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Relato: El profe de música


 

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Relato: El profe de música

  

EL PROFE DE MÚSICA



Por: Horny


*******


Un sábado cualquiera, tarde en la noche, estaba tan aburrida
que decidí ir sola a cine, a ver Hannibal si mal no recuerdo. Salí a eso de la
media noche y atravesé el centro comercial buscando la salida para ir a mi casa.
Cuando casi había llegado a la puerta lo vi, era Jorge, el hombre con el cual
había perdido mi virginidad hacía más de 10 años. Jorge era profesor de música
de primaria y pre-escolar en el colegio donde yo cursaba décimo grado (quinto de
bachillerato). No había cambiado nada físicamente en esos años; iba con una
muchacha colgada de su brazo, a ella también la reconocí, estudiaba en el mismo
colegio aunque un grado más atrás que yo. Siempre estuvo tras Jorge. "Así que
finalmente se quedó con él" pensé al verlos juntos aún después de tanto tiempo.


Me escondí tras una columna para que no me vieran pues la
verdad estaba un poquito desarreglada y pasada de peso con respecto a la última
vez que nos vimos; no quería darles el gusto de verme así pues ella estaba igual
de bonita y delgada.


Llegué a mi casa y fue inevitable pasar el resto de la noche
recordando...


Tenía catorce años cuando conocí a Jorge. Al principio no me
gustó pues a mi juicio no era un hombre que llamara la atención a primera vista,
pero Ana mi mejor amiga estaba literalmente loca por él, sin contar otro puñado
de niñas de todas las edades que hacían parte de su "club de fans". Él tenía 23
años pero me parecía mucho mayor siendo yo tan joven y debido a la diferencia de
edad.


Pre-escolar y primaria estaban separados de bachillerato por
una reja pero se podía acceder fácilmente gracias a una puerta que permanecía
abierta durante el día. Desde mi salón se alcanzaba a ver y no en pocas
ocasiones sorprendí a Ana mirando hacia la bendita puerta esperando a ver si
Jorge pasaba por ahí.



No se qué le ves – le decía yo – no se qué le ven todas.


Lo amo, es divino – me decía mi amiga – y no se que hacer
para que se fije en mí.



Que no sabía que hacer? Al contrario, si que sabía, se le
ocurría de todo para acercarse a él. Se ubicaba estratégicamente en lugares por
donde sabía que él iba a pasar, le enviaba notas anónimas con chocolates, le
componía poemas... Como Jorge era el director del Coro del colegio Ana se
inscribió ahí y prácticamente me obligó a inscribirme a mí también. No tuve
problema con eso, siempre tuve buena voz.


Confieso que a veces Ana me desesperaba con esa obsesión que
sentía por Jorge, aunque ella lo llamara amor, pues todo el tiempo hablaba de él
y lógicamente yo sentía celos porque nuestra amistad había pasado a un segundo
plano. El tema principal (y a veces el único tema) siempre era Jorge, qué hacer
para llamar la atención de Jorge, qué regalarle a Jorge... Jorge, Jorge, Jorge.
Lo último que se le había ocurrido era conseguirse el horario del tipo para
saber exactamente a que hora estaría en cada lugar, en el salón de profesores,
el pasillo o lo que fuera, Ana era mas efectiva que cualquier servicio de
inteligencia en todo lo referente al profe de música. Y yo por supuesto como
buena amiga que era la secundaba en todo y por eso mas de una vez me metí en
problemas con la directora del colegio, una monjita que no me la pasaba ni con
abundante agua.


Siempre me ha gustado componer y la música en general, pero
especialmente escribir canciones. Por esa época tuve una racha de inspiración y
un par de esas canciones le encantaron a Ana pues según ella parecían escritas
para Jorge. Le gustaron tanto que me pidió permiso para enviárselas a él como
una dedicatoria, yo por supuesto le dije que si y ahí comenzaron mis problemas.


