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Relato: Wilsilor (26: Cuatro mujeres y un Adan en...)


 

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Relato: Wilsilor (26: Cuatro mujeres y un Adan en...)

  


WILSILOR XXVI



Cuatro mujeres y un Adán en el paraíso


(I Parte)



Por Marité



Hay tanto del mundo por conocer y tanto por descubrir. "la
historia nos juzgará por nuestras acciones". A mí por mis desplantes y mi forma
tan extrovertida de vivir me llamaban los sin oficio puta lesbiana, y yo
no era tan así. Hoy, acepto que la gente chismosa puede hablar cuanto quiera
porque el haber mamado tantos güevos y ser cogida tantas veces y no precisamente
por un novio y ya, sino por nada más y nada menos que mi propio hermano, su
amante y coño, hasta con el macho-cabrío del esposo de Silfa, me hacen ser una
verdadera puta.


¿Lesbiana? Me acosté con Silfa y no me arrepiento porque
ahora soy más mujer y si la gente quiere hablar, que hable con razón.


La otra tarde estuve en casa de ella y conversamos tantas
mariqueras y recordamos como la pasamos de bien aquel día en el que estuvimos
con su esposo y tuve hasta derecho a desayuno. ¿Cómo olvidarlo si fue la primera
vez que lo hice sin cohibirme tanto, sin esconderme y gozando una bola?


Entre besos y caricias Silfa me abordó con una pregunta que
cambiaría mi vida por completo y que me definiría totalmente.


-¿Te gustaría hacerlo con otras mujeres?


-No lo sé…, me da miedo. Creo que no soy tan lanzada- le
contesté-. ¿Por qué, tienes algo en mente?


-Bueno, es que me gustaría compartirte con mis amigas, las
vecinitas. ¿Te gustaría?


-No lo sé…, eso es algo que no he pensado. Te confieso que a
veces creo que solo estoy contigo por cuestión de preferencias y porque me
gustas tú como personas, tu intelecto, tus tetas, tu culo…, todo…, pero no me
siento lesbiana del todo…


-Es que no eres lesbiana. Eres bisexual, mi amor.


-Bueno, pero me refiero a que siento que solo deseo acostarme
con una mujer: Tú. Más nadie.


Y sonriendo con cierta malicia, dije:


-Aunque hay un dicho que dice: "Nunca digas: de esta agua
no beberé".



-Yo diría: "Nunca digas: de esta cuquita no mamaré o estas
teticas no morderé
"- contestó Silfa riendo de forma tan contagiosa, que yo
me uní a la carcajada.


Me quedé callada pensando en como sería de verdad estar con
otras mujeres y luego, clavé mi mirada en los ojos de Silfa.


-¿Qué?- inquirió- ¿Por qué me miras así?


-Es que…, ahora que mencionas cuca, me entraron unas ganas de
que me la mames…


-¿Y?


-¿Cómo que "y"? Mámamela, ¿sí?


-Inmediatamente, mi ama…- respondió Silfa arrodillándose ante
mis piernas y desabrochando la correa de mi calzón.


-No aguantas dos pedidas, ¿No?- le dije por bromear al ver
que estaba como esperando a que se lo pidiera.


-Claro que sí, pero si quieres no lo hago.


-¡No, ¿cómo se te ocurre?! ¡Bájame el maldito pantalón y
hazme feliz!


Me eché hacia delante para mayor comodidad y vi como mi amiga
terminaba de desabrochar la correa, desabotonaba el pantalón y bajaba el cierre.
Mi cuca ya temblaba por lo que venía y me excité más al sentir sus dedos entrar
en la tela y comenzar a halar hasta que tuve el calzón remangado en los muslos:
enseguida esos mismos dedos se metieron en mi pantaleta y los vi halarla hasta
unirlas con el jean. Sentí nuevamente esos dedos acariciar mis muslos, mi pelvis
y mis carnes podadas y limpias.


