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Relato: Los días con Javiera


 

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Relato: Los días con Javiera

  

Los días con Javiera


Uno



Javiera, siempre Javiera. En ese viaje la había extrañado
como nunca. En el avión primero, y después en las breves travesías, cerraba los
ojos y soñaba con ella. Le gustaba recordarla atrayendo las miradas en sus
lugares, pero sobre todo pensar en que era cierto que ella estaba enamorada –de
él, claro. Trataba, sin lograrlo nunca del todo, de aguzar su memoria auditiva,
para escuchar su voz cuando le decía: "Eres el hombre que mejor me ha hecho el
amor".


Arturo ansiaba los largos trayectos, porque le permitían
proyectar en su cabeza sus "películas" de Javiera. Una de sus preferidas era la
primera vez que hicieron el amor. Se la había contado tantas veces a sí mismo
–tomando trozos reales e inventados, y mezclándolos según su humor o sus ganas–,
que le gustaba jugar con la idea de no saber cuál era la verdadera. También se
contaba las "películas" que habían imaginado y narrado juntos, con él encima,
empujando su verga hasta la raíz. En esos momentos, la obligaba a mirarlo a los
ojos y le exigía contar alguna aventura sexual, falsa o verdadera.


Pero la "película" que se imponía era siempre la más
sencilla. Sucedía así: él abría los ojos con los primeros rayos de sol y
percibía la cálida presencia de un cuerpo a su lado. Hacía frío. Javiera tenía
puesta una camisa de franela, pero estaba desnuda de la cintura hacia abajo. El
se daba cuenta de eso cuando doblaba una de sus piernas para rozar el cuerpo de
ella. Semidormido, como entre sueños, él le abría las piernas mientras la
montaba. Un sexo caliente y húmedo lo recibía. Javiera iba despertando poco a
poco, y comenzaba a mover su pelvis mientras abría los ojos y sonreía.


Le gustaba terminar esa "película" cuando él decía esta
frase: "Dime que eres mía, sólo mía, dímelo".



Dos



Antes de entrar, y aunque ya tenía una idea muy aproximada de
lo que encontraría, se hace una imagen de la escena: Javiera apunta su
esplendoroso culo hacia la puerta, con una verga en la boca y el afortunado está
recostado sobre las almohadas, con los ojos cerrados, absolutamente perdido en
el disfrute de la mamada, sobre la cama donde ellos, Javiera y Arturo, han hecho
el amor infinidad de veces.


No es así.


Lo que ve no le incomoda en absoluto, pero sí le sorprende un
poco, porque hasta entonces ella se ha mostrado seriamente dispuesta a poner en
práctica la idea de tener a otro hombre con ellos, pero no necesariamente
a otros. Esa imagen la reservan para sus juegos habituales. Mientras
cogen, él suele preguntarle cosas como "¿cuántos hombres crees que podrías
exprimir en una sola noche?" Ella aventura con cierta fingida timidez: "No sé,
¿unos cuatro?" "Más, muchos más, mi putita. Hay hombres que sólo con tenerte
así, en cuclillas, sobre todo si les bajas con el culo hacia su cara, no
aguantarían ni un minuto". Hay un breve silencio mientras siguen los jadeos.
Luego, Arturo le exige: "Cuéntame, cuéntame cómo te cogieron cuando estuviste
con seis hombres". No la deja en paz hasta que ella completa una narración
entrecortada por la faena del momento, en la que va mezclando fantasías con
pasajes reales.



Tres



Arturo no entra a la habitación. Abre la puerta y se queda
ahí, contemplando la escena.


El cuarto huele a sexo, hierve en realidad. Un vaho como
neblina da fe de lo ocurrido.


Javiera está tendida sobre la cama, larga y hermosa, con las
piernas ligeramente abiertas y tiene en cada mano una verga flácida. Arturo sabe
que esa posición es parte del juego. Ella acaba de tomar entre sus manos los
pitos de sus jodedores ocasionales. Lo hizo cuando escuchó que Arturo estaba a
punto de entrar, para mostrarse orgullosa de su travesura y para evitar que,
apenados, los amigos abandonen la cama.


Ellos, pese a todo, no pueden evitar el desconcierto cuando
lo miran en el quicio de la puerta. Su actitud los desconcierta más todavía.
Arturo saluda a Javiera con la mirada y de inmediato lleva la mano a su bragueta
y se saca la verga, erecta.


–Ven a saludarme– dice, cariñosamente, mientras extiende su
brazo derecho en señal de invitación.


Javiera se incorpora y les da la espalda y luego el culo a
los amigos, sin salir de ellos totalmente, pues Arturo se ha detenido justo a
los pies de la cama. Ella se come la verga de un bocado y luego juguetea con su
lengua.


Casi de inmediato, suavemente, Arturo la atrae hacia su cara
y le da un largo y húmedo beso. Le ayuda a incorporarse y la abraza por las
nalgas, mientras le dice:


–¿No quieres bañarte? Me encontré a Raúl en el aeropuerto y
quedó de venir a echar unos tragos.


Entonces le da un leve empujón hacia el baño y mientras ella
sale, él se dirige a los amigos que acaban de cogerse a su mujer.


–¿Qué se toman?


Sin esperar una respuesta, Arturo sale del cuarto y va a la
cocina a preparar unos tragos. Sirve tres copas de Izarra, un licor de manzana
cuyo aroma le recuerda siempre, lejos de casa sobre todo, la piel de Javiera.
Cuando regresa, los dos amigos casi han terminando de vestirse.


–Aquí nadie los corre, ¿eh?


Les extiende las copas, deja la suya sobre un buró y va por
Javiera. Ella ha cerrado la puerta del baño, una actitud extrañamente púdica en
una mujer que se ha cogido a todos los presentes.


Arturo da unos leves toquidos en la puerta y entra. Ella se
mira al espejo, quizá tratando de reconocer en su rostro falsamente inocente, a
la putita que acaba de desatar. Arturo la abraza por detrás y abarca con sus
manos extendidas sus redondos senos.


–¿Por qué no escoges a uno y lo bañas?… Y dejas la puerta
abierta.


Como única respuesta, ella empuja sus nalgas contra el bajo
vientre de Arturo y le devuelve un beso. Sale del baño.


Arturo se va a la sala y batalla mecánicamente con el
desorden. Levanta y lava algunos platos y abre las ventanas de par en par.
Octavio se incorpora a ayudarle, lo que significa que ella ha elegido a Jorge
para la ducha.


