Me quedo allí parada, confusa, siento como suena la puerta al
cerrar y me largo a llorar con rabia y vergüenza. Corro a mi dormitorio y me
tiro a la cama. ¡Me siento tan sucia!. ¿¡Cómo pude hacer algo así!?. Me limpio
la cara con una orilla de la sábana dejándola manchada de esa cosa asquerosa que
aún llevo pegada en mi cara. Más rabia me da. Entre sollozos me paro y salgo al
pasillo, me dirijo al baño.
Me quito la bata y me meto a la ducha nuevamente. Me
restriego con furia queriendo sacar la mancha invisible que me cubre, pero ésta
no sale. Me sereno. Tengo que pensar. Sí, todo está bien, no ha pasado nada
malo. Tengo que vestirme para preparar el almuerzo. Salgo de la ducha.
Me miro al espejo, recuerdo que allí estuvo ese hombre. Me
horrorizo. No, no me horrorizo, mi mente me juega malas pasadas. Miro la puerta.
Allí está el ojo de la cerradura. La luz del pasillo se filtra. -Después de todo
no fue tan malo –pienso. Nadie lo sabrá.
Estoy en mi dormitorio y me visto. Quisiera tener de esas
braguitas que salen en las revistas de Avon, pero mi madrina nunca me compra de
esas, así es que tengo que usar mis calzones pasados de moda. Me pongo una
faldita, sujetador y una polera holgada encima. Me cepillo el pelo y me maquillo
un poquito, no mucho porque si no mi madrina me reta. Juro que nunca más he de
pasar por algo así en mi vida. Lo pienso mejor y me prometo que si algo así
ocurre nuevamente, nadie ha de saberlo. No quiero que piensen mal de mí.
Soy buena cocinando, me enseñaron mi madre y luego mi
madrina. Mi padrino dice que hago pura comida para pájaros, pero no es cierto.
Lo que pasa es que a veces él viene a almorzar a casa aprovechando que yo estoy
de vacaciones y prefiere cocinar él, claro que él hace puras cosas que engordan.
Iré al almacén a comprar algo de laurel, pan y algunas
verduras que faltan. A lo mejor diviso al Rafa. ¡Qué lindo sería!.
Allí está, conversa con alguien, tal vez un amigo. Me acerco,
tengo que pasar frente a su casa. Me ve. Sigue conversando, pero gira su cabeza
cada tanto para verme, creo. Su amigo me mira. Le dice algo. Rafa me mira. Me
siento desfallecer. Bajo la cabeza y sigo. Alcanzo a escuchar al amigo del Rafa
diciendo algo así como ".....tú espera aquí".
El amigo del Rafa me sigue. No, no me sigue a mi, me pasa y
camina delante mío. Entra al almacén. Entro al almacén. Hay más gente. Elijo la
verdura. Él también parece buscar algo. Está muy cerca mío. Me mira sonriente.
-Hola –me dice
-Hola –le respondo. Es lindo él. Se ve simpático.
-¿Tú vives por aquí cerca, no?.
-Sí
-Ah, claro... el Rafa me ha contado.
-¿Quién?
-El Rafa, el amigo con quien estaba conversando recién.
-Ah
-¿Tú lo conoces a él, no?
-Ehh, sí, pero... o sea... no.
-Bueno, sí o no -ríe
-Sí, pero nunca hemos conversado. No somos amigos.
-Ah, bueno, pero tampoco nosotros somos amigos y aquí estamos
conversando –me dice con una amplia sonrisa.
–Me llamo Diego.
-Vero –le respondo ya con más ánimo como para sonreir
también.
