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Relato: Marisa (1)


 

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Relato: Marisa (1)

  

MARISA (1)


DURANTE CASI TODO EL VERANO la había tenido abandonada.
La telefoneaba a escondidas un par de veces por semana por culpa de Sharon,
le decía que iría, pero no le decía cuándo. No podía decírselo porque Sharon
me absorbía totalmente. No es que no quisiera a Marisa, seguía amándola,
pero temblaba al pensar en lo que Sharon sería capaz de hacer si se enteraba
de mis relaciones con ella. Sharon era demasiado temperamental y muy capaz
de no detenerse a pensar en las consecuencias de sus actos. Pero en
septiembre, ante la proximidad del nuevo curso, no me quedó más remedio que
largarme a Santiago, máxime cuando también mi hermana tenía que matricularse
en el Instituto de Vigo para cursar primero y segundo de COU. Así era ella,
primero y segundo en un solo curso. Luego decían que el inteligente era yo.


El último día de agosto, el anterior a mi marcha, no me
dio ni un momento de reposo. Hicimos el amor tantas veces que me dejó
completamente seco. Quería saciarme, según dijo, para que no me liara con
alguna estudiante santiaguesa y me aseguró, que si se enteraba "de que le
ponía los cuernos" (así como suena) iba a saber de una vez para siempre
quien era ella. La creí, la conocía, era muy capaz de cometer la mayor
atrocidad sin otro remordimiento que echarse a llorar para que la
perdonaran. Creo que tiene la facultad de llorar cuando le parece.


Salí a las diez de la mañana después de avisar a Marisa
de mi llegada, le compré varios regalos como desagravio por el abandono en
que la había tenido durante aquellos dos meses. Pasé por casa de Lalo por si
quería venirse conmigo a Santiago. No estaba, pero su madre me dijo que
hacía tres días se había marchado con una pandilla de amigos a Oporto y que
pensaba aprovechar las vacaciones hasta última hora, lo cual me pareció muy
lógico. Me despedí de la señora. Engracia con un par de besos urgentes,
porque erre que erre, quería que me quedara a desayunar. Tuve que jurarle
que ya había desayunado, es una señora encantadora, amable y servicial, pero
pesadita como el plomo.


Conduciendo hacia Santiago, mi mente rememoró todos los
acontecimientos acaecidos desde que encontré el escrito de Marisa diciendo
que también ella me amaba. Lo había puesto en el cajón encima de mi topa
interior. Esperando al día siguiente casi no pude dormir aquella noche y...


 


… Al día siguiente, después de una noche insomne a causa
de mi alegre excitación al saber que me amaba, salí de la habitación hacia
el comedor al sentirla caminar por el pasillo mucho más temprano de lo
habitual. Nos miramos, le enseñé el sobre.


-¿Es tu respuesta? - pregunté en voz baja.


Se puso colorada como un tomate, bajó la cabeza y
respondió en un susurro:


-- Sí.


La atraje hacia mí y la besé en los labios estrechando su
cuerpo entre mis brazos. Nos besamos apasionadamente, y se mostró
ligeramente reacia a que mi lengua buscara la suya, hasta que, tímidamente,
fue abriendo los labios y pude disfrutar del tierno encanto de la caricia de
su lengua. Estábamos sofocados los dos y me pidió que la soltara. Tenía
miedo a que pudieran sorprendemos. Me llevó hasta el comedor y nos sentamos
con las manos juntas, quería prepararme el desayuno pero la obligué a
permanecer a mi lado.


Yo le había escrito que la amaba desde que la vi por
primera vez ya ella le había ocurrido lo mismo conmigo. No se había atrevido
a darme el sobre antes por temor a que lo escrito en él no fuera para ella,
pero no pudo soportar mi despego y mi indiferencia durante toda la semana en
que me enfadé sin causa justificada y se sintió desfallecer cuando salí con
su hija a la discoteca, fue entonces cuando decidió devolverme el sobre. Si
no era para ella lo escrito, tampoco lo de ella sería para mí. Nunca había
estado enamorada. La casaron a los catorce años con un marido quince mayor
que ella y al año siguiente había nacido su hija Mabel. Ella se acongojaba,
no era natural que se enamorara de un hombre que podía ser su hijo, pero no
había podido evitarlo. Le ocurrió de repente, nada más verme, como a mí, sin
saber cómo pudo ocurrir.


