mierda..., cómo me ha puesto el
cristal" – se dijo Patricia mientras circulaba sin miramientos por la ancha
avenida a cuyo final se encontraba el más elitista de los clubs privados de la
ciudad. – "Menos mal que el partidillo de tenis, una hora de salón de belleza y
el masaje me relajarán, luego a comer."



La perspectiva de la ociosa mañana le calmó un poco los
ánimos. El limpia parabrisas había acabado con los restos de agua jabonosa que
habían salpicado el cristal delantero y las cosas volvían a estar en su sitio.



"Muchacho, aparcame el coche y lo limpias a fondo, encéralo
bien y a mano – le ordenó al chico del aparcamiento privado al tiempo que
saltaba con agilidad de su deportivo sin siquiera abrir la portezuela."



Fue a recepción. Antes había recibido el respetuoso y servil
saludo de Fermín, el portero. Al menos había hecho tres pronunciadas
reverencias, antes, mientras y después de pasar por su lado. Patricia ni
siquiera lo miró, era lo que se esperaba de aquel torpe gigantón embutido en una
ridícula librea.



"Buenos días, señorita Patricia, recibímos su mensaje. Emilia
está esperándola en el vestidor tal y como solicitó – dijo la secretaria, una
chica bajita y no excesivamente agraciada, poniéndose de pie al ver llegar a una
de las más selectas socias del club."



Patricia la miró desde arriba, con la altivez de quien se
sabe superior. Era una joven alta, con un cuerpo cuidado y descansado que
ofrecía unas sinuosas y elegantes formas como sólo podían darlos sus veinte años
y una vida llena de ocio y mimos.



"Procura arreglarte un poco más ese pelo, monina... me ofende
sólo mirarte – añadió tras una breve pausa y le dedicó una sonrisa despreciativa
mostrando una hilera de blancos y alineados dientes que iluminó su bello
rostro."



Gilda, la recepcionista se limitó a musitar un "sí señorita"
y se sentó de nuevo ante su escritorio mientras se tragaba lo que pensaba y veía
alejarse a la altiva muchacha camino del vestidor.



En el lujoso vestidor había varias damas y jóvenes. Cada una
de ellas atendida por un doncella. Emilia la esperaba en su reservado. Por la
mañana, nada más levantarse había puesto un mail anunciando su presencia en el
club a las doce, indicando las actividades que tenía previstas realizar y
encargando que la atendiera Emilia. Entre los privilegios de los ricos socios y
socias estaba el ser atendidos individualmente por una mucama. A Patricia le
encantaba. Hija única de una de las más ricas familias de la ciudad, estaba
acostumbrada a ser servida y obedecida en todo. Toda la vida había tenido
doncellas y un montón de servidores velaban para que la vida de ella y su
familia fuese absolutamente un lecho de comodidades.



"Buenos días señorita Patricia – dijo al verla llegar Emilia
al tiempo que efectuaba una profunda reverencia."



Patricia ni siquiera la miró. Se acomodó en el banco y la
mucama comenzó a disponer las ropas que la señorita iba a necesitar según el
programa previsto. El equipaje de tenis, el albornoz y las zapatillas de baño
para depués del partidillo, un camisón con unas chinelas para la sesión de
belleza y masaje y luego guardar el vestido y las botas que le sacaría y que
llevaría para la comida.


Emilia la desnudó con cuidado admirando la belleza de su
joven cuerpo. Luego se arrodilló y le sacó las botas. Eran unas botas altas, que
le llegaban justo a la rodilla, de tacón fino aunque no muy alto, no lo
necesitaba por su estatura, y brillaban como espejos, no en vano aquella mañana,
como todas las mañanas, Mina, su doncella se las había lustrado con fervor. Tan
solo un poco de polvo que habían tomado al caminar por el jardín de la entrada
del club.



"Cuando me vistas para comer quiero mis botas relucientes –
le ordenó Patricia a la mucama cuando una vez ataviada marchaba al encuentro de
sus amigas para jugar el partido de tenis."



"Descuide señorita Patricia, se podrá ver reflejada en ellas
– constestó solícita Emilia mientras volvía a inclinarse profundamente
sosteniendo en las manos las botas de la altanera señorita."



