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Relato: Sola en el paraiso


 

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Relato: Sola en el paraiso

  

Después de pasar un fin de semana de sexo y lujuria en
compañía de mis amigos Esther y El pintor 2 ,




http://www..com/relato/31564/



y tal como había programado de antemano me quedé en Isla
Margarita durante una semana.



Sola en el Paraíso



Cuando Esther y el pintor se marcharon no quise acompañarlos
al aeropuerto. No me gustan las despedidas, eso es verdad, pero la verdadera
razón en este caso es que me habían dejado extenuada. No tenía fuerzas ni para
levantarme de la cama, así que nuestra despedida tuvo lugar en la puerta de la
cabaña. Los tres estábamos tristes, pero de antemano habíamos decidido que
nuestro encuentro sería así, una sola vez, sin sentimientos, solo sexo. Sí, eso
era lo que habíamos acordado, pero yo estaba segura que Esther y yo algún día
nos volveríamos a encontrar y, como esta vez, brotarían chispas de nuestros
apasionados cuerpos.



Pasé toda la mañana durmiendo y sobre las doce del medio día
mis tripitas comenzaron a protestar reclamando alimentos. Me levanté y sin tan
siquiera lavarme la cara me dirigí a la nevera con la sana intención de acabar
con cualquier cosa comestible que encontrara.



¡Vaya! Que decepción, la nevera estaba más vacía que mi pobre
estomago y mis tripas se agitaban sonando igual que un barco que se estuviese
hundiendo. Cuando llegamos a la cabaña la nevera y la despensa estaban a rebozar
pero la verdad, habíamos jodido como locos, y comido y bebido como cosacos, ¡Ni
un plátano! ¡Nada! Y mi estomago quejándose cada vez más aparatosamente.



Me di una ducha rápida y me dirigí al primer restaurante que
encontré. Me atendió un camarero de color, joven, casi un niño. No debía tener
más de 18 años, negro, muy negro, su piel brillaba como el azabache, su cabello
era rizado y tan corto que parecía dibujado en su cabeza, ojos oscuros de mirada
penetrante que me miraron intrigados al hacerle mi pedido. Debía pensar que me
acompañaba un regimiento porque toda esa comida le parecía imposible que la
pudiese meter en mi pequeño cuerpo.




---Un café largísimo, zumo de naranja, tostadas, mantequilla,
mermelada y fruta, mucha fruta, plátanos, mango, papaya…. Por favor date prisa
que estoy hambrienta---




El chico se apresuró a servirme y, mientras yo devoraba los
alimentos, desde la otra punta del bar él me miraba divertido. Acabé mi copioso
almuerzo y le encargué que me preparara unas cuantas cosas para llevarme, no
quería tener que volver a salir corriendo cuando el hambre me atacara. Cuando se
acercó con las bolsas le pregunté…




--- ¿Que tal las playas por aquí?---



---Aquí en Tirano es muy pequeña y está poco concurrida, los
turistas prefieren moverse por la isla y descubrir nuevos y más atrayentes
rincones---



--- ¿A que te refieres?---



---Dentro de los pueblos es difícil bañarse sin ropa, pero
hay quien prefiere hacerlo en calas escondidas donde los rayos del sol puedan
acariciar cada centímetro de la piel---



--- ¿Cuál me aconsejas?---



---Manzanillo no sería mala elección, es una playa de arenas
blancas utilizada por los pescadores que aún no está muy concurrida, y hay zonas
apartadas donde los amantes de la naturaleza pueden disfrutar totalmente de
ella----



---Si, me gusta la idea, creo que iré a visitarla, ¿como se
desplaza la gente hasta allí?---



---Hay transporte público, pero no es muy seguro ni muy
frecuente. Lo mejor es alquilar un vehiculo y desplazarse por toda la isla---



--- ¿Está muy lejos esa playa?---



---No mucho, unos veinte minutos en una buena moto. ¡La puedo
llevar si quiere!—



---No se… casi preferiría alquilar una, no quiero depender de
nadie cuando me apetezca iré-- -



---Pues si eso es lo que quiere, mi primo alquila una, puedo
darle su dirección o me da usted la suya y él se la llevará---



---Sí, "casi que sí", eso será mejor, estoy en la cabaña 7,
la más grande después de las palmeras---



---Se lo diré y esta tarde tendrá su moto, y ahora tengo que
dejarla porque han entrado clientes---




 


Volví a la cabaña cargada de bolsas y me entretuve en colocar
cada cosa en su sitio y me volví a tumbar en la cama. Me estiré perezosamente,
ahora estaba satisfecha, tenía el estomago saciado pero me aburría. Dicen que el
sexo cuanto más se practica más apetece, y debe ser verdad porque en ese momento
yo ansiaba las dulces caricias de Esther y las embestidas apasionadas del
Pintor.