Le recordé lo de la peluquería, los comentarios de sus
hijas y la tarde que la vi en la plaza del Obradoiro cogida del brazo de un
hombre. Me explicó riendo y acariciándome las mejillas, que aquel hombre era
su hermano Enrique con el que iba a oír la última misa de la tarde y a
comulgar tres veces por semana a la Catedral.


- No estés celoso, mi amor, para mi no hubo ni habrá más
amor que el tuyo - me dijo, ruborizándose - aunque sea pecado este amor mío,
Dios sabrá perdonarme por amarte tanto.


Estuvimos mucho tiempo mirándonos, besándonos y atentos
al despertar de las personas de la casa. Tenía un terror pánico a que nos
descubrieran y me pidió que fuera muy discreto. Ahora ya sabíamos que nos
amábamos y que nunca, nunca más, volveríamos a dudar uno del otro.


Durante tres meses no encontramos el momento propicio
para estar solos durante el tiempo necesario de hacemos el amor. Ella
parecía conformarse con los besos y las caricias robados a escondidas pero
yo ardía de impaciencia por tenerla desnuda entre mis brazos. No se oponía a
que le acariciara los senos metiéndole la mano por el escote. Tenia unos
pechos preciosos, con unos pezones que se erguían ante la caricia sin que
ella pudiera evitarlo. Pero se ponía colorada como una amapola cuando le
metía la mano bajo la falda acariciando sus muslos y estrujando su sexo
suave como el de una niña. Aunque tampoco se oponía a aquella caricia, yo
sabia que se encontraba violenta y nerviosa, me besaba y procuraba apartar
mi mano con toda la ternura del amor que sentía por mí. <Espera, ahora no,
por favor, ahora no - susurraba besándome - me pongo nerviosa>. y yo,
complaciéndola, dejaba de acariciarla entre los muslos sintiéndome tan santo
como el Apóstol Santiago.


Ocurrió durante las vacaciones de Navidad. Merche y Mabel
se fueron de vacaciones a casa de sus abuelos de Coristanco, Purita se quedó
para cubrir las apariencias, pero, una vez que sus hijas se marcharon, le
dio vacaciones hasta el día después de Reyes, fecha en que comenzaba de
nuevo el segundo curso. Por mi parte, también anuncié que me iba de
vacaciones hasta después de fiestas, cuando en realidad a mis abuelos les
indiqué que iría a pasar el día de Navidad con ellos, pero que el resto de
las Fiestas quería pasarlas en Santiago con los Peñalver y los amigos.


Así que una semana antes de Navidad, por la tarde, nos
encontramos ella y yo solos en casa por primera vez. Yo estaba esperando en
la cafetería de la Universidad a que Mabel y Merche cogieran el autobús de
la cinco de la tarde. Tomé unas copas con dos compañeros de estudios y al
dar las seis me despedí de ellos, monté en el Celica y salí disparado para
la casa.


Estaba recostada en el sofá, mirando la televisión. No
esperé ni un minuto. Metí la mano entre sus muslos sosteniéndola por las
nalgas y con la otra en su espalda la levanté como a una pluma, notando en
mi antebrazo la suave protuberancia de los labios del sexo y los rizos
sedosos de su pelo púbico bajo las braguitas. Me rodeó el cuello con los
brazos escondiendo la cara contra mi pecho, pero me besaba ya
apasionadamente cuando entré con ella en mi habitación y la deposité
suavemente en la cama. Hacía tres meses que esperaba aquel momento. Suponía
que ella sentía la misma impaciencia que yo, pero su carita de inquietud me
indujo a contener mis locas ansias de poseerla inmediatamente.


