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Relato: Sexo en la montaña


 


Relato: Sexo en la montaña

  
Hija única de una pareja de pastores, la niñez de Josefina transcurrió despertando al alba para ver como su padre arreaba las cabras hacia los pastizales de la montaña y acompañando a su madre en los quehaceres del rancho, que no eran muchos. Sus padres mismos eran demasiado jóvenes, ya que Aníbal había embarazado a Jacinta cuando esta aun no tenía quince años y él no superaba los veinte.
Aunque bien construida, con fuertes horcones y paredes de adobe encalados, la casa se reducía a una sola habitación que oficiaba de cocina, comedor y dormitorio. Este último ocupaba la punta más alejada de la puerta y consistía en dos camastros que estaban separados por una inoperante división de cañas trenzadas. Afuera, el techo se extendía para formar la galería en que estaba instalado el telar con que su madre tejía mantas y chalinas que vendía periódicamente en el pueblo más cercano que distaba toda una larga jornada a pie.
Despreocupada y cerril, pasaba el día pendiente de las órdenes de Jacinta y en los momentos en que esta decidía dejarla en paz, se sentaba debajo del molle que proveía de sombra a la galería para jugar con las rústicas muñecas que la mujer le traía en alguno de sus ocasionales viajes.

Al cumplir los ocho años, su padre dividió la majada y, enseñándole como hacerlo, la puso a cargo de la más pequeña. No eran demasiadas, apenas siete u ocho cabritas, pero esa nueva responsabilidad la obligaba a caminar cerca de cinco kilómetros hasta la aguada que alimentaba el verdor de una pequeña pradera. Allí, a la sombra de los escuálidos árboles que seguían el curso del arroyo, aprendió a conocer y disfrutar de la naturaleza.
Obligadamente, el aburrimiento la llevó a observar la vida que se desarrollaba en esa especie de oasis y se sorprendió al comprobar la multiplicidad de animales, insectos y plantas a los que había sido indiferente. El canto de los pájaros la complacía y el verlos revolcándose en el polvo mientras los vistosos machos cortejaban a las insípidas hembras, le hizo comprender que, por alguna razón desconocida, en determinados momentos, estos trepaban a sus espaldas y asiéndose con el pico de las plumas del cuello, hundían la paste inferior de su cuerpo en una casi invisible cavidad que las hembras dejaban al descubierto al correr sus colas de costado.
Como la fauna era escasa en aquellas anfractuosidades rocosas, no tenía oportunidad de observar el comportamiento de otros animales pero en la minúscula majada había un macho que montaba a las hembras con inexplicables empellones. Preguntándose como dos animales tan distintos podían hacer casi lo mismo, decidió vigilar esa costumbre para averiguar de qué se trataba.
Pasó casi una semana hasta que vio como el macho arreaba a una hembra a empellones de sus largos cuernos y, cuando estuvieron separados del resto, comenzaba a montarla. Tratando de no espantarlos, se acercó sigilosamente y pudo ver que entre las dos patas traseras del macho surgía una especie de dedo gigante de un fuerte color rosado que, merced a los empujones, fue hundiéndose dentro de esa cosa que debajo de la cola, les permitía orinar a las hembras.
Nunca se había preocupado por examinar la anatomía de los animales, pero algo en la forma de aquello le resultó familiar y corriendo con los dedos la misérrima bombacha de bayeta, comprobó que aquella raja de su entrepierna por la cual ella meaba, era casi idéntica a la de la cabra.
Con su candidez de niña y cuando esa tarde retornara a la casa, le preguntó a su madre sobre la actitud del chivo y esta, con esa naturalidad de la gente de campo, le contestó que estaba “sirviendo” a las hembras. Ante su inquietud sobre que significaba eso, le explicó que de esa manera se hacían los cabritos que nacerían más tarde.
Ella siempre había creído que las crías de las cabras nacían como los frutos de las plantas y ahora comprendía que, tanto los pájaros como los cuadrúpedos necesitaban de esos acoples para generar vida. Era ignorante e inculta pero para nada estúpida y, atando cabos, llegó a la conclusión que si el sitio donde los animales introducían sus cosas era en todo semejante al suyo y, suponía que al de su madre, su padre debería hacer lo mismo con aquella.

Como la pareja permanecía todo el día separada, conjeturó que debían hacerlo cuando estaban juntos y esto era solamente por las noches. Con ese propósito, permaneció inútilmente en vela un par de noches. Ya en la tercera desconfiaba de aquellos presentimientos y se decía que estaba perdiendo el tiempo en vano, cuando el murmullo de una conversación apagada le llegó a través de las cañas.
Los susurros estaban matizados por gozosas risitas de su madre y, en un momento dado, comenzó a escuchar un acompasado golpeteo al que acompañaban ahogados gemidos de la mujer y roncos bramidos de su padre que luego se fusionaban en radiante algarabía para terminar abruptamente con hondos suspiros femeninos y satisfechas exclamaciones del hombre.

Confirmada su teoría sobre los acoples, acrecentó la vigilancia nocturna. Decidida a ver de qué se trataba aquello, había efectuado una separación entre dos cañas y, cuando escuchó la conversación de sus padres, acercó un ojo a la rendija para ver a la pareja tenuemente iluminada por la escasa luz de un candil.
Tal como en ella, la ropa interior de su madre era basta, de una ordinaria bayeta y sólo una enagua acompañaba al calzón. Sin conocer jamás la presencia de un corpiño, los pechos de la mujer caían flojamente sobre el abdomen y, cuando su padre se inclinó sobre ella para colocar un encendido beso en su boca, se despatarró sobre el cojín de pieles de cabra al que cubría una miserable sábana.
Quitándose hábilmente la enagua junto con las bragas, se abrió de piernas para permitir que el hombre se acomodara entre ellas y este, tomando entre sus dedos la carnosidad erecta de un grueso miembro, fue introduciéndola lentamente en la cosa de su madre mientras aquella resollaba hondamente y encorvaba su cuerpo con los pies abrazando las nalgas del hombre.
Estrujando los senos entre sus dedos, su padre inició un hamacarse del cuerpo que hacía entrar y salir al miembro en tanto que su madre se daba envión con los brazos para elevar la pelvis y estrellarla contra el hombre. Llegó un momento en que Jacinta sacudió la cabeza mientras abría desmesuradamente los ojos y, roncando de ansiedad, le pidió a su padre que acabara. Cesando por un momento en sus empujones, el hombre se arrodilló y reptando sobre la cama, acercó el cuerpo a la cabeza de su mujer para asir entre los dedos al miembro humedecido y comenzar a restregarlo entre ellos hasta que, emitiendo un sordo bramido, descargó unos espasmódicos chorros blancuzcos sobre la boca que su madre abría en golosa espera.

