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Relato: La niña de la calle


 


Relato: La niña de la calle

  

Bien, acá me tienen otra vez. Soy Jaime Vargas, "El Vargas".
Ya me pudieron leer en el relato "El Vargas y Mayra", que escribió y publicó mi
buen amigo Caronte. En ese relato yo seducía a una joven, pero en el que sigue,
el joven soy yo. Les voy a contar quizá la historia más importante de mi vida,
la que me hizo ser como soy y estar donde estoy. Como no sé muy bien por dónde
empezar, empezaré por el principio, que es por donde suelen comenzar estas
cosas.


Como ya sabrán, soy argentino, de la ciudad de Rosario. Allí
nací y allí pasé mi infancia, casi encerrado en mi casa a consecuencia de una
mamita agorafóbica. Pues bien, la historia nos remonta a cuando yo tenía seis
añitos, hace ya casi una eternidad. En esa época, mi mayor divertimento era el
mirar a la gente que pasaba por debajo del balcón de mi casa, hasta que la noche
caía, como un gigantesco monstruo oscuro, sobre las calles de Rosario. Pero
sucedió que un día vi a una niñita, de unos ocho o nueve años, que me atrajo la
atención. Su cara sucia y su ropa- unas braguitas y una camiseta que mantenían
bien poquito de su blanco original- me dejaron claro que era uno de los llamados
niños de la calle. Los niños de la calle son esas personitas que por no tener,
no tienen ni edad para comprender por qué carajo son tan pobres. Al principio,
venía sólo por las noches, pero después, justo un mesecito antes de que yo
cumpliera los siete años, se empezó a quedar también por el día.


Esa niña sobrevivía gracias a lo que ganaba pidiendo, y
cuando no ganaba lo suficiente, robaba una hogaza de pan de cualquier tienda,
para poder sobrevivir un día más en el infierno de su vida. Yo, en cuanto mi
profesor particular, un joven universitario que se sacaba algo de plata
enseñándome a mí por las mañanas mientras mi mamita se pudría en su cuarto o en
el sofá, se marchaba, yo me salía a buscar con la mirada a esa nenita de carita
sucia y ojos negros, y casi siempre la encontraba, con un platito roto delante
de ella, con unas monedas casi siempre insuficientes para comprar cualquier tipo
de comida. Así pues, un día la pillaron afanándose una barrita de pan, y la vi
huyendo de dos policías corpulentos, que la alcanzaron justo debajo de mi
balcón. Entre insultos y patadas, los policías le enseñaron lo malo que es
robar, pero no le dijeron ninguna otra forma de sobrevivir. Cuatro semanas le
duraron las marcas de la cara, haciendo que mi séptimo cumpleaños fuera el más
triste de mi corta vida. La ficharon en las tiendas del barrio, y no tuvo más
que liarse a robar comida a los viandantes. Sin embargo, me gustaba lo que
hacía, por que sólo robaba a los que se lo podían permitir, que en Argentina
eran bien poquitos, y muy desconfiados. Sin embargo, ella siempre conseguía un
pedacito de pan que llevarse a su boquita.


Ella desconocía mi existencia hasta un jueves diez de marzo.
Ese día yo la vi rondando a una abuelita ricamente vestida, que llevaba dos
grandes bolsas, una en cada mano. Entendí que le iba a ser muy difícil que
consiguiera algo sin ayuda así que entré a casa, y cogí mi balón de River que me
regalaron mis tíos de Chile, sin saber que mi equipo, por lo menos el de mi
papito, era Rosario Central. Lancé el balón por la ventana, procurando que
botara cerca de la viejecita pero sin darle.


- ¡Señora! ¡Señora!- le grité desde mi balcón, un primer
piso.- ¿Podés lanzarme la pelota? Es que estaba haciendo una chilena como
Valdano, y se me fue.- Si esa viejecita hubiera estado al tanto, hubiera sabido
que el fuerte de Jorgito Valdano no eran las chilenas. La anciana dejó las
bolsas en el suelo, pero la niña no parecía entender. Sin embargo, cuando me
miró, y vio que yo la sonreía con la boca y la animaba con los ojos, metió sus
manos en una de las bolsas y sacó una barra de pan y una bolsita de dulces con
una rapidez y habilidad que ya hubiera querido el tal Arsène Lupin del que mi
maestro me hablaba. Después de dos intentos nulos, la viejecita coló el balón en
mi casa, recogió las bolsas y continuó andando sin darse cuenta de nada.
Mientras se marchaba, la niña de la calle me lanzó un beso con su manita, pero
yo lo sentí como si me lo hubiera dado directamente al corazón. Si yo hubiera
tenido algunos años más o hubiera sabido qué significaba esa palabra, habría
dicho que estaba profundamente enamorado de esa niñita.