Me acerco al mesón, pido el pan y me ponen la verdura en una
bolsita plástica. Pago y salgo. Quise despedirme del pero él se dirige a la
salida conmigo. Me cuenta que él vive en otro barrio, pero que vino a invitar al
Rafa. ¿Invitación a qué?, -me pregunto, pero callo. Me siento tan tonta. Nunca
sé qué decir. ¡Qué rabia ser tan tímida!. Nos acercamos a la casa del Rafa, él
sigue parado ahí. Nos mira. Su amigo sigue caminando conmigo y no parece tener
intenciones de cruzar a su acera. Cuando llegamos frente al Rafa me dice que
espere y me toma del brazo.
-Hey Rafa!, -lo grita señalándole que se acerque. Me quiero
morir. Que me trague la tierra ahí mismo. Rafa se acerca sonriendo. Lo miro sólo
por un segundo, miro a su amigo y me quedo ahí sin saber qué decir. Él llega a
nuestro lado.
-Oye, -dice su amigo. Quería presentarte a Verito.
-Hola, -me sonríe y acerca su mejilla.
-Hola, -respondo. Nos saludamos de beso.
Me acompañan hasta la puerta de mi casa. Diego se despide de
mi y de Rafa. Éste último se queda parado junto a mí. No sé qué hacer. Me
menciona que hace calor.
-¿Quieres pasar a tomar una bebida?
-Bueno –me dice.
¡Me siento tan inadecuada!. Ojalá yo tuviera más personalidad
y pudiera afrontar las cosas con mayor naturalidad. Él tampoco se ve muy cómodo,
la verdad.
Ya terminó el colegio y ahora trabaja ayudándole al papá. De
eso me entero cuando ya tomamos confianza como para decir algo, porque entre los
dos somos un atado de nervios. Me he olvidado del almuerzo y ahora estamos ambos
sentados en la sala, conversando. Tiene 18 años. Se sorprende de saber que tengo
14. Pensaba que tenía 16. Sonrío (me halaga saber que me confundió por alguien
mayor). No me acuerdo en absoluto de lo que pasó un rato antes con el
pordiosero. Estoy feliz. Sonrío sin motivo.
-Tienes una linda sonrisa –me halaga.
-Gracias, tú también –replico.
Sonreímos ambos y luego callamos. Nos miramos.
-Te pued....? –ambos lo decimos a la vez y nos largamos a
reir. Estamos sentados en el sofá y él toma mi mano. Me mira a los ojos y me
dice que le gusto. A duras penas levanto la vista y, sonrojada, le susurro que
él también me gusta. Me atrae hacia él y cierro los ojos.
Se siente rico. Besa mis labios con suavidad y me dejo
llevar. Con una mano acaricia mi nuca y con la otra me abraza por la espalda. Yo
toco su brazo. Se siente rico. Suave, pero firme. Lo acaricio y me imagino cosas
con él. ¡Me siento tan dichosa!. Los pelitos de la nuca se me erizan con sus
dedos que hacen círculos deliciosamente placenteros. Es tal cual lo imaginaba.
¡Rafa!, ¡Te quiero!, el grito sólo retumba en mi mente. Sus labios no me
permiten decir nada. Se separa de mí y me mira fijamente a los ojos.
-¿Ya somos pololos? –me susurra.
-¡Sí! -le digo yo con mis mejillas encendidas.
Me embarga tal emoción que ni siquiera me acuerdo de lo que
pasó hace sólo un par de horas atrás. Tampoco quiero echar a perder el momento
sublime que estoy viviendo con ese deseo que me aqueja tan frecuentemente.
Aunque igual le dedico un par de pensamientos. Y no me parece que esté mal, al
contrario, sé que Rafa no haría algo así. Él es distinto.
Quedamos en que hablaremos con mis padrinos para que me den
permiso para pololear con él. ¡Mi padrino!, ¡Oh!, debe estar por llegar. Se lo
digo a Rafa y éste me dice que mejor se irá para que no lo encuentre allí y
volverá en la tarde cuando estén ambos... pero no alcanza a decir eso y suenan
las llaves en la puerta. Mi padrino entra y se queda parado mirándonos. Serio.
-¡Hola, padrino! –lo miro con indisimulada felicidad.