En la cancha se besaron las cuatro. Eva, Carla y Laura tenían
edades similares y condición social parecida a la Patricia. Todas eran muchachas
jóvenes, ricas herederas sin preocupación de ningún tipo salvo por todo aquello
que colmara sus caprichosas e indolentes existencias.


Jugaron durante una hora. Un poco de ejercicio abre los poros
y luego el masaje es más beneficioso. Patricia formó pareja con Eva y Carla con
Laura. A cada lado de la pista dos recoge pelotas, no era cuestión de agacharse.
Jugaron a gran nivel sin apenas esforzarse, tal era el dominio que tenían de ese
deporte, como lo tenían de la hípica o del esquí, deportes que practicaban
continuamente según les apetecía.


Hacia la media hora Eva le advirtió a Patricia que se le
habían soltado los cordones de una de las zapatillas deportivas. Patricia llamó
a uno de los recoge pelotas.



"Hazme el lazo de las zapatillas, chico – y dirigiéndose a
Eva – creo que luego le diré cuatro cosas a la inútil esa de Emilia."



El muchachito, rodilla en tierra lazó con ceremoniosa actitud
los cordones de la zapatilla y aseguró los de la otra.



De nuevo en el vestidor Patricia riñó a Emilia. Cuando le
había calzado las zapatillas debía haberlas lazado bien.



"La próxima vez que se me desate el lazo de una de mis
zapatillas en pleno partido haré que te despidan, lo has entendido, inútil?"



"Sí señorita Patricia – contestó compungida la mucama, una
muchacha de dieciséis años, necesitada de trabajo como del aire que respiraba."



En el salón de belleza se hicieron hacer de todo, desde los
pies hasta las mascarillas más innovadoras, pasando por todo tipo de
aplicaciones embellecedoras. Eva humilló a una de las pedicuras gritándola y
haciendo que la sustituyeran por otra debido a que al parecer le había ordenado
redondearlas y la muchacha las había dejado rectas.



"No quiero ver más por aquí a esta inútil cuando yo venga –
le gritó enfadada a la encargada que visiblemente conmocionada intentaba
apaciguar a la airada señorita."



Una queja de cualquiera de aquellas caprichosas jóvenes podía
representar el despido inmediato, y además con referencias negativas, así que
las pobres empleadas se esforzaban en satisfacer sus más descabellados
caprichos.



Después de media hora de masaje regresaron al vestidor para
que las doncellas las vistiesen para comer.


Cuando Emilia la hubo vestido y calzado, Patricia vio que sus
botas no presentaban ni una sola sombra de polvo. Emilia se había esmerado en
abrillantarlas de nuevo. Miró satisfecha a la mucama mientras la calzaba.



"Las zapatillas de tenis están un poco rozadas, espabila,
porque el próximo día quiero que parezcan nuevas."



"Sí señorita, no se preocupe."



"No soy yo quien se tiene que preocupar, verdad muchacha?"



"No claro que no, perdóneme señorita – contestó sumisa Emilia
para contentar a aquella malvada criatura."



La comida transcurrió felizmente, para las cuatro amigas,
claro. Patricia humilló a una de las camareras hasta que la hizo llorar. La
pobre muchacha era nueva y no estaba familiarizada con el trato que exigían los
socios del club. Mira que se lo habían advertido "no se te ocurra dirigirte a
ellas, ni mirarlas a la cara, sirveles mirando al plato, nunca a los ojos y
sobre todo no hables si no es que te preguntan..." le había dicho una camarera
veterana. La muy tonta se quiso hacer la servicial y se le ocurrió preguntar a
Patricia si deseaba repetir.



"Habéis oído ladrar? – preguntó Patricia a sus amigas al oír
el atrevimiento de la camarerita. – Es que no conoces las normas, estúpida? Es
que quieres perder tu empleo de mierda?"



"Ciertamente, este club está perdiendo categoría, ahora ponen
a perros a servir las mesas – comentó riendo Eva secundada en sus risas por las
demás amigas."



"Perdone señorita, yo... yo... – comenzó a balbucear nerviosa
la camarera cuando se dio cuenta del error."



"Y no me mires a la cara... ¡baja la vista! – le gritó
Patricia y añadió – llama al encargado inmediatamente."



Cuando llegó el maître el incidente se saldó con la camarera
arrodillada y pidiendo perdón a Patricia, quien se conformó con un mes de
suspensión de sueldo como castigo, lo cual agradeció humildemente la muchacha
que por un momento había visto peligrar su empleo que tanto le había costado
conseguir.



