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Relato: Espiando a mis padres


 


Relato: Espiando a mis padres

  

Habían pasado casi dos horas desde que la sábana cubrió mi
cuerpo, y yo, no podía conciliar el sueño. Me movía de un lado a otro, con la
esperanza de que por aburrimiento, terminara durmiéndome, pero nada, cada vez
que cambiaba de posición, me sentía más despierto. Harto de esperar que el hada
de los sueños viniera a visitarme, me levanté de la cama con la intención de ir
al baño. Había escuchado de boca de algunos compañeros de la escuela, que antes
de acostarse se masturbaban para dormir más placenteramente; pensé que si yo
hacía lo mismo, podría finalmente dormir, y si no sucedía así, de cualquier
manera gozaría de una buena paja, que para mi edad, era lo más delicioso que
podía experimentar.



Salí de mi cuarto descalzo, no quería despertar a mis padres,
seguramente frustrarían mis planes con un vaso de leche tibia o un tonto cuento
para niños. Caminé lentamente, intentando hacer el menor ruido posible. Después
de haber recorrido un par de metros, me pareció escuchar ruidos que provenían de
su recámara. A cada paso que daba, los sonidos se hacían más fuertes y claros,
hasta que descubrí que se trataba de la voz de mi madre, dando pequeños gritos.
La curiosidad me obligó a cambiar mi destino, caminé rumbo al cuarto de mis
progenitores, sin olvidarme, claro está, de la discreción. La puerta estaba
cerrada, pero cuando la duda se apodera de mí, no hay algo capaz de detenerme.
Con el mayor cuidado posible, la abrí unos cuantos centímetros, lo suficiente
para ver lo que pasaba adentro sin ser descubierto.



Pensé en muchas razones para que mi madre estuviera gritando,
un dolor de estómago, una pesadilla, una araña en la pared, pero nunca imaginé
lo que vieron mis ojos. Ella estaba acostada boca arriba, desnuda, con sus
brazos extendidos a los lados, arañando el colchón y con la cabeza de mi padre
hundida entre sus piernas. La escena fue como una descarga eléctrica a mi
cerebro, grotesca, pero a la vez, extrañamente morbosa y excitante. Lo que
estaba viendo no representaba algo que no conociera, muchas cintas de corte
pornográfico habían pasado por la video casetera de mi cuarto, la diferencia era
que no conocía a alguno de esos actores, y mucho menos alguno de ellos era mi
padre o mi madre. Sabía que ellos tenían relaciones sexuales, al igual que todas
las parejas, pero el presenciarlas era otro nivel, uno que me encendió de
inmediato, uno que no me permitió cerrar la puerta o dejar de mirar.



Mi padre seguía entre las piernas de mi madre, practicándole
un sexo oral que la estaba volviendo loca, y yo, me di a la tarea de recorrer
sus cuerpos desnudos, esos que de bebé seguramente conocí en la bañera y se
habían borrado de mi memoria. El rostro de ella no estaba a mi alcance, lo tenía
inclinado hacia atrás por efecto del placer que él le proporcionaba, pero su
pecho quedaba completamente descubierto. Sus tetas, esas que probé cuando me
amamantaban de pequeño, me parecieron más grandes de lo que aparentaban bajo sus
blusas holgadas. Eran redondas y se caían un poco sobre sus costados,
permitiéndome ver a la perfección la del lado izquierdo, hermosa y con un pezón
rosado y erecto que delataba su calentura, un pezón que provocó que mi lengua se
moviera de un lado a otro, imaginando que podía chuparlo. Su vientre plano, su
cintura estrecha, sus piernas firmes y de buen grosor, sin duda mi madre, a
pesar de haber rebasado los treinta hacía ya algunos años, era una mujer muy
bella, más que cualquier niña del colegio. Mi padre no se quedaba atrás, su
espalda era ancha y musculosa, sus brazos fuertes y velludos, pero sobre todo,
desde la posición en que me encontraba, lo que más llamó mi atención fue ese par
de nalgas que cargaba, redondas, duras, por un momento deseé apretarlas con mis
manos. El descubrir que mis padres se conservaban en tan buen estado, conociendo
a los de algunos amigos, me hizo sentir muy orgulloso de ser su hijo, el delgado
pantalón de mi pijama no podía disimular que tanto.



Los gritos de mi madre se hacían más fuertes con cada
movimiento de mi padre, si antes eran más bajos, tal vez por miedo a que yo los
notara, ahora eran como un concierto. Su espalda se arqueaba en ocasiones, y sus
brazos dejaban de apretar las sábanas para ocuparse de sus pechos, los que
estrujaba uno contra otro. Mordía sus labios, se movía con brusquedad sobre la
cama, daba puñetazos sobre ésta, y de repente, lanzó un alarido que de seguro
escucharon los vecinos, era lo que en la clase de sexualidad, definían como
orgasmo.



