INÉS
(Casi autobiográfico)
Ese jueves conducía su lindo automóvil mientras yo esperaba
la luz del semáforo para pasar la calle, a la salida del súper, y volver a casa
con las cosas que había comprado. Me vio paradita, muy seria, aún con mi
uniforme escolar, y cortésmente me cedió el paso mientras él tenía la luz verde
a su favor, lo que le produjo una escandalosa serie de bocinazos y palabrotas
detrás. Riendo inclinó su cabeza y me hizo el clásico ademán de pase con su
mano. Divertida pasé la calle y le sonreí, agradecida por su bondad y emocionada
por su galantería, insólito esto último para una muchachita como yo por parte de
un caballero tan apuesto como aquél.
Ya a salvo me di cuenta de que se estacionó más adelante y
quedó mirándome fijamente. Me ruboricé. Con su mano me invitó a subir, y luego
de pensarlo un poco le hice indicación afirmativa con la cabeza.
Me habían recomendado que jamás subiera al carro de un
extraño, pero su mirada limpia y su sonrisa traviesa me cautivaron, y además no
era cosa de hacerle un desaire después de tanta amabilidad.
Dio la vuelta a media cuadra e instaló su auto en la acera
justo donde yo me encontraba. Bajó, rodeó a la unidad por delante, me dio la
mano y abrió la puerta para que entrara.
Subí confiadamente, con las dos bolsas de plástico. Era un
coche precioso también por dentro, y su conductor más guapo de cerca.
- ¡Hola, preciosa!, bienvenida a bordo.
- Gracias, señor, y le agradezco también que me haya dado el
paso.
Me miró, sonrió, puso la máquina en marcha y empezó a
avanzar, despacio.
- ¿Cuál es tu nombre, si se puede saber?
- Inés...
- Lindo nombre... ¿cómo te gusta que te digan?, ¿Inesita?
- Sí, señor.
- Proviene del griego y quiere decir "casta y pura", lo cual
te acomoda a la perfección. Bueno, como parece que vamos a ser buenos amigos,
puedes quitarme lo de "señor".
Me tenía impresionada.
- Sí, ¿cómo se llama usted?
Me dio su nombre, muy varonil, y me pareció que le quedaba
bien.
- Pero no te he preguntado adónde vas...
- A casa...
- Bien, dime por dónde me voy, tú ordenas...
- Siga de frente, hasta donde está aquel edificio amarillo, y
a media calle a la derecha vivo yo...
¿Vienes con frecuencia al súper?
- Todos los días a esta misma hora, menos los fines de
semana. Cuando llego de la escuela siempre se le ofrece a mamá algo qué comprar
para el almuerzo.
- Entonces me permitirás que pase por ti mañana, para seguir
charlando.
Me encantó la idea de continuar conversando con mi nuevo
amigo, así lo conocería mejor y él a mí.
- Está bien.
Se detuvo en la esquina del edificio que mencioné, mientras
me explicaba:
- No es correcto que tu familia te vea llegar con un
desconocido, así que, con toda pena, aquí nos vamos a separar.
- Adiós-, dije al tiempo que descendía.
- ¿Pensarás en mí, Inesita?
- ¡Claro!, ¿y usted en mí?
- Por supuesto, y desde la próxima vez ya no me hablarás de
"usted".
- De acuerdo... Adiós...
- Adiós-, contestó, y me pareció escuchar que agregaba en voz
baja: "mi amor", pero pensé que había sido la imaginación...
Pasé el resto del día completamente intranquila, pues la
experiencia de aquel mediodía me tenía trastornada. No lo podía creer aún. Mi
pequeña almohada compartió la emoción de saberme objeto del interés de aquel
hombre tan gentil, interesante, inteligente y discreto.
¿Me estaba enamorando de él? ¡Claro que no!, ¡qué locura! La
verdad es que estaba bordando ilusiones impropias de una niña como yo. "Es sólo
un amigo", me dije, y un poco más tranquila pude dormir, aunque por la noche
desperté dos o tres veces con el mismo pensamiento, y esa mañana, cuando mamá
llegó a despertarme me encontró en el baño, lista para empezar el día. (¿Para
que llegara más pronto la hora de verlo? ¡Tonterías...!)
- ¡Vaya milagro!, ¡la niña levantada por su cuenta a las seis
de la mañana!
- Es que ya no tenía sueño, mamá.
Cuando después de clases llegué a la tienda vi su auto en el
estacionamiento. Me acerqué a su ventanilla y le dije:
- Llegaste muy temprano.