 



...............................................................................................................................



Una tarde noche quince días después, Patricia entraba en su
más que caro y lujoso apartamento después de un día agotador yendo de compras,
masajes, gimnasio, hípica, en fin actividades que la dejaban exahusta. Mina, su
doncella, una joven magrebí de piel oscura y ojos profundamente negros de mirada
huidiza, fue a su encuentro cuando oyó las llaves en la cerradura. La doncella
la saludó cortesmente al tiempo que se inclinaba profundamente. Patricia ni la
miró. Se fue quitando ropa, como hacía siempre, dejándola caer a medida que
avanzaba, la rebeca, el fulard, la pamela, los guantes. Mina fue detrás de ella
recogiendo las prendas que su señorita dejaba caer. Voló a la habitación de
Patricia a guardar sus cosas y regresó con sus chinelas de taconcito en la mano.
Al volver al salón Patricia se hallaba sentada en el sofá que daba frente al
televisor. Mina se arrodilló y descalzó las botas de su ama para acto seguido
ponerle las chinelas. Todo en silencio, tan solo se oía el ruido que la servil
actividad de Mina producía. El silencio se rompió por los timbrazos del
teléfono.



"Sí...? Diga...?"



"Hola cielo, soy mamá..."



"Hola mami..."



"Verdad que me dijiste que te haría ilusión tener una esclava
en tu casa?"



"Sabes que sí, porqué? Ha salido algo?"



"Puede..., papá me ha informado que mañana tiene un juicio
que podría interesarte..."



"Cuenta, cuenta..., perdona un momento... – apoyó el
auricular en el pecho – Mina, qué te tengo dicho? antes de ponerme las
zapatillas comprueba si tengo las plantas sudadas... – la doncella asintió sin
mirarla y procedió a pasar sus manos por los bellos pies de Patricia, para
secarles el sudor – ...qué me decías?"



"Pues que mañana va a juzgar a una chica de 18 años, una de
esas... cómo la definiría... bueno una muerta de hambre, una acabada... una
huérfana que no tiene donde caerse muerta – soltó una risita – y me ha dicho que
le puede endilgar dos condenas de 20 años y según como vaya la cosa incluso una
perpétua... bueno, qué me dices..."



"De qué se la acusa? – preguntó interesada Patricia mientras
distraidamente apoyaba uno de sus pies sobre el hombro de Mina que le estaba
secando el sudor del otro."



"Nada... tonterías... hurto, o robo, bueno ya sabes que no sé
diferenciar esos tecnicismos, pero el caso es que como hubo allanamiento y se
trata de la casa de una familia afecta al régimen, se quiere que la condena sea
ejemplar. Sólo falta la peritación. Si el collar que robó supera el millón dice
tu padre que seguro que le puede enchufar la perpétua."



"Bien, me interesa..."



"Seguro cariño. Bien, entonces le digo que adelante..."



Patricia colgó el auricular. Miró a Mina. Hacía cinco años
que la servía y prácticamente la tenía en su poder, era como tener una esclava.
Pero Patricia quería poder tener la vida de una persona en sus manos, era algo
que la excitaba al máximo. Mina colmaba sus deseos. La muchacha no sólo se
entregaba a ella con devoción por temor a perder su trabajo, que lo tenía, sino
porque se sentía fascinada por su belleza, su clase, su elegancia, su altivez,
su superioridad. Era duro para una muchacha sin estudios ni recursos, de una
cultura distinta, sobrevivir en aquella sociedad tan extremadamente clasista.
Muchas chicas como ella no tenían más remedio que acabar prostituidas en el
arroyo, lugar que ya había conocido siendo casi una niña y no quería volver.
Ahora tenía que soportar los extravagantes caprichos de aquella joven mimada y
consentida pero vivía en un apartamento de lujo, rodeada de riquezas, que aunque
no las pudiera disfrutar, hacían que su vida fuese menos dura.



Patricia retiró el pié que le tenía apoyado en el hombro y
con los dedos rozó a propósito la mejilla de la joven.



"Ya puedes calzarme..., y sírveme la cena."



 



................................................................................................................................



 


La sala del tribunal estaba casi vacía. El juez, la acusada,
el abogado, el fiscal, y un ujier. Juicio rápido, sin garantías procesales, como
los que se llevaban a cabo contra los parias y desheredados de la sociedad. El
mazo del juez golpeó la mesa .