Un par de días después llegué algo tarde al colegio porque
había tenido una cita médica. Cuando me aproximaba a mi salón de clases me
encontré con un grupo bastante particular discutiendo en el pasillo. Se trataban
nada más ni nada menos que de la directora del colegio, la prefecta de
disciplina, Jorge y mi amiga Ana la cual lloraba desconsoladamente. Se me heló
el cuerpo entero pues comprendí lo que estaba ocurriendo. Intenté seguir de
largo pero la directora me llamó.



Con usted también tenemos que hablar – me dijo en un tono
nada amistoso – Fue usted la que escribió esto? – preguntó enseñándome un papel
con las canciones que había compuesto.


Si – le contesté – fui yo.


Y por qué llegó este papel a manos del profesor Jorge? –
preguntó.



No supe que responder porque eso podía comprometer seriamente
a Ana. Afortunadamente fue ella misma la que contestó.



Yo le pedí autorización para enviar esas canciones – dijo Ana
en medio de intensos chillidos.


Esto les puede causar la expulsión a ambas – dijo la
exagerada monjita.



Nos estuvo sermoneando varios minutos más sobre el asunto de
la prohibición de la relación entre profesores y alumnas a no ser que fuera
exclusivamente académica y bla bla bla... Ana lloraba, yo estaba muda y Jorge
miraba para otro lado. Nunca supe ni sabré como se entero todo el mundo de la
existencia del bendito papelito.


Cuando nos permitió retirarnos me alejé rápidamente sin mirar
a Ana, me fui para el baño y allí me encerré a llorar el resto de la mañana. No
le hablé a Ana en una semana, luego retomamos la amistad aunque ya no fue la
misma, las cosas se enfriaron bastante a raíz de lo que pasó ese día.


Comencé a notar que no solo las cosas entre Ana y yo habían
cambiado, también entre Ana y Jorge, ahora se saludaban, incluso se detenían a
charlar un rato; cuando esto ocurría yo miraba hacia otro lado, ni siquiera lo
determinaba, me caía muy mal aunque no hubiera un motivo real salvo el susto que
había tenido por culpa de ambos.



Y cómo es que terminaron tan amigos? – le pregunté a Ana un
día.


Ni yo misma me lo explico Sofía – contestó ella – pero fue
desde el problemita aquel con la directora, por lo de tus canciones.


No me lo recuerdes – contesté dando punto final a la
conversación.



Una tarde en mi casa hacía las tareas escolares escuchando
música como siempre cuando fui interrumpida por una llamada. Era Ana y estaba
llorando (ya era una experta en el tema) pero no hablaba por más que yo
intentaba calmarla.



Ana, por favor, dime qué pasa!! – le suplicaba yo – comienzas
a asustarme, acaso estas embarazada o algo así?


Nooo, no es eso – dijo en medio de sollozos – se trata de
Jorge.


Para variar – contesté enojada – ahora que te hizo ese
infeliz.


Me pidió tu teléfono – contestó Ana.



Quedé muda, eso si que no me lo esperaba...



Y tú se lo diste? – pregunté.


Si – contestó – qué más podía hacer?


Pues... decirle por ejemplo que no estabas autorizada para
darle esa información – contesté algo molesta.


No se me ocurrió en ese momento.


Y para qué necesita mi número ese tipo?


No te lo imaginas? – preguntó ella – tu eres acá la de la
buena imaginación y ni siquiera se te pasa por la cabeza una posible respuesta?



No supe que decir a eso.



Ya que tu no sabes para qué necesita tu número te lo voy a
decir – dijo ella – Jorge me estuvo utilizando para acercarse a ti, hablándome
para poder estar cerca... pero no de mí sino de ti.


No Ana, piensa que es posible que lo que él quiera conmigo es
hablar de ti.