- ¡Bajá! ¡Andá bajá!- me gritó desde la calle.


- No puedo, mi viejita no me deja.


- ¡Venga! ¡Y os invito a dulces!- dijo, agitando la bolsita
de dulces que se había afanado con mi complicidad.


- Un momentito.- le dije mientras entraba en casa y me
aseguraba que mi mamá dormía. Mi mamá no dormía, mi mamá roncaba como un cerdo.
Volví al balcón- Ahorita bajo.


En cuanto pisé la calle a la que tanto miedo le tenía mi
mamá, la niñita se me echó al cuello y me estampó un sonoro beso en la mejilla.
Aunque ella no se diera cuanta, mis mejillas se volvieron tan rojas o más que
sus diminutos labios.


- ¡Gracias!- me dijo- ¡Ya creí que hoy me quedaba sin comer!


- No fue nada.- dije, devorando el dulce que me tendía.


- ¿Cómo os llamás?


Vos primero, que sós más linda- le dije, sonriendo y haciendo
que ella también se sonriera. Mirá tú por dónde, esa sonrisa quedó en mi memoria
muy bien guardadita, e incluso ahora parece como si la estuviera viendo sonreír.


- Me llamo Marta, Martita Valdez, aunque no creo que ahora
importe mucho, mi apellido.


- ¿Por qué?- pregunté, en mi bendita inocencia.


- ¡Ayy, boludito!- dijo, pasándome su mano por mi pelo,
despeinándome.- Pues por que mis viejitos me botaron de casa.


- Lo siento


- Vos no tuvisteis la culpa ¿Por qué lo sentís?- no supe qué
carajo contestar.- No me dijiste tu nombre.


- Jaime Vargas- le respondí.


- Vargas, bonito apellido, ¿Lo puedo usar? Es que el mío no
me gusta ya.- No entendía cómo una chiquita tan interesante como Marta quería
usar el apellido de la aburrida familia Vargas. Sin embargo, acepté.- ¡Qué
lindo! De ahorita en adelante, me llamaré Martita Vargas.- dijo, volviendo a
sonreír.


- ¡JAIMEE! ¿Dónde carajo te metiste?- era la voz de mi
viejita, así que me despedí.


- Me tengo que ir, adiós- dije, mientras entraba al portal.


- ¡Adiós!- me gritó la pequeña Martita Vargas, esa hermanita
que mis papitos se negaban a darme por cuestiones meramente económicas, y que,
paradójicamente, la calle me la había dado.


- ¡Estoy acá, mamita! Bajé a ver i había correspondencia.-
era la primera vez que le mentía a mi madre, pero lo volvería a hacer. Si en
todo el mundo había un solo motivo para mentirle a mi mamita, ese motivo era
Marta Vargas.


Esa noche, le deslicé unas mantas y una almohada a Marta,
pues el invierno se aproximaba y sabía que la iba a necesitar. Desde ese día,
Martita comenzó a dormir justito enfrente de mi balcón. Además, algunas tardes,
mientras mi mamá dormía, yo me bajaba con Marta y juntos hablábamos, nos
mirábamos en silencio o me enseñaba a besar. Ella tenía tres años más que yo,
pero nos queríamos, nos queríamos mucho. Yo, siempre que podía, le pasaba comida
o ropa que me venía grande, sin que mamita se enterara. De mi papito, en cambio,
no estaba tan seguro, por que siempre que me veía en el balcón, se sonreía, pero
no decía nada. Y es que él sí que iba a la calle pronto todos los días, a
trabajar, y veía dormidita a Marta, y se sonreía, la acariciaba la cabeza y se
marchaba. Y yo eso lo sabía por que me levantaba cuando él cerraba la puerta, yo
me levantaba, e iba a ver a mi ángel, dormidito, enfrente de mi balcón.