"Visto para sentencia – pronunció – acérquese el abogado."



Lisi permaneció sentada en el banquillo de los acusados. Era
una muestra de lo que Mina no quería acabar siendo. Lisi había tenido que vivir
en la calle, pidiendo, vendiendo pañuelos de papel, robando en las paradas de
mercado algo de comer, limpiando cristales en los semáforos, cometiendo pequeños
delitos. A los dieciocho años llevaba tres, en diferentes etapas pasados en
correccionales, y el recuerdo de las palizas, las violaciones, la tensión
permanente la mantenían angustiada. Ella no estaba hecha para este tipo de vida,
soñaba con tener un hogar, sentirse protegida, verse fuera de ese círculo
vicioso que era la miseria. En cambio estaba esperando la sentencia. Esta vez no
iría a un correccional, ya era mayor de edad y tenía antecedentes. Iría a un
penal y la fama de los existentes le hacía pensar que sus anteriores
experiencias de reclusión le parecerían una estancia en una colonia de
vacaciones.


Esta vez había querido dar un buen golpe y poder salir de la
indigencia, pero la mala suerte, que la había acompañado toda su vida desde que
dejó su pueblo para venir a sobrevivir a la ciudad, no parecía querer
abandonarla.


El abogado volvió sobre sus pasos y le dijo que el juez
quería hablar con ella en su despacho.



"Pero cual es la sentencia – preguntó nerviosa Lisi."



"Cadena perpetua, pequeña, pero el juez quiere proponerte
algo, vamos."



Lisi por poco pierde el conocimiento. Se sintió mareada, con
ganas de vomitar. El abogado, con prisas para irse a jugar al golf, metió a Lisi
en el lujoso despacho del juez y la dejó. Al poco entró el juez. Se sentó en el
sillón de su escritorio y miró a Lisi, que permanecía de pie frente a él.


Lisi se puso a llorar, tenía que haber un error, no podía
ser. Lloraba sin cesar, con ganas, cada vez más. El juez la dejó hacer,
mirándola con su rostro severo.



"Bien muchacha – dijo el juez cuando vio que el llanto de
Lisi comenzaba a remitir – la sociedad me obliga a ser duro con los que como tú
atentan contra la propiedad privada y contra la gente de bien. Mi misión es
erradicar la escoria y confinarla en esos infiernos en vida que son los penales
del estado..."



Lisi estaba a punto de desmayarse... volvía a lloriquear. El
juez la miró detenidamente.



"Pero aún tienes una oportunidad – ahora los ojos de la
condenada se abrieron tanto como sus orejas – un miembro de nuestra sociedad se
ha apiadado de ti y está dispuesto a pagar el equivalente a lo que le costarías
al estado, un cálculo estimado claro pero que supone mucho dinero, y a cambio le
pertenecerás mientras dure tu condena en régimen de servidumbre, en tu caso el
resto de tu vida. Tú eliges, pasar el resto de tu vida en un penal del estado o
sirviendo a tu benefactor."



El juez le proponía ser esclava durante el resto de su vida o
pudrirse en el infierno. La cabecita de Lisi iba a cien por hora. Si podía pagar
mucho dinero debía ser alguien rico. Aunque ella fuese su esclava viviría con
esa persona. Siempre sería mejor que ser la esclava de algunos matones en el
penal.



"Me está proponiendo ser la esclava de esa persona que va a
pagar?"



"Llámalo como quieras. Esa persona hace un esfuerzo económico
para que no tengas que sufrir la cárcel de por vida, eso quiere decir que es
como si te comprara. La decisión es tuya, pero decide ya, tengo mucho que
hacer."



Lisi no lo dudó.



"Acepto."



"Firma aquí – dijo el juez que llamó al ujier por el
interfono."



"Puedo saber quién es mi propietario, señoría?"



"Sí, es mi hija."



 



................................................................................................................................



 


 


Partricia había quedado para comer en el club con su amiga
Eva. La camarera que les estaba sirviendo el segundo plato intentaba no llorar,
tenía la mejilla derecha colorada como un tomate y la marca blanca de los dedos
de Patricia. La acababa de abofetear por considerar que las había faltado al
respeto al no haber hecho la reverencia lo suficientemente pronunciada.



"Así qué tal te va con tu esclava?"