Arturo deja a su amigo con los platos para ir un par de
veces, sintiéndose un vouyeurista, a mirar lo que sucede en el baño. Se asoma
sin entrar. La primera vez, tras la cortina del baño, ve la silueta inclinada de
Javiera, chupando. La segunda mira dos cuerpos pegados tras la cortina, el
hombre detrás de ella, pero no tiene manera de saber si la tiene ensartada.


Cuando Javiera reaparece en la sala, Arturo y Octavio están
ya sentados, bebiendo y charlando. Octavio va a tomar una ducha y lo sustituye
Jorge.


En la cocina, a donde van para estar solos un instante,
Arturo le repite que en el aeropuerto se encontró a Raúl, su amigo que ahora
vive en Tijuana, y que lo convidó al departamento.


–Dijo que sólo iría a dejar su maleta a la casa del cuate con
quien se queda y que luego venía para acá. A ver qué le ofrecemos...



Cuatro



A los nuevos invitados les parece extraño que Javiera, Jorge
y Octavio estén recién bañados, pero se callan cualquier comentario.


Raúl ha llegado con un amigo, Daniel se llama. Los
anfitriones no le conocen, pero piensan que está bien si es amigo de Raúl, a
quien Arturo conoce de largo tiempo y por quien Javiera siempre ha guardado una
suerte de admiración no tan escondida.


Los dos anfitriones pasean de un lado a otro, ofreciendo
tragos y algo para picar, mientras la charla va de las viejas a las nuevas
anécdotas políticas, de la música a la poesía.


Raúl lleva la voz cantante gracias a su conocimiento cada vez
más profundo de la frontera y al interés de Arturo en ese tema. Pero en realidad
Arturo está más inJavierado en los episodios que vienen que en debatir con su
amigo, porque además sabe que el esgrima verbal entre ambos puede extenderse
hasta el amanecer. Sin embargo, no deja de intervenir, pues comparte con los
demás, desde la primera juventud, la pasión por la palabra, sobre todo si viene
con fuertes dosis de sátira y de humor negro.


De cuando en cuando, Javiera se sienta en un extremo del
sillón largo, para quedar así frente a los recién llegados y junto a Arturo.
Jorge y Octavio están a los extremos de ambos.


Javiera se ha puesto un vestido entallado que le llega un
poco arriba de las rodillas y unos zapatos de tacón negros que dejan sus dedos
al descubierto.


Arturo se levanta a traer algo de la cocina y llama a su
mujer desde ahí. Con el pretexto de que no encuentra una botella de bourbon que
ha guardado para ocasiones especiales, la lleva a su lado en tanto hurga en la
alacena. Cuando la tiene cerca, busca bajo su vestido. Descubre que lleva
calzones y le suelta un reproche juguetón. Se los quita casi de un solo
movimiento y se los guarda. El camino es largo: las piernas de Javiera son
extensas como ella misma y comienzan, de abajo hacia arriba, algo flacuchonas;
se ensanchan en el camino hacia el espléndido trasero y forman un andamio
perfecto para las caderas que a él le gusta abarcar con un brazo cuando
comparten la cama.


Cuando Arturo se tira al suelo de la cocina, mientras ella
prepara su delicioso picadillo cubano, desnuda de no ser por un diminuto
delantal, las piernas de Javiera le parecen infinitas. Allá a lo lejos mira la
redonda rotundidad de sus nalgas y, más lejos todavía, la espalda de la que se
desprenden dos brazos como alas, el suave cuello, la piel toda que su cabellera,
ahora larga como Arturo adora, cubre en porciones como un fino rebozo.


A veces, cuando él está tumbado en el suelo, mirándola, ella
se da la vuelta y le abre la puerta de otro paraíso. Sus senos son dos hermosos
melones a los que él siempre, sin decírselo, promete que ha de dedicar más
tiempo. Abajo está esa porción de la Javiera renacentista, ese vientre maduro y
suave, un durazno perfecto en su redondez.


El bosque de su sexo se cocina aparte. En sus primeros días
de amantes, Arturo solía despedirse de Javiera, en el departamento de ella, con
un beso tierno acompañado de un par de dedos en su coño. Nunca había dejado de
sorprenderle cómo esa mujer siempre estaba mojada. "Es sólo contigo, tonto",
decía ella. El no le creía, pero igual le gustaba llevarse su olor, un poco de
ella, pensaba. Un poco de su coño, de ese templo donde Arturo puede pasar
interminables horas. Le gusta tocarlo, lamerlo, comprobar que siempre hierve. A
veces es como una breve almohada, otras un pozo profundo. Arturo siempre ha
adorado que ella se lo muestre, desinhibida totalmente, abierto, pleno. Y nunca
deja de sorprenderle el control que ella tiene de sus músculos vaginales, los
pequeños apretones que abrazan su pene.


Arturo piensa en todo eso, en sus imágenes de Javiera, en el
mismo momento en que está tentado a decirle, tras despojarla de sus brevísimos
calzones, una frase como: "Quiero que te comas las vergas de todos". No lo hace.
Le parece finalmente "rudeza innecesaria". Ella acababa de coger a dos hombres
en su ausencia y su actitud del instante es la de una abeja reina dispuesta a
seguir jugando con todos.


El no alcanza a decir nada, igual, porque ella se anticipa:
le acaricia el pito por encima del pantalón y le lanza una mirada que anuncia
tormenta. El devuelve la caricia bajo el vestido: Javiera está tan caliente que
lo asusta. Arturo introduce uno de sus dedos para descubrir lo que ya sabe: está
mojada.


Ambos regresan a la sala y se sientan. Javiera cruza la
pierna y deja que su falda suba hasta muy cerca de sus nalgas. Siguen hablando.


Javiera se hace la tonta. Se mete en la conversación con
preguntas ingenuas o sobre asuntos que todo mundo debe saber. Pero luego,
cuando alguien le responde en un tono doctoral o de libro de texto, ella remata
la faena con otra pregunta demoledora, clara señal de que entiende mucho más que
su interlocutor.


Arturo disfruta mirarla, aunque ahora la tiene de perfil.
Parte de ese disfrute, o el disfrute mismo, es que él la mira en los ojos de los
otros. Ella es el centro. Los comentarios de los invitados se dirigen cada vez
más a ella y de los temas "serios" se pasa a hablar de conquistas amorosas.