En un instante sentí los trapos remangarse más y más hasta
llegar a mis tobillos y las manos de esa mujer encantadora me abrieron las
piernas y sentí su cabeza recorrer el largo camino hasta mi cueva… ¡Dios, su
lengua era maravillosa al recorrer mis mulso y detenerse a lamer la periferia de
esa cueva encantada! No era la primera vez que me hacía eso, pero mi nivel de
fantasía me hacia creer que era la primera vez y, con mi culo apenas apoyado en
l muble, sentí la lengua hundirse entre mis carnes y comenzar a descubrir la
lesbiana que llevo dentro, la mujer amante de mujeres. Yo no sé si quería o no
acostarme con otras carajas, pero si me lamía así de suavecito mis carnes, ¿por
qué no? Qué me mamaran todas las mujeres de Venezuela si así lo deseaban… Yo
tendría jugos para todas y las alimentaría hasta la saciedad.


Que delicia fue sentir esa lengua jorungando mi clítoris,
lamiendo mis labios, golpeteando las paredes de mi cuca. Yo gemía de gusto y más
al sentir de vez en cuando las uñas de mi amiga allá abajo y también relinché de
placer cuando me mordía, a veces suave a veces duro… Como la pasé de bien al ver
la carita de Silfa con sus ojos cerrados y su boca pegada a mis carnes, al ver
su lengua empapada de mi miel… ¡Qué cochina y que linda se veía al tomarse mi
néctar blanco! Gocé infinitamente al sentir una, dos… diez, veinte…, cien…, mil
veces su lengua golpear y golpear mis carnes henchidas de miel y palpitantes de
alegría.


Ya solo mi espalda estaba apoyada en el mueble y podía sentir
las lamidas de Silfa en mi cuca y sus dedos penetrar mi culo empapado de mis
jugos… ¡Coño, como deseaba que Ricardo estuviese allí cogiéndome o mi hermano!
Mis tetas estaban bien hinchadas y se me notaban los pezones en la camiseta
sudada. ¿Yo misma me las estrujé pensando que eran otras manos? ¿De hombre de
mujer? ¿Que más daba de quien?, lo importante era que se acrecentaba en mí el
deseo de que otras carajas me cogieran también.


Yo casi ni podía ver, estaba perdiendo el sentido y me sumía
en un mundo irreconocible donde me cagaba de gusto y me orinaba en la cara de mi
amiga, supongo… ¡Ay, coño, que sensación tan de pinga es coger!


Como yo estaba no sé donde carajo, Silfa me contó que mi culo
se estaba tragando su dedo y que me empecé a mover como loca, pegándole la cuca
en su cara con tanto salvajismo que llegué a lastimarla y que, en una de esas le
bañé la cara de tanta leche que pensó que me había reventado algo por dentro.
¡Mierda, no me estaba orinando sino eyaculando mi miel! Silfa gozó tanto de
tragarse mis jugos y de morder mis carnes que no pudo evitar desabrochar su
calzón y meterse una mano para pajearse. Así, en cuatro patas, también llegó a
sus propios clímax y me hizo gozar una bola.


Cuando volví en sí, cuando me volvió el aire, sentí como ella
me acostaba en el mueble y se echaba sobre mí para darme un beso salvaje que me
robó el poco aire que me quedaba y así, con los calzones abajo, ambas nos dimos
una buena refriega por un rato que duró horas.



Yo reflexioné mucho sobre la posibilidad de tirar con otras
mujeres. Esa noche, por ejemplo, estuve viendo películas y leyendo hasta tarde y
terminé con la mano debajo del short acariciándome la totona para calmar mis
ansias.


Silfa me invitó a salir el fin de semana para un paseo con su
esposo y dos chicas más, acepté de inmediato, pensando en que al lugar donde
iríamos sería perfecto para darnos una buena cogida y, si bien no haría nada con
las otras dos mujeres, por lo menos tendría oportunidad de echarles un ojo.


Iríamos a un lugar llamado "Agua Blanca", en el
Parque Nacional Guatopo
del estado Miranda. Es un sitio perdido en la nada,
monte dentro, donde hay muchos ríos y animales, pero ideal para pasarla en el
"paraíso".