-Hola mija –me responde mirando a Rafa con curiosidad o
fastidio, no sé.
-Padrino, tengo algo que decirle.
-¿Si?, ¿y qué será?
Miro a Rafa y sonrío.
-Padrino, él es Rafael. Es el vecino de la cas...
-Sé quién es, mija. Hola Rafael –le extiende la mano.
Rafa lo saluda y un poco atropelladamente le explica que él y
desde hace un tiempo nos gustamos y que quería pedirle permiso para pololear
conmigo. Mi padrino no dice nada, pero yo sé que él, por lo anticuado que es, se
siente bien por lo que Rafa le dice ya que él siempre anda hablando de que los
jóvenes de hoy no tienen respeto, etc. etc. Me pide que vaya a la cocina y se
quedan ambos conversando en la sala. Espero que Rafa no se ponga muy nervioso ya
que él es bien tímido y mi padrino bien mandón.
¡Soy tan feliz!, mi padrino no ha dicho que sí, pero yo sé
que aceptará porque dijo que hablaría con mi madrina primero. Yo sé que eso
significa que sí porque... ¡quién mejor que Rafa?. Además ya va siendo hora que
yo tenga amigos, eso no se le puede prohibir a nadie. Acompaño a Rafael a la
puerta y le doy un beso en la mejilla (es que con el padrino hay que tener mucho
respeto).
Me uno a mi padrino en la cocina y lo abrazo feliz. Él me
abraza también, un tanto sorprendido. Mi mejilla roza los pelitos de su pecho
que sobresalen por la camisa y nuevamente uno de esos pensamiento me ronda la
cabeza. Me dice que me quiere mucho, pero que no le parece bien que ese muchacho
esté a solas conmigo en la casa. Sonrío y le digo –¡Sí, padrinito!, y me empino
a darle un beso en la mejilla justo en el instante en que él da vuelta su cara
y... creo que rocé sus labios. Nos ponemos manos a la obra para cocinar. De
reojo me parece notar que el bulto del padrino está más prominente y me acuerdo
del pordiosero. ¡Ay!, ¡Por qué hice eso! –me recrimino.
Luego mi padrino se va a dormir la siesta y me pide que lo
despierte en una hora más. Lavo los platos y me pongo a hacer aseo, porque con
los eventos de la mañana, ni me acordé. Luego veo mi telenovela favorita. Bueno,
en realidad no es mi favorita, pero igual la veo.
Tengo que despertar a mi padrino, -pienso. Me paro y me
dirijo a su cuarto. Abro la puerta y entro. Mi padrino duerme un poco encogido
de frente a mi. ¡llega a roncar!, ¡pobrecito, trabaja tanto!.
-Padrino –le llamo.
-Mmmhh –rezonga, mientras levanta una pierna y se estira,
pasando a llevar con ese movimiento la colcha que lo cubre.
-Pad... –se me atraganta el llamado en la garganta. Ese
movimiento lo ha dejado descubierto y si bien no está desnudo del todo, sí se ha
acostado sólo con un calzoncillo de esos de pierna ancha que usa él. Eso no
tendría nada de malo, pero se ha retorcido dejando salir por un costado su
miembro. Me quedo estática mirándolo. Tiene una cosa rotunda y morena. Su
cabecita con forma de hongo está cubierta de un pellejo grueso y apenas se deja
ver. Me acuerdo del pordiosero. Se le parece mucho. Por mi mente pasan escenas
de lo que hice esa misma mañana. Pienso qué se sentirá chupársela al padrino,
pero me arrepiento de pensar eso. ¿Es parecer mío o la cabecita del pene ahora
está más descubierta?. No, no es mi imaginación. Esa cosa se está agrandando
cada vez más. ¡Oh, Dios!, ¡¿cómo puede crecer tanto eso?!. Las bolas parecen
moverse, distenderse, engrosarse. Miro a mi padrino y creo ver que cierra los
ojos. Salgo de la pieza y decido volver y tocar.