No ha pasado en realidad mucho tiempo, pero a Arturo le
parece una eternidad.



Cinco



Arturo se levanta por un trago y, a propósito, da un rodeo
para tener la perspectiva de Raúl y su amigo Daniel, para mirar a Javiera como
ellos la miran. Se detiene detrás de ellos. Es lo que espera. Javiera juega con
un leve abrir y cerrar de piernas. Lo suficiente para que imaginen que no lleva
calzones, no tanto para darles el espectáculo completo.


"A las chaparritas las puedes alzar en vilo y hacer
malabarismos", dice Raúl, cuando la conversación ya ha entrado de plano en el
terreno sexual.


Javiera ríe de la torpe sabiduría de los machos y les hace
preguntas para alentarlos a que suban el tono de la conversación.


Jorge y Octavio siguen torpemente la charla, porque no han
podido abandonar sus caras de incredulidad. Se habían pensado los elegidos,
creyeron que Javiera los consideraba "muy especiales", y ahora se dan cuenta de
jugaron otro juego.


Así están cuando Arturo se acerca de nuevo al largo sillón y
se sienta en la alfombra, a un costado de los pies de ella, sin recargar su
espalda sobre sus piernas. Octavio, que estaba de ese lado, se ha levantado para
ir al frente y apreciar lo que ya adivina un nuevo episodio de esa inolvidable
noche.


Como sin querer, Arturo comienza a acariciarla, los primeros
minutos apenas rozando con el dorso de su mano izquierda sus pantorrillas, luego
recorriendo uno a uno los dedos de sus pies. Javiera, al cabo de un rato,
responde con algunas caricias en el su cabello.


Arturo se incorpora y se sienta junto a ella, para que las
caricias cambien de lugar. Sin ninguna prisa toca sus caderas por encima de la
falda, va despacio a su cuello y también le planta algunos pequeñísimos besos en
una oreja. Todos siguen hablando pero ya nadie parece escuchar, excepto Daniel,
el amigo nuevo, quien sigue clavado en una disertación sobre las virtudes de las
mujeres bajitas y delgadas. Por algo será, piensa Arturo, mientras calibra su
estatura. Concluye que Daniel apenas debe llegar a la nariz de Javiera.


"Si yo no hubiera tenido amoríos con chaparritas mi lista
sería una vergüenza. Esto es Mexiquito", concluye Arturo.



Seis




El anfitrión ofrece una nueva ronda. Los vasos y las copas se
llenan de nuevo. Arturo alza la suya: "Por las grandotas", dice, esperando que
todos lo sigan. Y cuando todos tienen los brazos en alto, agrega: "Por esta
grandota hermosa". "Salud", dicen todos. "Salud", juega Javiera, mojándose los
labios.


Arturo se sienta junto a ella y comienza a acariciarle el
pecho con el dorso de la mano izquierda. Con la otra sostiene su vaso. "Por las
virtudes amatorias de las grandotas", insiste. Todos dicen salud por decirlo,
más inJavierados en lo que sucede con el pecho de Javiera. Arturo suelta su vaso
y con la mano derecha desabotona el vestido por el frente, dos botones apenas.


"Por la generosidad de los amigos", brinda ahora Raúl,
mirando, igual que todos, un seno liberado. "Por la reciprocidad", responde
Arturo y sonríe, porque piensa en Aleyda, la culichi del trasero de imponentes
dimensiones que vive con Raúl desde hace dos años.


Jorge, sentado a la derecha de Javiera, no resiste más.


–¿Puedo?– pregunta, dirigiéndose a Arturo.


–Díle a ella.


Como toda respuesta, Javiera lo jala de un brazo, y lo dirige
hacia su pecho. Jorge comienza con breves besitos y luego lame la teta entera.
Arturo acerca su rostro y le da un profundo, largo beso. Su mano derecha no se
queda quieta. Acaricia primero las piernas, luego las nalgas (tanto como puede
meter su mano entre el sillón y el trasero de ella), y por último le abre las
piernas y toca suavemente su húmedo coño. La deja y mira hacia el frente.
Octavio entiende y se acerca en un segundo, alza ligeramente una de las piernas
y se sumerge en el sexo. Javiera gime desde los primeros lengüetazos.


El silencio sería total, de no ser por los chapoteos de las
lenguas en el cuerpo de Javiera.


Arturo toma la otra teta y la lame por un rato, mientras sus
dos amigos hacen lo propio en teta y coño.


Raúl ha dejado de hacerse el inJavierante y se ha levantado
para mirar más de cerca. Sólo Daniel se mantiene aparentemente distante,
fingiendo estar más concentrado en su copa.


Con movimientos perentorios y palabras sueltas, dichas
cariñosamente, Arturo dirige la sesión. Sólo dice cosas como "híncate", "así",
"volteáte", nunca frases completas. Y acompaña sus palabras con sus manos que
dirigen el cuerpo de Javiera hacia otra posición.


Se retira de su pecho y hace que se voltee y se hinque sobre
el sillón, le levanta completamente el vestido para que todos admiren su
esplendoroso culo. Y después la deja ahí, abierta, para que Octavio vuelva a
chuparla, ahora así, de a perrito.


Después de un rato la saca del sillón y él se sienta en el
espacio que ella ocupa. La hace hincarse mientras con una seña le indica a
Octavio que se siente a su lado. Luego, dirige la boca de Javiera hacia su
verga. Ella se la traga de un bocado y después comienza a lamerle los huevos. La
inclinación de Javiera permite a los otros dos hombres, que no participan, gozar
de su trasero que se mueve al ritmo de la mamada.


Arturo conduce las manos de Javiera a los pitos de Jorge y
Octavio, listos hace rato, y ella los masturba sin abandonar la felación. "A
él", dice, y Javiera, obediente, cambia de verga. Va de una a otra
alternativamente, mientras Raúl se acerca y comienza a recorrer sus nalgas,
suavemente, con las manos. También busca su clítoris. A juzgar por la manera
como ella cambia el ritmo de sus movimientos, Raúl lo encuentra. Daniel se
acerca pero sigue sin intervenir. El que ya no aguanta es Raúl. Se saca la verga
y se acaricia. Quiere penetrarla. "Espérate", dice Arturo y se levanta.