Yo llevaba un jean ancho, sandalias de cuero, franela corta
con un Mickey Mouse pintado en pecho. No llevaba sostén pero si una pantaleta
también de Mickey Mouse. Ricardo iba en short, sandalias y franela; Silfa
llevaba un jean pescador, sandalias y una blusa multicolor de trabillitas muy
finas y que verga, dejaba ver gran parte de sus tetas y se le marcaban los
pezones claritos.


Al rato llegaron a la casa, dos chamitas bien bellas,
llamadas Wilsibeth y Lorena, yo no las conocía y pensé que podían ser lesbianas,
pero ¿y si no? Le pregunté a Silfa, pero me dijo "Averígualo". La Lorena llevaba
un short de jean a la cadera, desflecado en las mangas, zapatos deportivos con
medias cortas y una franelita azul. Wilsibeth, llevaba un mono blanco de rayas
rojas a los lados, y una franelita con un "Mazinger Z" pintado en el pecho.
Llevaba además sus cabellos recogidos en un moño, se veía que tenía el pelo bien
corto. Ambas carajitas, tenían piercings en sus ombligos y el mismo tatuaje en
la espalda.


Rodamos bastante rato y pasamos por un lugar llamado
Altagracia y luego, monte y monte. Seguramente si nos hubiésemos quedado en
cualquiera de esos parajes la hubiésemos pasado requetebién. Agua Blanca es un
lugar hermoso, compuesto por piscinas naturales, cabañas elevadas que debajo
tiene una mesa de madera y un fogón. Arriba está el cuarto. Hay muchos monos y
un trapiche viejo donde antes se exprimía la caña de azúcar para hacer barras de
papelón.


Yo estaba extasiada por el lugar porque era el sitio propicio
para mandar al coño los peos de la ciudad y gozar una bola durante los dos días
que estaríamos allí.


Subimos a la parte alta del parque donde había una piscina
natural mucho más grande y muy pocas personas bañándose. Enseguida Ricardo se
quitó la ropa y se quedó solo en boxer y ¡zas!, se lanzó como pez al agua.
Wilsibeth y Lorena hicieron lo mismo. La primera se quitó el calzón y se quedó
en tanga, luego la franela y quedó en sostén. La verdad es que su ropa interior
parecía un traje de baño; la segunda solo se quitó el short y los zapatos y se
quedó en tanga porque como no llevaba sostén se quedó en franela. Ahora los tres
nadaban felices en el río junto a otras tres personas mientras Silfa y yo, nos
quedamos sentadas bajo una choza contemplando a su esposo y a las carajitas.


-Son bonitas, ¿verdad?- dijo Silfa sonriente.


-Sí- contesté yo- ¿Y qué? ¿Qué son ellas? ¿Les o bis?


-Hasta donde sé, ni una ni la otra. Se han acostado ya con
hombres, pero nada más. ¿Te gustaría cogerlas?


-No lo sé… es un paso que me cuesta dar. ¿Y si se ponen a
hablar paja después de lo que hicimos? Recuerda que quien se acuesta con
carajitos amanece cagado
.


-Ja, ja. Creo que tu miedo es que no te acepten.


-No me jodas, Silfa. Estoy segura que esas caen rapidito. No
aguantarían dos pedidas mías.


-Ya yo lo intenté, pero ellas dicen que solo le gustan los
hombres. Aceptaron venir acá solo para bañarse y divertirse.


-¡Ja!, eso no lo creo. En todo caso, te aseguro que yo las
convencería rapidito.


-No creo que sea tan fácil. ¿Pero que significa eso, qué
estás dispuesta a tirártelas?


-Pero no lo voy a hacer, solo te digo que si quiero, puedo…


-¿Apostamos? ¿Qué quieres perder?


-Te ganaría facilito.


-Apostemos: si no las convences, serás mi esclava por una
semana. Te mudarás a la casa, cocinarás, fregarás, limpiarás y nos harás a mi
esposo y a mí cuanto nos de la gana…


-¿Y si las convenzo?


-Entonces yo seré tu esclava y te complaceré en todo lo que
pidas por una semana.


