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Relato: Cathy y la burundanga


 


Relato: Cathy y la burundanga

  
Desde mucho antes de llegar a la Argentina, Catherine conocía de la fama de la que con el tiempo se convertiría en su cuñada sólo por fotos de revistas deportivas, pero tratarla personalmente la impactó de tal modo que su imagen se fijó de manera indisoluble en su mente; en oposición a ella, de fino largo pelo rubio, la tenista poseía una melena casi negra de suaves ondas y su cuerpo, aun más alto y esbelto que el de ella, tenía esa solidez de las atletas que, aunque sus pechos y grupa aparecieran más pequeños por la proporción del todo, en persona transmitían una maciza morbidez que turbaba.
Nunca le habían atraído las mujeres pero tuvo que admitir que la joven ponía ideas extrañas en los pensamientos que involuntariamente la invadían en su cercanía. Por suerte, Gabriela volvió rápidamente al circuito y ella, una vez concretado su matrimonio con Osvaldo, se olvidó de la circunstancia y de esa manera trascurrió casi otro año antes del regreso de su cuñada. Nuevamente y ahora no supo ponderar si con placer o desagrado, comprobó como su presencia la inquietaba de una forma que iba más allá de la mera sensualidad; con sólo verla sus ojos se regalaban inconscientemente con la exquisita figura de la muchacha y desvistiéndola mentalmente, la imaginaba protagonizando juntas los más lujuriosos actos sexuales.
Seguramente, esos pensamientos desquiciados estaban alimentados por la conocida parquedad pública y timidez de la tenista, cuyo hermetismo la hacía entrar al plano de lo enigmático aun para quienes vivían cotidianamente con ella, ya que no se le conocían amigos, pretendientes, novios y ni siquiera despertaba esa sempiterna suspicacia hacia las deportistas con respecto al lesbianismo.

Retirada prematuramente de los courts por convicción, su cuñada fue absorbida por el mundo de la moda, las clínicas y exhibiciones que, junto a lanzamientos de perfumes, lentes y calzado con su nombre la llevaron a recorrer nuevamente el planeta, con lo que su ausencia se hizo tal vez más prolongada que antes pero en forma discontinua, lo que muchas veces la obligaba a compartir la convivencia familiar, reavivando aquellos sentimientos que, junto a una cada vez más anodina relación matrimonial, fueron transformándose en una obsesión que en conciencia rechazaba por la vileza de lo que imaginaba y al mismo tiempo profundizaba esa ficción hasta que con su imagen en mente, se descubrió en apasionada masturbación nocturna para aliviar los reclamos íntimos que se le hacían insostenibles, con la obtención de los mejores orgasmos que le provocara hombre alguno.
Atacada por alguna disfunción mental o paranoia, al poco tiempo ya no se contentó con la manipulación de su sexo como cuando era adolescente, sino que la ofuscación la hizo actuar en forma insospechada; tarde en la noche, se escurría de la cama para prender la televisión y alucinar con las imágenes de los cuatro canales condicionados en los que buscaba febrilmente escenas de lesbianismo, con las que concretaba furtivas masturbaciones que la dejaban aun más inquieta que antes.
Sin embargo, esas imágenes no sólo le permitieron aprender con todo detalle las mejores técnicas de satisfacción homosexual femenina, sino que pusieron en su mente el deseo irrefrenable de poseer y probar cuanto aparato o artilugio sexual veía y comprobando que por Internet le era posible su obtención manteniendo en reserva su identidad, progresivamente se hizo de una verdadera batería de “juguetes” que recibía en un discreto apartado postal.
Obviamente, las horas de soledad en su casa dieron ocasión para que junto a la elasticidad que su cuerpo adquiriera con la gimnasia con que se mantenía gracilmente esbelta a su edad, ensayara las acrobáticas posiciones de los videos en la probanza de aquellos adminículos sexuales que cada día le proporcionaban mayores satisfacciones, especialmente porque la receptora mental de esas”ejercitaciones” era Gabriela

Tomándose un año de descanso en sus giras, la generosidad de Gabriela, ahora más suelta y desenfadada, le hizo alquilar una chacra en José Ignacio con el único propósito de que les sirviera a las dos para descargar tensiones sin la compañía de ningún otro familiar.
Posiblemente por su cercanía con los cuarenta años, hacía meses que Cathy se había sincerado consigo misma y con sus juegos secretos, aceptando estar obsesionada por poseer sexualmente a esa mujer que, ya no más niña, la desconcertaba por la ambigüedad de todos sus actos pero, el hecho de tener que convivir solas cotidianamente fue la condensación del martirio, ya que en esa complicidad femenina que da la soledad, Gaby no sólo le demostró un desparpajo a veces grosero en las conversaciones más íntimas sino que se permitía deambular por la casa en mínima ropa interior y en más de una ocasión salir del baño totalmente desnuda sin vergüenza alguna.
Oscurecida por el más perverso y oscuro deseo, Cathy se devanaba los sesos en imaginar de qué manera sostener sexo con su cuñada sin que eso generara un rechazo que redundaría inevitablemente en un escándalo no sólo familiar sino público también.
Y nuevamente, la Internet acudió en su ayuda; buscando en la laptop drogas con las cuales pudiera dominar o anestesiar a Gaby, fue desechando por obvias a la mayoría, incluida la novísima GHB que sólo se conseguía en boliches, quedándole solamente el Rohypnol como la famosa droga de la violación y también la dejó de lado por ser obligatoria una receta triplicada y porque no había dosis probada para que sus efectos hipnóticos provocaran la amnesia total sin que su exceso provocara daños irreversibles al cerebro.