- Es que estaba ansioso por volver a verte.
- ¿De veras?
- Créelo, se me hicieron largas las horas para que llegara el
momento de estar aquí de nuevo.
Me enterneció su confesión, y no tuve más remedio que
revelarle que yo también tenía deseos de saludarlo otra vez.
- Entonces date prisa con las compras, y así tendremos más
tiempo para platicar.
Salí casi volando, y sentí tras de mí su mirada. Las niñas
aprendemos a conocer el calor de los ojos masculinos en los muslos, que la
minifalda escolar deja ver a nuestro más pequeño movimiento.
Al regresar únicamente con una bolsa le comenté que había
comprado sólo algunas cosas de la lista y que hallé sin clientes una caja de
cobro, por lo cual pude ahorrar tiempo.
-¡Excelente!-, expresó, -eres una chica muy lista-.
- Gracias, ¿y ahora qué?
- Ahora lo que tú digas...
- ¿Me invitas un helado?
- Cien mil helados, si quieres.
- No, solamente uno, con cien mil me pongo gordita...
Reímos, divertidos. Llegamos al drive in, ordenamos, nos
sirvieron, pagó y salimos al boulevard, despacio...
Preguntó por mi grado escolar, yo por su trabajo, él por mi
familia, yo por la de él, él por mis gustos y yo por los suyos, y ambos nos
confesamos nuestras edades, en las que había una diferencia que a cualquiera le
hubiera parecido enorme, pero no tanta como para que una niña y un hombre no
pudieran ser amigos. Así se lo manifesté, con lo cual quedó encantado.
Porque coincidimos en casi todo, y eso era lo más importante.
El tiempo pasó desesperantemente rápido, y él recordó que ya
debía yo volver a casa. Su preocupación me conmovió:
- Desgraciadamente tengo que regresar. Esta hora se fue
demasiado rápido, ¡cuánto quisiera estar más tiempo contigo!
- Cuando tú quieras podremos estar juntos más tiempo. Yo no
tengo problema para salir de casa, pero tú sí, de manera que todo queda en tus
manitas, reina.
Me dijo "reina" por primera vez, y un escalofrío me recorrió
desde la colita hasta la nuca. Pero aclaré mis ideas:
- ¡El domingo...! Diré en casa que el domingo tengo que hacer
la tarea de inglés junto con alguna de mis compañeras que no tiene teléfono.
Todos saben que el inglés es mi problema, y estoy segura de que no tendrán
inconveniente en que salga desde la mañana hasta la tarde, pues supuestamente me
quedaré a merendar con mi amiguita. En algún momento llamaré desde un teléfono
público para informar que estoy bien y que se despreocupen.
Lo tenía todo planeado en un instante.
- Maravilloso-, exclamó, -así dispondremos de suficiente
tiempo para nosotros solos. Iremos a donde tú digas, el programa queda tu cargo.
Habrá que imaginarse mi alegría, después de mucho tiempo de
no salir a pasear por las dificultades de dinero y de entendimiento entre los
miembros de la familia, poder ir a donde yo quisiera, y comencé a planear:
Primero a desayunar y de ahí al zoológico, luego al parque de
juegos, enseguida a la superplaza más grande de la ciudad donde hay tiendas de
vestidos y bolsas para damas, zapaterías, joyerías, cinemas... ¡Eso es!,
¡entraríamos a ver una película! Al final comeríamos en un buen restaurante y
saldríamos a la carretera a donde el coche quisiera llevarnos, mientras él me
ayudaría a resolver la tarea de inglés, por si había revisión maternal... ¡Ya
estaba todo listo! Así se lo expliqué y estuvo de acuerdo. Me dejó en la esquina
cercana a mi domicilio y le di un beso en la mejilla.
- ¿Nada más eso merezco?
Comprendí la queja, me le acerqué, le di un pequeño beso en
los labios y no pude evitar un suspiro delator.
- Así está mejor-, dijo, suspiró igualmente y añadió: -
¡Lástima que todavía tiene que pasar el sábado para vernos de nuevo!, ¿no te
parece demasiado?
- ¡Sí, a mí también!
- Pensaré en ti cada segundo hasta que vuelta a estar
contigo.
- Yo también en ti-. No se me ocurría nada sino repetir sus
cálidas palabras.
- Hasta entonces, mi amor...
Ahora sí escuché clara la frase, y respondí:
- Hasta el domingo...
Nunca había caminado tan lentamente el reloj como el resto de
aquel viernes y el sábado siguiente. No obstante, me alentaba la emoción del
proyecto que sólo él y yo conocíamos.