Acostada en la cama, conmigo sentado a su lado e
inclinado sobre ella, nos besamos una y otra vez. Lentamente desabroché su
blusa, acariciando con la yema de los dedos la tersa piel de los pechos.
Acabé de desabrocharla dejando ante mis ojos su maravilloso torso desnudo,
un torso de muchacha veinte añera en el que sólo el sostén de encaje velaba
la preciosa forma de sus pequeños senos, duros y firmes como los de una
colegiala. Le quité el sostén besando con ternura los globos de rosadas
areolas, acariciando con la yema de los dedos los pezones que se irguieron
casi de inmediato. La miré y me atrajo hacia ella rodeándome el cuello con
los brazos para besarme profundamente, con ansia, mientras susurraba
palabras de amor sobre mi boca, mezclando su cálido aliento con el mío.


Me incliné para quitarle la falda y la media combinación,
lamiendo su carne al mismo tiempo que iba descubriéndola. Su cuerpo quedó
ante mí sólo con el sostén y las braguitas de encaje, destacándose bajo ésta
el pequeño triángulo amoroso de suaves rizos negros. Su vientre, liso como
el de una muchacha, tenía tan sólo un par de pequeñas estrías debido a la
gestación, las besé hundiendo mi lengua en el diminuto ombligo mientras ella
me acariciaba amorosamente el pelo, arándolo con sus finos dedos de niña.
Besé sus muslos desde la rodilla hasta las ingles. Todo su cuerpo olía a
espliego y a flores y sobre el encaje de las braguitas mordisqueé los labios
de su vulva. No comprendía como era posible que el sexo de su hija de
diecisiete años desprendiera aquel penetrante y desagradable olor a pescado
podrido cuando en el de ella sólo se percibía el suave olor de lavanda, el
mismo de todo su cuerpo.


Le desabroché el sostén, le quité las bragas, besé su
delta amoroso de rizos sedosos no muy abundantes, cerró los muslos cuando
intenté separarle los gordezuelos labios de la vulva, y oí su repetida
negación < no, por favor, no> y la miré. Sus ojos me suplicaban y sus manos
tiraron de mí hacia ella. La besé prolongadamente y al final me puse de pie
para desnudarme.


-¡Oh, Dios mío! - exclamó al ver mi erección.


Vi que cerraba los ojos y volvía a abrirlos, alargando la
mano para tirar de mí hacia ella.


Temí aplastarla con mi peso, me parecía demasiado frágil
y me puse a su lado acariciando su cuerpo de arriba abajo con la yema de los
dedos. Sus nalgas macizas, sus mulos que aún mantenía cerrados, sus pechos
de colegiala, todo en ella me parecía seráfico, angelical. Era la primera
mujer que veía desnuda. Mi duro miembro entre su vientre y el mío me pareció
demasiado grande para ella. Si vestida me parecía delicada, ahora, al verla
desnuda a mi lado la vi tan frágil como al más puro y diáfano cristal de
Murano.


Sin dejar de besarla, mi mano descendió hasta su sexo
separando los gordezuelos labios de la vulva para acariciarla más
íntimamente.


Tiró de mí con fuerza inusitada y quedé encima de ella
con nuestras bocas unidas en un prolongado beso. Introduje mis muslos entre
los suyos presionando con la dura erección contra su feminidad que se abrió.
Cuando el glande se hundió en la vagina vi un gesto de dolor en su rostro y
me detuve para preguntarle:


--¿Te hago daño?


-- No te preocupes, mi amor - respondió con los ojos
entornados - todo en ti es demasiado grande, pero quiero ser tuya, tuya para
siempre.