Se quedó callada sopesando esa posibilidad, es más, se hizo
la paja mental diciéndose a sí misma que esa era la respuesta correcta... porque
era la que más le convenía. Ojalá nunca le hubiera dicho eso...



Sofía, por favor, si el te llama quiero que me cuentes todo
lo que hablen, absolutamente todo, lo prometes? – preguntó Ana.



Lo prometí y ojalá tampoco lo hubiera hecho.


Esa misma tarde Jorge me llamó.



Aló – contesté yo.


Hola – dijo la sensual voz al otro lado – sabes con quién
hablas?


Si, con Jorge.


Uy – exclamó él sorprendido – cómo lo supiste?


Es que tu voz es inconfundible – contesté como por decir algo
aunque en el fondo era cierto – y cómo conseguiste mi número? – pregunté
haciéndome la tonta.


Eso no importa, lo importante es que por fin me diriges la
palabra.


Y para qué me necesitas? – le pregunté directamente.


No sé, simplemente tenía ganas de hablar contigo, de
conocerte mejor.


Jajaja, no tienes suficiente con todas las niñas que aletean
como moscas a tu alrededor?


Jajajaja, me hiciste reír en serio – contestó él – ninguna de
ellas me interesa, son solo amigas, además hay una niña que me gusta y no
precisamente es con la que más hablo.



Cambié de tema porque ya sospechaba lo que venía después, le
pregunté por su música, le conté que tenía una hermanita en primaria a la cual
él le dictaba clases, le hablé del clima, de cualquier cosa, con tal de no
seguir con ese embarazoso tema porque a pesar de no tener la culpa sentía que
estaba traicionando a mi amiga.


Hablamos más una hora, se sorprendió que tuviera solo 14 años
pues parecía más madura en todos los aspectos. A mi corta edad nunca había
hablado tanto con alguien por teléfono, realmente no me gustaba mucho hablar por
ese medio, pero debo confesarlo, me sentí muy bien con él esa tarde porque el
tonto podía ser lo que fuera, caerme mal, ser un prepotente, pero tenía una voz
divina, era muy buen conversador y tenía la interesante cualidad de decirle a la
gente justo lo que deseaba escuchar.


Nada más colgar con él entró una llamada de Ana.



Llevo horas intentando llamarte – me dijo – hablabas con él?.



Mi amiga parecía bruja... y por supuesto me acosó con
preguntas sobre lo que había hablado con Jorge. Cómo le decía que ni siquiera la
había mencionado? Cómo le decía que sus sospechas sobre que yo le gustaba a
Jorge eran ciertas? Cómo le rompía el corazón a mi mejor amiga? Pero también
cómo le mentía? Una situación muy difícil... por lo que opté por omitir lo que
no convenía decir.


Ana no quedó muy convencida pero ahí paró la cosa, por lo
menos por ese día. Lo único que hice fue dilatar un asunto que tarde o temprano
iba a estallar. Y estalló... y Ana no pudo perdonarme que quien le contó la
verdad fue Jorge y no yo. Un día cualquiera le dijo que ella no le gustaba sino
yo.


Ana antes de eso no sospechaba nada pues mi actitud con Jorge
en el colegio no cambió salvo el saludo y nada más. Pero por las tardes cuando
él sin falta me llamaba la cosa era muy diferente, yo era otra en esos momentos,
hablaba hasta por los codos.


Como es inevitable a esa edad, me enamoré del profesor. Le
conté a Ana quien a esas alturas ya no me hablaba y me escribió una carta
horrible durante la clase de mecanografía, donde me decía que le había clavado
un cuchillo por la espalda, que era una gran decepción pues siempre me había
considerado como una hermana, que no me hiciera ilusiones con Jorge porque un
día andaba con una y al siguiente con otra y etc. Y ese fue el fin de una
amistad de más de cinco años.