Finalmente y de entera casualidad, descubrió que un sitio vendía escopolamina, una droga que no sólo era hipnótica sino que alteraba los niveles cerebrales, manteniendo a la víctima en estado de conciencia y obediente a ordenes pero con libertad absoluta de movimientos y, lo más importante, no provocaba olvido de lo sucedido sino que directamente el cerebro dejaba de actuar en ese lapso, no generando qué recordar; tras seis horas, al diluirse el efecto, no existía en la memoria y la persona actuaba con total normalidad.
Como si fuera una ironía del destino, esa droga se extraía de lo que en Colombia se conocía como la Burundanga, una hierba con la que los médicos brujos de las antiguas tribus sometían a las “vestales” a quienes y que ella conocía desde muy chica por esas conversaciones secretas que mantenían las mujeres mayores de la casa.
Más pronto que ligero suscribió un pedido y a los dos días recibía el paquete en la oficina Werstern Union de Punta del Este. Leyendo ávidamente las instrucciones de uso, supo que sólo una cucharadita del blanco polvo disuelto en cualquier líquido, ya que era insípido, aseguraba no menos de seis horas y que la dosis podía repetirse indefinidamente tras seis horas de pausa sin que la “paciente” sufriera daño alguno ni recordara jamás lo que hubiera hecho.
Pidiéndole a Gaby que fuera a retirar unas compras que ella hiciera por la mañana, buscó un necesaire que debería contener cosméticos y maquillaje pero que servía para disimular los “juguetes” entre el equipaje, dejándolo cerca del sillón y cuando la tenista volvió trayendo sus encargos, la recibió con un trago refrescante.
Temblorosa por la tensión, la angustia y un miedo íntimo por lo que se proponía hacer, cuidando de no excederse, volcó una cucharadita del polvo y vio emocionada como este se disolvía inmediatamente sin dejar sedimento. Contenta con ese resultado, volvió al living cuando Gaby, que había ido a cambiarse, regresaba vistiendo solamente corpiño y bombacha.
Mientras la distraía con esa cháchara verborrágica de los caribeños que la hiciera famosa en la televisión, preguntándose cuanto tiempo debería dejar transcurrir para iniciar el approach, le pidió a su cuñada que le hiciera una trenza con el largo cabello para estar más cómoda. Diligentemente, la muchacha dividió en tres a lacia cabellera rubia para hacer hábilmente una gruesa trenza que colgó por el centro hasta debajo de los omóplatos y luego, seguramente sin proponérselo, Gaby le pidió que le hiciera lo mismo.
Haciéndola ladear en el sillón, se arrodilló detrás de ella sobre los almohadones para hacer una limpia trenza con el renegrido pelo; ya el aroma a salvajina que exudaba el cuerpo cubierto de una fina capa de transpiración invadía sus fosas nasales y, sin poder contenerse por más tiempo, tomándola por los hombros, bajó la cabeza para posar sus labios en la delicada nuca expuesta.
Temblando ante su reacción, notó como aquella enderezaba el torso, arqueando su delgada cintura mientras dejaba escapar un ronco suspiro. Envalentonada, y sin dejar de sostenerla por los hombros, bajó con lentos besos a lo largo de las vértebras, escuchando como Gaby ahondaba los suspiros y sus manos subían para acariciarle los dedos.
Soltando el broche del corpiño, dejó que su boca volviera a buscar contacto con la piel y desprendiendo las manos de los hombros, las llevó hacia adelante a palpar la fuerte contextura de los senos.
El roce de los dedos pareció actuar mágicamente en su cuñada quien, revolviéndose con suave pasividad en el asiento, se torció para que ella pudiera tomar contacto en los pechos con su boca y cuando la lengua tremolante se agitó contra las amplias aureolas amarronadas y los largos pezones ennegrecidos, como si practicaran una coreografía largamente ensayada, Gaby se reclinó sobre el respaldo para quedar enfrentadas y mirándose con gula a los ojos, aproximaron sus caras hasta que las bocas se unieron en un largo, suave y sediento beso.
El tiempo pareció detenerse y ya no hubo apresuramientos; dúctilmente maleables, los labios apenas se rozaron en un moroso juego en el que se adelantaban succionantes para inmediatamente correrse a otro rincón en el que reiniciaban el retozo en medio de un silencio sepulcral, sólo roto por los tenues jadeos que escapaban de sus gargantas.
Remisas, casi tímidamente, las puntas de las lenguas salieron timoratas para mojar el interior de los labios de la otra y finalmente enfrentarse en leves contactos que sacudían a las mujeres. Ya el primer beso se concretó y esos labios admirados por su morbidez, se ensamblaron como un mecanismo perfectamente calculado, dando comienzo a chupones que en la medida que se profundizaban, ellas reforzaban asiéndose por las nucas para mantener la apasionada succión.
No hizo falta más; los labios de Cathy fueron deslizándose a lo largo del cuello hasta arribar a la planicie que antecede a los senos. La fácil concreción de su sueño la anonadaba, no pudiendo dar crédito a que una simple dosis de la droga predispusiera a Gaby a sostener una relación que, conscientemente, seguramente rechazaría con ofendida vehemencia.
