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Relato: Los Testículos de Jehova


 


Relato: Los Testículos de Jehova

  

Una pura y dulce mujer de 29 años, habiendo sido criada bajo
los valores y principios más rectísimos encontrados en las santas escrituras,
vivía en una casa modesta en el campo donde llevaba una vida santa, rodeada de
velas, imágenes santificadas y demás detalles que toda tierna beata suele tener
entre sus humildes pertenencias.


Cierta mañana, un forastero de pulcro vestir toco la puerta,
llevaba la biblia entre sus manos.


-¿Quién es? -preguntó desde dentro la ingenua.


-¿Podría conversar un minuto con usted, respetada señora? Mi
nombre es Gabriel, soy un dichoso miembro de los Testígos de Jehová y vengo a
traerle la palabra de Dios a su casa y a su purísima alma.


La señora quedó impresionada ante las cálidas palabras que
atravezaron las ranuras de la puerta de madera y dejó pasar al caballero, quién,
demostrando hábitos decentísimos, agradeció con una inclinación el gesto de
confianza de la casta mujer.


-¿Usted cree en Dios, hermana? -preguntó el caballero.


-¡Por supuesto, hermano! -respondió orgullosísima la
fervorosa mujer-. Soy muy devota de nuestro misericordioso Señor.


-¿Sabía usted que los Testígos de Jehová -al decir esto
Gabriel elevó las manos en señal de alabanza. Segundos después continuó:- decía
que si sabía que nosotros hemos sido seleccionados por el mismísimo Jesús como
los representantes y directos soldados del Señor y su causa sobre la faz de la
Tierra?


-¡Ay! ¡No lo sabía, hermano! ¡Qué labor más importante lleva
usted sobre sus hombros! ¡Ya quisiera yo poder ser parte de una misión de tal
envergadura a beneficio del Todopoderoso!


-Aún está a tiempo de ser parte del ejército blanco de
Nuestro Señor Todopoderoso tanto en el cielo como en la Tierra. ¡Aleluya al
Padre, Aleluya al Hijo, Aleluya a la Virgen María! -gritó el hermano poniéndose
de pie, elevando los brazos nuevamente y lanzándose al suelo de rodillas.


La crédula mujer lanzó un quejido de asombro llevándose las
manos al rostro, tenía las piernas temblando de pasión por la escena virtuosa de
la que sus ojos eran testigos. El pecho le golpeaba tanto que sentía el palpitar
de su corazón a través de un zumbido ruidoso en los oídos. Sin perder un segundo
se lanzó de rodillas frente a la cruz humana que había formado el astuto hombre
en medio de la sala, y dijo:


-¡Dígame cómo puedo servir mejor a nuestro Dios
miseriocordioso! Soy capaz de todo, todo por Él. ¡Dígame, por favor, buen
hermano, ayúdeme!


El sinuoso individuo, sabiéndose victorioso, se puso en pie y
miró fíjamente a la adorable mujer que yacía a unos centímetros de sus pies.
Desde esa altura pudo distinguir la voluptuosidad de los pechos, la pequeñez del
talle, el resplandor de la piel fresca, la anchura de los labios. Ante tal
panorama sintió un despertar en su hombría, pero sabía que aún faltaba el golpe
de gracia para disfrutar de la fruta intacta que esperaba con impaciencia una
palabra suya.


-Hay un bautizo especial que acelera tu afiliación al
ejército blanco de nuestro Señor, el cual es administrado únicamente, por orden
especial del Vaticano, a las hermanas más dignas que caminan sobre el jardín de
Nuestro Señor. ¿Crees merecer dicha oportunidad divina, esclava del Señor!
-gritó el ruín, elevando una mano extendida hacia el techo.


-¡Sí! ¡Sí, bautíceme hermano! ¡Por el amor de Dios,
bautíceme! -exclamó la tierna mujer desesperada.


-Reza conmigo, virgen alma -ordenó el impúdico. La fiel
obedeció inmediatamente apegando las palmas de sus manos delicadamente entre sus
mórbidos senos incentivando el apetito del sinvergüenza.


-Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es
contigo. Bendita eres entre todas la mujeres y bendito es el fruto de tu vientre
Jesús. En Nombre del Padre Todo Poderoso, en nombre de Jesucristo, su hijo
-gesticuló a viva voz el improvisado bautizador-, y en nombre de los Testígos de
Jehová, hijos de Nuestro Señor... te bautizo... ¡Prepárate a recibir la santa
purificación!


El aprovechador, que se había estado masturbando en silencio,
bajó el cierre de su pantalón de tela y sacó el sólido sable de innumerables
faenas, dejándolo sobre el rostro de la beata que hasta ese momento seguía
rezando con los ojos cerrados.


-¡Ay! ¿Qué es esto, Jesús, María y José! -clamó, alarmada, la
inmácula mujer al sentir la ancha y venosa protuberancia que recorría sus
facciones de lado a lado, sin dejar de palpitar con vehemencia.


-¡Te bautizo con el poder encomendado a mi persona por el
mismísimo Jehová! -dijo el lujurioso recorriendo cada rincón del rostro de la
elegida con su hinchado sable de carne-. ¡Ríndele homenaje a la dichosa gracia
que el Todopoderoso ha tenido a bien brindarte, besad y rendid culto al regalo
que Nuestro Señor pone ante ti, divina santificada!


Al decir esto, el mensajero del Señor bautizó literalmente a
la santa cierva derramando sobre su suave fisonomía el nectar prometido.


La flamante adquisición, del ejército blanco del
Todopoderoso, besaba con lágrimas en los ojos el dichoso mazo que hace tan solo
unos segundos le había dado la llave hacia el Paraíso tan deseado; llena de
orgullo, agradecía su suerte.


-El Señor ha tenido la bondad de elegirte a ti, como su
cierva de mayor confianza, sólo de ti depende que los Testículos de Jehová
lleven una vida animada y llena de cuidados. Nuestro Grandísimo Dios ha sabido
ver en tu purísima alma. ¡Sólo tú puedes encargarte de los Testículos de Jehová,
santa mujer!


-¡Qué dichosa entre todas las mujeres! -murmuraba la mujer
palideciendo con su nueva y copiosa labor.


-De mí hablarán las futuras generaciones. Al igual que a la
Virgen María, a mi casa también ha llegado mi Arcangel Gabriel. ¡Qué orgullo ser
la elegida entre todas las mujeres para tan importante y secreta misión!
-murmuró en voz baja la laboriosa cierva, casi para sí misma, y sin descuidar
sus ahora diarios deberes.


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Octubre 14, 2002


Emmanuel Fernández



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