Al otro día, examinó disimuladamente la conducta de Jacinta y nada en ella dejaba traslucir que aquello de la noche anterior no hubiera sido un comportamiento natural. A pesar de eso, continuó con sus observaciones nocturnas y así pudo ver como, según el humor o el entusiasmo, aquellas relaciones iban desde unas insólitas chupadas de Jacinta al miembro hasta que aquel derramaba esa leche en su boca o las penetraciones de Aníbal con ella en cuatro patas como hacía el chivo y en una oportunidad, a pesar de las protestas quejumbrosas de su madre, la introducción del miembro en el agujero anal.

Todo aquello sucedió paulatina y lentamente en el lapso de tres años, durante los cuales aprendió que sus padres no lo hacían para tener cría sino para contentarse y, en el último año, descubrió como hacían las mujeres para complacerse en soledad.
El verano en Jujuy era verano y el terrible calor de la montaña obligaba a descansar durante las horas de la siesta. Aunque los habitantes de esos parajes están acostumbrados al clima, no son inmunes a la temperatura y Josefina se encontraba tendida despatarrada en su camastro, cuando escuchó desde el jergón vecino aquellos suspiros y quejidos que emitía Jacinta cuando se acostaba con su padre.
Extrañada porque sabía positivamente que Aníbal se encontraba en el cerro desde antes del alba, se arrimó a la mampara y, a través de la apertura que ella había ido ensanchando, vio como su madre se encontraba recostada en el burdo almohadón y habiendo abierto los botones de la blusa, sobaba pacientemente entre los dedos la lechosa lisura de los senos.
Las manos amasaban y estrujaban sincrónicamente la carnosidad de aquellos pechos que el deseo erguía, hasta que una mano hizo que sus dedos índice y pulgar envolvieran en suaves pellizcos la gruesa verruga del pezón. Satisfecha por ese trabajo conjunto de sus manos, la mujer hizo que los dedos iniciaran un lento retorcer de la mama y ese cosquilleo debe haberla complacido, ya que luego de acompañar la caricia con el filo de la uñas, deslizó la otra mano desde el seno para hacerla bajar la bombacha hasta las rodillas de sus piernas encogidas.
Sin cesar la martirizante caricia al pezón, se arrodilló boca abajo y elevando la grupa, dejó ver a Josefina la contundencia carnosa de esa vulva similar a la suya pero que difería notablemente por su pulposa apariencia y de la raja que había adquirido un tono violáceo, surgía un manojo de tejidos fruncidos que caían como las barbas de un gallo. Los dedos de Jacinta separaron la maraña de la renegrida y ensortijada pelambre, para escurrir acariciantes sobre los tejidos brillantes de humedad.
Con paciente minuciosidad, rascaron los bordes ennegrecidos hasta conseguir su dilatación natural y, expuestas las plegaduras del interior, se introdujeron entre ellas para dilatarlas y permitirle observar la rosada intensidad del óvalo, sobre el cual se abría la palpitante abertura del sexo. Con la cara enterrada de lado en la almohada y apoyada solamente en el hombro izquierdo, deslizó la mano a lo largo de todo el sexo para luego hacer que los dedos se estacionaran en apretado restregar sobre una carnosidad de la parte superior que, conforme los roces se intensificaban, parecía ir cobrando mayor tamaño.
Mordiéndose los labios para evitar que sus gemidos despertaran a su hija, hundió dos dedos en el agujero inferior para iniciar un movimiento muy parecido al que hacía el miembro de su padre y de esa manera se masturbó apretadamente, en tanto que meneaba la grupa al ritmo de la penetración. Luego de un rato de ese trajín, cuando por el rostro inflamado fluían arroyuelos de transpiración, llevando el trabajo de los dedos hacia la parte superior del órgano, estiró la otra mano por encima de las nalgas y, escarbando en la hendidura con delicadeza, socavó lentamente al ano con la totalidad de su dedo mayor.
Esa doble penetración debía de satisfacerla enormemente y, mordiendo la sábana para no gritar pero sin poder evitar el rugido que le sacudía el pecho, intensificó la actividad de ambas manos hasta que una serie de convulsiones la atacó, derrumbándola agotada sobre el camastro.

Josefina aun no estaba desarrollada y, cuando luego que Jacinta cayera en el sopor de un pesado sueño, intentó reproducir en su sexo lo que hiciera su madre y tras comprobar que carecía de los inflamados pliegues que aquella, no sólo no experimentó placer alguno sino que el duro restregar sobre las carnes ausentes de lubricación hormonal, puso un ardor ingrato en su sexo infantil.
Pensando cuál sería lo que la diferenciaba con su madre para no tener el menor atisbo de senos ni experimentar sensación alguna al someter su sexo a lo mismo que Jacinta, dejó pasar el tiempo pero sin descuidar las observaciones nocturnas a sus padres.

Meses más tarde y sin hacer caso de aquellos dolores y tironeos que experimentaba en el bajo vientre, tuvo su primer sangrado. Asustada como toda niña de doce años, acudió presurosa a la ayuda de su madre quien, mientras le enseñaba prácticamente como restañar esas pérdidas sanguinolentas, fue explicándole con rudo verismo cómo y por qué se producían esas efusiones periódicas que la convertirían no sólo en mujer sino que posibilitarían el quedar preñada, si es que no se cuidaba de los hombres que, de ahí en adelante comenzarían a acosarla para obtener sus favores.

Esa revelación, sumada a cuanto observara en esos años desde su cama la llenaba de contento, ya que imaginaba acertadamente que su cuerpo iría modificándose con el tiempo y que podría nuevamente explorar su sexo para comprobar si esos cambios le facilitarían el obtener placer en sus manoseos.
Efectivamente, la explosión hormonal la atacó con la intensidad de una epidemia, haciendo que en pocos meses, allí donde había un cuerpo tan liso como una vela, brotaran redondeces que la inquietaban; día tras día, los pechos parecían crecer sin medida hasta superar en solidez a de los de Jacinta y en su vértice, las aureolas y pezones se alzaban con la consistencia de otro pequeño seno. El vientre infantilmente redondeado, se acható en una musculosa meseta que se hundía en una depresión en la que comenzaron a brotar cabellos ligeramente ensortijados, rodeando a una vulva casi tan carnosa como la de su madre que fue adquiriendo paulatinamente en su interior la misma calidad y cantidad de fruncidos repliegues. Toda ella había crecido, tanto en altura como en la dimensión de sus piernas que ya no eran aquellos delgados palitos sino que adquirían una torneada redondez que engrosaba en su vértice para sostener la sólida prominencia de las nalgas.