Una tarde me asusté al ver manchas de sangre en las mantas de
mi ángel. Sin embargo, ella me comentó que era algo normal, que le pasaba a
todas las mujeres, y que, si se lo preguntaba a su mamita, seguro que le iba a
responder lo mismo. Yo no se lo pregunté a mi madre, con el tiempo había llegado
a verla loca, pero sí que se lo pregunté a mi papito, que me explicó muy
detalladamente el tema de la menstruación femenina. Entonces, fue cuando me
tranquilicé.


Sin embargo, una noche ocurrió algo muy extraño, era tarde,
muy tarde, yo no podía dormir y me salí al balcón a ver como dormía mi Martita,
iluminada por el halo de una farola. Muchas veces me había pasado lo mismo, y me
quedaba dormido en el balcón, mirando a Marta. Pero siempre despertaba en mi
cama y por la noche, cuando llegaba mi papá, él sólo sonreía y no decía nada.
Pero esa noche fue distinta. Yo ya tenía ocho añitos, y Martita once, y mientras
dormía, un hombre muy alto y muy vestido de negro, se acercó a Martita. La
despertó con una de sus enormes manazas, sacudiendo a mi diminuto ángel mucho
más de lo que me hubiera gustado.


De repente, mientras Marta se frotaba los ojos, el hombre
alto sacó un fajo de billetes de dólar del bolsillo, y le dijo algo al oído a mi
pequeño ángel. Martita asintió y el hombre, que estaba en cuclillas, se levantó.
Entonces se abrió la bragueta del pantalón y sacó una pilila muy grande, y muy
llena de pelos. Cuando Martita la tocó, pude ver que también era dura, y
entonces mi ángel se metió esa pilila tan grande en la boca. El señor alto
comenzó a coger la cabeza de Marta y a moverla adelante y atrás, mientras Marta
tragaba y devolvía esa verga (ella me enseñó que se llamaba verga). El hombre
alto estaba gimiendo algo, pero como era en inglés no lo entendía. Sólo años
después sabría lo que significaba "¡Yeah! ¡Oh, yes, little bitch!". Entonces, el
hombre movió la cabeza de Marta muy rápido justo antes de dejar, durante varios
segundos, su verga completamente dentro de la boquita de Marta, esa boquita que
tantas y tantas veces me había sonreído. Martita hizo como que se atragantaba,
pero el hombre no la dejó mover su cabeza de donde estaba. Entonces el hombre
sacó su pene (mi profesor era el que me enseñó que se llamaba pene) de la boca
de Marta, se lo guardó en la bragueta y le tiró el fajo de billetes al suelo.
Marta no tardó en cogerlo y ocultarlo debajo de las mantas. Yo miraba la escena
entre asustado y excitado, pues mi pene era una dura ramita dentro de mi
pantalón.


Sin embargo, cuando vi que Martita intentaba escupir lo que
ese señor le había dejado en la boca, me sentí más asustado que excitado, y mi
pene se retrajo un poco. La excitación desapareció por completo cuando vi que
Marta se acercaba a una papelera y comenzaba a vomitar. Cuando terminó, volvió a
su "cama" si es que eso se podía llamar cama, pero me vio. Más concretamente,
vio mi carita de preocupación.


- No os preocupés, no es nada. Y además tengo plata.- Me dijo
bajito y sacando de su escondite el fajo de dólares.


Sin embargo, sí me preocupé, y le pregunté qué había pasado a
la tarde siguiente.


- Eso, bebito, es una mamada.- me dijo, secamente. A ojos
vista, poco quedaba de la dulce Marta que me lanzaba besos con la mano.


- ¡No me llamés bebito! ¡Sabés que lo odio!- le dije, pues
era verdad.


- ¿Vos querés que te haga lo que le hice al gringo?- me
preguntó pero no supe qué decir.- Vení.