Mi padre finalmente salió de entre las piernas que lo
aprisionaban, se paró enfrente de mi madre, como si estuviera presumiéndole lo
que en pocos segundos probaría. Ella se retorcía como un pez fuera del agua,
presa aún del placer de haber llegado al clímax, su lengua mojaba su labio
superior, saboreando de antemano lo que vendría. Pero ella no era la única
encantada con el macho que tenía enfrente, yo estaba igual o más fascinado con
tan bello paisaje. Una cara de facciones toscas pero no desagradables adornada
con una barba de candado y una cabellera abundante ya con algunas canas, un
torso atlético cubierto de un fino y negro pelaje, un estómago bien trabajado en
el gimnasio, y una verga imponente que nada le pedía a la de algún actor de esas
películas que antes mencioné, larga, gruesa, con las venas marcadas y una cabeza
rojiza a punto de estallar, todo un hombre. Él se hincó entre las piernas que
antes ocultaban su cabeza, las separó a un punto que pensé se desprenderían,
tomó a mi madre de la cintura y la penetró con violencia y hasta el fondo, ella
sólo grito, no se si de dolor o de placer.



Estuvieron por unos minutos en esa posición, y después mi
padre se dejó caer sobre mi madre. El cuerpo de uno cubría al del otro, ya no
podía ver demasiado, pero bastaba con cerrar los ojos para dibujar en mi mente
lo que a estos se les ocultaba. Mi madre gemía y clavaba sus uñas en la espalda
de mi padre, mientras él seguía penetrándola y besándola en el cuello. Para ese
entonces mi mano ya se había perdido bajo mi pijama, acariciaba mi pene por
encima de los calzoncillos. El ritmo que llevaba mi padre se aceleraba poco a
poco, y los gemidos de mi madre eran cada vez más descarados y excitantes, sentí
que podía mojar mi ropa en cualquier momento.



La velocidad y la fuerza con que él se movía era tal, que la
cama se balanceaba junto con ellos. De pronto, mi madre comenzó a golpear el
colchón y la escuché decir: "dámela ya, inúndame con tu leche". Sus palabras me
parecieron vulgares, nunca pensé que alguien que aparentaba ser casi una monja
pudiera hablar así, pero por si solas casi me hacen terminar. Mi padre respondió
aumentando más la rapidez de sus embestidas, y en pocos segundos los dos
gritaban para desahogar el enorme placer que los invadía. Las perfectas nalgas
de mi padre moviéndose sin cesar, las uñas de mi madre rasgando las sábanas, los
sensuales sonidos de ambos, y mi mano debajo de mi pantalón, me hicieron acabar
junto con ellos, manchando mis prendas. Cuando todo acabó, él se desplomó sobre
ella y yo salí corriendo rumbo a mi cuarto.



Me cambié de ropa interior y me metí a la cama, tardé un poco
en dormir pensando en lo que acababa de ver, y toda la noche soñé con ello. Al
día siguiente amanecí mojado, por lo que tuve que cambiarme nuevamente de
calzones.



Cuando bajé a desayunar, no podía mirar a ninguno de ellos a
los ojos, me sentía avergonzado aún cuando no se habían dado cuenta de que
estuve espiándolos, además, si los veía, no podía evitar imaginarlos desnudos y
tener una erección al instante. Cuando se acercaron para darse un beso de
despedida, regresaron a mi mente las imágenes de la noche anterior. Cuando mi
madre me decía adiós desde la puerta, sus pechos se salían de la blusa para
oscilar junto con su brazo. Cuando me encontraba sentado al lado de mi padre
camino a la escuela, mis ojos se clavaban en su entrepierna y atravesaban la
tela de su pantalón para poder llegar a su miembro. Todo el día, en lo único que
pensé, era en mis padres teniendo sexo. Perdí la cuenta de las veces que me
masturbé en el transcurso de la tarde, y moría de ganas porque llegara la noche,
no podía esperar para volver a observarlos, escondido detrás de la puerta.



Finalmente, luego de horas de agonía y constantes idas al
baño, llegó la madrugada, y con ella, la oportunidad de husmear la intimidad de
mis padres. De la misma manera que la noche anterior, caminé sigilosamente hasta
la puerta de su dormitorio y la abrí un poco. En el transcurso de mi cuarto al
suyo, no escuché sonido alguno, todo se debía a que la boca de mi madre estaba
llena, era ella la que ahora satisfacía a mi padre. Él se encontraba sentado al
borde de la cama, con las piernas abiertas para facilitarle el trabajo a mi
madre, sus ojos estaban cerrados y su respiración era agitada, su fuerte y
peludo torso brillaba un poco por el sudor que se deslizaba con dirección a su
ombligo, lo que me hizo pensar que ya habían gozado un rato antes de que yo
llegara. Ella estaba hincada en el suelo, con una jugosa verga entre sus labios,
bajaba y subía a lo largo de ésta, intentando abarcar toda su longitud, lo que
para mi sorpresa, logró sin problema.