Tan sorprendida como ella, en uno de aquellos periódicos viajes al pueblo, su madre se apresuró a comprarle un par de vestiditos que disimularan un poco la contundencia de sus formas. Advirtiéndola del peligro que representaba para ella el haber accedido tan tempranamente a la adolescencia, la previno sobre lo que los hombres pretenderían de ella en adelante y le sugirió aislarse lo más posible hasta que tuviera la edad necesaria para comportarse como una mujer.

El consejo de la mujer fue parcialmente inútil. En la comarca solo había siete u ocho familias, pero pareció que, como la naturaleza esparce en el aire el almizcle de las hembras en celo para atraer a los machos, las mentas sobre sus encantos se difundieron por el valle. Ahora y mientras conducía su majada hacia el arroyuelo, se producían “encuentros casuales” con muchachones de las cercanías.
En parte por la fría indiferencia con que ella frenaba esos acercamientos y en parte porque su edad coartaba el entusiasmo de quienes no querían verse envueltos en líos con menores de edad aunque la ley no solía deambular por los cerros, el preanunciado acoso no pasó de fútiles intentos. Simultáneamente, ella había comprobado la consolidación de su nueva sexualidad, ya que sus carnes respondían a los estímulos que, a imitación de su madre, los sometía con cuidadoso entusiasmo en la tranquilizadora soledad del vallecito, descubriendo con cierto temor las conmociones inefablemente placenteras del orgasmo al que, aun sin saber de que se trataba, a pesar de los sofocones, los ahogos y esas sensaciones de desgarro en sus entrañas, acogió con fervorosa alegría.

Ya casi con trece años, alegraba la vista de quienes solían pasar por el rancho, por la grácil silueta que dejaba adivinar la abundancia de sus dones a través de los delgados vestidos de algodón floreado y hasta su padre, de serio y parco talante, se permitió bromear con su madre cómo la chiquilina parecía superar y hasta opacar con sus dones la aun gallarda figura de esa mujer de veintiocho años.
Con la próxima llegada de la Navidad, Jacinta había hecho acopio de sus artesanías para concurrir a la feria que durantes tres días se produciría en la quebrada y, aquella mañana, luego de verla desaparecer en su burrito entre los cardones gigantes, su padre le pidió que le cebara unos mates antes de ascender al cerro.
Sentado en una silla petisa de junco, Aníbal la veía traqueteando sobre el fogón sin poder dar crédito de que, a sus treinta y tres años, tuviera una hija con semejante cuerpo. Josefina se afanaba diligentemente en la cebadura para complacer a su padre, ya que cuando ella despertaba en la mañana, este ya estaba de camino a la montaña.
Tras tomar dos o tres mates, el hombre palmeó cariñosamente su propio muslo, invitándola a sentarse sobre él. Desde siempre ella había jugado y sostenido largas conversaciones con su padre en esa posición y alzando su pollera acampanada para que no se enredara, se sentó en la pierna musculosa.
Rodeando sus hombros con el brazo izquierdo, él la sacudió un poco al tiempo que bromeaba con su prematura vejez al tener una hija poseedora de tales portentos. Jocosamente, comenzó a compararla con su madre para exaltar el tamaño de sus pechos, la fortaleza de sus muslos y la impresionante contundencia de las nalgas, sosteniendo que más de un hombre daría su fortuna por poseer esos encantos.
Un poco turbada por tanta alabanza, ella respondió también en tono de chanza, diciendo que aun era muy niña para que la codiciaran. Incrementando la broma, Aníbal la estrechó contra sí y mientras besuqueaba cariñosamente el hueco del cuello como a ella le gustaba desde muy niña por las cosquillas que le producía, dejó que la mano se deslizara displicentemente sobre sus rodillas y escalara morosamente la parte superior de los muslos para estacionarse contra su cintura.
Ese tratamiento no la molestaba porque siempre jugueteaban de esa manera pero, aunque esta vez un raro presentimiento la alertó, hizo caso omiso cuando la mano se introdujo bajo el elástico de la bombacha para deslizarse lentamente por la canaleta de la ingle hasta tropezar con la alfombrita velluda del pubis.
Lejos de atemorizarla, esa caricia la remitió tanto a las que veía hacerle a su madre como a las que ella se permitía en la soledad del oasis y viendo que el besuqueo al cuello le causaba estremecimientos que nunca antes experimentara, se dejó estar, mansita. Viendo su calmosa aquiescencia, el hombre sacó la mano de su entrepierna para introducirla por el amplio escote y sobar cariñosamente la prieta carne de los senos.
No era que ella no tuviera conciencia de lo que le estaba haciendo su padre, pero teniendo en cuenta el estado calamitoso al que la remitían sus cotidianas masturbaciones y, diciéndose que, más temprano que tarde caería indefectiblemente bajo el dominio de un hombre, por qué exponerse a estar en boca de todos si en casa conseguía cuanto pudiera desear sin que se enterara nadie.
Cuando Aníbal condujo su mano izquierda hacia la bragueta del pantalón, se dijo que por fin conocería la consistencia real de aquel miembro al que viera infinitas veces socavando a su madre. El ya había abierto los botones para dejar expuesta su virilidad y los dedos de Josefina rozaron suavemente aquella tripa con apariencia de chorizo. Una ligera humedad no conseguía disimular la alta temperatura de la verga y rodeándola con los dedos, como su padre le pedía, fue imprimiéndole a la mano un suave vaivén acompasado. Tantas veces había visto a su madre complaciéndolo de esa manera, que sabía exactamente lo que debía hacer. Recibiendo deleitada el regreso de la mano estrujando sus senos, ladeó la cabeza para hacer que la boca del hombre abandonara el cuello para asentarse en la suya. Todo le era inaugural y, sin embargo, los años de observación y la sexualidad innata de las mujeres, dieron a sus labios la elasticidad necesaria para hundirse en la boca de Aníbal en medio de voraces besos.
El falo que tenía entre los dedos había cobrado una rigidez notable y el trajín de la mano resecaba sus tejidos. Sabiendo lo que ella ansiaba y el hombre le pedía con dulzura, se escurrió de entre sus brazos para quedar sentada sobre el suelo polvoriento y, asiendo al miembro, fue cubriéndolo de una delgada capa de saliva que su lengua tremolante se encargaba de trasladar arriba y abajo.
Josefina había imaginado que sentiría una cierta repulsa por los acres olores que brotaban de la zona venérea, pero ese sabor agridulce produjo en sus entrañas el efecto de una explosión. Mientras la mano entera se hacía dueña del tronco para someterlo a un ligero vaivén, labios y lengua se hundieron en la rugosa piel de los testículos para lamer y sorber con fruición cada resalte o jirón.
Nunca hubiera imaginado que aquello pudiera producirle las ansias que experimentaba y retrepando por el tronco del falo, se entretuvo largo rato lamiendo y sorbiendo esos jugos que ella misma producía con su saliva, mientras su mano envolvía en acuciantes caricias al ovalado glande. Al llegar al surco debajo de la cabeza y habiendo remangado los tejidos del prepucio, azotó salvajemente la sensibilidad del hueco hasta que decidió trepar hacia la punta donde se abría el agujero de la uretra.
Envolviendo nuevamente la verga con los dedos, le imprimió a la mano un movimiento levemente giratorio y la boca se abrió para recibir la recia carnadura. No había supuesto aquel tamaño y temió no poder albergarla por entero, pero una especie de dislocación se produjo en sus mandíbulas y todo el miembro halló cobijo en su interior.
La punta rozó su glotis preanunciándole una arcada pero, instintivamente, la retiró un poco para evitar eso y la cabeza inició un lento bamboleo por el que abría desmesuradamente la boca para evitar el menor roce con sus dientes al introducirla y los labios la ceñían apretadamente en fuerte chupada cuando la retiraba.
Ella anhelaba saber como sería aquella melosa crema a la cual degustaba tan placenteramente su madre. Obedeciendo el pedido de incrementar aun más la felación, se entregó a ella con verdadero denuedo y, mientras su padre bramaba roncamente la expresión de su eyaculación, sintió como el primer chorro del convulsivo esperma golpeaba en el fondo de la garganta. Envolviendo la cabeza con los labios, creó un dique para evitar su derrame y masturbándolo reciamente con la mano, consiguió alojar la eyaculación del hombre sin derramar ni una gota, deglutiendo con fruición el gusto extrañamente sabroso de aquella fragante leche.
Josefina era inteligente, pero ignorante de toda ignorancia, no comprendía ni siquiera barruntaba que ese sexo con su padre era imposible. Ella no encontraba culpa y al saberse mujer, sí se creía con derecho a hacer lo mismo que su madre, ya que todos los machos que conocía compartían el sexo con una o dos hembras.

