Resultó ser apenas el comienzo…
Tal vez cuatro o cinco años. Mi padre viviendo muy lejos.
Casi un desconocido. Súper protegido, cuidado, mimado especialmente por mi
madre. Quizás por eso, tímido y retraído, de carácter manso, sin amiguitos de mi
edad con quienes aprender y compartir los juegos ¿que hubieran sido los
apropiados?. Creciendo junto a dos hermanas mujeres.
Un hogar muy femenino. Tanto que siendo el menor, fuí una
especie de muñeca para mis hermanas. Y el término muñeca no es casual. Las niñas
en general aprendían a jugar con muñecas, las peinaban, las vestían, eran sus
hijas, o sus alumnas o sus vecinas. Y yo les resultaba una muñeca muy especial.
Podía llorar y ser consolada, respondía a las caricias, reía y las divertía con
mis torpezas o con mis descubrimientos del mundo en el que vivía. Y para esa
muñeca tan particular, tan apreciada, aprendieron a prepararles con la ayuda de
mis tías, de mi madre, los mejores y más lindos vestidos; idearon para ella los
más bonitos peinados, encantadores adornos y hasta supieron de los rudimentos
del maquillaje pintando sus ojos y sus labios.
Nada novedoso sería entonces supongo, que la mayor parte del
tiempo vistiera y viviera como una mimada niña más en aquella casa de niñas.
Casi no había solución de continuidad entre el juego y la
vida cotidiana. Era normal que me acostara con sutiles bombachitas de seda,
amplios y adornados camisones de gasa y que al despertarme mi madre encontrara
más práctico ponerme un vestidito que rebuscar entre mis escasas prendas alguna
vez reservadas para un varón.
¿Porqué entonces deberían ser de otra forma mis años
sucesivos? Es cierto claro, que al comenzar la escuela tuviera que vestir como
el varón que se suponía que era. Pero ni siquiera eso modificó gran cosa mi
realidad, ya que en ocasiones bastante frecuentes, la picardía o pequeña maldad
de mi hermana mayor, logró que debajo del delantal blanco que era norma, usara
una blusa o una pollerita o inclusive ambas, debiendo yo, según recuerdo,
atenuar mi vergüenza cuidando todo el tiempo no levantarme por ningún motivo a
fin de evitar que mis compañeros advirtieran debajo del uniforme escolar mi
vestidito rosa.
Creo que hubo una interrupción de estos hábitos entre mis
nueve y doce años. La atención de mis hermanas y sus amigas en esos tiempos se
centraba en otras cosas y de tal modo viví extrañamente usando pantalones e
intentando inconsciente aunque inútilmente gestos varoniles que no lograron
disimular los movimientos de quien había crecido usando vestidos.
Creo que con comprensible naturalidad, cuando comenzó a
despertar mi sexualidad sentía que la manera de despertar la atracción de otras
personas consistía en arreglarme cuanto pudiera, y para ello prestara mucho
tiempo al espejo, dedicara horas a mi pelo, o me aterrara cualquier marca o
impureza en mi piel.
Que esa conducta atrajera la atención de mi madre fue algo
lógico aunque no tan lógicas fueron sus actitudes posteriores. Si era mi pelo la
cuestión, fueron suyas las sugerencias y la ayuda para peinarlo de cierta
exquisita forma. Si era mi piel o mi cara, una tenue base de maquillaje aportaba
el detalle que faltaba. Y cuando mi aspecto fue el examinado frente al espejo,
llegó el turno del vestido.
Y retornaron entonces las antiguas costumbres, aunque yo no
parecían formar parte de un juego. Y no lo podían ser, claro, desde el momento
en que las salidas de compras comenzamos a hacerlas en conjunto. Y cuando la
secuela natural consistió en rivalizar con mis hermanas en la elección de la
ropa. Y cosa extraña, no recuerdo mayores inconvenientes en comprar con ellas la
lencería, o en probarme una pollera en cualquier boutique, o elegir en los
catálogos de la modista el vestido más bonito.
Y aunque aún hoy no lo comprendo del todo, fue en una fiesta
de cumpleaños de mi hermana mayor en que empujado, presionado y alentado por mi
madre y mis tías, muy especialmente por mi tía Lidia, me presenté bajo una
apariencia absolutamente femenina, y a pesar de ser casi todos los chicos amigos
de nuestra casa y por ello sabedores de mi condición de varón, bailé con varios
de ellos hasta quedar agotado.
Y no sólo fue el baile. Fueron las primeras caricias
recibidas y sucedieron los primeros besos casi robados.
¡Ay, pero llegué hasta aquí y al releer casi no pude creer en
lo que yo mismo he escrito!
Empezó todo con la intención de sumarme con un relato, alguna
fantasía más de las tantas y algunas tan lindas que en encontramos,
y encuentro que más que un cuento con aunque sea una pizca de erotismo me he
puesto a contarles la parte de mi vida tal vez menos atractiva para quien lee.
Pero no será su destino la papelera. De cualquier forma serán los lectores los
que con su juicio elegirán el destino final de estas líneas.
¿ Quieres conocerme ?
soy de