René, el chico de nuestra historia, cerró tras de si la
puerta de su habitación con la mano apoyada en el pecho como si quisiera de ese
modo aquietar los latidos de su corazón.
La fiesta había transcurrido bien, todo había ido de
maravillas, al principio se había sentido algo retraído. Y tenía que ser así.
Era la primera vez que aparecía en público vestido, maquillado, adornado como
una chica. La mayoría de quienes allí estaban, de una forma u otra sabían de las
extrañas costumbres de aquella familia para la cual el chico que todos conocían
de la escuela, del barrio vivía, vestía y era tratado como una niña más. Pero
aparecer ante todos ellos con un largo vestido como de fiesta de quince era muy
diferente.
Pero no había sido tan difícil.
Incluso contando el baile. Incluso contando alguna mano en
sus muslos, en sus nalgas.
Pero la última canción, lenta, ensoñadora, los brazos que lo
apretaban más a cada instante y de pronto los labios de Roberto, esos labios que
aún en ese momento recordaba abrasadores, apoyándose primero en su mejilla,
deslizándose enseguida hacia su cuello, murmurando apenas en su oído; la
sensación inefable de su lengua hurgando golosa en su oreja, humedeciendo el
lóbulo, cosquilleando cuando bajaba de nuevo dejando su huella húmeda hasta el
cuello y todas y cada una de sus sensaciones, le hacían sentir que su cuerpo
realmente le mentía.
Que él no era el varón que esa cosa que latía entre sus
piernas parecía demostrar. Que ese tibio dolor en los testículos significaba
algo distinto. Que la realidad era esa imagen que ahora, con femenino gesto
recogía la falda del vestido y se aproximaba al espejo.
Apretó fuertemente la cara entre sus manos. Aligeró la
presión convirtiendo el gesto en una caricia como si buscara descubrir aún y
retener la huella de los besos, la humedad con que la aterciopelada lengua había
dibujado esa línea desde la oreja hasta el cuello.
Deslizó luego sus manos por sus hombros, sintió algo como un
pequeño choque eléctrico cuando los dedos rozaron sus pequeños pezones milagrosa
y terriblemente erectos, se solazó en ellos, los frotó suavemente con las yemas
de sus dedos por sobre la tenue seda del vestido….
Un golpe en la puerta lo sacó de su ensoñación.
En el apuro por dirigirse a ella, el taco de uno de sus
zapatos se trabó en la alfombra por lo cual con descuidado gesto lo arrojó hacia
un costado.
Abrió y se quedó tieso.
En la penumbra del pasillo se erguía la alta figura de
Roberto.
Sonriente, lo interrogó
¿Puedo….?
No atinó a contestar, pero se hizo ligeramente a un lado,
ante lo cual él decididamente entró y se detuvo antes de su tercer paso.
Cuando René cerró la puerta y giró se encontró con que el
cuerpo de Roberto estaba apenas unos centímetros más distante de lo que había
estado mientras bailaban.
René intentó un paso como para rodearlo, pero Roberto lo
detuvo tomándolo apenas de los brazos.
¿Porqué te fuiste? – Fue su pregunta
Yo, no…. Es decir, si, bueno vos sabés….
¿Qué sé? ¿Qué nunca creí que me pasaría lo que me pasó?
Es cierto. Ni recuerdo cómo sucedió. Pero si sé lo que sintió mi cuerpo ante
el contacto de tu piel.
¡Roberto, por favor! ¡Todo esto es un error, un terrible
error! Mi vida hasta hoy fue como un juego. Crecí jugando a las muñecas.
¡Pero hace un momento supe que no soy una muñeca! ¿No te das cuenta?
¡Roberto yo no soy una chica!. ¡Este vestido es un
engaño! Que si, a lo mejor soy puto, tal vez tenga que pensar en eso, ¡Pero
no soy una chica!
Pero no hubo respuesta. O si. Su respuesta fue rodearlo con
sus brazos y primero lenta y suavemente, y luego ya librado a un ardor que
crecía en el espacio entre ambos, apretar con fuerza sus labios contra los de
él, hurgar con ellos contra los suyos hasta ofrecerle su boca entreabierta
para que entonces él, René, el chico con ese dolor que no cesaba en los
testículos, proyectara entonces su lengua ávida entre los fuertes dientes de
él, la enroscara, retorciera, vibrara jugando con la lengua de él, en tanto
las manos torpes, nerviosas bajaban el cierre del vestido y lo hacían deslizar
desde sus hombros.
Su cabeza se inclinó y por encima del corpiño besó y
mordisqueó sus pezoncitos. René entonces apuró su ayuda, desprendió con rápido
gesto el corpiño y su mano entonces ofreció y dirigió su pecho hacia la boca
ansiosa.
Un continuo quejido brotaba de sus labios. El casi lo
arrastró hasta la cama y se dejó caer en ella teniéndolo aún abrazado.
En un momento se separó de él y desprendió el cinto del
pantalón dejándolo caer.
René entonces corrió el slip y dejó frente a él esa verga
dura y erguida que hasta ese momento sólo había sentido apoyada o frotada
contra su bajo vientre.
Allí estaba muy cerca de sus ojos ese glande suave y
enrojecido, el tronco rígido, con sus venas tirantes y remarcadas. Jamás nadie
se lo había indicado. Nunca había siquiera delirado con un instante parecido.
Pero sin que ello fuera necesario y respondiendo quien sabe a que ancestral
gesto, se agachó y lo besó suavemente.
Él cerró los ojos y emitió un suspiro que sonó como nueva y
desconocida música en los oídos de René. Comenzó a meterlo dentro de su boca
mientras la lengua se deslizaba y giraba por el glande, la punta se detenía en
la pequeña abertura, se convertía en frenético punzón, volvía a ser
acariciante, distribuía hábilmente su saliva, ahora lo dejaba ir hacia el
interior de su boca, profundo, buscando su garganta. Deseó ahogarse en ese
movimiento, deseó morderlo y retenerlo allí como si fuera el último sabor.
Los músculos de Roberto seguían el ritmo de los veloces
movimientos de la boca alrededor del pene. René sabía que la locura estaba
cerca, allí nomás, dentro de tres o cuatro movimientos. Los apresuró entonces,
no sabía en que consistía lo que seguía pero lo deseaba, lo deseaba tanto como
deseaba que esos minutos no terminarán jamás.
Y en un instante la explosión. La anunció la súbita rigidez
del cuerpo de Roberto y en segundos apenas el tibio líquido inundó su boca, se
derramó por la lengua, llegó a su garganta y se hundió finalmente tragado como
dulce elixir soñado.
¿ Quieres conocerme ?
soy de