Antes de dar vuelta en la esquina del pasillo, Arturo voltea
a mirar. Raúl ha ocupado su sitio. La lengua de Javiera recorre sus huevos y
sube y baja por el pito gordo de Raúl (Arturo lo conoce porque en sus años
juveniles compartieron algunos tríos). Javiera tiene el vestido arremangado y
varias manos la tocan por todas partes. Conserva también los zapatos y, más
arriba, su redondo culo se mueve igual que cuando está sola con Arturo y él le
pide: "Muévete como si tuvieras otra verga adentro". Se va brevemente con esa
imagen.



Siete



Todo sigue igual a su regreso. Todo, aparte de que Daniel ha
vuelto a alejarse y bebe sentado en el comedor.


En un espacio libre de muebles al lado de la sala, Arturo
tiende un edredón. Otras veces ella se ha quejado del daño en sus rodillas
cuando cogen ahí, sobre la rugosa alfombra. Esta vez, que está portándose tan
bien, hay que cuidarla.


Arturo coge las caderas de Javiera como cuando va a
ensartarla desde atrás y ella levanta su culito sin dejar sus tareas. Pero no se
la mete sino la jala ligeramente hacia atrás. Ella voltea su rostro. Con la
mirada, él pide que se separe y le ayuda a levantarse.


Los tres hombres en el sillón se preguntan qué sigue. Arturo
lleva a Javiera al edredón y termina de quitarle el vestido. "Acuéstense aquí",
ordena. Los tres se acomodan en fila, mientras él acaricia el coño de Javiera y
le mete unos dedos, sin dejar de besarla a intervalos. Todos respetan el pacto
no escrito: él tiene que ofrecerla, él es el dueño de la función.


Jorge y Octavio se acarician tratando de mantener sus
respectivas erecciones. Raúl no lo necesita. Está fresco como lechuga y su verga
apunta hacia el techo. Arturo coloca a Javiera de modo que ellos la vean por
detrás, de pie, extensa como es. La pone en el centro, justo donde ha quedado
Raúl, y le pide con voz queda: "Baja despacito". Ella entiende. Lo ha hecho
innumerables veces con él. Ella abre las piernas como unas tijeras, se coloca a
la altura adecuada y desciende lentamente hasta desaparecer la verga en su
vagina. Luego comienza a saltar.


Pero no esta vez. Javiera comienza a bajar despacito,
efectivamente. El tronco de Raúl, su gorda verga, está lista para ser engullida.
Los labios vaginales de Javiera la tocan, van a comerla, cuando Arturo la jala
de los brazos y la atrae hacia sí. La voltea y la muestra a los hombres mientras
le cubre ambos senos con las manos. Va entonces hacia abajo y les muestra el
coño jugoso, abierto.


"Mejor levántense", dice, y ellos obedecen.


Arturo hinca a Javiera en el piso, como un chivito, y
comienza a acariciarle la vagina y las nalgas, pero sin permitir que los demás
se acerquen.


"Quédate así", ordena.


Cuando vuelve, en apenas un instante, lleva en la mano un
pequeño frasco de lubricante. Lo abre cuidadosamente mientras, en el piso,
Javiera sigue exhibiendo toda su desnudez. Los cuatro hombres lo miran como
quien asiste a un ritual mágico, embelesados y quietos. El silencio apenas es
roto por los hondos suspiros, casi jadeos, que desde el suelo lanza la mujer,
sabedora de lo que viene.


Arturo se unta dos dedos con el suave líquido y embadurna el
hoyo trasero de Javiera. Después mete un dedo suavemente, y luego el otro, ambos
apenas a la mitad. Los saca y repite la operación varias veces, con un poco más
del lubricante. Cuando siente que el culo se contrae y se abre lo suficiente,
mete los dos dedos juntos, hasta el fondo.


"Qué ricura". dice Raúl, desde uno de los cuatro extremos de
la especie de guardia de honor que se ha formado alrededor de ella.


Arturo lo mira con un reproche y se lleva un dedo a la boca,
ordenándole silencio. El obedece.


Luego, coloca el lubricante sobre una mesita y se quita toda
la ropa.


Se coloca detrás de ella y voltea a mirar, uno a uno a los
demás hombres. No dice nada, pero su mirada parece decir: "Seré el primero en
darle por el culo y después seguirán ustedes, uno tras otro".


Se la mete despacio, poquito a poco, mientras los cuatro
hombres observan y ella comienza a gemir quedo. Se mantiene ahí, con movimientos
acompasados, unos tres o cuatro minutos.


Apenas sale Arturo, Raúl toma su lugar. Ella se resiste,
trata de meter las manos. Arturo se acerca a acariciarle la cabellera y
delicadamente quita el brazo que ella extiende hacia atrás.


Raúl la cabalga con fuerza, aferrándose de sus nalgas, y
sacando casi completamente su pito para después meterlo de nuevo hasta la
empuñadura. Javiera jadea. Jorge y Octavio esperan ansiosos, pero Raúl se
resiste a dejarla. Jorge se tira en el suelo y comienza a manosear los senos de
la mujer.


Octavio se pone detrás de Raúl, urgiéndolo a abandonar el
culo que ya le corresponde. Cambio de turno. La verga de Octavio es más grande y
tiene una extraña curvatura hacia la izquierda. Tarda un poco en acomodarse,
pero se la mete completita, arrancando un gemido de Javiera.


Cuando Jorge está enculando a su novia, Arturo se acerca a
ella y se acuesta de tal manera que sus cuerpos forman un ángulo de 90 grados.
La besa en la boca largamente, movidos los cuerpos de ambos al vaivén de la
arremetida del amigo.


Después de un rato, y apenas se retira Jorge, Arturo levanta
de nuevo a su mujer y le acaricia las nalgas por un momento. Se acuesta sobre el
edredón y jala a Javiera hacia él. Se la mete despacio por el coño. Raúl se
coloca detrás y quiere ensartarla nuevamente por el ano. Ella toma su verga
hábilmente mientras él se acomoda. No deja que la ensarte por detrás sino que lo
guía hacia su coño, ya ocupado por Arturo. El insiste y ella que no. Finalmente,
Raúl comprende y aunque le inquieta un poco la sensación del roce, termina
ocupando un espacio dentro del coño, junto a la otra verga. Los gemidos de
Javiera se vuelven alaridos.


