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Relato: El apartamento


 

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Relato: El apartamento

  

El sacerdote elevó su último rezo e hizo una señal a los
sepultureros. Estos, ayudados de gruesas cuerdas y de manera lenta y cuidadosa,
bajaron el féretro y sentí que media parte de mi vida descendía con él. La otra
mitad se me fue cuando, por la tierra más oscura, el ataúd quedó cubierto por
completo. Con el desaparecer de los azulados destellos que desprendía el metal
al reflejo con el sol, llegó el hecho de que no había vuelta atrás, la certeza
de la trágica desgracia: mi madre, mi mejor amiga, mi compañera de toda la vida,
de las más gratas alegrías y las más amargas penas, el pilar que me sostenía,
había muerto.



Mis piernas no pudieron soportar más, la enorme carga de mi
desdicha. Caí de rodillas junto a la tumba. Toda esa fuerza fingida que había
mostrado hasta entonces, toda esa falsa entereza, se escurrió con la primera
lágrima. Mi llanto lavó la máscara de indiferencia que por no parecer débil y
estúpida, decidí usar horas antes y que entonces me pesaba, como si fuera una
lápida la que llevara encima. Olvidándome del ridículo y las miradas, comencé,
entre gritos y sollozos, a implorarle al cielo que me la regresara. Lo hice
hasta sentir que la garganta se me desgarraba. Hasta que la vista se me nubló.
Hasta que se me agotaron las fuerzas y caí, golpeando mi cabeza contra la losa y
perdiendo el sentido.



Desperté en el asiento trasero del automóvil de Lucía, amiga
de la universidad. Llevé mi mano a mi frente y me encontré con un trapo manchado
de sangre, de mi sangre. Asustada, me levanté y le pregunté a mi compañera qué
había sucedido, por qué estaba sangrando, a dónde me llevaba. Me pidió que me
calmara y volviera a acostarme, pero yo estaba demasiado desesperada como para
atender sus palabras. Empecé a gritar como una loca; a exigir que regresáramos
donde mi madre. Golpeé la ventanilla una y otra vez, como si tratara de escapar
rompiendo el vidrio. Ninguna de sus frases servía para tranquilizarme; estaba
totalmente fuera de control.



Continué dando de puñetazos al cristal y fue entonces cuando,
a lo lejos, lo vi por vez primera. Su profunda y fuerte mirada se clavó en la
mía, como si quisiera entrar por ella y descubrir mis más ocultos secretos, como
si intentara desnudar mi alma y conocer la razón de mi tristeza. Escondido
detrás de un árbol a la salida del cementerio, con su cabello cano y las arrugas
en su rostro, me observaba como nadie antes lo había hecho, provocándome, al
mismo tiempo que una confortante paz, un inquietante escalofrío. Dejé de golpear
la ventanilla y me quedé sólo mirándolo hasta que, por el constante esfuerzo, la
herida en mi frente volvió a sangrar y me desplomé sobre el asiento.



No supe de mí hasta llegar a mi nuevo departamento, herencia
de mi madre y en el cual había decidido vivir, más que porque la casa que
compartiera con ella hasta el día de su muerte fuera muy grande, por no ver su
cara en cada rincón. En cada objeto. En cada cuarto. Ya no era el asiento de ese
bocho destartalado el que velaba mi sueño, sino una cómoda y elegante cama. A mi
lado, además de Lucía, se encontraba un señor que, juzgando por su vestimenta y
maletín, supuse era un médico. Charlaban sobre algunos cuidados que debería
tener; sobre las consecuencias que probablemente traería el golpe. No quise
interrumpirlos; no estaba como para escuchar sermones. Me hice la dormida,
esperando quedarme a solas con mi amiga.