-Ya voy... –me contesta mi padrino con voz adormilada.
Al rato después aparece en la sala listo para irse a su
trabajo nuevamente. Miro su entrepierna, no parece tan grande como antes, pero
aún así se nota. Mi padrino se la arregla con una mano y como si nada se acerca
a mí, me da un beso y me recuerda que no quiere que deje entrar a nadie a la
casa mientras esté sola.
En la tarde Rafa no viene a la casa. Me siento insegura.
Llega mi madrina y le cuento todo. Bueno, todo lo que pasó con el Rafa. Es
decir, casi todo. La parte de que le va a pedir permiso para que me deje
pololear con él nada más. Mi madrina me hace muchas preguntas, pero no parece
enojada ni mucho menos. Me dice que tendrá que conversar con Maroto (mi padrino
se llama Mario, pero mi madrina le dice así vaya uno a saber por qué).
Ya está, han conversado y convenido en que me permitirán
pololear. ¡Salto de felicidad! Abrazo a mi madrina y le doy un beso y luego a mi
padrino y le doy uno a él también. Claro que... Rafa no ha venido y no sé por
qué.
Ya es hora de dormir. Me acuesto asaltada por los
pensamientos de todo lo que ha ocurrido aquél día. ¡Qué día tan peculiar!; chupé
una pija, ví otra y estoy pololeando con Rafa. Tal vez no sea todo tan malo
después de todo.
Esta ha sido una semana maravillosa. Rafa vino al día
siguiente y conversó con mi madrina y mi padrino. No vino antes porque su papá
lo retuvo en el trabajo. Nos hemos visto todas las tardes, pero sólo en la
puerta porque mi padrino no quiere que estemos solos en la casa y yo soy muy
obediente... aunque a veces nos metemos un ratito a la salita. Nos ponemos a
escuchar música y él me abraza en el sillón. Me gusta cuando me recuesto en su
pecho y él cruza sus brazos por delante mío y me besa en el pelo. Es tan rico
sentirlo así, cerquita mío. Ayer estábamos así, acurrucaditos los dos y yo por
tratar de acomodarme me afirmé en su pierna y me dio vergüenza porque mi mano
quedó muy cerca de... bueno, de ahí. No pude evitar acordarme que algunos
hombres tienen un bulto muy grande en ese lugar. ¿Cómo lo tendrá el Rafa?.
Hoy es domingo. Mi madrina y yo hemos ido a la parroquia y mi
padrino se ha quedado durmiendo. A él no le gusta acompañarnos, no sé por qué.
Al volver, mi madrina me mandó a despertarlo, aunque ya era tarde. ¡Soy tan
tonta!, ¡Tantas veces que me han dicho que toque antes de entrar!. Abrí la
puerta y no lo ví en su cama, entré y allí estaba mi padrino.
-¿Ya volvieron? –dijo, sin mirar.
-..... –Yo, muda
-No encuentro calzoncillos, negra –dice él y justo entonces
mira y me ve.
Yo sigo muda, mirándolo, paralizada. Él se encuentra desnudo
al lado de la cómoda. Su pene es más grande de lo que pensaba. Cuelga entre sus
piernas sobre dos enormes bolsas oscuras llenas de pelos. Se ve poderoso,
grueso, oscuro. No puedo dejar de mirarlo. Siento lo mismo que el día que recibí
al pordiosero aquel. Mi padrino no se cubre ni hace nada, sólo me mira
fijamente. Estoy toda coloradita de vergüenza y... y me siento rara.
-Pensé que era mi mujer –dice.
-Está en la cocina –replico –Me mandó a despertarlo.
-Ah. Es que no encuentro los calzoncillos –Me dice muy
bajito.
-A lo mejor están en el segundo cajón –respondo también
bajando mi voz.
