Era el último semestre de la preparatoria, el paso final para
empezar la universidad. Yo deseaba estudiar la carrera de medicina. Desde
siempre, me había imaginado con mi bata blanca, salvándole la vida a miles de
personas. En unas cuantas semanas, comenzaría con la preparación que me
permitiría cumplir mis sueños. Todo era perfecto. Mis calificaciones, como cada
semestre, apuntaban a ser las mejores, pero no podía faltar el negrito en el
arroz. El profesor de literatura me bajó de mi nube. Mi reporte de lectura, que
representaba el ochenta por ciento de la nota final, y que había entregado con
unos días de anticipación, según sus palabras, no había sido lo que ambos
esperábamos. Me dijo que la calificación que merecía, siendo él muy generoso, no
era mayor al cincuenta. Hice algunas cuentas, y si lo que me decía era cierto,
no aprobaría la materia. El mundo se me vino encima.
Con una actitud de clara desesperación, le pregunté si había
algo que podía hacer, después de todo, el plazo para la entrega del trabajo aún
no se cumplía. Permaneció bastante tiempo callado, y yo seguí suplicando. Por
poco me pongo de rodillas. Finalmente habló. Me pidió que fuera a su oficina ese
mismo día por la tarde, cuando las clases se terminaran. Me dijo que así
podríamos hablar del problema con más calma. Acepté de inmediato. El profesor se
marchó, y yo volví a clases. Al principio no encontré sospechosa su propuesta,
pero al hablarlo con mis amigas, me di cuenta de sus intenciones.
Una de ellas, me contó lo que le sucedió a su prima cuando
estuvo en la preparatoria, tres años atrás. El profesor le dijo exactamente las
mismas palabras. La chica asistió a la cita. Por miedo a no aprobar la materia,
se ofreció a hacer cualquier cosa para conseguir una buena nota. El maestro
aprovechó la desesperación de la muchacha, y la obligó a practicarle sexo oral.
Cuando mi compañera terminó de relatar la historia, surgieron casos similares de
otras bocas. Comenzaba a creerles. Como dicen, cuando el río suena, es porque
agua lleva. Pero, aunque esas historias fueran verdad, tenía que ir a su oficina
esa tarde. No me podía dar el lujo de reprobar. No retrasaría mis planes por una
mamada, al fin y al cabo, no sería la primera ni la última que haría en mi vida.
Me fui a mi casa. Después de comer, tomé un baño y me vestí
como si a mi novio fuera a ver. Incluso me perfumé, cosa que rara vez
acostumbraba. Si tenía que hacer lo que las otras chicas, no estaba dispuesta a
tomar el papel de víctima. Si tenía que mamársela al cincuentón, lo disfrutaría.
Bajé de mi habitación. Cuando estaba por atravesar la puerta, se me ocurrió algo
para disfrutar más del encuentro. Regresé a mi cuarto, tomé una pequeña caja, y
partí rumbo a la escuela.
Llegué al colegio en unos cuantos minutos, no quería ser
impuntual. En el pasillo hacia la oficina del profesor, me encontré con un
compañero del taller de artes. El pobre hombre estaba loco por mí, pero era...
¿Cómo decirlo para que no se escuché tan feo? Ya se, tenía cara de artesanía mal
hecha. Me entretuve con él más tiempo del que esperaba. Por más que intentaba
zafarme, él seguía con la conversación. De su boca salían palabras, una tras
otra, pero yo no escuchaba. Algo me vino a la mente. Para quitármelo de encima,
le hice una propuesta. Le pedí un favor a cambio de salir con él un fin de
semana. La idea era un poco loca, pero él aceptó con gusto. Salió corriendo
rumbo al salón de artes. Yo continué con mi camino.