Me cogió de la camiseta con las manos y me llevó al portal de
mi casa, metiéndome justo en el hueco que quedaba debajo de las escaleras, a
salvo de miradas. Me bajó los pantalones y, aunque intenté impedírselo, también
los calzoncillos. Al descubierto quedaron mi diminuta verga y mis igualmente
diminutos huevitos. A ella no pareció importarle, pero a mí sí por que no podía
compararme con la vergota del gringo. Sin embargo, ella se arrodilló delante de
mí, y mi diminuto pene se cansó de ser diminuto y comenzó a parárseme. Ella
sonrió complacida y comenzó a chuparme mi miembrecito mientras yo empezaba a
sentir un calorcito interior muy rico. De repente, el calor fue aumentando, y
sentí buenas ganas de hacerme pis. Mi cuerpo se convulsionó y llegué a mi primer
orgasmo sin siquiera correrme, pues aún no estaba suficientemente desarrollado.


¿Qué me pasó?- le pregunté mientras me subía los
calzoncillos.


Eso, Jaime, es que tuviste un orgasmo.


¿Y eso es bueno?- pregunté, inocentemente. Marta se rió y
dijo:


Pues claro que es bueno, tontín. ¿Que no te gustó?


Sí, claro que me gustó pero...


Sin peros, bebito.- fui a protestar, pero puso un dedo en mi
boca- a eso es a lo que me voy a dedicar a partir de ahorita. No me gusta, pero
se gana plata, mucha plata.


¿Y para qué querés vos plata?- dije llorando, aún no sé por
qué.


Para marcharme de acá. Quiero irme a otro país, allá lejos,
muy lejos. Quiero ir a España. Me han dicho que un hombre viejo y malo, que
hacía mucho daño a sus ciudadanos, murió hace poco y que las cosas están
mejorando mucho. Así que quiero irme allá, a un país donde no haya niños de la
calle como yo. Quiero dejar de ser pobre, y ésta es mi única opción.


No te marchés Martita, no te marchés.- le supliqué- ¿Que haré
yo sin vos?


Lo siento cariño, pero si consigo la plata suficiente, me
marcharé y no volveré a verte. Lo siento, pero es lo mejor, para ti y para mí.-
dijo, intentando ocultar unas lágrimas furtivas, que no llegaron a brotar.


Pero hasta que lo consigas...- ésa era mi única esperanza-
hasta que lo consigas ¿Te quedarás conmigo?- como única respuesta, me dio un
beso en los labios, que yo interpreté, acertadamente, como un sí.


Yo no sabía qué hacer. Martita se iba a ir, y yo me quedaba
todas las noches mirándola, para ver si en sus sueños, aún se acordaba de mí, o
sólo soñaba con aquél nuevo país. El hombre alto siguió viniendo todas las
noches, y todas las noches Marta le hacía mamadas, como ella las había llamado.
Martita comía bien todos los días, e incluso se compró una cajita de aluminio
con un candado para mantenerla cerrada y guardar allí la plata. Desde entonces,
siempre llevaba la llave colgada al cuello. Pero llegó un día que el hombre alto
llegó con no uno, si no dos fajos de billetes. Marta pareció extrañada, mientras
yo lo veía todo desde mi balcón. El gringo le dijo otra cosa al oído y después
de un momento de duda, Martita asintió. Entonces el hombre alto comenzó a
bajarle las bragas hasta los tobillos, y Martita, obediente, se las quitó del
todo. Entonces el gringo sacó otra vez su vergota del pantalón, pero esta vez no
se la metió en la boca, empujó a Martita contra la pared y se la metió en lo que
mi papá había llamado "vagina", al explicarle la regla. Se la metió muy fuerte y
muy dentro, y Marta no pudo ocultar un grito que desgarró el silencio de la
ciudad. El gringo la besaba para ocultar sus gritos, pero no tenía nada para
ocultar sus lágrimas. Martita lloraba y lloraba de dolor, pero al gringo parecía
no importarle. La penetraba con violencia creciente, y parecía que disfrutaba
con el dolor de mi ángel. Cuando acabó, al igual que había hecho el resto de
noches, se guardó su vergota y tiró el dinero al suelo. Martita lo cogió y lo
guardó en su cajita mágica, como ella la llamaba. Entonces, mientras ese maldito
gringo que tanto la había hecho llorar se marchaba, Marta miró su vaginita y vio
que sangraba abundantemente. Yo también me di cuenta y le dije:


- ¡Voy a llamar al doctor!


- ¡Ni se te ocurra!- me gritó, fuerte y seca, vestida sólo
con su camiseta.