De Jorge intenté alejarme no contestando sus llamadas y
evadiéndolo en el colegio pero él no se daba por vencido. Parecía como si solo
le atrajeran las mujeres que no se fijaban en él pues entre más lo rechazaba más
me buscaba hasta el punto que casi llegó al acoso.


Al entrar en las mañanas a la capilla para mis oraciones
matutinas él me seguía, se sentaba a prudente distancia o en el confesionario,
únicamente para espiarme. A veces sin que las monjas se dieran cuenta me lanzaba
besos, yo solo me sonrojaba y bajaba la cabeza.


Un día que yo iba camino a la enfermería con un fuerte dolor
de cabeza me interceptó diciéndome que necesitaba hablar conmigo, que se estaba
volviendo loco porque llevaba una semana sin siquiera escuchar mi voz.



Aunque sea unos minutos – me pidió él.



Nos fuimos a un lugar apartado para evitar que alguien nos
viera y cuando se cercioró que no había nadie cerca se me abalanzó encima y me
aprisionó contra un árbol besándome a la fuerza. Intenté apartarlo sin éxito
pues era más alto y fuerte pero luego me rendí porque en verdad me gustaba. Los
besos se tornaron cada vez más apasionados, era muy excitante por el peligro que
implicaba ser descubiertos. Una de sus manos se apoderó de mi muslo desnudo y
comenzó a subir levantándome ligeramente la faldita plisada y de cuadros azules
de mi uniforme. Traté de detenerlo pero no fui muy convincente, el rechazo era
casi un murmullo. Su boca bajó por mi cuello mientras su mano ya estaba en el
pliegue de mis nalgas jugueteando con mi ropa interior y apretando mi suave
muslo en aquel lugar donde cambia de nombre. Hábilmente sus dedos se deslizaron
hacia delante acariciando mi sexo virgen, mis piernas se separaron
automáticamente aunque en medio de gemidos le decía que parara.


Yo era muy inexperta, no sabía que se hacía en esos casos,
así que opté por quedarme quieta y disfrutar de la función. Su mano allá abajo
acariciaba más fuerte mientras la otra subía por uno de mis brazos hasta el
hombro para luego bajar hasta uno de mis senos que a esa edad prácticamente
habían alcanzado su tamaño definitivo. Me acarició sobre la camisa blanca, luego
desapuntó un botón y apartó el sostén hacia un lado para tener libre acceso piel
a piel a mi seno izquierdo. Su mano se deleitó en él y luego su boca la cual
mamó del pequeño pezón hasta que casi me lo arranca.


Me tomó por la cadera con ambas manos acercándose a mí para
que sintiera su bulto, como lo tenía de duro, como estaba de excitado, pero él,
viendo lo imposible y riesgoso que era intentar tener sexo ahí, optó por volver
a acariciar la suave piel entre mis piernas cubierta de suave vello, esta vez
apartando mi ropa interior hacia un lado para tener un contacto directo. Me
había masturbado muchas veces pero eso era incomparable con que lo hiciera otra
persona. Acarició mi clítoris con suavidad y metió parte de sus dedos en mi
vagina haciéndome ver las estrellas en un segundo. Yo decía "no más" con mi voz
pero mi sexo buscaba sus dedos afanosamente copulando con ellos.


Cerré mis ojos un buen rato concentrada solo en esas nuevas
sensaciones y cuando los abrí me di cuenta que teníamos compañía. No muy lejos
de allí estaba Ana, espiándonos tras otro árbol quien sabe por cuanto tiempo.
Fue como si hubiera visto al diablo, en un segundo se me pasó todo, las ganas de
estar con Jorge, de que me tocara toda... fue como si ese orgasmo que ya nacía
en mi vagina hubiera retrocedido nada más tropezar mis ojos con los de Ana la
cual me miraba con dolor y con rabia. Como pude me liberé de los brazos de Jorge
y salí a correr sin rumbo, lo importante era irme de ese lugar. Busqué un baño
donde pudiera componerme la ropa para volver a clase o para irme a la enfermería
como si nada hubiera pasado. Alcancé a cerrar la puerta cuando vi a Jorge
entrando, arriesgándose a que lo descubrieran. Comenzó a hablarme desde el otro
lado de la puerta pidiéndome que saliera.