La postura es complicada. A cada momento la verga de Raúl se
desliza fuera. Arturo organiza entonces una variante, viviendo todo como un
sueño en que los capítulos se encaraman unos sobre otros, en el que todo lo que
importa es el goce de Javiera, tener ocupado cada agujero, cada trozo de su
piel. La excitación no le deja pensar, sólo hacer, darle más, cambiar los
papeles. Porque Javiera ha sido siempre una amante más ocupada de él que de su
propio placer, una amante que se siente satisfecha si lo hace venir aunque ella
no necesariamente alcance el orgasmo.


Esta madrugada él no importa. El centro del mundo es ella,
el placer
de ella, la que muchas veces le ha detallado esa fantasía, la de
dos vergas en el coño, la idea de sentirse completamente llena, atravesada,
inundada de carnes.


Por eso Arturo se empeña en corregir la falla técnica. Hace
que ella se voltee, que se ponga con la espalda contra el pecho de Raúl y que
éste vuelva a metérsela en el coño. Entonces él es la segunda verga, la que
entra de frente mientras la besa y le lame toda la cara.


Jorge y Octavio no saben qué hacer con sus vergas doloridas,
todavía tiesas sin embargo por el espectáculo al que asisten y del que son
partícipes. Por ahora miran. Sólo miran. Octavio incluso de tira en el suelo
para ver más de cerca los dos pitos entrando en ella.


–¿Quieres otra verga?– casi grita Arturo mientras le lame una
oreja.


–¡Sííí!– gimotea ella, caliente, urgida de más y más.


Octavio se levanta a la orden y pide que lo mame. Ella lo
hace. Jorge se acerca también y entonces ella comienza a alternar la mamada.
Octavio es el primero en rendirse, vencido ya totalmente por la sesión anterior.
Se masturba con el último aliento y apenas unas gotitas de semen resbalan por la
mejilla de Javiera, quien completa la faena: se mete en la boca el pito entero
de Octavio, ya empequeñecido en su flacidez.


Jorge se retira velozmente. No quiere terminar igual que su
amigo y decide esperar su turno, esperar que finalice la doble penetración de
Javiera.


Arturo se sale. Raúl sigue un rato en el mete y saca en el
teresino coño. Jorge se acuesta a un lado, esperando lo suyo, intentando sin
mucho éxito mantener su verga bien alzada.


Una mano de Arturo se extiende hacia su novia y la conduce a
otra posición, la pone sobre Jorge y él se la mete en el lubricado coño,
viéndolo cara a cara. Raúl se coloca atrás y la ensarta por el culo. Arturo se
coloca a un lado de ella, a la altura de su cara. Quiere mirarla. Le mete un
dedo, luego dos en la boca, y le acomoda el cabello. Ella cierra los ojos y baja
la cabeza, una y otra vez, al ritmo de las embestidas de Raúl, sólo para después
gemir y lanzar miradas llenas de lujuria a su novio.


Daniel está detrás de Arturo, mirando las mismas miradas, que
no son para él, y quizá lamentándose de haber dedicado largo tiempo a elogiar a
las chaparras. De reojo, Arturo alcanza a ver la erección que le duele bajo el
pantalón. Lo olvida de inmediato, concentrado en las miradas de ella.



Ocho



Las venidas son simultáneas y ruidosas. Jorge lanza apenas un
chisguete. Javiera grita como una posesa, el suyo es un alarido inintelegible
que apaga el grito de Raúl.


–¡Aagghh! ¡Aayy, mamacita!– grita Raúl. En otra
circunstancia, piensa Arturo, ese grito le hubiera parecido ridículo, motivo de
risa, pero la calentura da carta de naturalización a tantas cosas…


Javiera y los dos hombres se quedan quietos por un rato,
aunque sus respiraciones, aceleradas, roncas, inundan la habitación y la hacen
girar como si nada se hubiera detenido.


A pesar de las dificultades, Jorge es el primero en salir y
Raúl se sostiene un momento más, con ella hincada, hasta que su verga se
desinfla totalmente.


Javiera se deja caer hacia un lado, hacia donde se encuentra
Arturo. Parece agotada, pero no tanto como los exprimidos hombres que tiene a su
alrededor. Su novio no le da respiro. Se acerca a ella y la pone de nuevo de a
perrito. Le toma las nalgas y las abre, para que su ano y su panocha se miren en
toda su extensión. Sus manos aprietan las nalgas y las abren y cierran. Javiera
empieza a contraer sus músculos internos. Ella escurre entera, sus propios jugos
y el semen de tres hombres.


Arturo quiere mirar su ano recién cogido. Va a la cocina y
regresa de inmediato, con una lámpara de mano cuya luz apunta hacia las nalgas
de Javiera. El hoyo del culo está enrojecido y abierto, como una pequeña cueva
recién explorada por una legión de aventureros.


Arturo hace que ella se acueste de espaldas y luego alza sus
piernas hacia el techo y la dobla completamente. De ese modo, todo el cuerpo de
la mujer se apoya en el piso sobre la parte alta de su espalda y ofrece una
panorámica, de abajo hacia arriba, en este orden: su larga cabellera extendida
en el suelo, su rostro en medio y la lengua jugando entre sus labios; un poco
más arriba sus preciosos senos; su ombligo de diosa seguidos de los vellos de su
coño; por último, como la hermosa cereza del pastel, el hoyito de su culo recién
cogido.


Ese punto elige Arturo para apuntar la luz de la linterna.
Algo sospecha y quiere probarlo. Lo prueba. Del ano de Javiera salen burbujitas
de semen, seguidas de intermitentes chorros que se deslizan primero a su vagina,
luego hasta sus tetas. Arturo apunta justo al agujero del que sale esa mezcla
viscosa y ordena:


"Apaguen las luces".


La linterna va de un lado a otro de Javiera, como antes los
dedos, las bocas, las vergas. Todo lo demás es oscuridad. Sin embargo, ella, su
placer realizado, su cuerpo magnífico, son lo más luminoso.


Los hombres ahí, creyendo mirar lo que consiguieron, cuando
en realidad asisten a lo que ella quiso hacer de ellos.



Nueve



–Parezco contorsionista– dice Javiera, antes de extender su
cuerpo en actitud de quien reclama una tregua.


–Hora de dormir– dice, cuando los hombres, con excepción de
Arturo y Daniel, son hilachos, cuerpos desmadejados de placer.


Arturo no la deja. Se acuesta en el centro del espacio que
han convertido en el campo de operaciones y atrae el rostro de Javiera hacia su
verga.


Ella lo chupa en la posición que ambos llaman "de chivito
mirando al precipicio". Es un ritual conocido. Pero esta vez hay espectadores y
Arturo los considera.