Acepté la apuesta pensando en que sería pan comido. La verdad
me daba un poco de temor meterme con esas dos carajitas, pero si ya había
aceptado hacer guarradas con Silfa, ¿por qué no hacerlo con esas dos chiquillas?
Sería por joder en todo caso. Me quité mi pantalón y me quedé en pantaletas
también y me zambullí en la piscina. Silfa se quitó el pescador y quedó en tanga
y con su blusa.


En un minuto, todos jodíamos y pataleábamos en el agua y la
pasamos tan bien, que las tres personas que se estaban bañando, pronto se
salieron, estuvieron un rato en la choza de al lado y se marcharon. Ahora,
solitos, jodimos más y más de una vez estuve con ganas de meterle mano a las
carajitas. Coño, la cuca se me estaba enrocheleando mucho. Entre juego y juego,
nos metimos a en una cascadita que estaba al final del muro de contención de la
piscina y verga, era tan fuerte el chaparrón que, cuando yo me metí, la
pantaleta se me vino abajo y quedé con el culo afuera. Todos reímos por joda
mientras yo me volvía a subir a Mickey para que ocultara mi culo y mi poncha,
pero enseguida cada uno quiso meterse en la caída. Ricardo se metió y se le veía
apenas la cabecita y cuando nos dimos cuenta, tenía el boxer en la mano y nos lo
enseñaba victorioso.


-¿Quién se anima a meterse conmigo?- gritó sonriente.


Aunque no me faltaban ganas, no quise meterme porque se
supone que las carajitas no sospechaban que yo tenía un jujú raro con él. Ellas
se miraron como diciendo ¡estás loco! ¿Y quien más que su esposa para ocupar ese
lugar?


Entonces, Silfa se metió, él la abrazó por la espalda y
quedaron tapados por el chaparrón. En unos segundos, Silfa sacó la mano y me
lanzó su blusa, luego, le lanzó la pantaleta a una de las muchachas. Enseguida
vimos las caras de ambos y comprendimos que estaban cogiendo. Las tres chicas
restantes nos vimos las caras y nos reímos tímidamente al saber lo que estaban
haciendo esos dos.


Yo tenía ganas de meterme con ellos, pero no quería ponerme
en evidencia. Soy una entupida, lo hubiese hecho. Tomé entonces, las ropas de
ambos, salimos del estanque de la cascadita y nos volvimos a lanzar en la
piscina. Dejando solo a los esposos.


-¿Has tirado con él?- me preguntó Lorena mientras flotábamos.


-No- mentí- ¿Y ustedes?- inquirí yo, infiriendo que sí.


-N-no, tampoco- respondieron al unísono.


-¿Son lesbianas?- me arriesgué a preguntar.


Ambas se miraron las caras y respondieron que no con cierto
tono de molestia. Seguimos así por un rato hasta que escuchamos la voz de Silfa
y de Ricardo pidiendo que les devolviéramos su ropa, y, como nos negamos por
joda, ellos dijeron que entonces saldrían desnudos. Y así fue. Salieron del agua
y subieron presurosos a las piedras y vi a una Silfa siempre hermosa con esas
tetas tan granes que tanto me enloquecen y por supuesto, el güevo de su esposo
perfectamente parado.


Vi la cara de Lorena y Wilsibeth y estaban entre asustadas y
fascinadas por lo que acababan de ver. Los esposos pronto se zambulleron junto a
nosotras y comenzaron a jodernos:


-¿Entonces?- inquirió Ricardo- Nos están jodiendo, ¿verdad? Y
nos dejaron sin ropa, pero ahora les toca a ustedes.


Lorena, wilsibeth y yo nos miramos como diciendo ¿lo hacemos?
¿Quién se atreve primero? Y la primera atrevida fui yo. Llevé mis manos hasta mi
cintura y bajé mi pantaleta. Enseguida Mickey estaba fuera del agua y lo lancé a
donde estaban las demás ropas. Luego, me saqué la franela y también la lancé.
Estaba desnuda también.