Cuando eso ocurrió, lo primero que hizo ella fue darme ese
sermón que no quería escuchar. Me dijo que debería de tomarme unas pastillas, no
hacer esfuerzos innecesarios y quien sabe que tantas cosas más a las que no puse
atención. Se acercó a la cama y, besando mi mejilla, se despidió, no sin antes
recordarme que si necesitaba algo, bastaba con una llamada para que ella
estuviera de nuevo a mi lado. Sin esa excesiva desesperación de la que había
sido presa minutos atrás, su actitud me pareció un tanto exagerada; sin embargo,
en cuanto salió de la casa y me di cuenta de lo sola que estaba, deseé pedirle
que regresara y se quedara conmigo. No lo hice. En lugar de correr a impedir que
se marchara, estallé en llanto. La imagen de mi madre, junto con la idea de que
no soportaría el vivir sin ella, se fijó en mi mente. Quise morir en ese mismo
instante.



Luego de permanecer un largo lapso con la cabeza entre las
almohadas, caminé hacia la cocina para prepararme algo de cenar. Obviamente, la
alacena estaba prácticamente vacía; además de una capa de polvo sobre otra, sólo
habían unos cuantos sobres de te. No esperaba mudarme, así que no había hecho
ningún preparativo. Es más, ni mi ropa había llevado. No tenía ánimos de salir a
la tienda ni tampoco mucho apetito, por lo que me conformé con lo poco que
tenía. Luego de lavar la olla, puse a calentar agua. Esperé unos cuantos minutos
y preparé, por inercia, dos vasos de te.



Estaba a punto de llamar a mi madre, cuando recordé que ella
ya no se encontraba entre los vivos. Hice un gran esfuerzo por no derrumbarme
una vez más y, antes de tomarme la humeante y desabrida bebida, coloqué la olla
vacía sobre la estufa. Me senté a la mesa y cuando estaba por darle el primer
trago a mi vaso, algo extraño atrajo mi atención. Mi mirada se dirigió al
extremo donde se encontraba el otro vaso y de éste, ya no salía humo. Incrédula,
me levanté de la silla para comprobar que lo que veía era cierto. Con mi
temblorosa mano, tomé el vaso que no era el mío para justo después, al
percatarme que efectivamente no contenía nada, dejarlo caer al piso. La sangre
se me bajó a los pies y mi corazón empezó a latir aceleradamente. Se suponía que
estaba sola, pero alguien más, se había bebido ese te.



Después de permanecer inmóvil por un buen rato, reaccioné y
busqué entre los cubiertos el cuchillo más grande. Con el miedo aún corriendo
por mis venas, me dispuse, procurando hacer el menor ruido posible, a abandonar
la casa en busca de ayuda. Con pasos cortos y apoyados solamente en las puntas
de los dedos, comencé a atravesar sigilosamente la cocina, pero algo me detuvo
centímetros antes de salir de ésta. Ahí, frente a mí, con su cara a medio
iluminar, se encontraba el mismo hombre que, escondido entre los árboles, me
miraba fijamente en el cementerio. Expulsé un desgarrador alarido y el cuchillo
resbaló de mi mano, cayendo justo encima de mi descalzo pie. Al terror que en
ese momento me invadía, se le sumó el dolor que me provocó la herida. Venciendo
a ambos y esperando que ese hombre no fuera un asesino, me decidí a hablar.



- ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? - Pregunté con voz
temblorosa.



- No cabe duda que eres idéntica a ella. Los mismos ojos. La
misma sonrisa. Que hermosa eres. - Exclamó, evadiendo mis preguntas.



- ¿De qué diablos está hablando? Le pregunté quién era usted
y qué hacía aquí. Contesté. - Insistí.



- Sabes, a ella le gustaba mucho éste departamento, pero
cuando se marchó, la luz también se fue y el lugar se quedó vacío. Solía decir
que éste era un bello sitio para vivir, pero yo no estaba de acuerdo con eso. Es
cierto que es espacioso y con buena decoración - metió la mano a uno de sus
bolsillos -, pero ella era en verdad quien le daba vida. Que bella era. - Dijo,
ignorando mis cuestionamientos una vez más y caminando hacia mí.



- No se acerque o...- me incliné para recoger el cuchillo - o
le juro que si da un paso más, le cortó la garganta. - Lo amenacé, intentando
sonar lo más convincente posible.



