Examen médico por un doctor y seis estudiantes del Hospital
Universitario de Oviedo (2)
Continuación de la parte nº1
María, creo que tienes una ligera desviación de la
columna vertebral, y aunque es bastante normal en la población, voy a darte
un volante para el especialista. Es un traumatólogo del hospital, amigo mío.
Es el mejor especialista de Asturias en este campo, y quiero que te vea él,
para que confirme que no es nada grave.
Le di las gracias, cogí el papel y me fui.
A las dos semanas tenía la cita con el especialista... cita
en la que ocurrió la situación más vergonzosa y humillante de toda mi vida...
Había llegado el día de la cita con el traumatólogo; tenía
hora para las 10:20, me levante temprano, y tras desayunar, me di una ducha con
calma. Me gustaba el no ir a clase a primera hora, aunque no me hacía mucha
gracia el tener que ir al médico.
Me arreglé y me puse bastante guapa, la verdad. Llevaba un
pantalón blanco de esos veraniegos de tela finita que no dan nada de calor
(hacía un día de sol estupendo), bajo el cual me puse un tanguita blanco que me
gustaba mucho. Complementaba mi atuendo con unas sandalias blancas de medio
tacón muy sencillas y elegantes a la vez y con una camisa de color rojo de las
de cruzar por delante y anudar a la espalda.
Me maquillé un poco los ojos y los labios, me gusta causar
buena impresión. Me gustaba como me había puesto. Era un atuendo informal pero
elegante y al final el conjunto era muy armonioso.
Dando un paseo, me dirigí al hospital, y al llegar a la sala
de espera me sentí halagada al notar las miradas de los señores que había allí.
Esperé mi turno, hasta que se escuchó por el altavoz mi nombre, y de un salto me
levante. Al entrar a la habitación, me crucé con la joven pareja que entró antes
que yo, los cuales salín sonriendo. Eso me gustó, ya que seguramente el doctor
era un tipo agradable.
Cual no sería mi sorpresa al ver allí a un montón de
personas. Había un señor mayor, de unos 50 años, que rápidamente identifiqué
como el Dr. Mendivil, una señora de unos 44 más o menos, que supuse que sería su
enfermera y seis chavales de cerca de los 25 años.
Joder, que impresión me daba verles a todos allí. Imagino que
no estarán durante la exploración me decía a mi misma, aunque en realidad me
temía que sí que iban a presenciarlo todo.
De los seis chicos jóvenes, uno era una chica preciosa, con
una cara angelical y un bonito cuerpo que se intuía bajo esa aséptica bata
blanca típica de los doctores. Los otros cinco eran chicos, y solo me atreví a
mirarles muy rápido, para contar el número de ellos, pero sin detenerme a
mirarles la cara. Madre mía que vergüenza, no quería imaginar que aquellos
mozalbetes me pudiesen ver.
Buenos días María, me dijo el doctor con una sonrisa,
mientras me miraba a la cara y bajaba rápidamente su vista recorriendo mi
cuerpo.
Estos chicos que me acompañan son estudiantes de 5º curso
de medicina, y están haciendo las prácticas de traumatología en este
hospital, y si no le importa, estarán presentes durante le visita. ¿No
tendrás inconveniente, verdad?
Claro que lo tenía, como no lo iba a tener... después de lo
que había tenido que hacer ante D. Enrique, no me apetecía nada que siete
personas volvieran a tener el espectáculo de verme en ropa interior, menos aún
teniendo en cuenta que cinco de ellos eran poco mayores que yo. Pero si decía
que no parecería una paleta de pueblo, y eso tampoco me gustaba nada. No podía
decir que no, aunque me muriese de vergüenza.
No, no, si es necesario, que estén. Con esa velada
súplica, quería darle a entender al Dr. que por favor me evitara pasar aquel
mal trago, pero él no pareció darse cuenta.
Tras unas preguntas rutinarias sobre mis antecedentes, mi
alimentación, hábitos y posturas y ese tipo de cosas, me espetó:
-Por favor, María, quítate la camisa y el sujetador, que te
vamos a ver la espalda a ver que tenemos.