Alegre por haber complacido a su padre complaciéndose, no puso resistencia cuando aquel la condujo hacia el lecho matrimonial que estaba a sólo dos o tres pasos. Despojándola rápidamente del ya desprendido vestido y el miserable calzón, la hizo acostarse mientras él terminaba de desnudarse. Aníbal era sumamente vigoroso y sus piernas lucían como dos columnas musculosas por el cotidiano ejercicio de trepar sobre los riscales.
Excitada y sin saber por qué aun no había alcanzado su satisfacción, Josefina observaba con gula al hombre que, tendiéndose entre sus piernas, las abría y pidiéndole que ella misma las sostuviera encogidas asiéndolas por debajo de las rodillas, reptó con su boca a lo largo de sus muslos, exploró la carnosidad de las nalgas y, finalmente, la lengua tremolante se asentó en el pequeño trecho entre el ano y la vagina.
Ella no había imaginado que aquello pudiera serle tan placentero y sin atisbo de vergüenza alguna, arengaba a su padre con sucesivos y repetidos sí, exigiéndole que la hiciera gozar como a Jacinta. Dos dedos separaron los labios de la vulva y todo el esplendor de ese óvalo virgen se exhibió ante el hombre; su tamaño había superado largamente a aquel que ella comparara con los de las cabras y, si entonces era una delicada raja sin pliegues, ahora los retorcidos frunces de los labios menores tenían la consistencia de carnosas crestas, con una promesa corporizada de dos amplias barbas cerca de la vagina.
Ese aspecto tan adulto estremeció al hombre y la contemplación del clítoris lo alucinó; cubierto por un grueso y arrugado capuchón, evidenciaba que la excitación podría convertirlo en un vigoroso tubo que albergaba al pene femenino, cuyo glande aparecía protegido por una elástica membrana epitelial.
La lengua tremoló fuertemente sobre todas aquellas anfractuosidades y cada una llevaba a labios de la muchacha hondos suspiros que eran desplazados por angustiosos gemidos que el goce colocaba en boca de aquella virgen de hombre. Excitando al clítoris con su dedo gordo, Aníbal acentuó los azotes sobre la prieta entrada a la vagina y, cuando su hija comenzó a sacudir las caderas inconscientemente, introdujo un dedo en el canal vaginal.
Las exclamaciones alborozadas de la niña se correspondían con su candidez pero, la falta del velo virginal le dijo al hombre que su hija había transitado aquel camino por su cuenta. Todavía con prudencia, hizo que la yema rastrillara la tersa superficie y no encontrando vestigios de impedimento alguno, lo sacó para volver a introducirlo acompañado por el mayor y, dándoles forma de gancho, escarbó profundamente aquel ámbito que comenzaba a poblarse con espesas mucosas.
A pesar de haberse penetrado como viera hacerlo a su madre, los delgados dedos infantiles no tenían punto de comparación con la reciedumbre de los de su padre. Sintiendo el sufrimiento de la distensión de los tejidos, su pelvis se alzaba en una instintiva defensa que, sin embargo, propiciaba aun más la penetración y, cuando la combinación del pulgar sometiendo al clítoris con el hondo ir y venir de la mano hizo eclosión, Josefina creyó morir por un instante y las contracciones espasmódicas de su vientre la sacudieron mientras daban lugar para que su jugos íntimos fluyeran a empapar la mano de su padre.