Bueno, me quedaba mi fiel "Nicanor", ese no me abandonaría
nunca. Abrí el cajón y lo saqué. Mil recuerdos volvieron a mi mente, pero entre
ellos sobresalían las manos expertas de Esther guiándolo a mi interior… También
el momento en que nosotras, traviesas, atamos al pintor y lo penetramos
repetidas veces con mi amiguito. Jejejé, creo que no le gustó mucho pero con la
calentura del momento y la tremenda mamada que le estaba haciendo Esther nos
dejó que realizáramos nuestra fantasía. Bueno, el "nos dejó" eso es un decir, no
le quedaba otro remedio pues nosotras éramos dos y lo teníamos "sequito",
totalmente extenuado al pobre. Pero una cosa es cierta, desde este viaje es muy
poco probable que ninguno de los tres vuelva a padecer estreñimiento en mucho
tiempo, nuestros conductos quedaron dilatados y muy… muy despejados.



Recordando todos los buenos ratos pasados no era capaz de
concentrarme en Nicanor, me faltaba algo. Nuestra cabaña estaba algo apartada,
por eso cualquier sonido por pequeño que sea se multiplicaba. Me asomé a la
ventana al oír la llegada de unas motos. Pararon delante de la puerta y de una
bajó el camarero que había conocido al mediodía, y de la otra un hombre muy
parecido, pero de más edad. Me enrollé en un pareo y salí a recibirlos.




---Hola, buenas tardes---




Los hombres se giraron al oír mi voz. El hombre mayor me
repasó de arriba abajo, y debió quedar complacido con lo que veía porque una
gran sonrisa iluminó su cara.




---Buenas tardes señorita, mi primo me dijo que usted
necesitaba una moto---



---Si, les agradezco infinito que la hayan traído----




Les invité a entrar para concretar el precio. No me pareció
caro, en realidad allí todo me parecía barato comparándolo con España, pero lo
que más llamó mi atención es que no me hicieran firmar ningún papel y así se lo
dije.




---Estoy seguro que no habrán problemas--- respondió
---usted hace cara de buena persona, además... ¿dónde se iba a ir? esto es una
isla y de aquí no se puede salir en moto.----




Tenia razón, pero me gustaba esa forma que tenían los isleños
de confiar en la gente. Se despidieron amablemente, subieron en una de las motos
y se marcharon.



Al quedarme sola repasé unos mapas de la isla que había
encontrado pegados detrás de la puerta. La isla no era muy grande y todo parecía
estar relativamente cerca. Aún era temprano, pero no tanto como para arriesgarme
a ir Manzanillo. Según me dijo el camarero estaba como a media hora, y sin
conocer las carreteras ni saber lo pronto que oscurecería mejor quedarme algo
mas cerca. Me puse uno de mis diminutos biquinis y cruzando las palmeras me
dirigí a la playa con la idea de darme un rápido baño y acostarme pronto porque
al día siguiente me esperaba una gran aventura.



Estaba atardeciendo, las barcas de los pescadores llegaban al
puerto cargadas con riquísimos frutos del mar, y cuando volvía de mi baño me
paré a comprar una langosta que pensaba cenar esa noche.



A la mañana siguiente, tempranito, preparé una bolsa con la
toalla y algo de fruta de la que había comprado el día anterior, subí en la moto
y fui deleitándome con la maravilla de paisajes que encontraba en mi recorrido.
No tenía prisa, buscaba un rincón apartado donde disfrutar de tranquilidad y de
la naturaleza. Al fin, después de pasearme entre pescadores y mujeres que cosían
unas redes, encontré la cala de mis sueños. No era grande, y si quería entrar
con la moto tendría que hacer malabarismos, pero era una delicia de rincón. El
acantilado que lo circundaba estaba casi cubierto por unas plantas trepadoras, y
las arenas brillaban al sol como si estuviesen llenas de pepitas de oro. Sí, ese
era el paraíso donde iba a pasar la mañana, y con mucho cuidado llegué hasta su
playa. Decidí que era el lugar adecuado para bañarme desnuda y entré en las
aguas sintiendo las suaves olas acariciar mi cuerpo. ¡¡¡Que maravilla!!! No diré
que era la primera vez que me bañaba desnuda, pero en aquel idílico paraje me
sentía como una sirena moviéndome entre las olas.



