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Relato: La vecina del 19 H (2)


 

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Relato: La vecina del 19 H (2)

  

LA VECINA DEL 19 "H" (continuación)


Mi vecina Mirta se transformó en mi amante. Era, a pesar de
su apariencia tímida y poco demostrativa, sumamente fogosa y adicta al sexo.
Cada vez que se daban las circunstancias me buscaba. Mi esposa era la antítesis,
eludía las relaciones sexuales y solamente cuando no tenía excusas se prestaba a
una cópula formal. Eso me ayudaba a mantener una vida sexual relativamente
normal.


Nos encontrábamos con Mirta en un hotel alojamiento, o bien
aprovechábamos la ausencia de sus hijos durante el horario escolar, que
coincidía cuando mi esposa iba a su consultorio para compartir su lecho
matrimonial. Con Ella, sí explorábamos todas las variantes del sexo.


Me llamaba la atención que siempre me preguntase por la forma
en que Silvia se comportaba en la cama cuando hacíamos el amor. No podía creer
que no gozase y tratase de espaciar las relaciones. Luego venía el comentario
intencionado, "No será bisexual y preferirá a las mujeres". Yo se lo negaba
rotundamente y ella insistía "Ya lo voy a comprobar".


La situación se estaba haciendo insostenible. Mirta quería
más y más. Me amenazaba con hacer saber de nuestra relación a Silvia si no
accedía a sus caprichos. Me confesó que gozaba, cuando escuchaba a través de las
delgadas paredes que separaban los dormitorios, como hacíamos el amor. Me
propuso, más bien me exigió, que con Silvia lo hiciéramos los martes a las tres
de la tarde. Sabía que Silvia no iba al consultorio, sus hijos estaban en el
colegio, y Ella quedaba sola. Tenía todo controlado, sabía todos los
movimientos. Quería que nos expresásemos en voz alta y diéramos rienda suelta a
nuestras sensaciones cuando hiciésemos el amor con palabras obscenas que tanto
la calentaban. Ella nos escucharía a través de la delgada medianera que separaba
el dormitorio de huéspedes de ambos departamentos y gozaría masturbándose.




Me asusté pues temía las consecuencias si Silvia se daba
cuenta del plan urdido por Mirta, pero no tuve más remedio que aceptar su
chantaje. Unas semanas más tarde Mirta me hizo saber que podría poner en
práctica lo convenido sin poner en riesgo mi matrimonio. Sus palabras me
sorprendieron, como sabría la reacción de mi esposa pero no tenía alternativa.


El martes luego de almorzar en casa con mi mujer, tomé una
ducha y escuche la música que colocó Mirta, desde su departamento, que nos
identificaba desde nuestra primera salida y los tres golpecitos sobre la pared
del baño, que me indicaba que estaba lista para cumplir su fantasía. Estaba
nervioso pero a mi vez excitado. Al salir del baño, en la puerta del dormitorio
estaba Silvia hermosa como nunca, estaba radiante. Su cuerpo esbelto, su cabello
rubio suelto, sus ojos claros y su mirada insinuante como hacía mucho no notaba,
me terminaron de decidir, la perseguí y ella con una sonrisa pícara se refugió
en la pieza de huéspedes. La alcancé y la abracé por detrás. Con mi boca besé su
cuello y el lóbulo de la oreja que tanto la excitaban. Se apoyó en la pared
sobre la medianera como si lo hiciese a propósito del pedido de Mirta.
Comenzamos un escarceo amoroso, con besos y caricias. Mis manos la recorrían
desde sus pechos, pellizcando sus pezones endurecidos, hasta sus glúteos firmes.
Los abrí sabiamente para gozar de los orificios expuestos a mi mirada llenos de
pringosos jugos producto de su calentura.





Mis expresiones, sabiendo que Mirta nos escuchaba, no
hicieron más que excitarme, y para mi sorpresa, Silvia también dió rienda suelta
a su placer con palabras obscenas.


"Así me gusta mamita que te portes como una puta". Le dije en
voz alta.