Mi madre se movía como toda una experta. En momentos eran las
bolas de mi padre las que quedaban dentro de su boca, pero su mano no dejaba sin
atención a su polla, la que ahora podía ver en plenitud, palpitante y exquisita.
Mi calentura subía hasta el cielo, al igual que la de mi padre, quien le pidió a
mi madre dejara de mamársela o se correría en su boca. Ella obedeció, dio media
vuelta, colocó sus manos sobre las piernas de él, y lentamente se sentó sobre
ese enorme falo, hasta sentirlo completamente dentro.



Apoyándose en las piernas de su hombre, la que ahora ante mis
ojos era la más apetecible de todas las mujeres, comenzó a subir y bajar,
atravesada por un buen pedazo de carne masculina. El panorama no podía ser
mejor, la posición que habían adoptado en esa ocasión me permitía ver toda la
acción, me dejaba admirar la mojada entrepierna de mi madre y el pene de mi
padre saliendo de ella para después volverse a perder por completo. Él tenía las
manos desocupadas, por lo que podía acariciar con toda libertad los senos de su
hembra, los recorría con delicadeza, luego los apretaba y pellizcaba esos
deliciosos pezones rosados, arrebatándole a ella suspiros de placer. La saliva
casi escapaba de mi boca ante tal espectáculo, era mucho mejor que el de la
noche anterior.



Cuando las manos de mi padre fueron bajando hasta colocarse
encima del sexo de mi madre no pude más, me bajé los pantalones y empecé a
masturbarme, al igual que él lo hizo con ella. La boca de él mordiendo la oreja
de ella, elevando la intensidad de sus suspiros, convirtiéndolos en gemidos; un
par de dedos sobre el hinchado clítoris, torciéndolo; un par de testículos
haciendo un gran esfuerzo, intentando retener el semen dentro de ellos; y una
verga cada vez más dura, taladrando los sensibles tejidos vaginales; todo
resultaba increíblemente excitante, morboso, no faltaba mucho para que
provocaran en los tres un orgasmo.



No podía quitar mi vista del lugar donde sus cuerpos se
unían. Imaginaba que era mi miembro al que mi madre alojaba en su cuerpo, y al
mismo tiempo, deseaba que fuera a mí a quien mi padre penetrara con tan bello
instrumento. Mi mano se sacudía cada vez con más ímpetu, y ellos se separaban y
volvían a unirse con más pasión. Mi padre empezó a gemir y se vació en medio de
un prolongado si. Mi madre no paró de moverse, sentir la corrida de su amante la
enloqueció más, a los pocos segundos también se vino haciendo un gran alboroto.
Sólo faltó observar los jugos de ambos escurrir por las piernas de ella, para
que yo disparara en contra de la puerta mi descarga.



Luego de haber vivido momentos de amor desenfrenado, ambos se
dejaron caer sobre la cama, no pude ver si la fiesta continuó minutos después,
tenía que limpiar los restos de mi travesura. Cuando lo hice, me fui directo a
mi recámara. Al igual que la noche anterior, soñé con lo que mis ojos acababan
de ver y mojé mis calzoncillos, aún cuando había eyaculado ya varias veces.



Después de esa noche, el observar a mis padres haciendo el
amor se volvió mi adicción. Esperaba impacientemente a que llegara la madrugada
para poder espiarlos. No había otra cosa que me calentara por igual, a decir
verdad, no había otra cosa que me excitara, todos y todo dejó de existir para mí
cuando de sexo se trataba. Cuando me encontraba solo en la casa, me encerraba en
su recámara, me desnudaba, me acostaba sobre su cama, y me masturbaba pensando
en ellos. En ocasiones buscaba entre la ropa sucia bragas, de mi madre y boxers
de mi padre, me enloquecía sentir el aroma de ambos entrar por mi nariz y
llenarme de su calor. Ambos eran mi obsesión, quería tenerlos por igual, en mis
oraciones pedía más de su amor, pero no del tipo paternal, sino carnal.



Nunca me pregunté si era hetero, homo, bi o si estaba loco,
tampoco me importaba, Lo que si sabía era que estaba enamorado, enamorado de las
dos personas que me dieron la vida. Deseaba a mis padres como nunca deseé a
alguien. Estaba enfermo, de eso no cabía duda, y la única cura era el placer que
me producía el observarlos detrás de la puerta, dentro de su mundo, en su
intimidad, tan cerca y al final siempre ajeno a sus caricias, caricias que
después de varios años lograría obtener, pero esa, es otra historia.


 

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Relato: Espiando a mis padres
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