Wilsibeth fue la siguiente, luego Lorena y pronto, todos
estábamos desnuditos en aquella piscina, arriesgándonos a que en cualquier
momento nos echaron un ojo los guardias o los demás visitantes. Jodimos bastante
y más de una vez, sentí las manos de Silfa en mi cuca o el güevo de Ricardo
tanteando mi culo.


Pude ver las tetas de las chamitas y eran bien lindos y
grandes (más que los míos). Poco después tuvimos que vestirnos rápido porque se
oían unas voces en la parte baja del camino y pronto, llegaron unos niños.


Decidimos bajar hacia el trapiche y luego nos fuimos a la
cabaña. Ricardo subió con Silfa y yo me quedé con Lorena y wilsibeth abajo par
que ellos se cambiaran. Poco después bajaron. Silfa llevaba un short de jean,
sandalias y una franela blanca pegadita (sus pezones se marcaban claritos);
Ricardo iba en short. Luego subieron las hermanas y bajaron rápidamente. Lorena
con el mismo short y zapatos, pero se puso una blusa de mangas muy anchas y
cuello barco que dejaba ver sus hombros blancos; Wilsibeth se puso la misma
franela y un short negro. Yo subí después y me puse un pescador strech por las
rodillas y una franelita con un símbolo de superman en el pecho.


Ricardo y Silfa quedaron en dar una vuelta por el trapiche y
Lorena pidió acompañarlos, así que Wilsibeth y yo nos quedamos en la cabaña,
hablando tonterías y conociéndonos un poco. Me cayó demasiado bien esa carajita.
Ambas estábamos sentadas en la grama, cerca de la cabaña y yo no dejaba de
contemplar como se le marcaban las tetas en la franela o de cómo se le salía la
pantaleta del short. ¡Dios, la verdad es que tenía un culo bien marcado y
redondo!


-¿Eres lesbiana?- me preguntó en cierto momento.


-¿Por qué me lo preguntas?- inquirí yo, emocionada por la
pregunta.


-Es que, eres amiga de Silfa y a ella le gustan las mujeres.


-Entonces tú si lo eres, ¿verdad?


-¡No! ¿Por qué lo dices?


-Porque también eres amiga de Silfa, ¿No?


-Tienes razón. No tenemos por qué serlo.


-¿Y no te da curiosidad que se siente ser así?


-Lo he pensado. Pero la verdad es que del dicho al hecho
hay un largo trecho
. Me da miedo meterme en algo que no me guste.


-Silfa te propuso acostarte con ella, ¿verdad? ¿Por qué no
aceptaste? Seguro no hubieses tenido que hacer nada.


-¿Tu aceptarías si te lo pidiera?


-Con probar no perdería nada. ¿Te puedo decir algo?


-Sí…


-Ese tatuaje que tienes en la cadera es muy lindo y no puedo
dejar de vértelo a ti o a tu hermana.


-Y ese que tienes tú en toda la espalda esta del carajo
también. Apenas te lo pude ver en el agua, ¿hasta donde llega?


-¿Quieres verlo bien?


La chica asintió y yo me dije ¡bingo! Me remangué la franela
y la dejé ver mi espalda tatuada. Luego, metí mis dedos en el pantalón y lo halé
hacia abajo para que viera bien la cola del dragón metiéndose hasta la raja de
mi culo. ¿Te gusta?, le pregunté y ella dijo que sí.


La conversación se tornó cada vez más comprometedora. Así que
ella intentó cambiarla.


-¿Y te gusta superman?


-Si lo dices por mi franela. Sería full tripa que a una se la
cogiera un hombre de acero, ¿no crees? Porque superman debe tener el güevo de
acero, ¿no?


La chama sonrió de gusto.


-Pero la verdad, Wilsibeth, prefiero a Superchica. No soy
les, pero te confieso que siempre me ha dado curiosidad saber como sería ella
desnuda o tirando. ¿Y a ti, te gusta mazinger? Esa es una comiquita
vieja…


-Mi papá tiene la colección en DVD. Siempre me ha gustado
imaginarme a Kogie cogiéndose a Sayaka, porque siempre están peleando, pero en
el fondo se gustan. Me la he imaginado tirando con el gordo Boss y sus dos
amigos y hasta con el carajito Shiro. Te confieso que además, a veces he pensado
en Sayaka como…, mujer. Me imagino sus tetas, su cuca…


-Oye: estás confesando de alguna manera tu gusto por las
mujeres.