Estuve nadando largo rato hasta que el agotamiento me hizo
volver a la arena. Allí estiré la toalla, unté mi cuerpo con una leche
bronceadora y me dispuse a acumular rayos de sol en mi todavía blanquecino
cuerpo. Cerré los ojos y sentía el calor recorrerme completamente. Las gotas de
agua que no había secado resbalaban por mi piel produciéndome un cosquilleo
erótico. El sol me daba de frente, a esas horas todavía no quemaba, pero su
brillo me obligaban a mantener los ojos cerrados. Era una sensación maravillosa,
placentera y pronto mi imaginación se puso a trabajar.



Fantaseaba pensando que el Rey de los Mares, Neptuno, salía
del agua y me llevaba consigo a las profundidades, donde me hacía el amor entre
perlas y corales, mientras miles de caballitos de mar nadaban a nuestro
alrededor festejándolo. En esos sueños estaba cuando algo se interpuso entre la
luz del sol y yo. ¡¡¡Vamos!!! Que yo estaba segura que no era Neptuno… Pero
alguien me estaba robando mis rayos de sol, intenté abrir los ojos pero no
podía, así que hice visera con las manos y abriendo el ojo izquierdo intenté
averiguar quien era mi visitante inoportuno.



¡¡¡Dios bendito de las Islas!!! Si ese era Neptuno, yo me
quedaba en el mar. Delante de mis ojos, casi a la altura de mi cara, estaba la
polla más grande, gruesa y negra que nunca hubiese imaginado. Me senté de golpe
y casi golpea mi cara.




---Buenos días ----me dijo----



Ahora me senté mejor, no reconocía a quien se escondía detrás
de unas grandes gafas de sol, pero su voz creía recordarla.




---Hola, ¿eres el camarero no?---



---Si, hoy no trabajo y justo has elegido la playa donde
suelo venir---



--- ¿Qué casualidad, no? ¿No me habrás seguido?---



---No, en serio que no, pero estoy contentísimo de haberte
encontrado---




Yo no podía quitar la vista de semejante tranca. Él se dio
cuenta, y en vez de sentirse incómodo se colocaba de forma que yo pudiese
disfrutarla en su totalidad… Empecé a imaginarme lo que sería introducir ese
aparato poco a poco en mi conchita y solo de pensarlo ya me excitaba…




--- ¿Me dejas? Dije acercando la mano---




---Toda tuya, si te apetece puedes tocarla cuanto que
quieras---




Si que me apetecía…¡¡¡Y tanto que me apetecía!!! Pero de
momento me limitaría a tocarla. La acaricié suavemente, notando las arrugas que
tenía en su parte inferior. La punta era gordísima y roja como un fresón,
resaltaba terriblemente en el negror de la polla, casi parecía pintada, Mis
dedos no conseguían abarcar su circunferencia, debía medir de largo, casi los 26
cm., y eso me asustó un poco.




--- ¿No tienes problemas con un aparato tan grande?---



--- ¿Por qué iba a tenerlos, ¿tienes tu problemas con tus
tetas?---



---No es lo mismo, las tetas no hay que meterlas en ningún
sitio----



---Si estás lo suficiente excitada ni te enteras, entra suave
y rica---




De pensarlo ya estaba totalmente mojada, y no era del agua
del mar. Estaba chorreando de excitación, me levanté y corrí hacia las olas
dejando que mis tetas saltasen libres al compás de mis zancadas. El corrió
detrás de mi, alcanzándome antes de que me zambullera. Me agarró por la cintura
y me tiró de cabeza. Estuvimos retozando un buen rato, el intentando hundirme y
yo tosiendo mientras tragaba agua sin parar. Quería empujarlo a él, pero el roce
de su polla en mis piernas me descentraba y no era capaz de pensar ni de actuar
razonablemente. Solo imaginar como sería la sensación de sentir abrirse mis
entrañas por ese enorme puñal de carne latente me volvía loca. Sus manos no
paraban de sobar mis pechos y tocar mi culo. A veces más atrevido restregaba su
polla en la entrada de mi coño, pero yo, aunque muy deseosa, estaba algo
asustada de semejante verga y volví a salir corriendo a tumbarme en la arena.