Como para asegurarse de la eficiencia de la droga y en tanto sobaba suavemente los recios pechos, no cesaba de preguntarle a su cuñada si le gustaba lo que estaban haciendo y si verdaderamente deseaba que ella la hiciera suya con todas las implicancias que eso conllevaba. Para su contento, con absoluta lucidez y murmurándole agradecimientos con su queda voz enronquecida, escuchó que Gaby le confesaba como aquello exacerbara sus deseos desde los catorce años, atormentada por la exhibición física sin inhibiciones de los vestuarios y la comprobación desembozada del lesbianismo de compañeras, rivales y entrenadoras, hasta que el deseo la obligó a sucumbir.
Macizos y erguidos como si pertenecieran a una jovencita, formando una comba perfecta en su base, los senos exhibían en la parte superior un gelatinoso temblor que acentuaba su belleza y las aureolas, de un subido marrón casi violáceo, ostentaban una corona de gránulos y en su centro cobraban protagonismo los pezones, largos, gruesos, con una superficie corrugada y negruzca.
A pesar de sus propias experiencias sexuales y de lo observado en los videos, no sabía cómo y qué cosas hacer a otra mujer, pero, proyectando lo que a ella le gustaba que le practicaran, probó con la lengua la consistencia del fino sarpullido ruboroso que cubría el pecho confirmando la excitación de la muchacha e impelida por su propio deseo, caracoleó hasta arribar a la mórbida ladera.
Con lerdo y leve tremolar, descendió hasta la pesada comba para hundirse por debajo hasta la arruga que formaba contra las costillas y allí sorber la tibieza del sudor acumulado. Los labios colaboraron ejecutando pequeños chupones que dejaban rojizos círculos en la delicada piel y de ese modo fue subiendo en espiral por todo el seno, levantando gemidos en Gaby que con sus largos dedos acariciaba nerviosamente su cabello, presionando la cabeza como pidiéndole la consumación de lo que las dos anhelaban, mientras agitaba la pelvis remedando una ambicionada cópula.
Lo visceral superaba lo racional y en tanto envolvía entre sus manos los globosos pechos para sobarlos tiernamente, llevó la lengua a fustigar las excrecencias sebáceas. Trémula de deseo, sumida en profundos y repetidos gemidos jadeantes, Gaby hacia que sus dedos buscaran inquietos su espalda y la acariciara con frenético ardor. Como energizada por esta actitud, Cathy abrió su boca y se enfrascó en un duro sometimiento al seno, provocando que la muchacha se agitara convulsionada, abriendo desmesuradamente las largas piernas que, encogidas, se agitaban espasmódicamente como las alas de una mariposa.
La boca golosa se escurrió por el conmovido vientre, lamiendo y sorbiendo los sudores que se acumulaban en cada oquedad y, cuando la virtuosamente inquieta lengua tomó contacto con el vello del pubis, prolijamente recortado y cavado, la colombiana se arrodilló para colocarse entre sus piernas.

Aunque lo hubiera visto cientos de veces en los videos, incluso deteniendo la imagen para admirar detalles, nunca había accedido a otro sexo femenino que no fuera el suyo, al cual sí conocía con pelos y señales ya que su lascivia la llevaba a mirarlo reflejado en espejos que sostenía con una mano, cuando se penetraba con alguno de aquellos prodigiosos “juguetes”.
En el caso de Gaby y cómo debía de suceder con la mayoría de las mujeres, la zona venérea difería totalmente con la suya desde el mismo entorno; verlo tan cerca la fascinó, ya que el huesudo Monte de Venus que cubría el velo piloso, se hundía para dar lugar al nacimiento de una abultada vulva en cuyo vértice sobresalía el arrugado bonete epidérmico de un clítoris que resultaba incongruente por su tamaño.
Admirada por estar racionalizando tanto algo que debía serle impulsivamente instintivo, aspiró con fruición las vaharadas que brotaban del hueco y entonces sí, coincidiendo con Gaby, la que parecía aun más excitada que ella, en un angurriento jugueteo de labios y lengua, abrevó en el suave vello hasta arribar a la fofa carnosidad que rodeaba al arrugado capuchón.
Ella conocía el gusto agridulce de sus fluidos por haberlos enjugado en una felación a su marido después de acabar sobre la verga, pero sentir directamente el sabor inigualable de los tibios y fragantes de Gaby, la enajenó, dejando que la lengua tremolante se adentrara en la raja para buscar los frunces de los labios menores
Instintivamente a punta de la lengua se afiló y curvándose, accedió a la raja cerrada de la vulva a través del sendero que le marcaban índice y mayor apartando los labios, y, azotándola con dulce fortaleza, consiguió que se distendieran cediendo a su presión.
El sabor ácido y picante la enardeció; dejando que la lengua flameante se introdujera entre los pliegues, no se detuvo hasta llegar al óvalo que albergaba a la vagina, el diminuto orificio de la uretra y en su parte superior, el capuchón de pliegues protectores del clítoris. En un lento ir y venir, saboreó las gustosas mucosas, haciendo que los dedos sostuvieran abiertas las dos aletas fuertemente rosadas de los labios menores y la lengua escarbó con tremolante suavidad la uretra, poniendo con ese mínimo contacto una dimensión distinta del placer en Cathy. Luego bajó hasta las crestas carnosas que coronaban la vagina y allí se entretuvo excitándolas y sorbiendo los jugos internos que rezumaban naturalmente del interior.
Haciendo que los labios chupetearan como si mamara, se extasió en la tarea que fue incrementando su excitación y subiendo en forma similar por los fruncidos tejidos de los labios menores, seducida por su suavidad y maleabilidad, alternativamente los introdujo a la boca y macerándolos con los labios, los prensaba con la lengua movediza contra el paladar y los dientes.