"Perfecto. Ahora hace ya medio año que la tengo y
prácticamente la tengo rota, como una muñeca de juguete. Es tan sencillo. Al
principio parecía que quería salvar su orgullo, su dignidad, pero creo que hoy
ya no le queda ni una gota de ambas."



La camarera se retiró, esta vez sí hizo la reverencia de
forma pronunciada. Eva se rió maliciosamente.



"Como te decía, al principio intentó oponer cierta
resistencia, pero no puedes ni imaginarte cómo modifica el sentido de la
dignidad llevar permanentemente atadas las manos a la espalda con un buen par de
esposas. Desplazarse sobre las rodillas y tener que hacerlo todo con la boca sin
ayuda de las manos es un perfecto antídoto contra los brotes de orgullo.


Le costó un poco comprender cual era su nueva situación pero
creo que ahora incluso le gusta. Ha aprendido que lo poco que come lo debe a lo
satisfecha que yo esté de su actitud, que su sufrimiento depende de mi humor."



Por la tarde Patricia regresó a su lujosa residencia. Lisi
oyó el tintineo de las llaves y se situó frente a la puerta para recibir a su
ama. Arrodillada y desnuda, manos atadas a la espalda, la cara cerca del suelo.
Como siempre lo único que pudo ver fueron los pies de Patricia. Llevaba unos
elegantes escarpines negros de tacón fino. Lisi besó los pies de su ama y ésta
siquiera la miró. La esclava siguió los pasos de su ama, torpemente, con
dificultad. Era muy dificil andar sobre las rodillas sin ayudarse de las manos.
Patricia se sentó en el sofá y Lisi siguió su camino. Unos minutos después
regresaba con las zapatillas de su ama en la boca. De rodillas llegó hasta el
sofá y las depositó con cuidado en el suelo. Luego metió la cabeza bajo el pie
de la pierna que Patricia había cabalgado sobre la rodilla y girándola cuanto
pudo atrapó el tacón con los dientes para descalzarla. Luego empujando con el
hocico acercó la correspondiente chinela hasta ponerla en el sitio adecuado para
que Patricia solo tuviera que engarzar el pie en ella. Patrica se secó el sudor
de la planta en el cabello y en la cara de la esclava que sacó la lengua y
consiguió rozar un momento los dedos de los pies de su ama, que introdujo el pie
en la chinela. Luego Patricia cambió la posición de sus piernas y Lisi procedió
del mismo modo a sacarle el otro zapato. Lisi se quedó postrada ante su dueña,
la cabeza a un palmo del suelo. Ante sus ojos podía ver la perfección de sus
uñas perfectas, pintadas de rojo intenso. Estaba como hipnotizada, apreciando
los más imperceptibles movimientos de esos deditos armoniosos. Patricia mantenía
un pie apoyado en el suelo y el otro cabalgaba indolente sobre la otra pierna.
Lisi debía comenzar por el pie apoyado en el suelo. El olor que ascendía de sus
pies penetraba dulcemente por su nariz y la embriagó. Sacó la lengua cuanto fue
capaz y la paseó lentamente por las brillantes uñas. Patricia había cogido una
revista y la ojeaba con calma. Notaba la húmeda lengua de su esclava pasar por
sus dedos una y otra vez, aquello la relajaba. Levantó ligeramente los dedos y
Lisi se apresuró a meter la lengua entre las yemas y la suela de la chinela.
Patricia bajó los dedos y los apoyó sobre la húmeda lengua. Lisi permaneció casi
cinco minutos en esa incómoda posición, manos esposadas a la espalda, la cabeza
pegada al suelo, mientras sobre su lengua inmovil descansaban los dedos del pie
de su ama. Patrica movió ligeramente los dedos y Lisi supo que debía cerrar un
poco los labios para envolverlos en el interior de su boca. Mina apareció.



"Buenas tardes señorita – dijo al tiempo que iba a recoger
los zapatos de su ama que estaban en el suelo."



"Déjalos ahí Mina, seguro que a Lisi le gustará limpiármelos
cuando acabe con mis pies – dijo Patricia – de mientras sírveme un refreso."