Ostras otra nueva sorpresa, el sujetador también, y me lo
dice así, en frío. Joder, esto es peor de lo que me había imaginado, y con toda
esta gente delante. Yo me voy de aquí. No lo puedo resistir, pensaba para mí.
Miré un poco alrededor, buscando un biombo o algo para quitar mi ropa con más
intimidad, pero no había nada.
Resignándome a lo inevitable, comencé a soltar el lazo
posterior de la camisa, y tras deslizarla por mis hombros, la deposité en una
silla que había allí. Voy a hacerme un poco la loca, a ver si cuela y no me
tengo que quitar el sujetador, pensaba para mi, y haciéndome la despistada, como
que no había oído lo otro, me detuve.
El sujetador también por favor, se volvió a oír en la
sala.
Pues no coló, pensaba para mí. Era el peor momento de mi
vida. Nadie me había visto las tetas desnudad antes. Ningún novio ni amiga, ni
nadie había tenido ese privilegio, y ahora tenia que hacerlo ante siete
personas, bueno, seis, porque la enfermera salió mientras me hacía las preguntas
iniciales.
No necesitaba ver las caras de los chicos para adivinar a
donde estaban mirando...y además, por el color de mi cara, sabrían que me estaba
dando un corte de muerte. Así que con todo el dolor de mi corazón alcancé el
broche del sujetador, lo solté, y sin mirar a nadie a la cara, lo deje caer a la
silla donde descansaba mi camisa.
Un rápido vistazo a mis tetas me confirmó la que yo ya sabía,
como siempre que me excito, me pongo nerviosa o tengo frío, mis pezones se ponen
grandes y duros como piedras, y ahora era una mezcla de las tres cosas. La
vergüenza que sentía se mezclaba a partes iguales con una sensación de
excitación que me iba invadiendo poco a poco.
Sabía con certeza que todas las miradas estaban en mi pecho,
fijas, devorándome. Con lo cerdos que son los tíos, que con tal de ver unas
tetas o manosearlas no saben lo que hacer...supongo que la chica no sería así,
así que le dirigí una mirada fugaz, esperando encontrarme una cara de
comprensión, pero tampoco. Me miraba también directa a las tetas, y con una cara
de excitación que me sorprendió por completo. Eso me descolocó aun más.
El doctor se acercó a mí y me giró dándole la espalda, e
indicó a los alumnos que se pusiesen a su lado. Dado el número de ellos, algunos
ya no podían verme las tetas, pero otros veían perfectamente mi perfil y mis
grandes pezones sobresalir. Esta me disgustaba más aún porque ahora se podía
cuantificar mejor el tamaño de las tetas y de los pezones y ese era mi mayor
complejo.
Yo siempre había querido tener unas tetas grandes, como las
de mi hermana, que pese a tener un año menos que yo, era la dueña de unas tetas
que de volumen a mi me parecían ideales, y que con sus 18 años estaban en lo
mejor.
Comenzó a tocar mis vértebras de una en una, mientras daba
las oportunas explicaciones técnicas a los afortunados alumnos. Al ir
descendiendo por la espalda y acercarse a la región lumbar, oí lo que nunca
desee llegar a tener que oír.
Bájate un poquito el pantalón para poder ver el
nacimiento de la espalda, por favor.
No me lo podía creer, eso no era necesario!!!! O eso creía
yo.
Muerta de rabia, dirigí mi mano al botón del pantalón, lo
desabotoné y lo bajé un poco, lo mínimo posible y lo justo para que pudiese
bastar para la correcta exploración. Bajarlo más ya sería enseñar el culo, y eso
ya no sería espalda... a eso no estaba dispuesta. El comienzo de la raja de mi
culito quedaba a la vista de los jodidos estudiantes, y eso me enojaba mucho. No
era justo.