Comprendiendo que la niña había alcanzado seguramente su primer orgasmo, el hombre la dejó descansar por un rato. Había sido el impacto de su eyaculación el que la sumergiera en tan delicioso como dulce modorra, pero su cuerpo aun ardía por las sensaciones recientemente descubiertas y, tras recuperar el aliento, con un tierno murmullo no exento de vergüenza, hizo saber a su padre que estaba despierta y aguardando con ansias su miembro.
Ella anhelaba experimentar las complicadas penetraciones con las que veía gozar a su madre pero tenía miedo de no estar a la altura de las circunstancias y no soportar físicamente la fortaleza del sometimiento. Como si presintiera ese temor, Aníbal se acostó a su lado para, tras besarla delicadamente en la boca, ir excitándola con la levedad de sus caricias.
El juego entre los cosquilleos que levantaban en su cuerpo aquellos dedos rudos y los besos que, de tiernos pasaron a apasionados chupones, trastornaban a la chiquilina y, atávicamente su lengua serpenteó para ir a la búsqueda de la de su padre, trabándose ambas en una lucha sin cuartel que sólo contribuía a su excitación.
Buscando instintivamente la entrepierna del hombre, alcanzó a percibir que la verga se mostraba tumefacta y, sometiéndola con juguetonas presiones y caricias, consiguió que recobrara aquella rigidez de hacía un rato. Acomodando su cuerpo en el centro de la yacija, empujó a su padre hacia abajo y abriendo las piernas encogidas como viera hacerlo a Jacinta, le pidió que la penetrara.
Asombrado por la mansa entrega de su hija, Aníbal tomó la carnadura de la verga entre sus dedos para hacer que el glande se deslizara sobre los pliegues de la vulva, esparciendo los jugos que manaban de la vagina. Haciendo un símil con lo que hicieran en ese lugar la boca y los dedos del hombre, Josefina encontró maravilloso el restregar de esa piel tan tersa que iba encendiendo las brasas del vientre. Meneando involuntariamente la pelvis, indicó a Aníbal el nivel de su excitación y este, afirmando la cabeza del falo sobre la entrada a la vagina, presionó suavemente.
Los dedos habían aportado al cuerpo de la niña placeres de indecible dimensión, pero ahora, esa carnosa punta ovalada iba penetrando con una prepotencia tal que la muchacha abrió desmesuradamente los ojos y de su boca empezó a surgir una mezcla de lamento con lloriqueo que asustó al hombre.
Pero la boca entreabierta de su hija comenzó a reclamarle que no cesara en la penetración al tiempo que asentía complacida cuando la verga reiniciaba su lenta marcha. Ella sentía como si un ser vivo fuera destrozando su vientre al tiempo que se adentraba en ella con la potencia de un ariete y, aferrándose a los antebrazos de su padre, se dio envión para completar la intrusión.
Viendo las lágrimas que escurrían de los ojos de Josefina, su padre se inclinó sobre ella para besar cariñosamente los labios resecos pero la muchacha, diciéndole lo que lindo era aquello, le rogó, le suplicó que la poseyera de una forma total y definitiva. Al tiempo que la chica encogía las piernas casi en forma instintiva, el hombre inició un pausado vaivén que hacía al falo recorrer el canal vaginal cubierto por las espesas mucosas que el organismo segregaba para suministrar la lubricación necesaria.
Paulatinamente, terminando por suplantar al sufrimiento, un dulce placer fue creciendo y la muchacha comenzó a gozar de la cópula con tal intensidad que en la desesperación, clavaba sus menudos dientes en el labio inferior y de su pecho brotaba un ronco gemido de satisfacción. Los cuerpos parecían ensamblarse a la perfección y pronto los dos se movían sincronizadamente, embistiéndose y llenando el rancho con la intensidad de sus jadeos. Cuando Aníbal sintió aproximarse el momento de la eyaculación, sabiendo lo que aquello significaba, retiró el miembro de la vagina de su hija y, masturbándose violentamente, descargó el caliente esperma sobre el vientre agitado de la muchacha.

Cuando una hora más tarde Aníbal se alejó con la majada, ella permaneció recostada en el catre, sintiendo por primera vez que la intensidad de la cópula y el restregar de aquella barra carnosa contra sus tejidos interiores colocaban en sus entrañas punzadas que en su momento ni siquiera sintiera. Un sordo latido en el fondo de su sexo le impedía moverse y cuando intentó caminar los pocos pasos que la separaban del fogón, los músculos agarrotados de entrepierna y muslos la hicieron caminar con las piernas exageradamente abiertas.
Sin embargo, y merced a los repetidos baños de agua fresca que sacaba del pozo, su cuerpo pareció ir adaptándose y cuando su padre regresó al atardecer, sólo un leve pulsar en la vagina le recordaba físicamente lo ocurrido. Con una mezcla de aprensión y deseo, ella esperaba que Aníbal la requiriera nuevamente en su cama pero, aunque falto de instrucción, el hombre tenía esa sabiduría de los simples y decidiendo que tenía toda una vida para disfrutar de los favores de su hija, decidió no precipitar las cosas.
Conservando su cariñosa bonhomía, la trataba con tal indiferencia que Josefina creyó haberle fallado en algo y se retrajo sumisamente a su papel de niña.
Recién a la noche del segundo día, tras la frugal comida, el hombre se acostó y cuando ella terminó de lavar y acomodar los utensilios de la cocina, la llamó para que acudiera a su lado. Lo ocurrido hacía más de veinticuatro horas, además de las incomodidades físicas, había sembrado un mar de dudas y preguntas en su mente todavía infantil, pero también una respuesta atávicamente animal que ponía en su vientre inaugurales cosquilleos y un incómodo aletear de pájaros en el estómago cuando pensaba en cada detalle de lo acontecido.