- ¿Cortarme la garganta? No creo que pueda hacerlo; usted no
mataría ni a una mosca. Mejor permítame curar esa herida. - Sugirió, al mismo
tiempo que sacó una bandita de su bolsillo y se agachó para ponerla en mi pie.



De tan sólo sentir el toque de sus fríos y ásperos dedos
sobre mi piel, me paralicé. Él seguía hablando, pero no entendí una palabra de
lo que dijo. Todas mis fuerzas estaban concentradas en no mojar mis pantaletas,
algo que no pude lograr con mis mejillas. Empecé a llorar de miedo, del que me
daba escuchar su tono de voz, esa extraña mezcla de cantos gregorianos y ecos de
caverna. Ese hombre, de quien todavía desconocía nombre e intenciones, inundaba
el cuarto con una densa y escalofriante atmósfera, erizando cada vello.



La sensación que en ese momento experimentaba, esa
contradictoria y casi insoportable unión de paz e inquietud, se elevó
exponencialmente cuando el se incorporó. Recorrió toda mi anatomía con su
mirada, como si hubiera deseado despojarme de mi ropa con ella para, después de
haberse recreado con mi desnudez, poseerme o peor aún, asesinarme. Su
entrecortada respiración, acariciándome torpemente por encima de mis prendas,
fue como un huracán que devastó mis nervios. Cada músculo de mi cuerpo se
estremeció y, cuando tuve sus ojos frente a los míos, mis piernas se doblaron
tirándome al suelo. Mis ojos no se cerraron ni tampoco perdí el sentido, pero
estaba muy lejos de encontrarme bien.



El misterioso hombre, que de cerca me parecía aún más viejo,
me levantó y me llevó hasta mi recámara, sin perder la oportunidad de examinarme
de arriba abajo durante el trayecto. Me depositó sobre mi cama y me cubrió con
las sábanas. No se si fue el estado en el que estaba sumida o en verdad pasó,
pero en medio de mi desconcierto, alcancé a percibir un ligero roce de sus dedos
en mi entrepierna, uno que incrementó mi temperatura y me alteró aún más.



El anciano permaneció unos minutos a mi lado, mirándome de
esa forma en que sólo él podía mirar. Yo quería continuar con el interrogatorio
que, por sus evasivas y mi imitación de desmayo, había quedado inconcluso, pero
no fue posible. Deseaba saber si él se había bebido el te, si de la mujer que
habló era mi madre, pero mi lengua no respondía. Lo único que sucedía con mi
cuerpo, era que una repentina e inexplicable excitación comenzaba a apoderarse
de él. Ese individuo parado a un costado de mi cama, con todos sus años y
misterios, despertaba en mí unas ansias de sexo que yo misma desconocía. Mis
bragas estaban mojadas y mis pezones erectos. En mi calentura, traté de adivinar
el tamaño de su verga. Pensaba si ésta estaría tan deteriorada como el resto de
su cuerpo o conservaría aún el ímpetu de su juventud; si estaría lista para
entrar en mí y moverse hasta dejarme satisfecha. De haber tenido la oportunidad,
de haber podido articular palabra, le habría rogado que me hiciera suya en ese
instante, pero no fue así. Luego de responder a las preguntas que minutos antes
le había hecho, salió de mi habitación.



- Soy Don José, el conserje del edificio. Estaba aquí para
arreglar un problema con la tubería. No tenía idea de que usted ya había
llegado. De haberlo sabido, no la habría asustado como lo hice. Le pido perdón
por eso. Que pase buenas noches. - Se despidió, dejándonos solas a mí y a mis
ganas.



Me costó mucho trabajo conciliar el sueño porque en verdad,
me sentía como perra en celo. El deseo excesivo que pareciera haberme poseído,
no desapareció estando dormida. En mis sueños deseaba que un hombre, no, un
hombre no, ese hombre, entrara en mi cuarto con la firme intención de hacerme el
amor. Imaginaba que él abría la puerta y caminaba hasta donde yo dormía. Luego,
sin que yo pudiera evitarlo, me quitaba una a una mis prendas, dejando mis
atributos al aire libre. Él hacía lo mismo con su ropa y se recostaba encima de
mí, permitiéndome sentir su enorme dureza frotarse contra mi sexo. Su boca se
apoderaba de mi pezón derecho mientras que, con movimientos bruscos, violentos,
sus manos masajeaban mis nalgas. Su experta lengua, luego de juguetear con mis
pechos y dejarlos completamente ensalivados, bajaba hasta mi concha y, con no
más de tres toques, me hacía correrme de manera abundante y escandalosa.