La penetré despacio, sintiéndola gemir ante el lento
avance de la berroqueña méntula que la penetraba. La sostuve por las nalgas
levantándola para hundirme definitivamente hasta la raíz, notando como mi
glande tropezaba en el fondo de su vagina con el cuello del útero mientras
un nuevo gesto de dolor se reflejaba en su rostro. Negó con la cabeza cuando
volví a preguntarle si le hacía daño, pero comprendí que negaba para dejarme
disfrutarla a placer. Supuse que encima de ella hacerla disfrutar lo único
que conseguiría cuando el placer me inundara sería asfixiarla. Sosteniéndola
por los hombros y las nalgas me giré en redondo arrastrándola conmigo hasta
dejarla encima. Me miró sorprendida y me besó al darse cuenta de por qué lo
hacía, pero se quedó inmóvil como una estatua, sus únicos movimientos eran
los de su boca buscando la mía, besándome el rostro con besos pequeñitos y
rápidos desde la frente hasta la barbilla. No era ella mujer que tomara
iniciativas, su timidez era tal que incluso llegué a pensar que el único
placer que sentía era un reflejo del mío. Me miraba de tal forma que creí
comprender que su placer consistía en verme disfrutarla, sentirse abrazada,
acariciada, notar como la estrujaba entre mis brazos, como temblaba yo ante
la enervante caricia que su sexo inmóvil producía a través del mío en todo
mi cuerpo, se sentía feliz dándome placer, pero, aunque yo tampoco entonces
era un experto y me mantenía tan inmóvil como ella, me pareció que en eso,
precisamente, en darme placer consistía el suyo. Y la quise más, mucho más,
de lo que nunca podré expresar con palabras. Jamás se podrá hacer sentir la
sensación de amor u odio, placer o dolor, dicha o desdicha, porque el
lenguaje siempre resulta limitado.


Aquella tarde, después de tres meses de esperar por la
mujer que amaba, sentía un placer desconocido para mí. Excepto en sueños, yo
no había poseído nunca a una mujer, y mucho menos a una mujer de la que
estuviera enamorado como lo estaba de Marisa. Sentir encima de mi cuerpo la
maravilla del suyo completamente desnudo me producía un placer inenarrable,
sentirme dentro de ella, sentir la caliente y húmeda caricia de su estuche
de amor sobre mi carne congestionada, me hacía vibrar de placer como vibra
una cuerda de piano al ser golpeada por el martillo.


Cuando por fin me decidí a salir de mi inmovilidad, la
sujete por las caderas levantándola en vilo y dejándola caer despacio de
nuevo sobre la erguida barra de carne. Entendió lo que deseaba. Su boca no
se apartó de la mía, mi lengua jugaba con la suya, la sorbía, la chupaba y
de pronto levantó suavemente las nalgas sacándolo de su interior casi hasta
la mitad para volver a dejarse caer lentamente y saboreé su enervante
caricia a través de todos los poros de mi polla. Le acaricié las prietas y
rotundas nalgas acoplándome a su lento vaivén durante unos minutos.


La detuve porque, unos segundos más y me hubiera corrido
dentro de ella, pero logré detenerme y la empujé por los hombros, sentándola
sobre la congestionada barra, caliente y rígida. Cuando se dejó caer supe,
antes de oír su quejido, que le había hecho daño.


-- Ay, Dios mío, qué dolor - exclamó, recostándose de
nuevo con sus maravillosas tetas sobre mi pecho - eres demasiado grande,
vida mía.


-- Lo siento, cariño, creo que tú no disfrutas, no te
gusta ¿verdad? Si quieres lo dejamos.


-¿Serías capaz de dejarlo por mí? - preguntó, con sus
ojos de azabache clavados en los míos.


-- Claro que sería capaz. ¿Lo dejamos? - dije, intentado
levantarme.


-- Oh, no, mi amor, me gusta sentirte dentro de mí.


Deseaba verla gozar, oírla gemir, sentirla disfrutar y
nada de eso ocurría, quizá porque yo no sabía tocar la cuerda adecuada.
Comenzó a mover las nalgas de nuevo lentamente y seguí acariciándole todo el
cuerpo, besando sus pechos, chupando sus pezones, intentado llevarla al
orgasmo al mismo tiempo que yo, pero no puede aguantar más y la inundé a
borbotones espesos y violentos con toda la abundancia y potencia contenida
durante tres meses, aspirando su lengua mientras mis manos oprimían sus
nalgas contra mi palpitante erección y los espasmos me sacudían
violentamente uno tras otro.


Había sido tan intenso mi placer que respiraba a
bocanadas mientras ella seguía besándome, contenta y feliz de haberme
proporcionado tanto placer. Comprendí que no había gozado, que se había
limitado a darme el placer que ella no había podido alcanzar o que yo no
había sabido proporcionarle.


- Tengo que irme - me dijo de pronto.