Gaby soportaba el tierno agasajo de su cuñada con la inmensidad de un placer inefable que la enajenaba, atenta sólo a disfrutar de ese goce inigualable. Con las manos aferradas a sus propios pechos, hacía ondular su cuerpo de forma totalmente involuntaria, facilitando el flagelo de la boca de Cathy al sexo. La lengua ahora se había instalado sobre el tubito de carne, vapuleándolo con ese gancho carneo y provocando que paulatinamente aumentara de volumen para que la blanquecina cabeza del glande que albergaba se dejara apenas adivinar. Entonces fueron los labios los que lo apresaron entre ellos, sometiéndolo a una succión tremenda a la que se fueron agregando el raer de los dientes y la refrescante caricia de la lengua.

La tenista dejaba aflorar todos aquellos deseos reprimidos desde que abandonara el circuito y sintiendo como la boca y dedos de su cuñada la hacían comprobar que el sexo oral hecho por una mujer era lo mejor del mundo, la incitó con su pequeña voz enronquecida para que profundizara aun más sus exploraciones en tanto arqueaba el cuello tensado para apoyar la cabeza contra el respaldar del sillón.
Aparte de no ser virgen en lo absoluto, tampoco era una lesbiana asumida y en esos años había transitado todos los vericuetos por los que sus ocasionales amantes masculinos quisieron conducirla, pero siempre le había quedado un regusto amargo de no estar haciendo lo correcto, como si todo aquello fuera sucio, impuro e insatisfactorio, no sabiendo si sus eyaculaciones eran verdaderos orgasmos o sólo una simple evacuación de mucosas uterinas, pero ahora, la consistencia o la dulzura de la boca de Cathy, tan sólo en ese inicio, le procuraban un placer que hacía tiempo no experimentaba.
La voluptuosa colombiana se dio cuenta de que no sólo el poder hipnótico de la burundanga afloraba impetuoso en la muchacha y decidió darle un punto final a lo que sólo era una muestra ligera de lo que se proponía; apresando al que ya era un firme y erecto pene femenino entre pulgar e índice, fue sometiéndolo a una rotación, un retorcimiento que se incrementaría de acuerdo a las circunstancias, en tanto el índice y mayor de la otra mano, escarceaba en la entrada a la vagina para luego ir introduciéndose hasta que los nudillos le impidieron ir más allá.
Por sus largas e intensas masturbaciones, conocía largamente el interior de una vagina, pero no supuso que la de su cuñada le resultara tan diferente; en primer lugar, la piel era extremadamente suave y transmitía un calor que ella nunca experimentara, pero lo más extraordinario era su estrechez, ya que la fuerte musculatura se comprimía como si quisiera impedirle el paso. No parecía vaginitis pero sí ese miedo atávico a la penetración que tienen ciertas mujeres y al cual no manejan concientemente, puesto que la mórbida piel presionaba contra los dedos en un pulsar aleatorio que en vez de temor parecía un desafío, cosa que vio confirmada por los balbucientes reclamos de Gaby para que la penetrara totalmente y la hiciera acabar.
Encorvando los dedos, fue rascando levemente y a ese conjuro los músculos fueron distendiéndose para que ella comenzara la búsqueda de esa callosidad que debía de existir en la parte anterior. La encontró cercana a la entrada y lo que abultaba como una almendra, al sólo roce de las yemas hizo estremecer a Gaby quien respondió con un apagado murmullo mimoso y entonces, poniendo en sus dedos una emoción visceral que iba más allá de lo racional, inició un frotar al Punto G que alternó con delicados empellones por los que sus largos dedos rozaban el fondo de la vagina.
El meneo de la pelvis de la joven le indicaba que estaba en el camino correcto y sacando los dedos para sorber las mucosas vaginales que le supieron a gloria, unió a ellos el anular para, con esa cuña, someter a Gaby a una cópula que arrancó en ella ayes y gemidos complacidos al tiempo que le anunciaba la proximidad de su orgasmo.
Eso la impulsó a poner todo de sí y en tanto incrementaba el retorcer de los dedos al clítoris, encerró entre sus labios los colgajos de los labios menores para introducirlos a la boca y martirizarlos en fuertes maceraciones que llegaban casi a la masticación, mientras sus dedos se convertían en un émbolo que entraba y salía del sexo con sonidos chasqueantes al estrellarse sus nudillos contra las carnes.
Gaby ya no gemía sino que roncaba y bramaba al tiempo que la alentaba a hacerla acabar y de pronto, como si se rompiera un cántaro, mientras la muchacha rugía de placer, entre sus dedos escurrió la caldosa expulsión uterina en medio de espasmódicos corcoveos tras los cuales su cuñada se envaró para luego desplomarse relajada en el asiento.

Temblando toda ella por la excitación que llevara a su cuerpo el sentir tan profundamente el orgasmo de la otra muchacha y en tanto miraba con gula el cuerpo exánime, se quitó la camiseta y el breve pantaloncito para dejar al descubierto la exuberancia de esas formas que cautivaran a sus públicos.
Extrayendo del maletín un consolador que imitaba en todo a un pene verdadero pero exagerando sus anfractuosidades, venas y excrecencias, hizo tender a Gaby a lo largo del sillón, alzándole una de sus largas piernas para dejarla reclinada contra el respaldo en tanto que la otra quedó apoyada en el piso.
Ahorcajándose invertida sobre ella, afirmó una rodilla junto a la cabeza de Gaby y sosteniéndose en el pie afirmado en la alfombra, dejó que sus grandes senos colgantes rozaran el vientre de la joven que aun se sacudía en espasmódicas contracciones e inclinándose, colocó la pierna encogida de esta bajo su axila para, hundiendo la cabeza en la magnífica entrepierna, hostigar al sexo con labios y lengua en una prolija limpieza de la saliva y humores que lo cubrían.