Toqué la puerta de la oficina y mi profesor me abrió. Me
invitó a pasar y tomar asiento. El se sentó en la silla detrás del escritorio,
yo en el pequeño sillón frente a éste. Aunque trataba de disimularlo, le gustaba
la forma en que estaba vestida. Empezó a charlar sobre la escuela y la vida en
general, como para no tener remordimientos de haber sido directo. Luego de
conocer sus gustos y aficiones, pasó, por fin, al asunto del reporte de lectura.
Ahí fue cuando intervine en la plática. Él me preguntaba, yo le respondía, o
viceversa. Después de diez minutos de darle vueltas a las cosas, fui al grano.
Ya no podía esperar más. Si quería sexo oral a cambio de darme una buena nota,
era mejor que lo dijera de una buena vez. Ya estaba harta de esperar, y mi amiga
también. No fuera a ser que dejara de escucharlo junto conmigo.
-Bueno profesor, ya fue mucho perder el tiempo. ¿Qué es lo
que quiere que haga? ¿Qué me va a pedir para aprobarme en su clase? ¿Son ciertos
los rumores acerca de usted?
-Eso depende de qué dicen esos rumores. No puede usted creer
todo lo que los alumnos dicen de los maestros. Algunas cosas las inventan, nada
más con el fin de molestar. Mire, lo que yo quiero a cambio de darle una buena
nota, es hacerle un examen oral, para comprobar sus conocimientos y habilidades.
-Entonces, ¿me va a preguntar acerca de los temas vistos en
clase? ¿Quiere saber si en verdad he aprendido? ¿No es así?
-Bueno, no exactamente. Éste examen oral del que le estoy
hablando, es un poco distinto.
-No entiendo. Sea claro, por favor.
-Está bien, dejémonos de tonterías. Voy a ser claro con
usted. Esos rumores que escuchó son ciertos. Si quiere aprobar mi clase, va a
tener que usar sus habilidades bucales.
-¿Mis habilidades bucales? Creí que sería claro. ¿Qué quiere
decir con eso?
-Habilidades bucales, ¿cómo que no entiende?
-No, no entiendo. Sea específico, por favor.
-Está bien niñita. Si quiere pasar mi materia, va a tener que
mamármela. Si quiere salir de la preparatoria éste semestre, va a tener que
chuparme la verga hasta que me canse de que lo haga. Si quiere entrar a la
universidad de medicina, se va a tener que tragar mi leche. ¿Ahora si entendió,
señorita?
-Claro que entendí.
El profesor se levantó de su asiento. Al mismo tiempo que se
acercaba a mí, se fue abriendo el cierre de los pantalones. Sacó su polla, mucho
más apetitosa de lo que imaginaba para su edad. No era muy grande, pero si
gruesa. Tenía una cabeza gorda, casi púrpura. Debió haber estado muy excitado,
porque el lubricante escurría por el tronco, a chorros. Estuve a punto de
metérmela en la boca cuando me lo ordenó, pero debía apegarme al plan. Me
levanté del sillón. Caminé hacia la puerta y la abrí. De inmediato, entró mi
compañero, a quien me había encontrado en el pasillo minutos antes. Apuntando
hacia el pene erecto del profesor, disparó su cámara. El potente flash lastimó
un poco los ojos del modelo. Luego de sobarlos, me hizo una pregunta, al mismo
tiempo que guardaba su miembro.
-Pero, ¿qué significa esto? ¿Quién se ha creído para hacerme
esta jugarreta?
-Alguien muy lista, profesor. Ahora tengo pruebas de lo que
intentaba hacer. Además de la foto, he grabado nuestra conversación con ésta
grabadora. La tenía guardada en mi bolsillo, y usted, ni cuenta se dio.
-¿Cómo se atreve, niña estúpida? Esto lo...
-No, no, no. Cuide su vocabulario. Recuerde que lo tengo en
mis manos. Si no quiere que las autoridades de la escuela, y las judiciales, se
enteren de todo, será mejor que sea más amable.
-Y, ¿qué quieres a cambio de quedarte callada? ¿De seguro me
vas a pedir un cien? ¿Verdad?