Él se tumbó a mi lado, y con su dedo iba trazando círculos
sobre mi vientre. Primero pequeños y luego alargándolos hasta llegar a mis
pechos. Mis pezones estaban totalmente erectos, ansiosos, y él se dedicó a
satisfacerlos. Acostado a mi lado levantó el torso y tomó el pezón izquierdo
entre sus labios. Mamaba como un bebe que intenta alimentarse, y yo tenía la
sensación que si seguía de esa manera conseguiría hacerlo. Su mano izquierda
trasteaba en mi conchita, que ya rezumaba flujos haciéndole saber lo caliente
que estaba.



Se arrastró hasta ponerse entre mis piernas y levantándolas
sobre sus hombros comenzó a lamer todo mi coño dedicándole gran atención al
clítoris hinchado y palpitante. Estaba excitadísima, mis jugos chorreaban por
mis piernas. Entonces él las bajó hasta su cintura y, colocando la polla en la
entrada de mi conchita, empujó un poco..




----Ahhhhhh… noooooo… no cabe-----



---Si que cabe, déjame hacer concéntrate, siente como va
entrando, uffffffffff ahoraaaaaaaa-----



----Siiiiiiiii… un poco mas-----




Sentía su potente aparato traspasar mi coño y entrar como si
fuese una serpiente reptando poco a poco. Me parecía imposible que entrase en su
totalidad, pero me hacía sentir llena, parecía que me lo iba a romper todo allí
dentro, pero la sensación era tan intensa que me era imposible decirle que
parase. Empezó a moverse adentro, afuera, adentro, afuera y en cada movimiento
sentía que entraba un trozo mas. Sus gemidos se confundían con mis gritos, yo ya
había llegado a un punto que no sabía si era de dolor o placer. Todo mi cuerpo
se estremecía en un orgasmo contínuo, múltiple, y entonces él, tras un último
empujón, salió de mi cuevita y colocó su polla sobre mis pechos, dejando que su
semen espeso y caliente escurriese entre ellos.



Quedamos agotados, tumbados uno junto al otro, nuestros
cuerpos expuestos al sol. El suyo negro, brillante, como el mismo ébano. El mío,
totalmente untado con su semen, aún parecía más blanco. Se tumbó sobre mí y los
dos cuerpos parecían fundirse en uno solo. El suyo resbalaba sobre el mío,
tembloroso aún por los últimos espasmos de aquel fantástico orgasmo.



Bajó hasta mi conchita y su cálida lengua se introdujo en mi
dolorido coño, que se abría ansioso a sus caricias y agradecía el suave masaje
lingual después de la forzada introducción de aquel tremendo aparato, que ahora
descansaba morcillón, pero sin haber perdido su magnifico tamaño.



Su lengua juguetona titilaba en mi clítoris y, como las ondas
al tirar una piedra en el agua, el placer se iba extendiendo por todo mi cuerpo,
desde la punta de los dedos de los pies, hasta la última célula de mi organismo.
Todo mi cuerpo gozaba, todo mi ser se estremecía, y al fin con un grito agónico
dejé escapar toda la tensión acumulada en el mayor orgasmo que jamás creí poder
sentir.



Pasamos toda la tarde juntos, bañándonos, jugando, retozando.
Nuestras manos parecían tener vida propia y no obedecían órdenes, estábamos
exhaustos pero ellas no paraban de moverse por toda la superficie de nuestra
piel. Casi no teníamos alimentos pero tampoco necesitábamos, estábamos
hambrientos de sexo y nos estábamos saciando de él.



Ya oscureciendo volvimos a la cabaña. Yo hubiese continuado
toda la noche con él, pero no pudo ser. Me dijo que tenía que trabajar porque
había tenido fiesta todo el día, pero que estaría libre la noche siguiente…
Bueno… era mi primer día sola en el paraíso, me quedaban aún cinco días y no
pensaba desaprovechar ninguno.



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Relato: Sola en el paraiso
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