A pesar de su pobreza y analfabetismo, su madre siempre la había educado para una correcta presentación, haciendo de la limpieza personal, si no un culto, por lo menos una sana costumbre, especialmente desde que comenzara a menstruar. Esa tarde había calentado sobre el fogón un par de ollas de agua y aprovechó la ocasión de estar totalmente sola por primera vez en su vida para pasar largo tiempo restregando su cuerpo con el ordinario jabón de lavar la ropa en sucesivas fregaduras que la dejaran tan limpia como a un bebé.
Tan ansiosa como ruborosa, se acercó al camastro y, obedeciendo el pedido del hombre, se quitó el vestido de algodón y la mísera bombacha. Exhibiéndose como una núbil estatuilla de proporciones exageradamente adultas, se deslizó en el lecho para acurrucarse contra el pecho de Aníbal.
Poniéndose de lado, el hombre acarició tiernamente su cabeza y, haciéndosela recostar contra su hombro, envolvió su esbelto cuerpo con el brazo. Esa posición le era muy cómoda y su boca abierta anhelosamente, recibió con un suspiro el suave roce de los labios de su padre.
Su ignorancia no hacía brutal al hombre y sabía como comportarse con una mujer sin violentarla en su virtud. Lenta, muy lentamente, fue conduciendo a la que aun seguía siendo una niña hacia una excitación de la que, finalmente, los dos saldrían reconfortados. Los labios incitaban a los de la muchacha a la imitación y muy pronto, los menudos y tiernos besos se prodigaban del uno al otro. Aníbal no la distraía con otra cosa y cuando los labios mórbidos de su hija mostraron una clara avidez en buscar los suyos, dejó que la punta de la lengua escurriera para escarbar debajo de los tejidos interiores y sobre las expuestas encías.
En otra circunstancia, aquello hubiera provocado en Josefina cosquillas que la conducirían a la risa, pero ahora un raro hormigueo se ubicó en su zona lumbar y tras ascender como un rayo por la columna vertebral, se instaló en la nuca para provocar en su mente un eléctrico chisporroteo. Acezando quedamente, sintió como la lengua penetraba la umbría caverna de la boca en inquieto hurgueteo e, involuntariamente, la suya salió al encuentro de la invasora para atacarla en incruentos embates.
Con todo el tiempo del mundo a su disposición, el hombre la condujo a un alucinante tiovivo en el que los besos, las lamidas y los chupones alcanzaban niveles de maravilla. Ahogada por las salivas y el quemante aliento que brotaba de su pecho, la chica se removía inquieta entre sus brazos y su cuerpo se meneaba en una tan incipiente como involuntaria cópula.
Creyendo llegado el momento exacto, Aníbal condujo su mano hacia el bajo vientre de su hija para escarbar cuidadosamente en la tupida maraña del vello púbico, obteniendo como respuesta la histéricamente susurrada vehemencia de su asentimiento. Los dedos hurgaron en curioso rastreo sobre la ensortijada alfombrita para luego desviarse hacia las hondas canaletas de las ingles, confluyendo irremisiblemente hacia el sexo.
Ahora era la propia Josefina la que asía entre sus manos la cara del hombre e incrementaba el salvaje hurgueteo de su lengua en la boca de Aníbal mientras los labios eran voraces ventosas que sorbían desesperadamente los suyos. Con exacerbante parsimonia, los dedos se deslizaron sobre los labios de la vulva para que en respuesta las piernas de María se separaran en complacida aceptación.
Haciendo que la yema de su dedo mayor se convirtiera en diplomático embajador de los otros, dejó que estimulara delicadamente los esfínteres del ano para luego de transitar la pequeña extensión del perineo, hurgara curiosa la entrada a la vagina y después presionara para separar los labios mayores, adentrándose en el óvalo.
En el húmedo hueco, la esperaba la novel abundancia de los labios menores con sus carnosos frunces y después de repasar cuidadosamente cada meando de sus filos, se dirigió hacia la flexible capucha que alojada al incipiente clítoris. Sutilmente, la yema rozó el vértice del triangulito y al notar el estremecimiento de la criatura, delicadamente inició un lerdo frotar al tiempo que presionaba sobre los tejidos
La chiquilina roncaba desmayadamente por la boca entreabierta, musitando su complacencia y la necesidad de que la penetrara. Estrechándola apretadamente contra su pecho, Aníbal fue introduciendo en la vagina el dedo mayor a quien acompañaba en índice. Con morosa laboriosidad, los dedos escarbaban en la carne joven para ir insertándose con relativa comodidad al resbalar sobre las incipientes mucosas que segregaba el útero.
Restregándose contra su pecho, la muchacha se aferraba a las espaldas del hombre clavando los filos de las uñas contra la piel, al tiempo que meneaba las caderas y de su boca salían inflamadas palabras de pasión. El trabajo que hacían los dedos de su padre en el sexo la enajenaba de placer y, cuando aquel los encorvó para que excavaran a lo largo del canal vaginal en un lento vaivén, creyó enloquecer de dicha.
Los dedos se movían como infernales émbolos que socavaban las entrañas de la muchacha y cuando esta estalló en francos gritos de excitación, pidiéndole a su padre que la penetrara con las expresiones más groseras que le dictaba su primitiva feminidad, aquel se desprendió de ella para colocarla boca abajo en el camastro. Haciéndola arrodillar, elevó su grupa para embocar al falo erecto contra la inflamada boca de la vagina y empujó.
El jadear complacido de su hija le indicaba que estaba en lo correcto y, asiéndola por las caderas, imprimió a su pelvis un hamacarse que, conforme la chiquilina se adaptaba a ese ritmo, este fue incrementándose hasta sentir como el tibio flujo de la chica bañaba la verga y sintiendo como a su vez estaba próximo a la eyaculación, se retiro de Josefina para colocarse invertido sobre aquella y, abriéndole aun más las piernas, enterrar la cabeza en su sexo.

El contacto de la boca de Aníbal con su sexo enloquecía a la pequeña y al tiempo que encogía las piernas para abrirlas más, vio ante sus ojos la tentadora carnadura de su miembro y, sin que aquel le indicara nada, lo tomó entre los dedos para sobarlo con reciedumbre. Una innata y esencial sabiduría de hembra le decía qué y cómo hacerlo; excitando el ovalado glande en un circular movimiento envolvente, estiró la cabeza para lograr que su boca se enseñoreara de los testículos y chupetear los arrugados pliegues, degustando los sabores ácidos que a ella se le antojaban deliciosos.
Demostrando que la cultura no tiene nada que ver con las fantasías que elucubra el cerebro humano ni la imaginación para el erotismo, Aníbal estaba haciendo maravillas con boca y dedos en el sexo de su hija y, previendo que su eyaculación no se demoraría, la incitó para que introdujera la verga en su boca.
Obedeciéndole ciegamente, Josefina la abrió para introducir profundamente al falo hasta sentirlo cosquillear en el fondo de la garganta y entonces, imprimiendo a su cabeza un lento oscilar, convirtió a los labios en una vaina prensil que, al retroceder se ceñía apretadamente contra la carne al tiempo que sus mejillas se hundían por la fortaleza de la chupada.
Los prodigios que esa boca aun infantil realizaba en su pene concitaba en los riñones de Aníbal una plétora de sensaciones y, en tanto él se afanaba en someter al clítoris con su boca mientras socavaba con los dedos la vagina de su hija, aquella recibió en la boca la espasmódica explosión seminal que, en su afán lujurioso, sorbió hasta la última gota que manó de la uretra masculina.