Ella no discernía si la reacción de Gaby era consecuencia de la droga o era que dejaba aflorar su verdadera personalidad, emociones y sensaciones, porque, lo cierto era que la joven había contribuido a ese ensamble, estirando los brazos y atrayendo su grupa hasta que el sexo encontró la amorosa atención de su boca.
En tanto disfrutaba de los lengüetazos y pequeños besos con que su cuñada se deleitaba en el sexo, tomó al consolador y después de lubricar con abundante saliva la parte inferior de la vulva, apoyó la ovalada cabeza para ir, muy despacio, introduciéndola a la vagina. La involuntaria respuesta fue una leve tensión muscular y un movimiento instintivo de cópula, en tanto sentía como Gaby se prendía a sus nalgas para acentuar la presión de sus chupeteos al sexo.
Aunque nunca se preocupara por averiguar si los soterrados rumores sobre la bisexualidad de su cuñada eran justificados, la habilidad con que la muchacha movía labios y lengua en los lugares adecuados, solazándose tanto con el clítoris como macerando placenteramente los colgajos de los labios menores o incursionando con la aguda punta de la lengua en la vagina, la hacían presumir que en esas largas giras internacionales desde los catorce años dentro de un mundo exclusivamente femenino donde la practica del deporte exigía que pusieran de sí esa parte de masculinidad que subyace en toda mujer y que los complementos hormonales sacaban a la luz, sumados a esa casi esclavitud de viajes y horarios que le impedía ni siquiera conocer las ciudades que visitaba, más la soledad en que debía enfrentar los naturales reclamos de la naturaleza, la habían convertido en presa fácil para otras mujeres que, sin ser lesbianas de hecho, gustaban satisfacerse satisfaciendo a las cuasi vírgenes profesionales del tenis.
Lo cierto que ahora, a los treinta y seis años y diez de retirarse, Gabriela mantenía el mismo físico de antes y su rostro, sin la sombra de una arruga, se veía más hermoso que antes. De la misma manera, parecía haber recuperado o dejado aflorar - seguramente a causa de la escopolamina -todo el bagaje de virtudes acumulado en esos años y que ahora volcaba en su sexo.
Apoderándose del alzado clítoris, lo introdujo a la boca al tiempo que lo succionaba apretadamente entre los labios, la lengua restregó contra el paladar y los dientes la punta del pene femenino y, despaciosamente, por conocer personalmente el calibre del falo artificial, fue penetrando sin pausa la vagina que, instintivamente, se cerró para ofrecerle una natural resistencia pero al paso arrollador de la verga, fue distendiéndose para abrazarla en un ceñido movimiento de sístole-diástole.
Cuando todo el falo estuvo dentro y tomando la entrada como eje, fue moviendo en círculos al consolador, no dejando lugar de la vagina sin rozar y cuando su cuñada farfulló cuanto placer le estaba dando, inició una verdadera cópula; acomodando el otro brazo por debajo de las nalgas, llevó la mano a la hendidura para buscar al tanteo la depresión del ano ya humedecido por el pastiche que se deslizaba desde el sexo para estimularlo con pícara delicadeza y ese hurgar pareció enajenar a la tenista que, furiosamente incrementó la profundidad de sus ataques bucales, a lo que ella respondió con un cadencioso vaivén por el que la verga penetraba hasta chocar con el fondo y entonces la extraía lentamente para volver a recomenzar.
Tal vez fuera por el grosor o las asperezas de su superficie, pero el coito parecía enloquecer a su cuñada quien, soltándose de ella, se dejó caer de espaldas y mientras vociferaba roncamente que así le gustaba ser poseída, sacudía la pelvis como buscando ir al encuentro del falo.
Entonces, Cathy decidió dar final a aquella etapa y en tanto se prodigaba con la boca en todo el sexo, imprimió a la mano un ritmo vertiginoso al tiempo que aquel dedo exploratorio se hundía inmisericorde en el ano. La respuesta de Gaby fue asombrosa, ya que, alzando el torso, se abrazó estrechamente a sus muslos mientras la boca, inmensamente abierta como la de una boa, se abatía sobre el sexo todo para retomar con fiereza el chupeteo a las carnes al que añadió un incruento pero delicioso raer de los dientes y, complementando lo que ella hacía, hundió su largo dedo pulgar en el ano de Cathy.
El espectáculo de las dos maravillosas hembras era hermosísimo; los cuerpos sudorosos, largos y de formas perfectas, se sacudían, se estrechaban y se separaban como un imbricado mecanismo que acompañaba una sinfonía de lamentos, ayes, suspiros y bramidos que, en la medida que el coito las aproximaba a sus orgasmos, cobraba mayor volumen.
Ciertamente, Cathy sentía crecer en ella la necesidad de tener por lo menos una eyaculación y previendo que a su cuñada debería estar pasándole lo mismo, suplicándole a aquella que la penetrara por el sexo con sus dedos, extrajo el consolador de la vagina para, chorreante aun de mucosas, apoyarlo en el ano dilatado por el dedo e irlo enterrando cuidadosamente en el recto.