-No, solo te comento sobre la comiquita. ¿Sabes?, me gusta
cuando "Afrodita A" lanza los proyectiles en forma de tetas. Esas comiquitas en
el fondo no son pa’ carajitos.


-No lo son. En Japón tienen otra cultura en cuanto al sexo.
Ese robot tiene nombre de la diosa griega del amor (Venus, en Roma) e inspira
sexo lanzando las tetas. Bueno, ¿y que hacemos hablando tanto de sayaza y
Afrodita? ¿Será que si nos gustan las carajas?


-¡No!, pero la verdad es que te confieso que yo…si tengo
curiosidad. No sé si aceptar a Silfa y tampoco si quiero hacer. Me gustaría más
que me hagan.


-¿Quieres que yo te haga algo ahora?


-Pero dijiste que no eras les.


-No lo soy, pero también tengo curiosidad. ¿Qué dices?


-Bueno.


-¿Y que quieres que te haga?


-Siempre he querido saber que se siente eso de los besos
negros, pero no sé si tú te atrevas a besarme el culo. ¿Te atreves?


Fingí pensarlo por un rato y luego acepté.


-Eso no debe ser algo tan malo. ¿Vamos a la cabaña?


-Está bien.


Ambas chicas subimos presurosas la escalinata de madera,
cerramos la puerta y nos encerramos dentro de la habitación. Wilsibeth me
preguntó que si se desnudaba y yo le dije que no. Me puse tras ella, la abracé,
le di varios besitos en la nuca, en la espalda, acaricié sus brazos y me fui
agachando hasta quedar arrodillada tras ella, besándole sutilmente el tatuaje.
Luego se lo lamí y le besé el culo sobre el short. Ella olía rico y diablos,
tenía piazo de culote. Se lo masajeé y luego metí mis dedos en la tela y le fui
bajando esos trapos dejando milímetro a milímetro sus carnes fuera sin dejar de
besarlas un solo instante.


Me encantó besar esas nalgas redonditas y esponjadas. Ese era
uno de los culos más perfectos que había visto en mi vida. Le bajé el short y la
pantaleta hasta los tobillos y se la saqué luego. Inmediatamente comencé a
abrirle y a cerrarle las nalgas. Puse mi lengua en el medio y comencé a
golpeteármela con los dos jamones blancos. Eso me excitó mucho y lo disfruté que
jode. Luego, le metí un dedo por fin en el culo y comencé a darle y a darle
suavemente a veces, fieramente en otras. Me pareció que le gustaba mucho tener
un dedo allí e inferí que se lo habían metido muchas veces y que quizás se la
habían tirado bastante también.


Ella movía su cintura rítmicamente y jadeaba con una voz tan
sutil como sugestiva. Se apoyaba contra una de las paredes con una mano y con la
otra se abría una nalga. A veces se soltaba y se abría las dos y pude meterle
hasta dos dedos lo que la hizo gemir como la propia sayona. Me encachonaba ver
mi dedo meterse y salir de aquel culo que se constreñía deliciosamente. Al
entrar el dedo se contraía y las carnes se metían, luego, al salir el dedo, las
carnes se venían con él. ¡Que lindo espectáculo!


Yo no me consideraba completamente afecta a tirar con
mujeres, pero ese día lo asumí porque me estaba enloqueciendo al ver a esa
carajita contoneando las caderas y moviendo ese culo tan redondito y grande. No
es que yo tenga complejos por mi cuerpo, pero si bien Silfa me ganaba con sus
poderosas razones de pecho
, esta niña tenía un culo mucho más esponjoso que
el mío.


-¡Méteme la lengua, coño! ¡Hazlo ya!- masculló Wilsibeth
enloquecida y abriéndose más las nalgas.