--¿Adónde? - pregunté extrañado.


_ Al baño - respondió, y se desprendió de mí después de
besarme.


Para mi sorpresa, antes de levantarse se puso la blusa y
la falda, recogió el sostén y las braguitas y las escondió detrás de su
cuerpo sonriéndome azorada; era demasiado tímida y su timidez me tenía
embrujado. Estaba sofocada, se mordía los labios, apretando los muslos de
forma extraña, luego comprendí que lo hacía para impedir que la abundancia
de semen de mi orgasmo cayera sobre la moqueta. Cuando se dirigió a la
puerta de la habitación, pregunté extrañado:


-- Pero ¿adónde vas?


-- Ya te lo he dicho, amor mío, voy al baño, enseguida
vuelvo.


-¡Pero si aquí hay uno! - exclamé sorprendido.


Me sonrió sin responder y desapareció cerrando la puerta.
Encendí un cigarrillo y para cuando regresó, al cabo de diez o quince
minutos vestía la bata de estambre de estar por casa y con ella se acostó a
mi lado. Se sorprendió al ver que seguía excitado y me preguntó si no había
tenido bastante.


-- No, cariño mío, nunca tendré bastante de ti. y,
además, quiero que tengas un orgasmo igual que yo y al mismo tiempo que yo.


-- Las mujeres no tienen eso, sólo los hombres.


-- Pero ¿qué dices? - y me apoyé en un codo levantándome
para mirarla.


Su mirada, inocente y cándida, me dijo mejor que sus
palabras que mi Marisa, era más inexperta que yo con respecto al sexo


- Entonces con tu esposo nunca... - me detuve porque
estaba ruborizándose y no se atrevía a mirarme


-- Yo creía que... yo nunca supe que... - no sabía como
seguir, la pobre.


--¡Pero, vida de mi vida! - exclamé abrazándola,
besándola y acunándola al comprenderlo todo de repente - ¡Pobre niña mía...
pobrecita niña mía!


Y aquella tarde, después de quitarle la bata la besé de
arriba abajo y la lamí de abajo arriba. Su vello púbico estaba húmedo de
agua y pregunté:


--¿Te has duchado, cariño?


-- No, es que... aunque me gustaría mucho, no puedo
quedar en estado... sería un desastre para mí y para ti también ¿comprendes,
amor mío?


-- Oh, Dios... ¡qué imbécil soy! - exclamé, dándome
cuenta de mi egoísmo e inexperiencia - Pero ¿tú no tomas la píldora? -
pregunté de nuevo


--No, hasta ahora ¿para qué? Además, el médico me haría
preguntas...


-- Comprendo, mi vida, comprendo - respondí conmovido.
Tendré que comprar una caja de preservativos- pensé - no me gustan, pero no
habrá más remedio


Tuve que vencer su resistencia cuando quise besarle el
sexo, porque aquello no le parecía natural y creía que a mí me daría asco.
Cuando logré convencerla que todo en ella me parecía celestial y que su sexo
era una de las partes de su cuerpo que más me agradaban, logré que separara
los muslos sin violentarla.


A poco tiempo la oí exclamar gimiendo:


--¡Oh!, Amor mío... amor mío... amor mío.


Seguí con la caricia al tiempo que frotaba entre los
dedos los pequeños y duros pezones rosados.


Comenzó a gemir su letanía cada vez más rápida, sus
muslos temblaron apretándose contra mis mejillas, se estremecía su vientre
palpitando de placer. Sus gemidos fueron en aumento y sus dedos se
engarfiaron en mis cabellos. Explotó con un prolongado gemido, arqueando el
cuerpo como una ballesta.


Cuando me puse encima y poco a poco la penetré de nuevo,
me miró con los ojos entornados, moviendo la cabeza levemente en sentido
negativo, exhausta y maravillada de lo que le había ocurrido. La besé,
dejando en su boca el sabor de sus entrañas.


--Mi niño, yo no sabía... creí que me moría... mi amor,
cuánto te amo, Dios mío - musitó, y mientras me recitaba entrecortadamente
todavía las delicias del ignorado orgasmo, y de lo mucho que me amaba, la
bombeada despacio hasta que sentí llegar también mi orgasmo y se lo saqué
para dejar entre nuestros vientres la abundante emisión de mi eyaculación.