Me habría gustado seguir adelante con mis fantasías, ser, al
menos en mis sueños, penetrada por ese hombre que tan mal me ponía, pero no
sucedió así. La avasalladora fuerza de mi orgasmo mental, venció los límites
entre sueño y realidad despertándome abruptamente, como si de una pesadilla se
hubiera tratado. Lo que descubrí a continuación, devolvió a mis venas ese terror
que había sido reemplazado con deseo. Todo lo que había imaginado fue más que un
simple sueño. Mi ropa estaba tirada por todo el cuarto. Tal como en mis
fantasías, me encontraba desnuda. El vello entre mis piernas brillaba por la
reciente venida, la misma que había manchado las sábanas. El cuarto olía a sexo.
Todo había sido real.



No había terminado de asustarme por lo que veía, cuando mis
ojos, como atraídos por una fuerza poco común, voltearon hacia la puerta. Una
sombra, que se podía adivinar pertenecía a un hombre, se alejaba con dirección a
la calle. Instintivamente, me escondí bajo las cobijas y empecé a rezar. No
lograba comprender lo que ahí había pasado. No paré de orar hasta quedarme
dormida otra vez, lo cual no sucedió pronto; estaba sumamente aterrada.



Al día siguiente, aún con el miedo de la noche anterior, me
vestí y salí de mi dormitorio. Quería tomar una ducha para después ir a mi
antigua casa por mi equipaje, pero antes de hacerlo, inspeccioné cada cuarto de
la casa, asegurándome que en verdad estuviera sola. Una vez que confirme que no
había intruso alguno que pudiera molestarme, me encerré en el baño. Abrí la
llave del agua. Volví a desvestirme y me metí bajo la regadera, dispuesta a que
los hechos ocurridos hasta entonces, no me perturbaran más.



- Todo es producto de la tristeza de haber perdido a tu
madre. - Me dije, intentando convencerme de que lo creía.



Al poco tiempo de estar debajo del chorro del agua, éste
obtuvo una temperatura considerable y por consecuencia, el baño comenzó a
llenarse de vapor, pero no del tipo común que hay en cualquier ducha. Me daba la
impresión de oler a sudor de hombre, de ese hombre. Conforme más difícil se
hacía el ver más allá de mi nariz, la lujuria renacía en mí, con más fuerza que
la noche anterior. Cada partícula de jabón deslizándose por mis piernas, brazos
o torso, era como una caricia. Cada gota impactándose contra mi piel, era un
segundo menos para el clímax. Mis manos no podían permanecer quietas. Empecé a
masturbarme de una manera tan frenética, que parecía quisiera partirme en dos
con mis propios dedos.



Ese vapor cubriéndome por completo, introduciéndose en mí por
medio del olfato y ayudado por el placer que yo misma me proporcionaba, me hacía
gozar como nunca. Un intenso cosquilleo recorría mi interior una y otra vez,
haciendo que mis piernas flaquearan y el sostenerme en pie no fuera sencillo.
Las gotas cayendo sobre mí, casi quemándome la piel. El olor a macho, llenándome
los sentidos. Mis dedos desesperados, entrando y saliendo de mi sexo cada vez
más y más rápido. No pude soportar demasiado. Mis gemidos, opacados por el
sonido de la regadera, anunciaron la llegada de mi orgasmo. Caí al suelo sin
dejar de masturbarme, exhausta, satisfecha.



Cuando recuperé las fuerzas, terminé de ducharme. Me sequé
con una toalla que de tan vieja, estaba por romperse. A falta de ropa, me vestí
con la misma de un día antes. Desprendí un cuadro de papel higiénico para
limpiar el empañado vidrio. Lo tiré al bote de basura y cuando volví a mirar al
espejo, observé reflejado al misterioso anciano, parado detrás de mí,
vigilándome con esa extraña e inquietante forma de verme que tanto me irritaba.
En esa ocasión sentí más rabia que miedo. No podía creer que mientras me bañaba,
él había estado espiándome. Di media vuelta para reclamarle, pero se había ido.