- ¿Qué te pasa que estás tan contenta?, preguntó uno de mis
hermanos.
- Nada, es que así es la nueva Inés.
- ¡Me da mucho gusto!
Tuve que bajar volumen a mi alegría para no despertar
sospechas. El sábado solicité permiso para salir el día siguiente, según mi
plan. Me hicieron las debidas advertencias y finalmente me concedieron la
autorización.
Llegó el domingo, ¡por fin! Me bañé tempranísimo, estrené
ropa interior, vestido y zapatitos que recibí de regalo en mi reciente
cumpleaños, me peiné esmeradamente y di atención cuidadosa a mis uñitas. Me miré
al espejo y confirmé que era nada menos que un encanto; reí de la ocurrencia,
tomé los útiles, el diccionario, mi bolsita de mano y me despedí.
- Mucho cuidado, hijita, y me llamas a mediodía para saber
que estás bien.
- Sí, mami, así lo haré.
Ya estaba él esperándome en la esquina de la casa amarilla.
Me detuve a ver para todos lados, y cuando me aseguré de que nadie se hallaba en
las proximidades subí al auto, lo puso a caminar en tanto yo me instalaba
cómodamente y nos saludábamos. Me tomó la mano y una calle más adelante me dijo:
- Estoy esperando.
- ¿Qué?
- El beso que me vas a dar después de tan larga ausencia.
Entendí, puse la rodilla izquierda en la orilla de su
asiento, volteó a verme y le di un beso en los labios. No quise distraerlo más,
volví a mi lugar, abrí la libreta donde tenía escrito el programa y lo
empezamos.
No puedo explicar mi felicidad: luego de desayunar realizamos
con verdadera alegría todos los puntos del plan, aunque no pudimos efectuar para
mí ninguna compra a pesar de que me gustaron algunos objetos y él ofreció
comprármelos, pero no hubiera podido justificarlos al regreso.
Parecíamos padre e hija, por supuesto.
La actividad siguiente era ver una película; elegimos la que
estaba por empezar, sin importarnos cuál. Entramos y nos instalamos en la última
fila posterior, sin gente en las cercanías.
Tomó mis manitas, las besó y enseguida la frente, levanté mi
carita y le ofrecí mis labios donde él apoyó tiernamente los suyos, al tiempo
que su mano izquierda acariciaba mis muslos. Era inevitable: yo estaba ahí
porque me hallaba irremediablemente loca por ese hombre y más que dispuesta a
permitir que hiciera de mí lo que él quisiera. Tenía toda la seguridad del mundo
en su compañía, y eso era suficiente para entregarme confiadamente a sus mimos,
sintiéndome una niña consentida y amada.
Aunque yo no tenía en el pecho más que dos pequeños
montículos donde posteriormente crecerían mis senos, cuando él los besó por
encima del vestido bajé la tela de los hombros para que descubriese y tocara con
su boca los pezoncitos que inmediatamente le brindaron generosamente su dureza
para que los lamiese mejor.
Su mano derecha atrajo mi cara para besar los labios
infantiles, y su izquierda subió de los muslos a la rajita que imploraba ya
sentir la piel masculina. Yo gemía quedamente y acompasaba con la cintura las
acometidas de sus dedos expertos.
Estaba desconocida aun para mí. Qué diferente era aquello a
los cursos de Educación Sexual que con tan poco interés tomé y penosamente
aprobé en el colegio.
El instinto llevó mis manitas hasta la entrepierna varonil y
ofrecí un suave masaje a su sexo completamente erecto.
Sentí la urgencia de estar con él en otro lugar, y una
hembrita que hablaba por mí le rogó entrecortadamente:
-¡Vamos a otra parte...!
- Sí, mi reina, vamos...
Nos compusimos tanto como se pudo, sequé mis lágrimas, esperó
a que su pene redujera las dimensiones que había alcanzado, y salimos...
Llegando al estacionamiento nos besamos ardientemente, y le
exigí:
- ¡Vámonos ya, por favor!
En el camino hacia lo que luego sería nuestro primer nido de
amor, nos detuvimos en una caseta telefónica para hablar a casa e informar que
yo estaba bien... No podía estar mejor, obviamente.
De vuelta al vehículo volví a dar frotación cariñosa al
miembro de mi amado. Bajó el zíper de su pantalón y saqué el ardiente
instrumento. No era mi primer encuentro con un órgano viril, pues antes había
visto alguna vez por accidente los de mis hermanos, pero nunca estuve como ahora
frente a uno como éste, completamente erecto, ¡y de qué manera!