Lisi escuchó el suave ruido que hacía la chinela de su ama
que se balanceaba sobre el pie que permanecía suspendido en el aire. Era el
momento de ocuparse del otro pie. Despegó sus labios de los dedos que tenía
dentro de la boca y volvió a pasar por ellos su lengua antes de levantar la
cabeza y dirigirse al otro pie. La chinela oscilaba lentamente en el aire. Lisi
metió la nariz entre la zapatilla y la planta del pie y olió intensamente el
aroma concentrado que emanaba. Con cuidado sacó la lengua y la deslizó como pudo
por la planta procurando no hacer caer la zapatilla. Finalmente se enderezó lo
suficiente para poder besar y lamer los dedos que con sus inapreciables
movimientos hacían que la zapatilla se balanceara con ritmo uniforme.


Cuando Mina llegó con el refresco Patricia apartó con el pie
la cara de Lisi. Era la señal de que el ama ya no quería que siguiera lamiéndole
los pies. Lisi acercó su rostro a los escarpines que permanecían en el suelo y
se puso a limpiarlos con la lengua. Patricia descruzó las piernas y estirándolas
apoyó los pies sobre la cabeza y la nuca de Lisi.



 


Los principios habían sido muy duros para Lisi. Patricia la
hacía estar permentemente de rodillas a sus pies, con las manos esposadas a la
espalda desde el primer momento. Desplazarse sobre sus rodillas sin apoyo de sus
manos había sido todo un tormento al que le costó habituarse. No podía hablar
sin permiso y para obtenerlo debía hacerse entender restregando su rostro contra
los pies de su ama y esperar a que ésta, si le parecía oportuno, le diera
permiso para hablar. Comía en una escudilla para perro las sobras que Patricia
le dejaba y siempre bajo la mesa, a los pies de su dueña. Dormía encadenada a la
pata de su cama. Cada mañana debía beberse los orines matinales de su dueña que
le gustaba mearse en el suelo del lavabo por lo que debía sorberlos y lamer
directamente de las baldosas. Si no hacía las cosas que le ordenaba con rapidez
y diligencia, incluso con una sonrisa en los labios, Patricia la azotaba con su
látigo de montar, o lo que era peor, la castiga varios días sin comer.


Tras seis meses de sometimiento Lisi había interiorizado su
situación, aceptándola como un mal menor al principio, pero con el paso del
tiempo se convirtió en su estado natural, llegando a sentirse feliz por el mero
hecho de provocar una sonrisa de conmiseración en su dueña cuando ésta se
divertía junto a sus amigas, viéndola humillada y sin dignidad arrancar a
lengüetazos de la suela de sus botas una cucaracha que había aplastado para
demostrar a aquellas el poder que tenía sobre su esclava.


Patricia la ignoraba por costumbre. Era como si tuviera un
mueble con patas y con lengua, que se movía detrás de ella y se detenía cuando
ella se detenía. Sabía que sólo tenía que levantar un pie y al momento la cabeza
de Lisi ocupaba el espacio vacío para que descansara la planta de su pie o la
suela de su bota.


Tras un año de tener los brazos permanentemente
inmoviliazados tras la espalda con las esposas, las 24 horas del día, Patricia
decidió liberárselos. Aquello fue un acto cruel. Lisi no podía mover los brazos
y sólo intentarlo le suponía un dolor atroz. El proceso para volver a hacer uso
de unos huesos y músculos atrofiados fue lento y extremadamente doloroso. Cuando
consiguió moverlos un poco Patricia le encomendó el calzarla y descalzarla. Su
torpeza y su extrema lentitud exasperaban a su ama que en esa época se aficionó
a descargar su cólera a través de un terrible látigo de una sola tralla, largo y
flexible que le cubrió el cuerpo de terribles costurones que tardaban días en
cicatrizar.


A pesar de todo su sufrimiento Lisi adoraba cada día más a su
dueña, necesitaba estar a sus pies, oler su fragancia, lamer sus botas, beber su
orina. Cuando oía las llaves en la puerta o la altiva voz que la llamaba a su
presencia, la esclava experimentaba un placentero nerviosismo que se acentuaba
por el termor al castigo.



Un día que Patricia estaba sentada frente a su ordenador
descansando sus maravillosos pies, calzados con unos elegantes zapatos de salón,
sobre los pechos de Lisi que estaba estirada en el suelo, las piernas metidas
bajo la silla y el cuerpo fuera, el ama le dijo:



"Lisi"



No solía llamarla por su nombre, normalmente la llamaba
esclava, como mucho era un "eh, tú" o un puntapié, pero la acababa de llamar por
su nombre



"Sí mi ama?"