Agotados, se derrumbaron sobre la muelle hospitalidad de los cojinillos que formaban el jergón y rato después, Aníbal se acercó a la niña que descansaba placenteramente con una sonrisa de felicidad en los labios de los que aun fluían chirleras de semen, secándose con apariencia de plateadas huellas de caracol. Respirando suavemente, el pecho se inflaba por momentos para exhalar hondos suspiros de satisfacción, destacando en cada uno la sólida consistencia de los senos.
Alucinado por el prodigio que la naturaleza volcara a tan temprana edad en aquel cuerpo de piel aterciopelada, cuyo color de miel se diferenciaba de las intensamente atezadas de él y su mujer, recorrió con ojos hambrientos la leve pancita que aun subsistía en la niña, se regodeó en la crespa maraña de la entrepierna y se regocijó por el voluminoso aspecto de las nalgas.
En su mente ofuscada por el deseo, la muchacha se le aparecía como una de aquellas vírgenes con las que lo influyeran en su niñez en la iglesia del pueblo y cuyos rostros ovalados de finas facciones contribuyeran a crear en él la imagen de la mujer inalcanzable para un pobre indígena.
Acostándose pegado a la niña, se acercó hasta que una forma se adaptó a la otra y, pasando un brazo por debajo de su cuerpo, formó una tenaza que aprisionó el torso. Acariciando suavemente los senos, fue provocándola y la muchacha se acurrucó gruñendo mimosamente en ese hueco calido. Al principio, las manos se dedicaron a envolver las copas con un delicado manoseo que consiguió despejar el sopor de Josefina y, cuando ella respondió regalona con profundos suspiros gozosos, acentuó la presión para que los dedos iniciaran un estrujamiento a esos músculos que paulatinamente habían cobrado sólida consistencia.
Gruñendo quejumbrosamente, la chica no hizo nada por evitarlo y, por el contrario, se revolvió de manera que su cuerpo se ajustara mejor al de su padre para sentir la formidable carnadura del miembro rozando la hendidura entre las nalgas. Los labios y la lengua del hombre se concentraron en estimularla, deslizándose desde el mismo nacimiento del cabello en la nuca hasta el hueco entre el cuello y el hombro, en tanto que los dedos de ambas manos se concentraban en las excrecencias sebáceas de las aureolas.
En el cuerpo de la muchacha ya habían tomado protagonismo aquellas nuevas cosquillas que la excitaban, pero le gustaba permanecer laxamente relajada y con los ojos cerrados como si aquello potenciara la sensibilidad de sus partes. Esos dedos rascando los gránulos de las aureolas la desesperaban y, cuando los sintió rodeando la carnosidad de los pezones para ir retorciéndolos en tan deliciosos como dolorosos pellizcos, le pareció desfallecer de dicha.
A su mente ignorante de perversidades eróticas, todavía le costaba asumir que el sufrimiento fuera el disparador de cosas tan exquisitamente placenteras y gañía como un bebé cuando las uñas recias y afiladas de Aníbal se clavaban en las tiernas mamas, produciéndole hormigueantes escalofríos que comprimían su vientre en magníficas sensaciones de goce.
Con la boca entreabierta para exhalar el vaho de su aliento ardiente, notó como su padre enviaba una de sus manos a escurrir exploradora a la largo del abdomen y vientre y, como ella era más pequeña de cuerpo, hacer un rodeo sobre las nalgas para recalar finalmente en la húmeda superficie del sexo. Inquisitivos, los dedos se aplicaron en excavar la mata velluda para llegar a tomar contacto con la piel y aventurarse sobre los pliegues de la vulva. Perezosa y negligentemente, recorrieron la apenas dilatada raja hasta la misma entrada a la vagina y, desde allí, se proyectaron en lerdo periplo hasta alcanzar nuevamente al alzado clítoris.
Especulando con la premiosa histeria de su hija, Aníbal hizo que los dedos separaran suavemente los frunces interiores y las yemas investigaron la pulida superficie del óvalo, excitando el mínimo agujero de la uretra para luego ascender hasta la parte baja del oculto pene femenino. Aun cegado por el tegumento epitelial, el glande dejaba sentir su reciedumbre y, cuando a la yema se unió la córnea dureza de la uña para sondear como un gancho en el hueco, a ella le pareció que una lanza se clavaba en su columna vertebral.
El refulgente dolor la dejaba sin aliento, pero la inefable sensación que le producía la conducía a la ignorada fórmula básica del goce; tanto más sufrimiento cuanto más placer. Roncando suavemente su contento, tendía las manos hacia atrás para aferrarse al cuerpo de su padre en una manifestación de su calentura, evidenciando su predisposición para ser penetrada.