Notaba que alguno se movía nerviosamente, seguro que fruto de
la excitación que le provocaba la situación. Ciertamente, la situación sería muy
normal para el doctor, pero poco para los estudiantes, y mucho menos para mí.
El doctor, siguió punzando, tocando y presionando en
diferentes puntos de la espalda mientras me preguntaba si me dolía y hacía
comentarios empleando palabras técnicas que yo no comprendía. Al llegar al
comienzo de mi culo, creí que aquello estaba por fin acabándose, pero no.
Sube los brazos y colócalos juntos unidos por las palmas
por encima de la cabeza, María, dijo el Dr. Mendivil.
Joder, si la vista era poco buena, tras hacerlo, mis pechos
comenzaron un movimiento ascendente que fue seguido minuciosamente por los
presentes. Que rabia me daba la situación. Mi vergüenza era extrema, pero aun
fue mayor cuando me giró poniéndome de cara frente a ellos y colocándose el a mi
espalda. Yo miraba al suelo, sin mover la vista. Si viese sus caras, me podría
desmayar del corte que me daba.
Comenzó a presionar en la zona de la clavícula y a clavarme
los pulgares en la zona de los omoplatos, ocasionando con ello que mis tetas
saliesen como disparadas hacia el frente, hacia los estudiantes. Me estaba
acordando de su puta madre en esos momentos. Mirando al suelo, podía ver como un
chico, el más bajito de todos se colocaba la polla, la cual mantenía una buena
erección que él no sabía disimular.
Mendivil, mientras, seguía hablando sin parar. Me mando bajar
los brazos y colocarlos pegados a mi cuerpo. Nuevamente creí que ahora sí que
habríamos terminado, pero tampoco sería de esta...tras hacerlo me mandó poner la
espalda formando 90 grados con mis piernas.
Cuando lo hacía, notaba como mis tetas se bamboleaban y caían
libremente, presionando la aureola y el pezón. El muy cabrón seguía tras de mi,
dando su lección magistral, y no se apartó lo más mínimo cuando mi culo se movía
hacia atrás para bajar, llegando a tocarme con su paquete al comenzar a explicar
nuevamente desde el comienzo de mi nuca.
Aquello me estaba jodiendo sobre manera, más aún teniendo en
cuenta que mis pantaloncitos eran súper finos y se encontraban medio bajados.
Era muy humillante.
Tras acabar esa explicación de mis dolencias y posibles
diagnósticos, me volvió a pedir que subiera. Me puso ladeada a todos ellos.
Ahora me veían de perfil. El a mi derecha y los estudiantes a mi izquierda, para
que observasen bien el proceso. Comenzó a mostrar posturas correctas e
incorrectas de la espalda, y para ello me curvaba hacia delante y hacia atrás y
me levantaba la barbilla. El muy hijo de puta, al curvarme hacia atrás, me
empujaba por el pecho. Parecía casual, como si no se diese cuenta, pero yo sabía
que no lo era. Estaba cachondo y se estaba aprovechando de mí. Seguro que estaba
disfrutando mostrando a sus alumnos su "poder" ya que yo no me atreví a decirle
nada. No solo me estaba viendo y tocando, sino que estaba exhibiéndome a sus
alumnos; exhibiendo como me tocaba sin mi consentimiento. Me sentía como un
caballo en una exposición.
Volvió a ponerme de espaldas a todos y mientras me giraba les
dijo:
-Bien, ahora, de uno en uno vais a examinar a la paciente y
me diréis cual de los posibles diagnósticos que os he descrito es el correcto...
Al dar los pasitos para ir a la posición a la que me estaba
llevando, ocurrió lo peor que me podía pasar: La fina tela del pantalón se
deslizó por mis piernas, dejando mi culo completamente expuesto a las miradas
indiscretas, ya que mi tanga prácticamente no cubría mas que lo mínimo. Se
detuvo a la altura de mis rodillas.
Al ver ese desastre, rápidamente me dirigí a cogerlo para
volver a subirlo, pero el Dr. Mendivil me atajó diciéndome...
Continuará...
Autora: María
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