-Bueno, sí, si le voy a pedir eso, pero también algo más.
-¿Qué? Habla ya.
-Quiero que sigamos con el examen oral, pero que ésta vez lo
haga usted.
-¿Quieres que te practique sexo oral? Bueno, eso no es muy
inteligente de tu parte. Si pensaste que eso me molestaría, estás muy
equivocada. Voy a disfrutar de comerme ese coñito, con el que tantas veces he
fantaseado.
-Y, ¿quién dijo que el examen va a ser conmigo? Ándale Pedro,
a lo que viniste.
Pedro, como se llamaba mi compañero, se bajó los pantalones y
el bóxer hasta los tobillos. No se si la situación le había parecido excitante,
o si era la idea de que un profesor se la chupara, pero ya la tenía como piedra.
El cincuentón se veía indignado, pero yo estaba sorprendida. Ese compañero al
que todas rechazábamos por feo, se cargaba un instrumento digno de admiración.
Su grosor y tamaño eran impresionantes. Las venas se le marcaban demasiado, como
si fuera a explotar. El glande era rojizo y se apreciaba perfectamente, ya que
estaba circuncidado. A pesar de su gran longitud, estaba durísimo, y apuntando
al cielo. Se me hacía agua la boca nada más de verlo. Sentí envidia del
profesor, y por poco le pido cambiar de lugares, pero debía seguir con el plan.
Le ordené que empezara a mamársela a Pedro.
Quien antes se sentía el rey del mundo, con una adolescente a
sus pies, a punto de hacerle una mamada, estaba furioso. Me miraba con ojos de
querer matarme, aumentando mi diversión. Se podía adivinar que el profesor era
el típico macho, de esos que odian a los homosexuales y tratan a las mujeres
como simples objetos. El saberse sin salida, sin otra opción que practicarle
sexo oral a ese muchacho de falo impresionante, debió haber sido peor que la
muerte para él. El simple hecho de imaginar la humillación que aquello le
significaba, me excitó. Mis bragas estaban mojadas. Deseaba ser yo la que se
comiera esa hermosa polla.
El profesor se hincó frente a Pedro. Cerró los ojos, no para
disfrutar al máximo, sino para no presenciar lo que estaba a punto de hacer. Con
una lentitud que me ponía más caliente, acercó su lengua a la punta de la verga
de mi compañero, hasta que finalmente la tocó. Pedro suspiro en cuanto sintió
esa humedad en su glande. El cincuentón recorrió todo el tronco con su lengua,
una y otra vez. Chupaba cada centímetro de aquel hermoso falo, con asco y no
queriendo hacer algo más. Le ordené que lamiera también los huevos. Así lo hizo,
con torpeza, pero eso no nos importaba a nosotros. Pedro y yo estábamos gozando,
él por la mamada, y yo por el espectáculo.
Cuando ambos testículos habían pasado por la boca del
profesor, le dije que regresara a lo que hacía antes. Antes de que le diera la
siguiente indicación, apretó el capullo entre sus labios, me imaginé que lo
rodeaba con su lengua. Luego fue bajando poco a poco, hasta que se tragó más de
la mitad del miembro. Se quedó quieto por un momento, para después iniciar un
sube y baja con el pene dentro. En algunas ocasiones, hacía como si fuera a
vomitar, supongo que porque la punta llegaba a su garganta, pero nunca lo hizo.
Pedro gemía como un loco. Su mamador no era muy bueno, pero igual estaba
disfrutando. Yo, por mi parte, había metido una mano bajo mi falda. Me estaba
masturbando. Aquella escena, pero sobre todo aquella verga, me tenían sumamente
excitada.