Besé su glande rojo y redondo; él empujó un poco mi cabeza y
entendí el mensaje: lo metí a mi boca hasta donde pude y lo chupé como a un
biberón, sólo que éste era más grueso y caliente...
Estaba en ese deleite cuando llegamos al motel. Nos
recuperamos, bajó a la administración y le dieron la llave del cuarto, que era
una tarjeta de plástico. No había alma por los alrededores, volvió, me dio un
beso y condujo hasta la cochera privada, a oscuras, al fondo de la cual se
encontraba la puerta de la habitación.
Metió y sacó la tarjeta, abrió y entramos. ¡Aquello era la
recámara de un palacio...!
Con caricias frenéticas nos desnudamos mutuamente. El
vestidito y mis prendas íntimas quedaron en el suelo; me desprendí de los
zapatos y me paré en las puntas de mis piesecitos para alcanzar con los brazos
el cuello de mi hombre, pero tuvo que ayudarme pues mi estatura no daba para
tanto. Quedaron mis piernitas como tijeras sobre su cintura y sentí su pene bajo
mi colita. Era sencillamente delicioso.
A pesar de mi corta edad no sentí ningún temor.
Toda la atmósfera de pasión se hallaba carente de cualquier
forma de violencia, dolor, traumas, remordimientos y angustias.
Éramos un hombre y una mujer en el umbral de su destino
común, vehementes, con fiebre de celo, húmedos y ardientes.
El acto siguiente era el de la penetración, que yo esperaba
con expectación emocionada, y que mi macho realizó cuidadosamente, tanto como yo
iba pidiendo, yo abajo y frente a él, esforzándonos ambos en la deliciosa tarea
hasta que el amoroso ariete despidió a mi niñez con una imperceptible rasgadura
que sólo produjo algunas gotas de sangre, según constatamos al final del aquel
primer coito de nuestras vidas en pareja.
Era inaudito; fue entonces que en la vehemencia de la mutua
entrega pronuncié una serie de nombres que jamás imaginé proporcionar a hombre
alguno, y que di al mío en cada uno de los diversos momentos del placer:
¡Papi, amor, rey, mi bien, cariño, cielo, papacito, encanto,
chiquito, nene, querido, y hasta estrené algunas palabras que había aprendido en
mis estudios de inglés: baby, daddy, darling, sweetheart, honey y no sé cuántas
más que me dictaban mi pasión de hembra prematura.
Pronto tuve su codiciado aparato llenando todo mi conducto
vaginal, y así juntos llevamos a cabo el rito ancestral de la posesión, con
alegría, con desesperación, gemidos, quejas, besos y caricias.
Conocí el orgasmo por primera vez rodeando su poderoso pene
con mis músculos vaginales, poseyéndolo a base de contracciones espasmódicas
hasta alcanzar el cielo mientras que él permaneció quieto dentro de mí y arrojó
las descargas de su potencia en mi conducto sediento de sus jugos y hambriento
de su carne rígida y ardiente.
Recogió con su blanco pañuelo, directamente de mi vulva, el
rojo testimonio de mi desvirgación, y después de darle un beso lo guardó en su
bolsillo. Conmovida lo besé a mi vez y reiniciamos la celestial faena.
Hicimos el amor una y otra vez, hasta quedar exhaustos.
A la hora prevista sonó la alarma de su reloj, anunciando el
fin de aquella primera aurora de rendición suprema.
Aún no se habían iniciado mis periodos menstruales, de manera
que durante buen tiempo vivimos despreocupados de algún riesgo de embarazo. Ya
se tomarían precauciones oportunamente.
De regreso a casa me dictó las respuestas de la tarea de
inglés.
- Pero si lo hablas muy bien, mi amor-, me dijo, irónico.
- No te burles de mí, papito, por favor...
- Tendremos que hacer el amor con frecuencia para que lo
aprendas mejor, reinita, porque lo pronuncias de maravilla.
- Esa idea me gusta, bebé-, respondí, convencida.
Bueno, faltó cumplir en la agenda lo de comer en el
restaurante, pero eso era de menor importancia: ya nos habíamos llenado de amor.
Así comenzó mi época de iniciación sexual con el mejor
maestro, el más tierno compañero y el más seductor amante, en los años más
tiernos de mi vida.
¿Era necesario esperar más?
No lo creo...
¿Lo cree alguien?
¿ Quieres conocerme ?
soy de