- ¡Esperá que ahora bajo!- no tardé en bajar, bien surtido de
servilletas, vendas, y todo lo que encontré en el botiquín de mis papitos. Una
hora tardamos en frenar la hemorragia, con vendas y gasas.


- Gracias, amor- dijo, plantándome un beso en todos los
labios, e intentando meter la lengua. Yo abrí lentamente mi boca y ella se
introdujo en mí. Nuestras lenguas batallaron, más por instinto que por técnica,
y yo la volví a sentir mi ángel durante los segundos que duró ese beso.


- No podés seguir así, de verdad. Haré lo que quieras, le
pediré de rodillas a mi papito que te pague el viaje a España, pero no sigas,
por favor.- le pedí, suplicante.


- Lo siento, mi amor, pero tengo que irme solita. Cuando me
vaya, te dejaré sin debernos nada más que alguna carta de vez en cuando. Lo
siento pero si puedo seguir.- me subí llorando, más por impotencia y rabia que
por miedo, y me tiré en la cama, a ahogar mis gritos en la almohada.


El gringo siguió viniendo durante mucho tiempo, dejando plata
y más plata, y también sangre y más sangre, por que desde ese momento ya no
quiso más que Marta se la chupara, ahora quería follársela.. La cajita casi
estaba llena y Martita cada día estaba más feliz.


- Creo que ya queda poco, Jaime. Dentro de una semana estaré
de viaje a España.- me dijo un día, diez de marzo, el mismo día que me conoció.
Sin embargo, ese día feliz fue un día muy triste. El gringo no volvió es noche,
ni la otra, ni la siguiente. Ya nadie le pagaba a Martita, que cada vez
engordaba más y más, y las tetitas le crecían más y más. Como si supiera lo que
había hecho, el gringo desapareció de nuestras vidas dejando preñada a Martita.
Sólo yo me ocupaba de ella, y le iba a comprar comida, y le insistía en llevarla
a un hospital. Ella no quería, se negaba en rotundo, pero yo seguí a su lado.
Más de una vez me quedé dormidito a su lado, y por la mañana mi papito me
despertaba y me mandaba para arriba, no fuera que mamás se fuera a enfadar. Y
por fin, un veintiuno de septiembre, que mi papá estaba de viaje de negocios,
pasó lo inevitable. Yo estaba en casa, y eran las ocho de la noche cuando
Martita comenzó a gritar. Tenía que hacer algo, tenía que llamar a alguien, a un
médico, pero necesitaba a mi madre.


- Mamá, a M...- estuve a punto de llamarla Marta, pero mi
mamita no podía saber que la conocía.- Mamá, a esa niña le duele.


- Dejála, niño, son mierda.- fue la única respuesta que
obtuve.


- Pero mamá... Hay que llamar a un médico,- nuestra
conversación casi no se oía por los gritos de Marta. Me lancé a coger el
teléfono para llamar a un doctor, pero mi mamá me lo impidió cogiéndome por las
axilas y levantándome del suelo. Yo gritaba para que llamara a alguien, pero mi
mamá estaba loca, y yo lo sabía. Su agorafobia había empeorado y se había vuelto
dura y arisca. Me arrastró a mi cuarto y me echó dentro. Luego, lo que más me
dolió, es que cerrara la puerta con llave.


Aún podía escuchar los gritos de Marta, y yo aporreaba la
puerta de mi habitación pidiéndole piedad a mi madre, piedad para mí y piedad,
sobre todo, para Marta. Viendo que mi madre no respondía, me lancé hacia la
puerta ciego de rabia.