Sofía – me dijo – Qué te pasó? Qué hice mal? Si hubo algo que
te molestó discúlpame.


No es por mí, es por Ana.


Ana, siempre Ana – dijo él molesto – si no eres capaz de
sacarla del medio de los dos entonces no tenemos nada de que hablar.



Se fue del baño echando chispas y me dejó llorando, pensando
que en parte tenía razón y con un dolor de cabeza peor que el de hace unos
minutos. No sabía que hacer, por un lado estaba el hombre que me gustaba y por
el otro mi amiga... no podía tener pan y pedazo, tenía que decidir.


Esa noche me masturbé pensando en Jorge. Había pasado un
momento inolvidable con él, recordaba sus caricias en mi piel, sus besos
ardientes, su mirada de deseo... había quedado iniciada y mi cuerpo me pedía
más.


La situación con mis compañeras de curso se volvió
insostenible porque Ana se encargó de crearme mala fama en el salón.
Afortunadamente no mencionó lo que había visto en el jardín, eso habría sido mi
fin tanto en el colegio como en mi casa, pero si se dio a la tarea de decirle a
todo el que quisiera escuchar que yo me la pasaba persiguiendo a Jorge, que lo
había apartado de Ana por celos... y estupideces por el estilo. Cuando yo
entraba comenzaban los murmullos e incluso alguna decía en voz alta "yo sé quien
se está metiendo con el profe de música". Cuando me acercaba a un grupo para
trabajar las demás se apartaban o se callaban, la pasé muy mal, me quedé sola y
decidí hablar con la coordinadora de grupo para solicitar mi cambio al otro
grupo. Me di cuenta que la amistad con Ana jamás volvería a ser igual, que ni
siquiera volveríamos a hablar, es de esas cosas que aún me duele a pesar del
tiempo.


Jorge estuvo disgustado conmigo unos días después del suceso,
yo dejé que se calmara y lo llamé. Era un domingo y no tenía nada que hacer.
Había dicho en mi casa que pasaría la tarde con una amiga estudiando por lo que
tenía varias horas por delante para hablar con Jorge... aunque yo quería de todo
menos hablar, quería que él me acariciara como la otra vez. Unos minutos después
me recogió en un parque cerca de mi casa. Me llevó a un lugar apartado y detuvo
el carro. Hablamos unos minutos y fue inevitable que la charla girara en torno a
lo que había ocurrido la última vez.



Te gustó? – preguntó él.


Claro que si, muchísimo, nunca había hecho algo así – le dije
sonrosándome.


Y quieres que se repita? – preguntó de nuevo.



No esperó a que respondiera, se inclinó sobre mí, recostó la
silla del pasajero y comenzó a besarme de forma tal que me encendió en segundos,
me puso tan caliente como el motor del carro.


Acaricié su rostro y cabello y al parecer mi torpeza solo lo
excitaba más, su respiración se tornó agitada, se incorporó de su silla y se
sentó sobre mí a horcadas. Sentir todo su peso sobre mí fue maravilloso, me
sentía vulnerable, más pequeña aún, completamente rendida y sometida a él. Tomó
mi rostro entre sus manos separando mis labios y sumergió su lengua en mi boca
sedienta. Luego comenzó a bajar lamiéndome el cuello, los hombros, mordiendo mis
senos sobre la camiseta de hello kitty la cual levantó para continuar la
maniobra por mi abdomen.



Ven – me dijo con voz ronca de deseo– pasémonos atrás para
estar más cómodos.