–Alumbra su culo– le pide a Raúl, quien toma la linterna y
apunta a la parte indicada.


Javiera tiene lengua de viborita, mama y lame, quiere abarcar
todo, verga y huevos, con su sola lengua afilada que viaja rauda, cálida y
húmeda, desbocada y a la vez precisa, por esos trozos de piel, de carne, de
sangre, por esa geografía que conoce perfectamente.


Arturo se inclina hasta acercarse a su cara, quiere que sólo
ella lo oiga:


"Quiero que te tragues mi semen, mi Teresita".


(No es algo que hagan habitualmente. Ella de cuando en cuando
se come un poquito, cierto, pero Arturo sospecha que en realidad el sabor no le
gusta).


Javiera no responde. Generalmente Arturo no se viene mientras
ella se introduce el pito en la boca, sino cuando lame sus huevos y él se
masturba. Pero muchas cosas son distintas esta vez, no sólo por todo lo
sucedido, sino porque ahora que ella chupa también hace danzar su cuerpo para
los demás, ofreciéndose. El siente y mira sus movimientos, y tiene otra
perspectiva desde los rostros de ellos que adivina en la sombra.


La lengua de Javiera juguetea con los huevos y luego sube y
recorre todo el pene. Al llegar a la punta, Javiera da pequeños mordiscos en la
cabeza del pito y luego, sorprendentemente, lo engulle entero. Un chorro inunda
la boca y la garganta de Javiera, quien resiste ahí, sin abandonar la verga,
hasta hallarse segura de que Arturo se ha vaciado.


Javiera se tumba y sus dedos juguetean con los rastros de
semen que han quedado en su rostro. Los hombres están desperdigados a su
alrededor, Jorge y Octavio de plano dormidos ya, Raúl acostado a sus pies
mirando al techo, Daniel buscando otro trago en la sala. Arturo le prodiga
algunas suaves caricias, se detiene en el coño brevemente, lo explora y lo abre
con una mano mientras goza su humedad con la otra. Luego levanta las piernas de
ella, para que queden como arcos y su panocha quede expuesta a las miradas.


"Duérmete así", le dice, pero ella ya no escucha. Está tan
cansada que así se queda, con una cara de angelita y las piernas abiertas.


"Esa es mi putita", se dice Arturo, y se acuesta junto a
ella.



Diez




Silencio. Las siguientes horas Arturo las vive entre sueños.
Abre levemente los ojos y mira los bultos tendidos en varias partes del salón.
En otro momento siente la presencia de su novia a su lado y estira una mano para
tocarla.


No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando se levanta al baño y
al regresar enciende la luz del pasillo. Se percata entonces de que Jorge y
Octavio ya se han ido. Quizá se despidieron pero él no se dio cuenta. Raúl sigue
en el mismo sitio y Daniel parece dormir en el sillón. Vuelve a acostarse.


En algún momento, ya cerca del amanecer, supone, siente que
Javiera no está a su lado. ¿A qué horas se levantó?, se pregunta. Sus sentidos
tardan un instante en funcionar.


Primero escucha un gemido leve de hombre y voltea hacia la
sala. Javiera tiene la pierna izquierda sobre el asiento, la otra en el piso y
le da la espalda, inclina en un ángulo de 90 grados, al hombre que la embiste.


Arturo va hasta la sala y coloca su pito cerca de la boca de
ella. Javiera levanta la mirada, sonríe y después hace un gesto que parece decir
"pues, ni modo, me faltaba uno". Su novio la deja hacer por un rato, luego la
lleva de nuevo hacia el edredón y la coloca en cuatro.


El hombre, Daniel por supuesto, los sigue y se para tras
ella. Se hinca y trata de ensartarla así, pero no puede porque las estatura no
le da. Se levanta de nuevo, arquea el cuerpo y se la mete desde arriba, en el
coño. Arturo mira y se sorprende: la de Daniel es sin duda la verga más grande
de la faena y él se pregunta si ella podrá tragarse semejante mástil. Puede.
Arturo decide que en adelante no se hará preguntas pendejas, mientras ve como
esa verga desaparece entera en el coño de su Javiera.


Arturo no sabe si la venida de Daniel es rápida o no, porque
en realidad no se dio cuenta del momento en que él se llevó a Javiera. Igual
pronto entra de nuevo en esa especie de limbo entre el sueño y la realidad. Ya
clarea cuando abre un ojo y mira a Daniel sobre ella, en posición de misionero.


Su siguiente imagen es la claridad del día. Javiera no está y
Raúl duerme en el sillón.


Arturo se levanta a buscarla. Ella sale del baño, envuelta en
su bata. Se queja de dolor en su culito. El la besa y le prepara café. Después
de unos sorbos, le abre la bata y le acaricia el sexo. La voltea y le pone un
pie sobre la silla. La ensarta. Raúl mira.



Once



Es domingo y Raúl debe comenzar a cumplir los compromisos de
su viaje. A mediodía ha aceptado el ofrecimiento de la pareja y se quedará en el
departamento por una semana.


Ese día vuelve muy tarde, cuando ya el par de novios duerme,
agotado.


El lunes, Arturo se demora en el trabajo, pero llama
alrededor de las ocho de la noche:


–¿Cómo está mi putita?– pregunta a la mujer al otro lado de
la línea.


–Esperándote– responde ella.


–¿Llegó aquel?


–No, pero llamó para decir que viene pronto, porque se te
olvidó darle las llaves.


–Sí. Yo voy a tardar en mis talachas, ya sabes. Tal vez me
libere como a las 12.


–…


–Qué.


–Nada. Está bien, aquí te esperamos.


–Trátalo bien.


–¿Qué tan bien?


–Como sólo tú sabes.


Las siguientes horas en el trabajo transcurren nerviosas.
Arturo pretende concentrarse pero todo el tiempo piensa en lo que va a encontrar
en cuanto entre a la casa.


El manojo de llaves tiembla en sus manos. No quiere hacer
ruido, busca "sorprenderlos", aunque ellos saben que llegará y él que lo
esperan. De qué manera lo esperan es el punto.


Arturo camina hasta la habitación principal, de donde
provienen los ruidos.


Javiera está sobre su amigo, de espaldas a él, enculada.


–¿Por qué no me esperaron?– dice, en broma.