--¿Por qué los has hecho? Me hubiera lavado otra vez,
tonto - musitó sonriendo- Ahora nos tenemos que lavar los dos.


-- Con ese lavado que haces no hay mucha seguridad, y no
quiero que tengamos un disgusto sin estar casados.


--¿Qué dices? ¿Casados? Tú estás loco, mi amor. Tu abuelo
nos mataría a los dos.


-- Mi abuelo no puede hacer nada, querida mía. Soy mayor
de edad.


-- Bueno, dejemos eso porque no puede ser, ya es bastante
con saber que me amas y que yo te pertenezco. Ahora tenemos que lavamos y tú
limpiarte la boca, amor mío.


-- Nos bañaremos juntos, querida mía, pero de lavarme la
boca ni hablar, quiero conservar tu sabor todo el tiempo que pueda.


- Estás un poco loco, niño mío.


-- Sí, niña mía. Estoy más que loco... pero por ti. Y
después de bañamos nos iremos de viaje los dos juntos como marido y mujer.
¿Me ha entendido la señora?


-- No, si cuando yo digo...


No la dejé continuar, me levanté y le pasé un brazo entre
los muslos sosteniéndola por las nalgas y los hombros y me la llevé al
cuarto de baño. Nos bañamos juntos, volví a penetrarla diciéndole que tenía
que aprender a gozar así, y ella me miraba y asentía a todo lo que yo decía
como un corderillo. Sólo se opuso a lo del viaje, porque podía tener malas
consecuencias y ella temblaba con sólo pensar que llegaran a ser del dominio
público sus relaciones conmigo, porque, entonces, ya podía marcharse de
Santiago para toda la vida.


-- Tenemos dos semanas para nosotros y cuando regresemos
de Canarias...


--¿A Canarias?- cortó espantada - Pero ¿es que de verdad
te has vuelto loco, mi amor?


-- No, no me he vuelto loco, ahora mismo voy a reservar
los billetes del avión. Dejaré el coche en un parking de Vigo y lo
recogeremos al volver. Quiero llevarte a Tenerife, quiero bañarme contigo en
la playa y quiero dormir contigo y vivir contigo como marido y mujer aunque
sólo sean quince días, quiero que...


--¡Jesús, Jesús! ¡Que chiquillo este! - rió regocijada -
pero, si como marido y mujer, podemos vivir aquí esos seis días ¿para qué
gastar tanto dinero en ese viaje? Ni hablar no lo voy a permitir, pero
criatura, si soy la mujer más feliz del mundo en cualquier parte, si tú
estás conmigo. Que no, que no, vida mía, hazme caso, por favor.


-- Está bien, pero por lo menos vámonos una semana a
Lisboa. Son las ocho, podemos dormir en Oporto y mañana nos damos un paseo
por la capital. ¿Conoces Lisboa?


-- No, mi vida, poco más que Santiago y La Coruña,
conozco ¿Pero para qué? ¿Es que no eres feliz aquí conmigo?


- Soy feliz contigo, en cualquier parte, Mar querida,
pero...


-- No seré como el mar ¿verdad? - cortó sonriendo.


_ Me parece que si, eres insondable como el mar, hermosa
como el mar, pero no desvíes la conversación. Yo quiero hacerte feliz,
quiero que me dejes hacerte feliz ¿es que no puedes complacerme?


-- Lo que tú digas, amor mío- concedió por fin suspirando
- Dios mío, ¿estaré loca? Llévame a Lisboa, si tanto te apetece. ¡Mira que
si nos ve alguien! ¿Te das cuenta? ¡Estaría perdida! Pero en fin... todo sea
por complacerte, amor mío.


- Bueno, está bien, dejemos lo de Lisboa también - dije,
besándola mientras la bombeaba suavemente - ¿Podemos ir a cenar al Parador
de Bayona ésta noche?