"Te gusta ser mi esclava?"



"Oh, sí, sí mi ama, la adoro mi ama, es lo más maravilloso
que me ha sucedido en mi vida, soy feliz siendo su esclava."



Patricia pisó un poco uno de los pechos de su esclava.
Después aflojó la presión y avanzando un poco el pie le puso la punta del
afilado tacón sobre el pezón. La suela del zapato ocupaba todo su campo de
visión. Sintió la punzada del tacón que presionaba sobre su delicada mama.



"Sabes que podría pisarte el pecho hasta perforártelo?"



"Sí ama, claro que lo sé, para eso es usted mi dueña, para
hacer de mí lo que le plazca."



Patricia liberó el pecho de Lisi y acercó el pie a su rostro.
La esclava sabía qué quería su ama. Abrió la boca y tras atrapar el tacón con
los dientes tiró del zapato hasta que se lo descalzó. Luego giró la cabeza a un
lado y lo depositó con cuidado sobre el suelo, al lado de su cabeza. Patricia
apoyó los preciosos dedos de sus pies sobre los labios de Lisi.



"Sabes que cuando quiera puedo recuperar parte del dinero que
gasté en ti devolviéndote a los tribunales para que pases el resto de tu vida en
la carcel?"



"Oh... no... no lo haga mi ama – sollozó Lisi sin dejar de
besar las mórbidas yemas de los dedos de los pies de su dueña – se lo suplico,
no lo haga. Me moriría de pena... no por lo que pueda esperarme en la carcel,
sino porque no podría vivir sin estar al servicio de mi ama, de mi adorada
ama..."



A Patricia le gustó la respuesta de su esclava. Aunque a un
nivel totalmente diferente posiblemente sentía algo de afecto por aquel ser que
vivía total y absolutamente entregada para servirla, para complacerla, siempre a
sus pies, siempre pendiente de una orden suya, de un deseo suyo. Dejó un rato
que Lisi le chupara los dedos de los pies, se los metía en la boca como con
gula, como temiendo que un día pudiera dejar de sentir su sudor en sus labios y
en su lengua.


Finalmente Patricia mandó a su esclava que le pusiera el
zapato. Antes de levantarse le pisó los labios, con cierta saña, la suficiente
para hacérselos sangrar un poco.



"Vamos al aseo, tengo que orinar y necesitas que te lave esta
herida – ordenó Patricia.



"Me gusta su entrega" – se dijo para sí Patricia mientras
avanzaba hacia el baño, el sonido de sus tacones repicando en el marmol,
mezclándose con la sorda cadencia que producían las rodillas de Lisi al golpear
el suelo. "Después de todo quizás no la venda y me la quede" – pensó Patricia.



 


FIN



 



lukasses



 

Por favor vota el relato. Su autor estara encantado de recibir tu voto .


Número de votos: 3
Media de votos: 10.00





Relato: Patricia
Leida: 2675veces
Tiempo de lectura: 20minuto/s

 





Documento sin título
Participa en la web
Envia tu relato
Los 50 Ultimos relatos
Los 50 mejores relatos del dia
Los 50 mejores relatos semana
Los 50 mejores relatos del mes
Foro porno
sexo
lesbianas
Contacto
 
Categorias
- Amor filial
- Autosatisfacción
- Bisexuales
- Confesiones
- Control Mental
- Dominación
- Entrevistas / Info
- Erotismo y Amor
- Fantasías Eróticas
- Fetichismo
- Gays
- Grandes Relatos
- Grandes Series
- Hetero: General
- Hetero: Infidelidad
- Hetero: Primera vez
- Intercambios
- Interracial
- Lésbicos
- MicroRelatos
- No Consentido
- Orgías
- Parodias
- Poesía Erótica
- Sadomaso
- Sexo Anal
- Sexo con maduras
- Sexo con maduros
- Sexo Oral
- Sexo Virtual
- Textos de risa
- Transexuales
- Trios
- Voyerismo
- Zoofilia


Afiliados
porno
peliculas porno gratis
videos porno gratis
telatos porno incesto
porno español
porno español
travestis
peliculas porno
zoofilia
sexo gratis
escorts
sexo madrid
chat porno
webcams porno
fotos de culos
juegos porno
tarot
juegos
peliculas online
travestis