"Siii papito, me encanta tu pija gorda, quiero besarla y
chuparla", "Quiero ser tu puta"


"Por Dios, que concha cachonda, llena de jugos", "Que tetas
duras", "Me encanta sobarlas, y besar tus pezones puntiagudos", le espeté.


"Ay, ay, ayyyyy, mordelos mi amor, pero no me lastimes", me
respondió Silvia.


Me pareció sentir algún gemido a través de la pared,
seguramente Mirta estaba disfrutando con las palabras que le llegaban. Yo me
excité más imaginando lo que ocurría del otro lado. Silvia estaba desconocida.
Jadeaba y gemía. Se colocó en 69 y nos prodigamos una mamada descomunal. Luego
de una cogida de casi veinte minutas con un mete y saca profundo dentro de su
concha complaciente, me corrí y eyaculé entre gemidos y jadeos acompañados por
expresiones mezcladas de lujuria y amor de ambos, que seguramente llegaban a los
oídos de Mirta.


Nos bañamos juntos enjabonando nuestros cuerpos y nos
prometimos repetirlo todas las semanas el mismo día y a la misma hora para
disfrutar de una tarde en soledad y gozar del renacer sexual y el placer intenso
que habíamos vivido luego de tanto tiempo.


Silvia salió para visitar a sus padres, y yo media hora
después deje el departamento para ir al consultorio. En el momento de cerrar la
puerta, se abrió la de mi vecina. Mirta me miró a los ojos, me tomó de la mano y
me introdujo en su departamento. Me besó y en un susurro me confesó que la
habíamos hecho muy feliz. Había gozado escuchando todo, casi como si hubiese
estado presente y me dijo que esperaría ansiosamente el martes siguiente. Su
calentura le había provocado al masturbarse un orgasmo fabuloso. Había explorado
la profundidad de la sensualidad femenina y la fantasía de una relación
diferente estimulando la imaginación.




A partir de ese día todos los martes gozábamos de una
relación cada día más intensa. Silvia siempre se había negado a una penetración
anal, pero para mi sorpresa una tarde mientras cogíamos, en el paroxismo del
placer, me imploró en voz alta que la iniciase y le desvirgara el ano.


"Papito rompeme el culo, te amo, Quiero tu pija dentro mio",
"No te detengas con esa pija enorme y gruesa, aunque grite de dolor".


La calentura que tenía, sabiendo además que Mirta escuchaba
desde su habitación me incentivó. En voz alta fui describiendo todos los pasos.


"Te voy a meter la verga que dura como está". "Me pongo el
condón, y te lubrico con vaselina".


"Sí mi cielo, lo que tu quieras". Me abrió las nalgas, con
las dos manos.


"Que culo con orificio tan estrecho", "como te lo voy a
agrandar", le dije. La coloqué de espaldas y comencé con un movimiento circular
alrededor del ano, hasta que a viva voz me expresó.


"Ahora Hugo hazme tuya, estoy dispuesta".


Con un solo movimiento le introduje mi miembro, atravesando
el esfínter. En ese momento lanzó un grito de dolor, y a medida que lo
profundizaba en el recto, aumentaban sus gemidos y las expresiones obscenas de
dolor y placer. Me pedía por favor que se la sacara pero moviéndose en vaivén no
hacía más que introducirlo hasta que mis testículos golpearon sus nalgas. Tenía
toda mi verga dentro de su recto. La tomé de sus tetas, y nos movimos hasta que
eyaculé entre jadeos y palabras derramando mi semen. Silvia llegó a un orgasmo
ruidoso que llegó a los oídos de Mirta. Terminamos bañándonos juntos enjabonando
nuestros cuerpos y besándonos entre expresiones de amor y caricias.






Fue otra tarde diferente que nos llenó de placer. Silvia se
quejó por varios días de la irritación de su ano que por fin había desvirgado.
Por fin había cumplido con mi deseo


Al encontrarme con Mirta, me felicitó y me aseguró que había
disfrutado del maravilloso momento en que escuchó que había gozado mis fantasías
con mi esposa.



Munjol (continúa con Parte 3)



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Relato: La vecina del 19 H (2)
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