Le pedí al profesor, ya con un tono de voz menos enérgico,
que masturbara el trozo que quedaba fuera de su boca. Me obedeció. Pedro estaba
tan concentrado en el placer que sentía, que se había olvidado, al igual que yo,
de una parte del plan. Afortunadamente lo recordó. Colocó la cámara por encima
de los dos, y disparó el flash varias veces. Al principio, espantó a su mamador,
pero después como que le gustó, porque empezó a mamar con más ganas, ya no se
veía asqueado. Sacaba y metía el pene cada vez más rápido. Su lengua no dejaba
de moverse. Al poco rato, casi toda la verga se perdía en su boca. Con una mano,
se bajó los pantalones. Empezó a masturbarse.
No pude resistir más. Corrí a ayudarle al profesor en su
tarea. Pedro no se lo esperaba, tenía dos lenguas luchando por ensalivar su
mástil. Cuando yo pasaba mis labios por el tronco, el profesor se metía
succionaba el glande. Si él se metía la verga hasta la garganta, yo me ocupaba
de las bolas. Competíamos uno contra el otro, por acaparar tan delicioso
espécimen. Mi compañero estaba encantado, jadeaba como animal, como señal de su
inminente corrida. Cuando su miembro empezó a ensancharse, empujé al profesor,
tirándolo al suelo. Quería ser yo, la única que probara el semen de tan rica
polla.
Introduje lo más que pude en mi boca, y moví mi lengua con
gran velocidad. Pedro me puso las manos en la cabeza, y metió su falo hasta el
fondo. Soltó el primer chorro de leche en mi garganta. Sentí que el aire me
faltaba, y eso me agrado más. Me tragué ese y cada uno de los disparos
siguientes. Cuando aquel delicioso pene dejó de escupir, lo saqué para verlo de
cerca. Era precioso, enorme y grueso. Le quedaba una gota de semen en la punta,
la tomé con el dedo, y la lleve a mi boca. La saboreé como nunca.
El profesor estaba sentado en el suelo. Seguía masturbándose.
Gateé hacia él, le quité la mano de su pija, y me la metí a la boca. Bastó con
tenerla unos segundos dentro, para que explotara en una corrida fenomenal. Su
leche era más bien amarga, pero no por eso menos rica. Seguí chupando hasta qua
ya no salió más. Hasta que el cincuentón me apartó, porque le dolía su capullo
de tanto lengüetazo.
Cuando pretendía levantarme, sentí una lengua sobre mi
clítoris. Era Pedro, arrastrándose debajo de mi cuerpo, había hecho a un lado
mis pantaletas. Estaba tan concentrada en mamar la polla del profesor, que no me
di cuenta cuando llegó a mi entrepierna, pero igual se lo agradecí. Estaba muy
excitada, pero necesitaba un poco de ayuda para terminar. Tomó mi botoncito
entre sus dientes. Lo mordió ligeramente. Estaba en la gloria. En pocos segundos
llegó un orgasmo impresionante. Bañé su cara con mis jugos. Se los bebió todos,
limpiándome después a mí. Se incorporó, y yo también.
Después de todo, los tres habíamos disfrutado del momento. A
Pedro se la habían mamado dos personas a la vez. Al cincuentón no le desagradó
del todo haber sido una de ellas; además, yo también me encargué de él, como era
su deseo en un principio. Y yo, bueno, disfruté de dos buenas herramientas y me
corrí como hace algunos días no lo hacía. Los tres nos acomodamos la ropa y el
cabello, y salimos de la oficina. El profesor se fue a su casa, con su esposa.
Prometió ponerme un cien, pero le advertí que guardaría las evidencias de todas
maneras. Pedro y yo nos fuimos juntos. Había acordado salir con él a cambio del
favor que me acababa de hacer. Creí que sería un martirio hacerlo, en verdad que
era feo el pobrecito, pero después de ver semejante verga, ya no pensaba lo
mismo. Me invitó al cine. Me pareció muy tierna su oferta tan inocente. Tuve que
rechazarla, yo deseaba ir a otro lugar, a uno donde pudiera probar yo sola ese
majestuoso pene. Cuando le dije que dejaría que me follara, no tardó en decir
que sí.
¿ Quieres conocerme ?
soy de