Yo empujé con mi dedo su ano hacia abajo para abrírselo más y
noté una cavidad enrojecida y profunda, allí metí mi lengua poco a poco y
comencé a lamer y a lamer la fogosa cavidad, que sabía dulce y aparte estaba
bastante seca, a pesar de que las nalgas, espalda y muslos de Wilsibeth estaban
bien sudados ya. Aproveché y metí un dedo en su cuca y le extraje bastante miel
y se la froté en el culo. Ya lubricada, mi lengua entró mejor y me saboreé de
paso, sus jugos vaginales. No sé en que andaban los demás, pero yo me la estaba
pasando tripa allí besándole el culo a esa carajita y cumpliendo con la mitad de
mi apuesta (que por cierto, no me costó mucho).


-¿En serio es la primera vez que una mujer te hace esto?-
balbuceé con la cara metida entre sus carnes.


-¡S-sí, pero no se lo vayas a decir a Silfa y menos mi
hermana!- gimió la carajita a punto de sufrir un desmayo- ¡Me daría pena!


Sería nuestro secreto entonces. Tal vez no era verdad, pero
que coño, lo importante era que me estaba gozando el culo de una mujer y se veía
tan esponjoso, tan grande desde mi posición. El tatuaje bailaba con sus caderas
y más de una vez subí mis manos y acaricié su estómago y su espalda.


Al rato, yo estaba en cuatro patas con la cabeza pegada al
culo de wilsibeth que ahora estaba tumbada boca abajo sobre una colchoneta y con
el culo parado para que yo la siguiera haciendo feliz. La volteé luego y le di
una mamada de cuca espectacular y gimió como puta desenfrenada.


-¡Sigue mamándome el culo!- clamó enloquecida.


Entonces le levanté las piernas, se las abrí y volví a
meterle la lengua por detrás. Ahora ella estaba con las rodillas cerca de su
cara y con el culo otra vez en mi cara. ¡Qué bonita se veía esa niña con sus
cabellos cortos, despeinados sobre su cara y tan sudada que la franela se le
ceñía bastante al cuerpo y "Mazinger Z" parecía más bien una pintura corporal.
Le mamaba el culo y le estrujaba la cuca o viceversa mientras pensaba en que
definitivamente, me gustan las mujeres también.


Me incorporé un poco y quedé de rodillas y me sequé el sudor
de la frente, además de limpiarme los labios.


-¿Te cansaste?- preguntó Wilsibeth aún con las piernas al
aire.


-No, pero ¿te gustaría probar a ti?


Ella sonrió, bajó las piernas, puso una mano suavemente en su
cuca apenas velluda y me hizo un gesto tímido infantil pero afirmativo con su
cabeza. Entonces yo, desabroché mi calzón y comencé a bajar el cierre. Me bajé
el strech hasta las rodillas y, cuando ya metía mis dedos en la pantaleta para
bajarla también, escuchamos unas voces en la parte de abajo.


Me acerqué a la ventana y vi que a unos cien metros, Silfa,
su esposo y Lorena venían echando vaina y cantando. ¡Coño de la madre, que mala
pata! Me subí el pantalón y Wilsibeth se puso su pantaleta y su short,
presurosa.


Cuando los demás llegaron a la cabaña, nosotras estábamos
sentadas en el patiecito, supuestamente hablando tonterías. Silfa me miró con
una cara como diciendo ¿Lo hiciste o no? Y yo le guiñé un ojo que le dio a
entender que sí. Luego, con la boca, señalé a Lorena para darle a entender que
iba por ella.


Wilsi me miró y me guiñó un ojo; yo le correspondí y pensé en
que me gustó hacerle sexo oral, pero coño, ¡me quedé con la cuca alborotada! No
importa, más tarde volvería a intentarlo.



Marité


En el próximo cuento, le diré si lo logré o no con Lorena y de
cómo me enteré que lo que era un juego para mí también lo era para las
hermanitas Wilsilor. Escríbeme a
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Relato: Wilsilor (26: Cuatro mujeres y un Adan en...)
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