Naturalmente no le contestan. Javiera simplemente extiende un
brazo, que lo llama. Sin quitarse la ropa, Arturo le entra por delante.


El martes, Arturo no puede evadir a una de sus amantes. Va a
la casa de Georgina, una mujer que conoce mucho antes de su amor con Javiera. Es
una cogedora estándar, que ha aprendido con Arturo casi todas sus artes, pues
estuvo casada largos años con un eyaculador precoz y, por añadidura, muy poco
imaginativo. Le gustan de ella sus tetas y su modo de mamar, como de una esclava
de los caramelos que disfruta el último sobre la Tierra. Con todo, no puede
concentrarse y despacha las cosas pronto, a pesar del berrinche de Georgina.


Regresa a las dos de la mañana. Con pasos discretos va
primero a la habitación que le han asignado a Raúl y no lo encuentra. Luego a su
cuarto, pero Javiera no está. Los oye muy cerca.


–¿Dónde andabas, cabrón?– dice ella– abandonando por un
instante la verga que tiene en la boca.–¿Dónde que te den lo que tienes aquí?–
suelta, y vuelve a mamar.


Javiera y Raúl están frente a un gran espejo en el baño
grande, donde muchas veces Arturo ha gozado, en el reflejo, la idea de verla
coger con otros mientras lo coge a él.


Ahora está ahí, con el culito al aire, con su ano enrojecido
por tantas vergas en los últimos días, y chupando a un hombre frente al espejo.


Arturo pega su cara a las nalgas de Javiera y chupa su coño y
el hoyo del culo, metiendo la lengua lo más que puede. Le decida otro buen rato
con crema, con suavidad. Entonces se la deja a Raúl.


El miércoles el trío descansa.


El jueves los tres cogen en la cama de la pareja. Repiten las
poses ya ensayadas, pero quieren más. Juegan. Le cubren los ojos a Javiera y le
exigen decir a quién está mamando o cuál de las dos vergas tiene dentro. Luego,
intentan metérsela los dos por el ano, al mismo tiempo. Le duele mucho.




–Nadie es perfecto– dice Arturo.




Tras la cogida, se sientan a conversar largamente, con unas
copas de vino, en la sala.


Javiera se va por un momento a contestar unas llamadas de su
oficina y Raúl aprovecha, pues no quiere quedarse con las ganas de decir:


–Qué mujer. ¿Cómo le sigues el paso?


–No se lo sigo, ni lo intentaría. ¿Sería torpe, no?




–Pues sí.




Javiera vuelve y se sienta a los pies del sillón donde está
sentado Arturo. El acaricia sus cabellos.


–Cuéntanos una putería– pide Arturo.


–Nooo– dice ella.


–Sííí– pide Raúl con voz de becerro tierno.


–¿Qué más putería que la que hice el otro día y las que hago
con ustedes desde entonces?– dice ella, falsamente enojada.


–Anda– vuelve a pedir Arturo mientras la guía hacia el
sillón, la recuesta sobre su pecho y comienza a acariciarle los senos.


Raúl está en el otro extremo. Javiera sube sus piernas y
dirige uno de sus pies hacia su entrepierna. Lo acaricia por encima del
pantalón.


Javiera cuenta su putería en Cuba, el país de sus padres. La
historia es una vieja conocida de Arturo, quien la sabe mitad verdad, mitad
invención, pues Javiera la ha ido haciendo y rehaciendo según su novio le pide
nuevos relatos.


El cuento alcanza su clímax cuando ya las frases de Javiera
jadean, se entrecortan, pues Arturo sigue en sus tetas y dándole largas lamidas
en el cuello y una orejita, mientras Raúl lame su clítoris.



Doce



El viernes Arturo regresa tarde otra vez. Los encuentra en el
cuarto de él, dormidos. Bueno, ella está casi dormida pero con la verga en la
boca. Una verga también semidormida.


Se la lleva de ahí y le hace el amor como nunca, a solas.
Duermen como lirones.


El amanecer los sorprende desnudos. Ella se queja de ardores
en su sexo. "Exceso de uso", se burla él, mientras atrae la cabeza de ella hacia
su sexo.


Ninguno de los dos sabe de dónde han sacado la energía que
han prodigado en estos días. Cierto, se las dan de ser bastante cogelones, pero
lo vivido en las horas pasadas ha sido tan desmedido que ninguno de los dos
puede retener todas las imágenes.


Arturo vuelve a pedir:


–Cuéntame una putería.


Javiera cede, como siempre, y cuenta a trozos un episodio
juvenil en que varios hombres le dan sus vergas en un trailer.


Cuando salen del cuarto se topan a Raúl que deambula por el
departamento en calzones. Así desayunan y conversan, Javiera apenas metida en
unas breves braguitas y un negligé colorido.


Todos tienen muchos pendientes y saben que Raúl parte al día
siguiente, apurado, pues ha cancelado varios de sus compromisos para pasar más
tiempo con ellos—con ella, para ser más precisos.


Raúl anuncia que ha cancelado un importante compromiso de ese
sábado por la noche, porque quiere cenar con ellos antes de volver a Tijuana.


Javiera y Arturo saben qué significa esa petición y prometen
estar en casa a las ocho de la noche.



Trece



Esa mañana Javiera decide posponer sus tareas pendientes y
dedicarse a preparar la noche. Va al tianguis y a una tienda de lencería. Vuelve
al departamento muy temprano y cocina, una sopa de hongos con flor, un lomo de
cerdo en salsa de piñón, una mezcla de higos y fresas con oporto como postre.


Arturo y Raúl llegan casi al mismo tiempo y se sorprenden con
el doble regalo. Javiera termina de cocinar metida en sus nuevas prendas, un
conjunto de tanga, sostén, vaporosa bata y medias negras con liguero.


A pesar de sus ganas de saltar en ese mismo momento sobre
ella, ambos resisten y se encargan de la mesa y el vino.


Javiera parece ajena al regalo que ofrece, pues actúa con
toda naturalidad, como si trajera toda su ropa, como si no se hubiera convertido
en la gran puta de los dos durante una semana.


Cuando ella está sentada, disfrutando la cena, pareciera que
no sucede nada. Pero las tres veces que se levanta para ir a la cocina, los dos
hombres siguen su andar cual beatos frente a la imagen de Santa Javiera en una
procesión.


Arturo da la última probada al postre y se lame los labios.


–Delicioso. ¿Y qué hay de postre?– juega.


–Sigue el plato fuerte– responde su mujer.