Una vez fuera del vehículo volvió a besarme en los labios
recostándome contra la puerta, se frotaba contra mi cuerpo como perro contra la
pierna del amo. Su deseo hacia mi me gustaba y a la vez me asustaba, pero no
dije nada en ese momento para no dañar las cosas, además la curiosidad me hacía
querer ir más allá.


Abrió la puerta trasera y me depositó sobre la silla que no
era muy amplia pero si cómoda. Me quitó la camiseta y luego el sostén. Intenté
cubrirme automáticamente con algo de pudor al sentirme completamente desnuda de
la cintura para arriba.



Eres hermosa mi amor – dijo él – no te cubras.



Se quitó la camisa para quedar a la par y crear un ambiente
de confianza entre los dos. Se acostó encima de mí y entonces retiré los brazos
para sentir su pecho contra el mío. Lo abracé y acaricié su espalda suave y
lentamente mientras me acostumbraba a la situación. Él a su vez pasaba los dedos
por mi largo cabello peinándolo, delineando el contorno de mi rostro con sus
dedos.



Siento que estoy con un ángel – me dijo – eres tan niña, tan
hermosa, tan inocente y frágil que temo romperte... pero no puedo negarte que me
muero por hacerte el amor.



Sus palabras me asustaron a pesar de lo excitada que estaba.
Mi cuerpo me decía que me rindiera a lo que sentía, que disfrutara sin pensar en
nada, ni en la moral inculcada, ni en las buenas costumbres, ni en el ideal de
mis padres que llegara virgen al matrimonio, ni en las monjitas que decían que
el sexo era malo, solo quería placer pero algo dentro de mí aún me impedía
dejarme llevar.



Quieres estar conmigo? – me preguntó él besándome en los
labios delicadamente – lo deseas tanto como yo?


Si, si quiero – le dije – pero no puedo, no se si estoy
preparada.


Acaso prefieres estar con un niñito de tu edad, de 14 años
que aún huele a talco de bebé? – dijo riéndose.


No Jorge – le dije tapándole la boca con una de mis manos –
quiero estar contigo porque yo... yo...


Háblame sin temor – me dijo besando la blanca mano que cubría
su boca – dime lo que sientes.


Yo... yo te deseo Jorge.



Sellamos esas palabras con un nuevo beso, el más húmedo y
cálido de todos. Saqué mis pensamientos fuera de esa carro, porque solo me
estorbaban el sentir, dejé que mis sentidos se expandieran para disfrutar
plenamente las delicias que su cuerpo me ofrecía.


Me quitó el pantalón y lo demás y él hizo lo mismo quedando
los dos desnudos. Me quedé un buen rato mirando su verga, era la primera que
veía una en vivo y en directo, me pareció hermosa.



Tócala, es tuya – me dijo notando mi estupor.



Con timidez al principio comencé a tocarla, estaba en todo su
esplendor y se sentía tibia y dura. Me estremecí al pensar que unos segundos
después la tendría dentro de mí, atravesándome por completo. Luego comencé a
pajearlo más rápido, con más confianza viendo que lo que le hacía le gustaba. Él
se movía contra mi mano, cada vez más excitado hasta que me dijo que parara
porque no quería terminar aún, que quería que yo llegara primero.


Separó mis muslos y se reclinó entre ellos. Cuando comenzó a
lamerme la conchita sentí como si un coro de ángeles estuviera cantando en la
ventana, tan delicioso se sentía que era como estar en el mismísimo cielo.



Tu conchita virgen me encanta – me dijo – este manjar me sabe
a gloria y lo mejor es que nunca nadie lo ha probado.


Ay, ay... – gemía yo.


Que pasa amor – me dijo él levantando su rostro – te molesta
algo.


Noooo, al contrario, me encanta, no pares...



Y no paró sino hasta que mi cuerpo convulsionó, hasta que mi
vagina entera se estremeció contra su lengua en el mejor orgasmo que había
tenido en toda mi vida.