Rápidamente, esa furia se transformó en desconcierto. No era
posible que, siendo verdad que estuviera ahí en un principio, saliera sin yo
darme cuenta. Eso de que todo era causado por mi melancolía, que eran simples
alucinaciones, ya no me sonó tan disparatado.



- ¿Me estaré volviendo loca? - Me cuestioné.



Cualquier respuesta que pudiera tener esa pregunta, no me
quedaría ahí para conocerla. Peiné mi cabello y busqué mi bolsa. Sin al menos
una taza de ese amargo te en el estómago, salí apresuradamente del departamento.
Tomé el primer taxi que pasó y le pedí me llevara a mi antigua dirección. No
quise voltear atrás por dos razones: la primera, no deseaba encontrarme con la
mirada vigilante de Don José y; la segunda, tampoco tenía ganas de confirmar que
todo había sido producto de mi imaginación, que en verdad me estaba volviendo
loca. Lo que hice fue respirar profundamente para recuperar la calma y, luego
que decidí no ir a mi vieja casa, pedirle al conductor que me dejara en el
centro comercial más cercano. Necesitaba ropa y comida y, de seguro, una tarde
de compras me caería muy bien.



Efectivamente, gastarme las horas entre vestidos y zapatos,
fue la mejor de las terapias. No pensé en otra que no fuera llevar al tope mis
tarjetas de crédito. Por unas horas, me sentí de nuevo yo, la chica alegre y
despreocupada que solía ser, pero sólo por unas horas. Una a una, las tiendas
fueron cerrando. Resignada, salí de la plaza. Eran casi las nueve. Si no quería
agregar a mi lista de preocupaciones la posibilidad de ser asaltada, debía
regresar a casa. Así lo hice, sintiendo que el miedo entraba en mí poco a poco;
conforme el autobús avanzaba.



Llegué a mi edificio y subí por las escaleras hasta el
séptimo piso. Mientras dejaba escalones debajo, juro que podía escuchar detrás
de mí los pasos del anciano, lo cual me hizo acelerar el paso, aterrada.
Finalmente entré al departamento y, gracias a los candados que había comprado
esa tarde y que coloqué en cada uno de los cerrojos, me sentí más segura. Don
José podía tener llave de la puerta, pero no de esos candados. Cuando acomodaba
todo lo que contenían las bolsas, el teléfono sonó. Era Lucía, quien me llamaba
para asegurarse me encontrara bien. Por alguna razón que no comprendí en ese
momento, no le comenté nada de lo que sucedía con el conserje. Le dije que
estaba, dentro de lo que cabía, muy bien. Nos despedimos y me fui a dormir.



En cuanto entré a mi habitación se me calentó la sangre. Ese
aroma tan peculiar, el que tenía el vapor esa mañana en la regadera, estaba por
todo el cuarto. El simple hecho de respirarlo despertó mi lívido. Contradiciendo
mi tradición de dormir con medio guardarropa encima, me dieron ganas de dormir
ligera, con solo la ropa interior puesta. Así lo hice. Me despojé de mi blusa y
pantalón, quedando en un sensual conjunto de encaje negro que, por la parcial
transparencia de la tela, dejaba poco a la imaginación. Me acosté sobre la cama
y me cubrí con sólo una sábana liviana. La suavidad de ésta sobre mi piel,
terminó de encenderme.