Los bramidos de Gaby expresaron tanto el sufrimiento como el goce que la sodomía le proporcionaba y exteriorizándolo físicamente con sus manos, enterró tres dedos ahusados de una en la vagina en tanto índice y mayor de la otra reemplazaron deliciosamente al pulgar, a lo que la colombiana respondió introduciendo dos dedos a la vagina saturada de jugos y rebuscó en ella hasta ubicar prontamente el Punto G que había dilatado el roce de la verga, para restregarlo con tal dureza que, a poco, y al conjuro de los reclamos de su cuñada para que la condujera hacía el alivio definitivo del orgasmo, sintió el advenimiento de esa “pequeña muerte” y revolviéndose con furia sobre los tiernos tejidos de la vulva, expulsó la riada de sus jugos internos al tiempo que recibía en dedos y boca los sabrosísimos de Gaby.

Aun invertidas, permanecieron derrumbadas sobre el amplio sillón mientras recuperaban el aliento, sumidas ese torpor en que sumerge la intensidad de un verdadero orgasmo hasta que, sorprendentemente para Cathy, quien creía que la droga sólo hacía obedecer ordenes, percibió a través de los párpados entrecerrados como Gaby se incorporaba y rebuscando en aquel maletín de “sorpresas”, elegía y se colocaba un arnés cuyas finas cintas sostenían una copilla semi rígida de la cual sobresalía una formidable imitación a un pene y que otorgó a la atlética figura de la tenista una pasmosa masculinidad.
Arrodillándose en la alfombra junto a ella, acercó su rostro al de la colombiana y rodeando su cabeza con las manos, fue depositando delicados y jugosos besos por toda la cara hasta recalar en los labios generosos que, dejando escapar la vaharada ardiente de su aliento, esperaban ansiosos el contacto.
Deslizándose de una comisura a la otra, el interior húmedo de los labios fue hidratando la sequedad de los suyos, hasta que la punta de la lengua, ágilmente vibrátil, se aventuró entre ellos para rebuscar en las encías con provocativa insistencia.
Instintivamente imposibilitada de negarse al convite, la suya salió al encuentro de la invasora para que ambas se trabaran en una exquisita contienda en la que eran simultáneamente atacante y agredida. Las salivas escurrían a lo largo de los órganos llenando sus bocas y al intento de deglutirlas, los labios se unieron en apretados chupones que fueron convirtiéndose en besos, tan dulces como fogosos.
Respirando afanosamente por las narices, se enzarzaron en una seguidilla de besos y lambidas, hasta que la muchacha fue dejando la boca para deslizarse a lo largo del cuello hasta la meseta que precede a los senos. Allí y en tanto sobaba tiernamente los largos pechos que pendían gelatinosos, alternó el moroso recorrido de la lengua con pequeñas pero fuertes succiones que dejaron en la piel redondos cardenales y arribada a las suaves laderas de los senos, las escalaron con igual denuedo y ternura que fue cobrando intensidad conforme se aproximaba a la aureola.
Sensitiva, la punta exploró la superficie rosadamente amarronada y comprobando la contundencia de las glándulas sebáceas que en forma de gránulos coronaban su contorno, fueron entonces los labios quienes abrevaron sobre ellos, conocedores de que, siendo terminales sensibles de la pituitaria, actuarían eficazmente en la excitación de su cuñada.
Cathy agradecía a Dios por la existencia de la burundanga que había dejado aflorar la verdadera definición sexual de Gabriela y que le permitiría a ella aprovechar todo el bagaje de conocimientos lésbicos que parecía tener la tenista, la que ahora se había acaballado sobre su pelvis y, dejando a las manos la tarea de sobar y estrujar los senos hasta con dolorosa insistencia, hizo que la boca revoloteara del uno al otro, realizando estragos en las aureolas para, finalmente, fijar su atención en los largos y gruesos pezones, a los que lamió y chupo con fortaleza, incluyendo en ciertos momentos el raer incruento de los dientes.
Observando los sobresaltados espasmos del vientre de la colombiana, Gaby reemplazó la boca por el rudo retorcer de índice y pulgar a los pezones, dejándose deslizar por aquel surco que, en medio del musculoso abdomen de su cuñada, conducía inexorablemente hacia el ombligo; el hueco dilatado y profundo, contenía un diminuto lago de sudor que cubría el nudo del fondo y, angurrienta, la lengua trepidó para sorberlo en tanto los labios se cerraban sobre el cráter en ceñido chupón y escuchando los jadeos de Cathy quien sacudía el vientre espasmódicamente, rodeando los pezones con los índice encorvados, clavó en ellos las filosas uñas de sus pulgares.
Cathy no daba crédito de a que dimensiones del placer la conducía la soterrada experiencia casi perversa de la muchacha y en tanto se aferraba convulsivamente al tapizado como queriéndolo rasgar con los dedos, le rogaba a aquella que la hiciera vivir una verdadera relación homosexual, conduciéndola por senderos a los que no hubiera llegado a transitar jamás en su vida.
Incentivada tal vez por su propia excitación o porque realmente la droga le hacía obedecer ciegamente las ordenes, la tenista abandonó el ombligo para escurrir por el tobogán que le proponía el bajo vientre y arribada a la sima en la que se alzaba un regordete Monte de Venus, totalmente depilado, se extasió en recorrerlo con aviesa lentitud para, desde su roma cumbre, descender a la búsqueda de la raja de la vulva, de cuyo vértice sobresalía la arrugada capucha del clítoris.
Empalándolo con la punta de la lengua, lo extrajo de su refugio para envolverlo entre los labios y con una serie de profundos chupones, conseguir su erección. Abriendo con los índices los ennegrecidos labios mayores, rebuscó por debajo de la capucha carnea hasta dejar al descubierto la débil membrana que dejaba traslucir la punta ovalada del pene femenino, al que fustigó duramente pero el nivel de los ayes complacidos de su cuñada debieron incitarla y haciendo que los pulgares colaboraran en la dilatación de los labios, los distendió como una flor.