De allí subió por mi abdomen besándolo, luego mis senos uno
por uno para culminar en mi boca y mientras me besaba comenzó a penetrarme
lentamente, tan despacio que apenas me dolió, además estaba tan lubricada y
excitada que no hubo molestia alguna. Cuando lo tuvo completamente adentro se
detuvo.



Ya no soy virgen? – le pregunté.


No mi niña – contestó – eres toda una mujer... y me encantas.



No pude evitar derramar un par de lágrimas pero de emoción.
Comenzamos a movernos despacio y acompasadamente, me aferré a su cuerpo y él
acarició el mío completamente haciéndome vibrar como si tuviera notas musicales
en mi piel, se entretuvo toda la tarde tocándome como lo hacia con su guitarra.


Al terminar se derramó sobre mi vientre para evitar
situaciones embarazosas, luego se recostó en mi pecho y permanecimos así,
hablando mucho rato hasta que le pedí que me llevara a mi casa, el tiempo se
había pasado volando.


Dormí como nunca esa noche y al día siguiente desperté feliz
y radiante, con ganas de volar y estar ya en el colegio para verlo de nuevo. Por
un momento olvidé que ese día el no tenía clases en la mañana y que tendría que
esperar hasta la tarde en el ensayo del Coro.


Al terminar la jornada escolar siempre había un momento de
descanso antes de las actividades extracurriculares entre ellas el Coro. Me
escabullí del salón con la esperanza de ver a Jorge a solas. No había llegado
aún, ni él ni nadie. Unos minutos después lo vi acercarse, pero no venía solo
sino con la directora del colegio. Mi primer impulso fue esconderme detrás de
unas cortinas puesto que ninguno de los dos venía con muy buena cara, es más,
estaban discutiendo. Llegaron hasta el salón y entonces alcancé a escuchar parte
de lo que decían. La monja mencionó a Ana y un incidente en el bosque que había
visto entre Jorge y yo. Maldita sea! Pensé al escuchar eso, Ana se había sacado
la espina y nada menos que con esa monja que me tenía entre ojos.



Usted sabe que de ser cierto le puede costar algo más que el
retiro de la Institución – dijo la directora.


Le juro que no es cierto hermana – contestó él – jamás me
metería con una alumna.



La charla continuó más o menos en esos términos por unos
minutos, la monja lo acusaba y él lo negaba todo sistemáticamente. Después que
la religiosa se retiró esperé un instante y salí de mi escondite dándole a Jorge
un susto de muerte. Me acerqué a él e intenté darle un beso pero apartó el
rostro.



Qué pasa? – pregunté.


Es peligroso Sofía, no escuchaste a la directora?


Si Jorge, pero no me importa, estoy dispuesta a enfrentar lo
que sea.


Ay Sofía, eres una niña aún, no sabes nada de la vida, esta
relación puede causarte mucho daño.


Si tu quieres no me acerco a ti en el colegio – contesté
desesperada – podemos buscar la manera.


Sofía, no me puedo permitir tener algo contigo, es un lujo
demasiado grande, tu tienes toda la vida por delante y no quiero arruinártela.


Si me dejas eso si que podría arruinarme.


No entiendes Sofía, solo tienes catorce años pero algún día
comprenderás que lo hice por tu bien. Perdóname.


En una semana cumplo 15!!! – le grité llorando.



Pero él, con el rostro dolorido dio media vuelta y se marchó.
Esa tarde no hubo Coro ni el día siguiente ni después ni nunca. Jorge renunció
al colegio y también a mí. Ya no recuerdo los días que lloré por él, lo odié por
cobarde durante meses y encontré en el estudio el único refugio a ese dolor que
me carcomía por dentro. Lo único bueno que saqué fueron buenas notas pero por
dentro me sentía vacía.


Años después, al crecer y madurar comprendí el sacrificio que
Jorge hizo por mí y entendí que me amaba de verdad, tanto que me dejó libre.



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Relato: El profe de música
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