Aunque no tardé tanto en cerrar los ojos y adentrarme en el
mundo de los sueños, no lo hice de manera profunda. El calor que transitaba a lo
largo y ancho de mi anatomía no me lo permitía. Una parte de mí aún estaba
despierta, esperando que ocurriera algo similar a lo de la noche anterior. Mis
deseos, casi suplicas, fueron escuchados. Tal como pasara un día antes, alguien
me destapó para luego desnudarme. Esa vez no sentí el peso de un cuerpo sobre el
mío, pero sí las húmedas caricias de una lengua en mi entrepierna; unas que
hacían que me retorciera de placer. Quería saber quien era capaz de
proporcionarme tanto placer. Con la esperanza de que no escapara como la vez
anterior, abrí los ojos y descubrí de quien se trataba. Ahí, con su boca hundida
entre mis labios y mirándome fijamente, estaba él. No era mi imaginación.
Siempre fue él y de eso di gracias al cielo. Comprendí entonces, porque no había
hablado con mi amiga de mis temores.



Don José era muy bueno en el sexo oral, pero yo tenía algo
más en mente. Sin decir una sola palabra, como si también pudiera espiar dentro
de mi mente y saber lo que pensaba, se puso de pie y me permitió admirar eso que
antes intenté adivinar: su verga. De no ser porque alrededor de ésta había una
blanca mata de pelo, nadie habría pensado que se trataba de la polla de un
anciano. Era majestuosa. Larga, gorda y completamente erguida. Con las venas
marcando el camino hacia una rojiza y brillante punta. Lo que estaba ante mí era
imponente. Cualquier dibujo mental, se quedaba muy lejos de la realidad.



Después de mostrarme por un momento su falo, Don José caminó
en dirección de mi rostro. En cuanto su monstruoso pene quedó al alcance de mi
boca, tragué lo más que pude de éste. Su particular y exquisito sabor, así como
su extrema dureza, me volvieron loca. Jamás había probado un espécimen como ese.
Como la ocasión lo ameritaba, chupé hasta que me dolió la quijada. Hasta que
otra parte de mí exigió ser tomada en cuenta. Hasta que él se apartó, me separó
las piernas y me penetró de golpe con su ingente miembro.



Mi conserje, a pesar de esa descuidada apariencia, resultó
tener más energía que un jovencito. Ni esos pliegues que formaba su carne a lo
largo de su cuerpo, ni esas canas que lo hacían verse tan viejo, le impidieron
follarme como un poseso. Desde un principio, arremetió contra mí con violencia y
rapidez, como si hubiera querido dejar en mi interior lo que le quedaba de vida.
Ante cada una de sus embestidas, que parecían llegar hasta mi garganta, yo, como
prueba y agradecimiento de lo mucho que gozaba, correspondía apretando mis
músculos vaginales. Ambos estábamos disfrutando como nunca.



Sorprendiéndome más de lo que ya estaba, Don José siguió
moviéndose por un prolongado lapso. Cuando yo andaba por el cuarto orgasmo,
comencé a preguntarme cuánto más tardaría él en terminar. No faltó mucho después
de eso. Supe que el momento se acercaba porque empezó a hablar. Luego de
llamarme Martha y decirme lo mucho que me amaba, explotó dentro de mí de la
manera más extraña. De su verga no brotó una sola gota de semen, pero sí una
especie de vibra de tal intensidad, que me hizo experimentar un placer más allá
de este mundo y después perder el sentido. Hace mucho que no estaba con un
hombre; tanto, que casi había olvidado lo que se sentía. Don José hizo más que
recordármelo: lo grabó en mi piel para siempre.



Desperté a la mañana siguiente y él ya se había marchado,
dejándome su olor, su sabor. Fue entonces que pensé en sus palabras y me
vinieron varias preguntas a la mente. Me intrigaba el hecho de que me hubiera
llamado Martha, como mi madre. Eso significaba que ellos se habían conocido y
que, a juzgar por las palabras del anciano, habían sido más que amigos. Tenía
que saber la verdad. Me vestí y bajé a buscarlo, con la intención de, si fuera
preciso, obligarlo a contarme todo. Toqué a la puerta del departamento asignado
para el conserje, nada más para enterarme que quién ahí vivía no era Don José,
sino Don Arturo, portero del edificio desde hacía diez años.