Los baqueteados tejidos de la vulva de aquella mujer cuya figura esplendorosa desdecía los casi cuarenta años que tenía, evidenciaban la calidad y cantidad de sexo a que los sometiera y los labios menores que formaban la cobertura del clítoris, se abrían en una serie de delicados frunces que, en la medida que descendían, cobraban mayor carnosidad hasta llegar a dos grandes lóbulos que colgaban como las barbas de un viejo gallo, tapando la entrada a la vagina que era en sí misma un espectáculo; infinidad de finísimos tejidos la circundaban formando una especie de tubo carneo, como indicando la predisposición de aquel ámbito a ser penetrado.
Si bien antes Gabriela había visto la vulva de su cuñada, la precipitación de los acontecimientos y la obnubilación que le producía aquella, le impidieron detenerse a contemplar en detalle al sexo que lamía y chupaba ciegamente. Parecía como si la exuberancia caribeña de las selvas colombianas se hubiera volcado en aquel sexo y, fascinada por tal maravilla, examinó minuciosa cada una de sus partes; el óvalo del fondo, nacarado e iridiscente, tenía la real apariencia de aquel crustáceo como al que se lo denomina vulgarmente en la Argentina.
Grande como no viera ninguno en sus casi veinte años de lesbianismo, era cuna de una uretra también singular ya que, dilatada y casi en el centro, mostraba a su alrededor un círculo carneo semejante a un diminuto volcán. Rodeándolo como los muros de una fortaleza, se alzaba la masa de los labios menores que, desde un pálido rosado en su nacimiento, enrojecían hacia los bordes para mezclarse en estos con un subido violáceo que devenía en negruzco en los retorcidos filos.
Primero fue la lengua que con su punta afilada relevó despaciosamente aquella geografía fantástica y cuando hubo reconocido el terreno, degustando con fruición cada uno de sus particulares sabores, estimuló la uretra, sintiendo estremecerse a Cathy y sabedora de que aquel orificio por el normalmente se cree que sólo sirve para orinar, convenientemente hurgado es difusor de placeres tan hondos como otras partes del sexo, acompañó el tremolar con los labios en apretadas succiones que llevaron a sus papilas el agridulce de la orina.
Encerrando entre los labios la masa maleable de los tejidos en una morosa masticación por la que los recorría de arriba abajo, encerró entre pulgar e índice al alzado clítoris para restregarlo reciamente y llevó la boca a la entrada de la vagina para que la lengua tremolara contra los elásticos tejidos del curioso tubo y conseguido el objetivo de enjugar los gustosos jugos que los cubrían, subyugada por las flatulencias que exhalaba el interior, afinó la lengua para que penetrara el él, deleitándose con la sabrosa abundancia de las espesas mucosas que lo cubrían, aplicando la boca toda como una ventosa y sorbiendo los fluidos como si mamara.
Cathy estaba deslumbrada por lo que Gaby ejecutaba en su sexo y los ayes y gemidos se convirtieron en verdaderos bramidos en los que le expresaba insistentemente su asentimiento al tiempo que su cuerpo se agitaba convulsivamente y entonces fue que su cuñada se irguió y levantándole las piernas para que las sostuviera encogidas, embocó al falo contra el agujero y empujó, pero no lo hizo violentamente sino que dejó que por el solo impulso de su peso, la verga fuera penetrando la vagina.
Una sonrisa de deslumbrante dicha iluminaba el rostro de la caribeña y en tanto cooperaba encogiendo las piernas hasta que las rodillas quedaron junto a sus hombros, le suplicaba con groseras palabras que la poseyera como a la buena perra que era.
Tan resplandeciente como ella y en tanto proclamaba con palabras aun más soeces que se preparara para ser sometida como nunca lo fuera, Gaby se inclinó para hacer que la verga la penetrara hasta más allá del estrecho cuello uterino; verdaderamente, Cathy jamás había sentido algo así ocupando el canal vaginal y cuando la joven fue retirando suavemente al consolador, creyó enloquecer en una mezcla de sufrimiento con goce, donde lo sublime y lo espantoso se fundían.
Sin haberlo probado en sí misma, ignorada que una de las virtudes del falo artificial era la de estar recubierto por una capa de finísimas y milimétricas escamas que, al ser extraído, se abrían para torturar deliciosamente las carnes. Por supuesto que Gaby también lo desconocía y suponiendo que ella era la causante del furioso goce de su cuñada, imprimió mayor brío aun a la penetración para obtener como respuesta que aquella soltara las piernas y envolviéndolas alrededor de su cintura, presionara con los talones para acompasarse a la cadencia del coito.
Bramando y roncando como dos bestias salvajes y en tanto sometían recíprocamente sus senos a recios apretujones, se hamacaron así por unos minutos hasta que la colombiana bajó las piernas y sin dejar que el miembro saliera del sexo, se irguió para hacer valer su corpulencia, empujando a Gaby contra los almohadones.
Comprendiendo lo que quería su cuñada, esta acomodó las piernas y entonces aquella, con las rodillas presionando los costados del tórax, inició un movimiento de sube y baja por el que toda la imponente extensión del falo penetraba al sexo. Poco a poco fue modificando los movimientos, combinándolos con un brioso adelante y atrás para finalmente añadir la rotación de las caderas en un lascivo baile oriental.