Separándola un tanto y acomodándose mejor detrás de ella, el hombre apartó un poco una de sus piernas para ir introduciendo, sin precipitarse, la verga entera dentro de su sexo. La cópula anterior no había resentido a la vagina, pero todavía la chiquilina evidenciaba que sus músculos aun no estaban acostumbrados a esas dilataciones. El falo del hombre se le antojaba enorme y parecía ocupar no sólo su sexo sino el vientre entero hasta el mismo estómago pero aun así, la sensación de goce era más honda que el flagelo y, encogiendo instintivamente la pierna, hizo más lugar para que la penetración fuera total.
Tratando de acompasar su cuerpo al de su padre, fue rotando lentamente hasta quedar arrodillada y descansando sobre el hombro derecho y la cabeza, alzó naturalmente las ancas para que entonces, Aníbal se acuclillara detrás de ella para hamacar su cuerpo en una cópula tan violenta como placentera.
Era tan voluntarioso el ondular de su cuerpo proyectándose contra el del hombre que aquel perdió todo sentido de la realidad. Al tiempo que la socavaba con la verga, fue introduciendo su dedo pulgar en el ano. A pesar de la incontinencia que la embargaba, la muchacha no cesaba de quejarse ni de pedirle a su padre que no la sometiera de esa manera. Sin embargo, fue la combinación de las penetraciones lo que la obnubiló y sobrellevó gozosamente como el dedo iba hundiéndose lentamente en la tripa sin ocasionarle daño mientras el falo transitaba cómodamente sobre la lubricación de sus mucosas.
El cuerpo oscilante adoptaba la cadencia del de Aníbal y ella misma fue quien suplicó al hombre por mayor satisfacción. Aferrándola con una mano por la nuca para impedirle todo movimiento de escape, su padre sacó la verga del sexo para apoyarla contra los dilatados esfínteres del ano. Como en un relámpago, tuvo clara noción de lo que se proponía el hombre, pero impedida de realizar todo movimiento por esa mano que la sujetaba rudamente contra el jergón, casi estrangulándola, sintió como la enorme cabeza distendía los esfínteres dilatados por el dedo y, tomando su lugar, empezaba a irrumpir en la tripa.
Naturalmente, ni los músculos estaban preparados ni el falo tenía la misma consistencia y tamaño que el pulgar. Nunca había evacuado algo semejante a aquello y el dolor que atenazó su garganta la hizo abrir la boca en un grito mudo que, al adentrarse en el recto, tomó el volumen de un alarido. Ahogándose con su propia saliva, mocos y lágrimas, le suplicaba a su padre que tuviera piedad y dejara de penetrarla de esa forma pero, súbitamente, al exceder el miembro la resistencia de los esfínteres, como si se declararan definitivamente vencidos, el tránsito fue convirtiéndose en algo maravilloso, sublime y deslumbrante.
Suplantando al dolor infinito, una oleada de placer fue inundándola y cuando la pelvis del hombre tomó contacto con sus glúteos para iniciar el lento retroceso, ella proclamó a voz en cuello cuanto la complacía ese sexo. La asimilación de su hija sorprendía al hombre quien, ralentando lo más posible el ritmo de la sodomía, alargó los tiempos del coito. Definitivamente complacida, Josefina hamacaba su cuerpo adelante y atrás al tiempo que encorvaba la columna y luego bajaba el abdomen para que el tránsito de la verga en su tripa se convirtiera en soberbio. Por eso, cuando Aníbal le sugirió que ella contribuyera a su goce masturbándose con una mano, extendió la izquierda para hundirla en el caldoso sexo a la búsqueda del clítoris.
La masturbación no le era extraña, pero la combinación de dos de sus dedos restregando afanosamente la excrecencia maravillosa que la hacía gozar tanto y el tremendo falo del hombre sodomizándola, se le hicieron inefables. Hundiéndose en un vórtice de perverso placer, padre e hija bregaron por casi diez minutos en tan cruenta lucha, al cabo de los cuales, al unísono y proclamándolo en medio de roncos bramidos, ambos arribaron a su satisfacción, sintiendo Josefina la doble eyaculación, la del hombre esparciéndose cálida en sus entrañas y la suya propia inundándola.
Entreverados, como muertos, los dos se derrumbaron en el lecho y sólo el clarear del sol los hizo recuperar los sentidos. Contrariamente a lo esperado, no fue el hombre quien despertó primero sino la muchacha. En la penumbra del último rincón del rancho y envuelta en una especie de beatífica calma, comprobó que el cuerpo asimilara el traqueteo de la noche y, diciéndose que por fin era mujer, miró cariñosamente el atezado rostro querido.
No era tan lela como para no darse cuenta de que no todos los hombres tenían sexo con su hija, pero también consideraba que aquello debía hacérsele normal, teniendo en cuenta lo alejados que estaban de cualquier población y las escasas oportunidades que ella tendría en conseguir pareja. No pretendía competir con su madre, sino complacer a su padre al mismo tiempo que adquiría conocimientos sexuales que pudieran serla útiles en el futuro incierto de esas regiones.
Cuando Aníbal se levantó para comer algo y volver a la sierra con la majada, ella hacía rato que se había lavado y puesto uno de aquellos vestiditos primitivos que le comprara su madre. Al ver la tranquilidad con que la muchacha se movía como si nada hubiera sucedido, Aníbal trató torpemente de iniciar una conversación para convencerla que no hiciera evidente lo sucedido ante Jacinta, pero la mirada entre cómplice e irónica con que la muchacha respondió a sus primeras palabras lo eximió de todo comentario y de esa manera, tácitamente, aquella relación se hizo habitual.

El regreso de la madre no constituyó ningún acontecimiento y sólo la compra de otras prendas para ella provocó algún comentario en la mujer sobre su aspecto, cada día más adulto. A pesar del entusiasmo con que habían encarado aquella relación sexual, no había en Aníbal ni Josefina urgencias incontinentes que los llevaran a exponerse a que la mujer ni siquiera sospechara lo ocurrido. Sin embargo e inducida por su padre, en ocasiones simulaba llevar la majadita al pequeño oasis y se desviaba para juntarla con la de Aníbal.
Su padre había descubierto una hendidura en la montaña que, oficiando las veces de cueva o caverna, cobijaba a los amantes que ya habían amainado con sus furores y, generalmente, se limitaban a practicar un mutuo, saludable y placentero sexo oral. Muy de vez en cuando se complacían con una enérgica cópula o daban suelta a sus mutuos goces en sodomías en que la chica podía desfogar a gusto sus alaridos, pero preferían reservar fuerzas y deseos para prodigarlos en el rancho cuando Jacinta hacía sus periódicas visitas al pueblo.
Con el tiempo, las relaciones habían adquirido esa rutina que otorga la habitualidad y ya su padre no enloquecía ante sus encantos ni le exigía aquellas penetraciones maratónicas de las primeras veces. Sólo para un observador suspicaz hubiera sido notable la maduración física de la muchacha que sí hacía un culto en aprender y sacar provecho de cada acto sexual asimilándolo como una esponja y poniéndolo solo en evidencia cuando Aníbal le exigía alguna satisfacción en especial.
Eso, sumado a la experiencia visual de que el encendido voyeurismo la proveía y cuyo entusiasta práctica no sólo no cesara en ningún momento sino que era la yesca que mantenía prestas sus ganas para la masturbación y el posterior desenfreno con el hombre, al pasar el tiempo la convirtieron en una hembra que, agazapada en el rancho como una bestia esperando su víctima, aguardaba pacientemente hasta tener la edad suficiente como para acceder a algunas fiestas populares de las cuales surgiría seguramente el hombre que la haría mujer definitivamente y que, tal vez, le procuraría un futuro mejor.


 

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Relato: Sexo en la montaña
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