Por primera vez levanto la vista y lo miro a los ojos. Su
mirada es muy rara. Su expresión seria. Miro su miembro de nuevo. Esta vez es un
garrote inmenso que apunta al frente. Su cabeza media descapullada se ve húmeda.
Siento tantas ganas. Me acerco a él. Tiemblo.
-Padrino –susurro con mi voz temblorosa.
-Shhh –me hace callar tomando mi mano y llevándola hacia su
falo palpitante.
Quema. Siento mi mano arder en ese fuego que irradia. Me
abraza fuertemente y me da miedo. Lo suelto y corro hacia mi pieza. Allí me
siento en mi cama, asustada de sentir tantas cosas que no conozco. Pienso en
Rafael. Sé que él es distinto.
No salgo de mi pieza hasta que me llama mi madrina a
almorzar. Creo que me quedé dormida. Ya la mesa está puesta. No sé qué cara
tengo. Mi madrina piensa que estoy enferma. Apenas pruebo la comida. Mi padrino
a ratos me mira. Terminan ellos de almorzar y mi padrino comenta que dormirá una
siesta, que lo despierten para ver el fútbol y se va a su cuarto.
Lavamos la loza con mi madrina y mi ánimo mejora porque me
pregunta por Rafael y me dice que lo invite a pasar la tarde conmigo ya que
ellos estarán en su pieza y así lo hago. Llamo a Rafa y éste luego está conmigo.
Ya todo está bien.
Lo que no me gusta de Rafa es que a él le gusta una música
muy rara. Trajo unos cd’s de rock de su casa y a mí lo que me gusta es la música
romántica, pero aún así lo pasamos bien, nos reimos harto, cuidando de no meter
mucha bulla. ¡Qué lindo besa mi Rafita!.
A la hora baja mi madrina de su cuarto y nos dice que saldrá
un momento a visitar a una comadre y me pide que despierte a mi padrino en una
media hora más. Me acordé cuando había pasado una hora así es que subí rápido al
dormitorio de mi padrino y toqué a la puerta. Mi padrino me gritó que pasara y
así lo hice. Estaba despierto y tenía ya la TV encendida.
-¿Y la negra? –pregunta.
-Fue donde la señora Norma –respondo.
-¿Me traería una cervecita, mija? –me dice.
-Sí, padrino –le respondo y salgo a buscar una botella de
cerveza del refri.
Vuelvo y esta vez entro a la pieza sin golpear. Mi padrino
está sentado en la cama, con almohadones en su espalda. Su pecho desnudo se ve
muy peludo igual que sus brazos. La sábana lo cubre de la cintura para abajo.
-¿No quiere hacerme compañía un ratito, mija?
-Es que estoy con el Rafa, padrinito.
-Ah, está el muchacho. Bueno, si se va luego, se viene para
acá ¿quiere?.
-Bueno, padrino –le digo y siento como unas cosquillitas en
el estómago.
Creo que el Rafa me siente distinta, porque al rato me dice
que se va a buscar al Diego y me pide que nos juntemos con él más tarde. No le
insisto en que se quede. Me siento nerviosa y creo que sé por qué.
Subo al dormitorio de mi padrino y entro. Sigue igual que
antes, recostado en su cama con el pecho desnudo. Me mira y se corre hacia un
lado haciéndome una seña para que me ubique a su lado. Me pasa un brazo por
debajo de los hombros y quedo así muy pegadita a él. Me toma de una mano y la
pone en su barriga haciéndome cariños en el dorso. Se inclina a besarme en la
cabeza mientras siento sus abundantes pelos en su cuerpo. Tiemblo.
Poco a poco comienzo a acariciarlo. Mi mano recorre su cuerpo
haciéndome sentir tantas cosas que no puedo explicar. Se inclina hacia mí y
busca mi boca. Cierro los ojos y abro los labios. Recibo su lengua que se
enrosca con la mía. Su cara es áspera y se siente tan viril. Poco a poco abre
los botones de mi blusa y saca mis pechos al aire. Se abalanza hacia ellos y
apretándolos toma un pezón entre sus labios y chupa fuertemente haciendo ruidos
con la succión. Aprieta las tetas enloquecido haciendo que mil sensaciones
recorran desde mi vagina hasta mis pezones. Los amasa y dice incoherencias. Con
los pies se deshace de las sábanas y todo su cuerpo queda al descubierto. Su
pene se bambolea potente y viscoso.
