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Relato: El encuentro
Golpeé dos veces con mis nudillos en la puerta hasta que la voz de Luis me permitió la entrada.
Su despacho no era demasiado grande. En el centro se ubicaba su mesa, detrás de la cual permanecía sentado con las manos entrelazadas sobre su prominente barriga. Era un señor de algo más de 50 años, unos años que habían hecho estragos en su cabellera dejando a la luz una brillante calva.
A su izquierda se encontraba un perchero exactamente igual que el mío del que pendía un largo abrigo de paño negro, a la derecha un montón de armarios llenos de libros, expedientes y papeles varios. Y al otro lado de la mesa había dos sillas, una de ellas ocupada por un joven al que no había visto nunca.
- Carla, te presento a Georgos. Estará con nosotros unos meses. Viene de la sucursal de Atenas. – dijo Luis con su voz grave.
- Encantada- dije en voz no demasiado alta alargando mi brazo para darle la mano.
- Igualmente- contestó Georgos con su notable acento griego mientras se levantaba para estrechar mi mano.
Era una mano fuerte, con los nudillos marcados, que transmitía seguridad y con la piel algo más morena que la mía. Mis ojos se clavaron en sus ojos verdes, no por mucho tiempo…no era capaz de soportar una mirada tan intensa como la suya.
Rápidamente retiré mi mano y me senté en la silla que quedaba libre.
Luis me explicó que durante esos meses Georgos estaría a mi cargo. Me explicó en que iba a consistir el trabajo, concretando bastante, mientras yo, disimuladamente miraba al hombre que tenía sentado a mi lado. Tenía más o menos mi edad, pelo oscuro, piel morena, unos poderosos ojos verdes, labios carnosos y la más perfecta de las sonrisas. Bajo su camisa se apreciaba un torso marcado, sin grandes músculos, pero sí bien definido.
Cuando Luis terminó de hablar me dirigí hacia mi despacho con aquel hombre que había despertado en mí un interés más que creciente. Una vez allí decidimos repartir los armarios equitativamente para que el pudiera guardar sus cosas.
El más mínimo roce con sus manos provocaba que toda mi piel se erizase como si me hubiesen pasado un cubito de hielo por encima. Notar su respiración cerca de mí, o percibir su olor me hacían excitar por completo.
Ese día nos pusimos algo al corriente de cuales eran nuestras formas de trabajar. Su acento colaboraba en mi excitación, y cada vez que hablaba yo notaba como mis pezones se erguían bajo mi camisa, imaginando las mas obscenas situaciones.
Cuando acabó el día nos despedimos. Cogí un taxi hasta casa, estaba demasiado cansada emocionalmente como para volver en el autobús.
Subí las escaleras de casa pesadamente hasta llegar al segundo piso. Metí la llave en la cerradura y provocó a mi parecer un gran estruendo al abrirse la puerta. Me descalcé nada mas entrar en casa, dejando los zapatos a la entrada y quitándome al mismo tiempo el abrigo. Me dirigí hacia la habitación dejándome caer en la cama de golpe y tirando el abrigo al suelo.
No podía dejar de pensar en esas manos, en esa mirada y sobretodo en esa boca. Evoqué cada roce del día, cada respiración…Mis manos automáticamente fueron hacia los botones de mi camisa, que uno a uno fueron cediendo ante sus peticiones. Elevé mi tronco para quitar la camisa por completo y desabrochar el sujetador que oprimía mi pecho. Rápidamente mis pechos cayeron ligeramente hacia los lados por la fuerza de la gravedad. No eran excesivamente grandes, tampoco pequeños. Eran firmes y coronados por dos pezones rosados que ahora mismo estaban duros.
Volví a tumbarme y a acariciarlos lentamente mientras pensaba que eran sus manos las que amasaban mis pechos, los juntaban, los separaban y atrapaban en pellizcos sus pezones. Mi respiración sonaba agitada. Mis dedos iban a mi boca y de nuevo a los pezones, lo que provocaba una mayor erección.
Poco a poco y mi mano derecha fue bajando hacia la tripa, pasó por encima de mi falda negra y llegó hasta la parte interna de mis muslos. Allí volvió a subir, esta vez por debajo de la falda, acariciando despacio la zona, mientras su compañera izquierda estiraba levemente del pezón derecho.
Cuando mi mano llegó a la zona deseada fui consciente de lo excitada que estaba: había mojado mi ropa interior por completo. Lascivamente acaricié mi sexo por encima de ella, deleitándome con aquella humedad. Poco tiempo duró esa maniobra, estaba demasiado caliente como para alargar mucho el momento, por lo que mis dedos no tardaron mucho en colarse bajo mi ropa y acariciar con insistencia mi clítoris. Notaba el flujo escurrirse entre mis dedos, el calor que despendía toda la zona y la sensación estremecedora que producían mis dedos en aquella prominencia y en la entrada de mi vagina.
Rápidamente introduje dos dedos enteros en la abertura, lo que provocó que un leve gemido saliera de mis labios. Saqué los dedos y fueron hacia mi boca. Mi lengua salió a recibirlos con gusto, saboreando aquel líquido salado que emanaba mi cuerpo.
Volví a llevar mi mano hacia aquel agujero de placer y esta vez comencé a meter los dedos, pero no lo hice hasta el fondo. La yema de mis dedos quedaba a la entrada de mi vagina, y el resto quedaba reposando sobre mi clítoris. Comencé un movimiento de vaivén que me excitaba sobremanera. Mientras imaginaba la boca de Georgos lamiéndome por completo, incluso podía sentir su lengua jugando con mi abertura. Comencé a mover los dedos de forma circular, aquello me daba un placer más intenso. Notaba mi flujo resbalar entre mis piernas. Mi mano izquierda dejó libres mis pechos y se encaminó hacia otro lugar más húmedo. Lubricando un dedo de la mano izquierda comencé a acariciar mi abertura trasera. Poco a poco la abertura fue permitiendo que el dedo entrase, lento, apretado y con algo de dificultad.
Mi respiración se volvió más agitada. Mi mano derecha comenzó a moverse más rápidamente acariciando mi clítoris y la vagina de un modo brusco, haciéndome soltar algún que otro gemido. El dedo que había conseguido introducir de mi mano izquierda comenzó a moverse en círculos dentro de mi estrecho culito. Nunca nadie había conseguido penetrarlo, y no era por falta de ganas. Deseaba que él lo hiciese como no lo había deseado nunca. Deseaba que me utilizase como quisiera. Deseaba ser su juguete sexual…
Mi mano derecha comenzó un movimiento alternante: clítoris, vagina, clítoris, vagina…Lo que no me dejaba acomodarme a un tipo de placer únicamente.
Comencé a penetrar con violencia mi culo, ahora más dilatado pero en el que a duras penas cabían dos deditos.
La velocidad con la que mi mano derecha masturbaba mi clítoris y mi vagina aumentó.
Notaba como mi sexo emanaba fluidos sin parar a la vez que todo mi cuerpo sudaba. Pronto una intensa contracción recorrió primero mi clítoris, luego mi vagina y finalmente mi culo, aprisionando aún más mis dedos. A esa primera contracción siguieron otras cuantas, a cada cual más fuerte, logrando un placer intenso que se transmitió al resto de mi cuerpo haciéndome arquear la espalda y ahogar un grito de placer.
Poco a poco saqué los dedos de aquellas húmedas zonas, llevándolos hacia mi boca mientras sonreía lujuriosamente.
Relato: El encuentro
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