Esa noticia sí me cayó como balde de agua fría. El haber
bajado a buscar a Don José, sólo me llenó de más dudas. Regresé a mi hogar mucho
más confundida de lo que había salido, no tanto por enterarme de que me había
mentido, sino por la inesperada reacción que ello me produjo. Tal vez lo más
lógico habría sido volver a tener miedo, pero no. No era terror lo que sentía,
sino tristeza, la que me provocaba la posibilidad de no verlo otra vez. Y eso
exactamente, fue lo que pasó. Cada noche me acosté rogándole a Dios que él se
apareciera, pero nada. Los días pasaron y con ellos, se fue también la esperanza
de encontrarme de nuevo con mi mentiroso, pero buen amante, conserje.



Estaba tan preocupada con esa situación, que ni siquiera
había extrañado a mi madre. Eso me hizo sentir muy culpable y decidí visitar,
luego de dos meses de su muerte, su tumba. Llegué al cementerio y busqué su
lápida. La limpié y puse rosas rojas en los floreros. Estaba a punto de comenzar
a rezar, cuando sentí que una mano se posó en mi hombro. Por la sensación que
ese toque me provocó, una extraña pero familiar mezcla de paz e inquietud, supe
de inmediato de quien se trataba. El rostro se me iluminó y me sentí
repentinamente feliz.



- Vamos a orar juntos, ¿quieres? - Me dijo.



No fue necesario contestarle. Empezamos a dedicarle nuestras
oraciones a mi madre, juntos. Mientras lo hacíamos, recordé todas esas dudas que
tenía guardadas. Pensé en aclararlas todas en ese momento, pero creí que sería
mejor no hacerlo. Hay preguntas que, cualquiera que sea su respuesta, no te
dejan satisfecho. Algunas no puedes entenderlas y otras simplemente te lastiman.
Las interrogantes que rondaban mi mente eran de ese tipo, así que decidí
olvidarlas. Mejor era quedarme con los buenos recuerdos, que si bien no eran
muchos, si suficientes.



Luego de aproximadamente veinte minutos, terminamos de rezar.
Don José me miró a los ojos y me sonrió. Estiró su mano y acarició tiernamente
mi mejilla, arrebatándome un par de lágrimas que, mágicamente, transformó en
perlas. Me dio una y se guardó la otra. No podría explicar lo que a continuación
sucedió, pero sentí como si todas mis preocupaciones salieran de mi cuerpo y me
dejaran en un estado de relajación total.



- Antes de irme, quiero que sepas algo que tu madre me
comentó ésta mañana. - Dijo.



- ¿Mi madre? Pero si ella está muerta. ¿Cómo es posible que
hablaras con ella? - Lo cuestioné incrédula.



- Todo es posible, mi querida Claudia; ya deberías saberlo.
Martha me dijo que se encontraba bien y que no quería verte derramar una lágrima
más. Desea que seas feliz - se levantó y caminó en dirección a donde el sol
comenzaba a ocultarse -...muy feliz.



- ¿A dónde vas? ¿Por qué no te quedas conmigo? Quédate
conmigo, por favor. - Le pedí.



- Ya no me necesitas, así que no puedo quedarme contigo. De
cualquier manera, si algún día quieres platicarme, bastará con que te mires en
el espejo. Ya verás que ese reflejo mostrará mucho de mí; más de lo que te
puedes imaginar. Adiós, hermosa. Cuídate. - Se despidió para inmediatamente
después, desvanecerse en el aire.



Me quedé muda al verlo desaparecer de esa manera, pero muchas
dudas se aclararon. Sus últimas palabras no las entendí del todo, pero no me
importó. Como antes había dicho, hay cosas que escapan de nuestra razón y es
mejor no darles muchas vueltas. Deposité un beso sobre la tumba de mi madre, di
una última mirada al horizonte y abandoné el lugar. A partir de entonces, cada
vez que los recordaba, a ella o a Don José, lo hacía con una sonrisa en la cara.
No había porque llorar. Quizá ya no podía tocarlos, pero eso no significaba que
no estuvieran conmigo. Bastaba con cerrar mis ojos o frotar la perla, último
regalo de mi querido conserje, para verlos, regresándome la sonrisa. Desde ese
momento, esperando la hora de nuestro reencuentro, fui feliz...muy feliz.



 





Relato: El apartamento
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