- ¡Martaaa! ¡MARTAA! ¡¡¡MARTAAAAAAA!- gritaba y golpeaba la
puerta, pero ni mis gritos ni mis golpes la movían. Media hora estuve aporreando
sin descanso la puerta, gritando el nombre de mi ángel, escuchando sus gritos de
dolor. Al final, caí agotado. El brillo del sol en mi ventana me despertó.
Estaba en la cama, y la puerta estaba abierta. Bajé corriendo a la calle,
pasando por delante de mi madre sin querer decirle nada. Esperaba ver a Martita
sentada en sus mantas, sosteniendo un pequeño bebito en sus brazos, pero me
encontré otra cosa. Un grupo de mujeres de avanzada edad conversaban sobre lo
ocurrido. "Una desgracia, ¿Verdad?", "Se la encontró un barrendero, y aún
respiraba", "No pudieron hacer nada en el hospital, ni por ella, ni por el
niño". Yo rompí a llorar. Subí llorando, casi a ciegas por el río de lágrimas
que inundaba mis ojos. Llegué a mi casa, y no sé que barbaridad le grité a mi
madre, pero fue una muy gorda por la cara que puso. Llegué a mi habitación e
intenté apagar mis lloros con la almohada, como hice aquella vez, que también
lloré por ella. Mi padre llegó esa misma mañana de su viaje. Yo sólo oía lo que
se decían él y mi viejita.


¿Qué pasó? ¿Por qué hay tanta gente allá bajo?


¡Bah! Esa sucia niñita que rondaba por acá, parió y murió en
el parto- era mi mamá la que había hablado.


¿Pero cómo? ¿No la atendieron bien?


No, no la atendieron. Tu hijo quería llamar a un médico, pero
no lo dejé. Sería tirar el dinero.- Entonces se oyó una sonora bofetada, un leve
"Estás loca", y mi padre vino corriendo a mi cuarto.


Ha muerto, papá, ya no está.- le dije, llorando.


Sí, hijo, sí que está. Está acá dentro.- me dio un golpecito
en el pecho- en tu corazón, y si no la olvidas, jamás morirá.


Los dos, padre e hijo, nos fundimos en un abrazo.


¿Qué pasará con... ya sabés, su cuerpo?


¡Ay, hijo, no tenía plata, así que la enterrarán como una
doña nadie, y si la entierran!- mi papá era muy franco, pero no lloré.


Sí papá, sí que tenía plata.- Bajé a la calle, con los ojos
todavía brotando lágrimas, me introduje entre el maremágnum de cotillas y
buitres, y me puse a escarbar en sus mantas. Saqué la cajita de plata, la apreté
contra mi pecho, volví a cruzar entre la multitud y se la enseñé a mi padre.


Sabés, papito. Ella decía que era de este color por que antes
era de madera, pero que ella la sumergió en el Río de la Plata y que se volvió
de plata. ¿Qué tonto verdad?- Era tan tonto, que volví a llorar. Lloraba por que
al final no iba a viajar a España, ni se iba a hacer rica allá, ni la iban a
adoptar. Su vida acabó cuando aún soñaba con angelitos. Igual que yo, yo soñaba
con ella, con mi ángel.


Fuimos al hospital a recoger la llave que siempre llevaba al
cuello. Nos hicimos cargo, mi papito y yo, de todas las exequias, y la
enterraron en un cementerio muy bonito, en una tumba muy bonita, que ponía:


MARTA VARGAS



1977 – 1989



semper viva


in mai alma


Y encima de la lápida, cómo no, un angelito que cuidara de
sus sueños, de su sueño, sueño eterno. A su lado, también enterramos al niño. Lo
llamamos Román Vargas, como mi papito, a petición mía.


Pocas, poquitas personas fueron a su entierro. Sus viejitos,
los que la botaron de casa por que su papá abusó de ella (me lo contó una noche
que andaba algo tristona), y su mamá la llamó mentirosa cuando se chivó, pues
sus viejitos también fueron al entierro. Y cuando preguntaron "¿Por qué
‘Vargas’?", yo no tuve fuerzas para contestar, y mi papito lo hizo por mí.


- Por que ella lo quiere.- dijo abrazándome un poquito más
fuerte.


Sus papitos lloraron. Después de botarla a la calle lloraron
su muerte. Es como prender fuego a un árbol y llorar por que se han muerto los
pajaritos que anidaban en él. Les habría puesto de hipócritas hasta arriba, pero
yo también estaba llorando.


Después de eso, fui yo el que viajé a España. Y a cada
monumento que veía, lo iba describiendo, como si ella estuviera a mi lado,
sonriéndome de esa forma que tanto me gustaba.


Aún guardo su llave. Su cajita, según mi papito, quedó
estupenda como maceta para las flores de su tumba. De su tumba y de la de Román,
ese hijito que tanto estará cuidando en el cielo.


 


FIN


 

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Relato: La niña de la calle
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