–Hay cosas que ni qué– cita Raúl la cuarta ley universal de
la dialéctica.


Arturo va hacia el aparato de sonido y pone canciones para
ella. "La bruja", es la primera.


La música trae trozos de ayer, es memoria de viva de sus
viajes, de sus cantinas, de sus interminables noches de una canción tras otra.
Es la historia del empeño de Arturo por contarle todo a través de las
voces, de los talentos de otros. La música es un recorrido en auto, un Cohiba en
los labios de Javiera, mucho vino, voces antiguas, y baile claro.


Javiera se lanza a la pista, sola, y Arturo la sigue. Hace
mucho, gracias a sus rigurosas clases de danzón, que lo dejó atrás. "Besos,
ternura, qué derroche de amor, cuánta locura…"
, suena en el estereo. Y luego
un tango que ella ha ensayado en sus clases. Mucho para Raúl, demasiado también
para Arturo, quien decide poner algo menos complicado para él.


Comienza con Aute y su "Slowly", una pieza que siempre fue
una suerte de "venganza" de Arturo, desde su época clandestina, cuando él
disfrutaba cantársela a la oreja mientras bailaban: "quiero bailar un slowly
with you tonight… y aunque nunca voy a ser Harrison Ford como amante… y aunque
nos pille el estúpido de tu marido…"



Corte. Raúl comienza a mostrarse impaciente, parece creer que
esta noche, su última en la capital, la pareja quiere dejarlo fuera. Arturo se
da cuenta de ello y, al terminar la canción, busca algo más propicio.


Ana Belén canta a José María Cano: "Lía con tus besos la
parte de mis sesos que manda en mi corazón… Líame a la pata de la cama, no te
quedes con las ganas de saber cuánto amor nos cabe de una sola vez…"



Arturo le baila al oído:


–Quiero que te lo cojas delante de mí, sólo a él.


–Güey– dice ella.


Terminada la pieza, Arturo sugiere:


–¿Bailas con él?


Javiera baila. Raúl es un pretexto para que ella se entregue
una vez más a Arturo, su amor, el hombre de su madurez, su faro en un mundo
donde siempre quiso estar.



Catorce




Javiera se coge a Raúl con todas las de la ley. Es su
despedida y ella es generosa.


Arturo mira desde la distancia de la música. Mira, por
ejemplo, cuando la verga de Raúl se sale, por efecto de la lubricación, y ella
la toma rápidamente pero con delicadeza y se la vuelve a meter.


–Házle el amor– pide Raúl, cuando Javiera mama su verga, con
el culito al aire, meneándolo como agua en una batea.


–No– dice Arturo, secamente.


Y los deja, por un largo rato. Luego, cuando calcula que Raúl
está a punto del orgasmo, con ella brincado sobre su pito, los interrumpe. Se
pone tras ella, quien piensa que la va a ensartar por el culo, pero en lugar de
eso sólo descarga algo de su peso para que ella cese sus movimientos. Cuando
logra que estén quietos, se la mete en la panocha, en el mismo orificio que
ocupa Raúl. Esa es la fantasía de Javiera y esta es la noche para vivirla
nuevamente.



Quince



Nunca fue tan falsa la conseja que reza "post coitum, homo
tristis
". Los tres están felices.


Raúl cumplió su fantasía de tirarse a Javiera. Arturo la suya
de verla cogida por otros. Y Javiera… ¿por qué está feliz ella? ¿Le importa
tener muchos hombres a su disposición? Arturo sabe que, más que una santa, ha
sido un tanto putilla a lo largo de su vida. Pero hace mucho él intuye que ella
ha cogido más para dar algo a los hombres –lo que más quieren, una
mamada, un culo dispuesto– y menos por su propio placer. El, iluso, ha intentado
cambiar eso. Sabe que no lo ha conseguido del todo, pero siempre se ha empeñado
en demostrarle que ella es la deseada, el centro del placer, y que los hombres
son accesorios, piezas intercambiables que no la merecen. Eso –y ahí el peligro–
lo incluye a él.


Javiera se queda desnuda en medio de ellos, que se han
vestido a medias, chorreando semen.


Raúl vuelve a brindar:


–Por la reciprocidad.


Arturo alza su copa:


–Nos vemos en Tijuana, carnal.


–Cabrones– dice Javiera, con su risa pícara, lo más cubano de
ella.



Dieciséis



–Cuéntame una putería– dice Arturo, unos días más tarde, con
ella encima, haciendo pequeños saltos con su culo.


Javiera se detiene un instante y jala aire:


–Y dale. ¿Todo lo que he hecho no vale?


–Vale todo, pero cuéntame– insiste él, y ella lo hace, como
siempre. Aunque esta vez, como otras, el relato que ella comienza se convierte
en otro que él le ayuda a construir.


A la mañana siguiente Arturo sale otra vez de viaje. Mientras
hurga en sus papeles, Javiera encuentra una carta de él:


"Te pido que me cuentes porque amo tus palabras tanto como a
ti. Con palabras, Javiera, fue como te conquisté y con palabras me sostengo a tu
lado.


"No puedo pensar en nuestras separaciones, las breves o las
de largos periodos, sin pensar en las palabras que nos han mantenido juntos.


"En nuestras largas ausencias, las palabras dichas por
teléfono, escritas en email, han sido las pistas para llegar el uno al otro, la
única manera de tenerte.


"Mis palabras, Javiera, te hacen el amor.


"El recuerdo de tus palabras me conduce de regreso a ti".



Diecisiete



Arturo evoca una de las últimas conversaciones antes de su
viaje.


–Me quieres sólo por mi cuerpo y porque me cojo a otros, no
por mí– le dice Javiera.


Arturo aclara su garganta antes de responderle:


–Tu cuerpo y mi cuerpo son instrumentos, corazón, nada más.
Te quiero por todo lo que tienes aquí y aquí– dice, mientras le toca la cabeza y
el lado izquierdo del pecho.


Arturo piensa también en el cuerpo de su novia entregado a
otros cuerpos, en la delicia que será dormir con ella otra vez a su regreso. En
todo esto piensa Arturo mientras mira desde la ventanilla del avión la Sierra
Madre, esa hoja de papel arrugado. El hueco en su vientre no le deja olvidar
cuánto la extraña. "Javiera, siempre Javiera", se dice, y cierra los ojos para
soñar con ella.



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Relato: Los días con Javiera
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