Cierro los ojos. No creo poder ser capaz de sentir tantas
cosas al mismo tiempo. Me concentro un rato en sus chupadas a mis tetas, luego
en el roce de sus piernas rudas, luego en su verga que se restriega en mis
piernas. ¡Oh!, ¡es demasiado!. No creo poder resistir. Siento que me desnuda. Me
quita la faldita. Ya me ha sacado el sujetador, ahora son los calzones. Me los
quita rápidamente y sin preámbulo se zambulle allí abriendo mis piernas con sus
manos fuertes. Un escalofrío recorre mi ser. Quiero gritar de gusto al sentir su
lengua entre mis piernas. Nunca imaginé siquiera que eso se pudiera sentir. Mi
cara arde. ¡Aghhh!, ha metido su lengua entre mis pliegues. ¡Qué hace!, me chupa
algo que me hace desfallecer. ¡Ahhh!.
-¡Pa...dri...noooo! ¡Ahhh! ¡¿qué me... está....ahhhhhh....!
Luego se pone de espaldas en el centro de la cama y me sube
al revés sobre él. Tira de mis piernas y nuevamente me ataca en ese lugar que ni
yo sabía que podía hacerme sentir eso. Su verga queda frente a mí, palpitante,
chorreando sus jugos que caen en hilitos sobre sus bolas inmensas. Puedo ver sus
venas gruesas y salientes. Me vuelvo loca de placer. La tomo entre mis manos y
chupo con todas mis fuerzas. Mi padrino tiembla. Se siente salada y caliente.
Dura. Se estremece en mi boca.
Mete un dedo en mi cuevita y me hace saltar de gusto. Estoy
muy mojada allí. Luego pone el dedo en mi botoncito y casi me desmayo de placer.
Sigo chupando, cada vez entra más en mi boca. Siento que algo me viene. Creo que
me hago.... mi vista se nubla. ¡Aghhhhh!. Mi cuerpo se convulsiona y luego todo
se me hace negro. Mi cabeza cae entre sobre sus bolas y su pene lo siento en mi
cuello quemándome la piel.
Reacciono. Mi padrino me ha acostado de espaldas y está sobre
mí. Su pene está tocando mi cuevita. Sus manos sostienen mis piernas. Siento
como su cabeza entra en mi ser. Se queda quieto y me mira con los ojos
entrecerrados. Su cara demudada de placer. Se inclina sobre mí y lo mete. No me
duele nada. Sólo siento que resbala hacia adentro. Me siento llena de su carne
ardiente. Me besa y comienza un salvaje ritmo que hace que me falte el aire. Sus
pecho me aplasta las tetas. Siento sus pelos en mis pezones. Su cuello está
mojado de transpiración. Lo abrazo fuerte. Aprieto su cabeza contra mí mientras
muevo mis caderas en un baile que recién me doy cuenta que conozco sin que nadie
me lo haya enseñado. Se siente tan rico. Sus bolas golpean contra mis nalgas. Su
pene me aserrucha con violencia. Levanta su cabeza con la boca abierta y emite
un rugido seguido de convulsiones de su cuerpo todo y luego escupe su leche en
mi interior. ¡Ahhhhh! ¡Qué rico mijitaaaa!!! –gita mientras siento como su
líquido resbala en mis paredes interiores en un sinfín de estertores de su verga
magnífica. Me retuerzo de placer mientras un segundo orgasmo se apodera de mí.
Desfallezco.
Nos quedamos abrazados así, él sobre mí, sin sacar su verga
que me ha hecho mujer al fin.
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