A Gabriela la fascinaba la lubricidad de su cuñada, quien, con los ojos cerrados y los dientes mordisqueando al labio inferior, realizaba una fantástica jineteada al falo en un galope que progresivamente incrementaba su intensidad y en tanto una mano estrujaba rudamente uno de los senos levitantes, la otra se dirigió a la entrepierna para restregar furiosamente al clítoris.
La transpiración barnizaba el generoso cuerpo tostado por el sol y las palabras de aliento con que la tenista la incitaba a seguir parecieron cumplir su cometido; saliendo del falo, modificó la posición de las piernas y así, acuclillada, hizo descender el cuerpo mientras con una mano guiaba la imponente verga hacia el ano y, entonces, con los ojos abiertos dilatados como por un espanto, fue bajando en una auto sodomía que le hizo proferir sufrientes gemidos entremezclados con confusas palabras de lujurioso placer.
Cuando todo el falo hubo desparecido en el recto, esperando con angustia la acción de las escamillas, flexionó las piernas e inmediatamente las maldiciones acudieron a su boca junto a sordos bramidos que sacudieron su pecho. Sin embargo y tras detenerse por unos instantes para contarle con la voz quebrada por la emoción cuanto goce llevaba a su cuerpo y mente el tránsito depredador de la verga, inició una cabalgata de lento galope que terminó por enardecer a Gaby, quien, tan caliente como la colombiana, escapó juguetonamente de debajo suyo para luego empujarla sobre el asiento y acomodándola para que quedara arrodillada con la grupa apuntando hacia fuera, la asió férreamente por las caderas para volver a penetrarla por el sexo.
La tenista parecía haber asumido la masculinidad del acto y salvo los erguidos pechos, todo en ella, la musculatura de sus piernas, lo nervudo de los brazos o la anchura de sus hombros, como sucede con los físico culturistas con la práctica, había acrecentado su volumen para otorgarle el aspecto de un joven fauno o una mitológica amazona; parada y abierta de piernas, las flexionó para acomodar su altura a la de las nalgas poderosas que lentamente, fue penetrando con el consolador hasta que la copilla plástica se estrelló contra la carnes.
Cathy estaba deliciosamente sorprendida por el protagonismo que había cobrado su cuñada y complacida por lo que esta realizaba en su vagina, elevó aun más la grupa al tiempo que le suplicaba que la cogiera bien cogida y se auto complacía excitando al clítoris con dos dedos.
Era soberbio tan siquiera imaginarlas; dos magníficas esculturas femeninas, dejaban en evidencia las contradicciones estéticas que las diferenciaban y como la esplendorosa abundancia de la bella rubia era sometida virilmente por la hermosamente estilizada figura de la morocha.
Formando un arco perfecto, Gaby se hamacaba para penetrar reciamente al sexo de su cuñada y cuando esta la instó a no detenerse hasta haberla hecho acabar, con diabólica sonrisa oscureciendo el agraciado rostro, retiró la verga del sexo para introducirla vigorosamente en el ano.
A pesar de que los esfínteres y la tripa ya estaban dilatados por la anterior sodomización, en esa posición o porque transmitiera toda la vehemente incontinencia de la muchacha, la penetración volvía a hacérsele insoportablemente dolorosa a la caribeña y cuando Gaby inició sin más una serie de rápidos y cortos vaivenes, los bramidos devinieron en verdaderos aullidos en los que expresaba jadeante tanto su dolor como su goce.
Juntas, encontraron un ritmo, una cadencia que las subyugó y en ella se perdieron por algunos minutos, tras los cuales, Gaby sacó al consolador de la tripa para hundirlo nuevamente en la vagina e inclinándose a recoger aquel consolador de mano con que la penetrara su cuñada, lo enterró en el ano que aun latía en obscenos besos.
Cathy no podía dar crédito a experimentar aquello que soñara por años y que a esa doble penetración la sometiera su angelical cuñada; ya el dolor la había superado y toda la sensibilidad física que despertara era ocupada totalmente por un goce inefable que parecía elevarla a otra dimensión y en tanto colaboraba con Gaby acompasando el movimiento del cuerpo a la cópula-sodomía, anunció el advenimiento de un orgasmo que su larga contención prometía hacer fantásticamente placentero al tiempo que le pedía a su cuñada que acabaran juntas.
Afanándose en penetrarla con ambos consoladores, Gaby se prodigó físicamente hasta que, casi simultáneamente, ambas proclamaron la obtención de sus orgasmos y tras los últimos remezones de sus cuerpos derrengados, se derrumbaron sobre el sillón para sumirse en el sopor de una modorra que las condujo finalmente al sueño.

Despertando en no más de una hora, Cathy llevó el cuerpo exánime de Gabriela a su cuarto y tras acostarla en la cama para limpiar con toallas húmedas todo vestigio de sudor, saliva y humores vaginales, la tapó con una sábana a la que arrugó convenientemente y aplastó las dos almohadas como si la joven hubiera dormido en ella toda la noche.
Tomaba café con impaciente angustia, cuando la muchacha, vestida aun con la ropa interior limpia que ella le colocara al acostarla, hizo su entrada al comedor diario y al comentarle con voz pastosa, aun somnolienta, como había podido dormir tantas horas y aun sentirse agotada, dio por tierra con el miedo de que aun recordara algo de lo sucedido y, bendiciendo a la escopolamina, se prometió vivir las delicias de esa relación desviada pero infinitamente placentera tanto tiempo como se lo propusiera.














 



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Relato: Cathy y la burundanga
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