Se rió a carcajadas, pero dijo que si, que por cenar
conmigo no se iba a juntar el cielo con la tierra aunque la viera alguien.
De pronto vi que se ponía rígida, mirándome con los ojos entrecerrados,
aumenté el ritmo del vaivén, mientras chupaba uno de sus preciosos pezones
erecto como la aguja de un campanario. Se abrazó a mí, besándome el cabello
y la frente, la sentí jadear y adelantar las caderas para que la penetración
se hiciera más profunda. Le susurré al oído si le venia el orgasmo, y
asintió. Su jadeo se hizo más intenso, más profundo. De pronto echó la
cabeza hacia atrás, abrió la boca y gimió prolongadamente, estremeciéndose
como una hoja al viento. Sobre mi falo congestionado cayó repetidas veces
una lluvia deliciosa y tibia envolviéndolo completamente con la más
enervante de las sensaciones. Estuve a punto de eyacular, pero me contuve
observando como su cuerpo se estremecía con un nuevo orgasmo, profundo y
prolongado. Las contracciones de sus músculos vaginales se repetían una y
otra vez con la misma cadencia de la mujer que disfruta de un orgasmo
múltiple.


Poco a poco cayó sobre mi pecho respirando sofocadamente
en los estertores del prolongado clímax. Se mantuvo en silencio mientras
recuperaba el aliento, apretada contra mí, besándome suavemente el hombro y
el cuello. Pero luego, ya repuesta, comentó:


- Oh, Dios mío, nunca hubiera imaginado... es
maravilloso... soy feliz, feliz y te amo tanto mi amor... ¿por qué tenemos
que ir por el mundo si aquí somos felices? Yo cocinaré para ti. Te haré los
manjares que más te apetezcan. Ya soy tu mujer, ya no seré nunca de nadie
más. Tú has sido mi primer y único amor... ¡Oh Dios mío, como te amo! te amo
con locura, cariño mío.


Se apartó para mirarme parpadeando casi angustiada. No
comprendí que le pasaba, yo no había eyaculado, pero no entendía la
preocupación de su mirada.


-- Quizá creas que soy una cualquiera. Yo nunca me he
comportado así y...


No la dejé continuar y le tapé la boca con un beso antes
de responder casi enfadado:


-- No vuelvas a decirme eso nunca más en tu vida ¿me
oyes?


Suspiró agradecida separando su mirada de la mía con
aquella languidez que me enloquecía y la besé de nuevo tan apasionadamente
que tuve que sacársela para no eyacular. La levanté del baño en vilo,
envolviéndola en la toalla y en los brazos la llevé a la cama, maldiciéndome
por mi aversión a los preservativos, debí haber comprado una tonelada, tal
eran mis ansias de su hermoso cuerpo. Aquella noche nos disfrutamos cinco
veces más. Nos dormidos completamente exhaustos, sin acordamos de cenar.


Fue al día siguiente al mediodía que nos hartamos de
marisco en la Selva Verde de Ancora, cuarenta kilómetros más abajo de la
frontera portuguesa. Me la llevé a Lisboa y vivía con ella en el Gran Hotel
de Estoril durante cinco días como marido y mujer. En Lisboa le compré un
vestido largo de noche y una capa de renard plateado, bolso, zapatos, ropa
interior, en fin, un ajuar completo para asistir por las noches a los bailes
del Grand Hotel. Estaba tan hermosa y hacíamos tan buena pareja que las
miradas nos seguían insistentemente cuando salíamos a la pista.


Cada noche nos disfrutábamos cinco o seis veces y
conseguimos por fin acoplamos de tal forma que nuestros orgasmos, desde
entonces, coincidían con la precisión de un reloj suizo. En verdad que fui
muy feliz durante aquellos días en Lisboa. Ella era preciosa, encantadora y
delicada como una figurita de Sevres.



Inmerso en mis pensamientos no me di cuenta de que había
pasado Padrón, Esclavitude y Ramallosa. Volví de mi ensimismamiento al ver
las cúpulas de la Catedral a lo lejos. Eran las once y diez cuando metía el
coche en el garaje y comencé a subir las escaleras hacia el piso para
encontrarme con mi Marisa.



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Relato: Marisa (1)
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