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Relato: El joven amante de mi esposa


 


Relato: El joven amante de mi esposa

  

Mariana, mi esposa tiene 36 años y yo 43 y desde hace
aproximadamente cuatro, convenimos en buscar placeres sexuales
extramatrimoniales. No sé por qué, pero la suerte sólo ha estado de su parte,
pues desde entonces a la fecha ya ha cogido con varios hombres y yo solamente
con una conocida de ambos.


Su más reciente aventura la tuvo a finales de diciembre
pasado (2002), con un muchacho 10 años menor, pero sin duda la relación con la
que más me he emocionado; pues sepan ustedes que cada vez ella se acuesta con
otro, me domina la "calentura" y en todo momento traigo ganas de coger o cuando
menos de masturbarme.


El asunto con Chucho, como lo llamaré, empezó a mediados de
diciembre, cuando mi mujer y nuestro hijo adolescente asistieron a una fiesta
familiar nocturna para festejar los 15 años de unas parientes gemelas.


Yo me quedé en casa, al cuidado de nuestro otro hijo de dos
años y a eso de la media noche me fui a dormir. Poco después de las dos de la
madrugada llegaron a casa Mariana y mi hijo. El derecho a su cama y ella a
avisarme que una de sus hermanas había invitado a varios miembros de la familia
a continuar la fiesta en su casa.


-Nos invitó Nana (su hermana) y su esposo a seguirla en su
casa, ¿cómo vez?- me dijo.


-Ve, pero ten mucho cuidado al conducir- le respondí.


En el grupo iba además uno de sus hermanos con su esposa, un
primo y Chucho, con el cual había bailado desde el principio de la fiesta.


Un par de horas después me llamó por teléfono para decirme
que la estaba pasando de maravilla y que se tardaría un rato más. Porque la
conozco deduje que algo muy bueno le estaba pasando y asentí, con la
recomendación de que llegara antes de que me fuera a trabajar.


A las 8:30 a.m. regresó a casa y lejos de mostrar el rostro
de desvelo, le noté esa sonrisilla pícara peculiar de cuando la flecha un
hombre. A grandes rasgos me platicó las incidencias del baile y presto a conocer
detalles le pregunté si le había gustado Chucho.


Resulta que al bailar se dieron algunos apretujones y en
varias ocasiones ella sintió su pene erecto tallarse contra sus muslos y por
supuesto, eso le gustó.


Me dijo que sí, que Chucho se la antojaba y le respondí que
adelante, que se lo cogiera antes de que le pasara la emoción.


-¡Pues si te gusta, ejecútatelo madre!- la animé.


Toda la semana siguiente estuvo en contacto por teléfono y
como Chucho es amigo de mi cuñada Nana, él le hizo a ella algunas preguntas
acerca de Mariana. Le dijo que le gustaba y aunque Nana le recordó que su
hermana está casada, él ni se inmutó. Simplemente me ignoró el muy cabrón.


Las cosas se dieron rápido y a sabiendas Mariana de que el
esposo de Nana no estaría por algunos días en casa, se le ocurrió citar ahí a
Chucho con el pretexto de ver un par de películas.


Mariana me platicó después que durante el tiempo que
estuvieron los tres mirando el televisor, Chucho le tocó los muslos varias veces
y ella gustosa aceptó las caricias. Sin duda ese fue el comienzo, pues en al
final de la velada, Mariana le dijo a Nana que si le daba posada y ella
solamente le preguntó que si yo estaba enterado y Mariana le dijo que sí.


Para esto, Mariana y yo habíamos acordado que si las cosas se
daban, se fueran a un motel, pero que no llegara a casa después de las ocho de
la mañana, pues a las nueve me iría a trabajar.


Luego de apagar el televisor, Nana se retiró a dormir y mi
mujer y Chucho se quedaron en la salita, con la luz apagada, bailando música
romántica.


Chucho no tardó mucho en restregar su pene erecto en la
pelvis de mi mujer, movimientos que ella respondió de inmediato y a los que
precedieron algunos besos y caricias de él en el cuello y boca de Mariana.


Ya entrados –como decimos por acá, en el Norte de México- él
metió sus manos por debajo de su blusa y le acarició la espalda por largo rato
en un juego que terminó con la caída del sostén, liberando con ello sus
preciosas tetas y las cuales Chucho empezó a acariciar.


Al rato ya no bailaban. Estaban de pié, unidos y la lengua de
Chucho hacía su trabajo en los pezones de Mariana, que para entonces –según me
dijo después- en verdad ya estaba muy caliente pero se detenía un poco pensando
en que estaba en la casa de su hermana.


Las caricias de Chucho pronto la hicieron que pasara la esa
frágil barrera del pudor y ya sentados en el sofá, mientras él le mamaba sus
tetas, ella empezó a sobarle el pene por encima del pantalón.


Ya en el sofá de la salita, ella lo recostó y prácticamente
se subió arriba de él y dejó sus tetas a la altura del rostro de Chucho, que no
desaprovechó la oportunidad de succionar sus pezones.


Ya estando bien calientes, mi mujer le sugirió a Chucho que
pasaran a la recamara de mi sobrino, al que esa noche Nana, en complicidad, lo
llevó a dormir a su cama al no estar mi concuño.


En la recámara su fundieron en un abrazo caliente y él le
sacó la blusa dejando al aire sus tetas, que continuó chupando mientras ella lo
despojaba de la camisa con una mano y con la otra la apretaba el pene, del que
para entonces ya había palpado un tamaño un poco más grande que los normales
-tres dedos más largo que el mío, según midió-.


Cuando al final lo liberó del pantalón y la truza, ella sentó
en el borde la cama y sin soltarle el endurecido miembro, recorrió con su lengua
el pecho y abdomen de Chucho, hasta finalmente tocar con la punta de la lengua
el inflamado glande de su joven amante.


Mi mujer es experta en mamar penes. Solamente quienes hemos
tenido los nuestros en su boca sabemos lo placentero que es el jugueteo de su
lengua en las zonas más sensibles del glande, el tronco, los testículos y las
inmediaciones del culito.


A veces tiene la ocurrencia de, mientras trabaja con su boca
el pene y los testículos, introducirnos cariñosamente un dedo en el culito y
acaricia con su yema la pared del recto, justo en la próstata, lo que nos
provoca una eyaculación escandalosa y abundante, que usualmente recibe en su
boca, por debajo de la lengua, para no tragar el esperma.


Chucho debió sentirse a las puertas del Cielo cuando mi mujer
le pasaba la lengua por toda esa zona erógena, mientras con la mano libre le
acariciaba las nalgas y la entrepierna.


Mariana casi no succiona al mamar, por lo que no lastima como
ocurre con algunas otras mujeres. Utiliza mucha saliva y adorna su trabajo con
ligeros mordiscos al glande y al tronco del pene.


Sabedora de cómo y cuando seguir o dejar de mamar, ella se
retiró el pene de Chucho y terminó de desnudarlo. Chucho estaba como asustado y
tardó en percatarse de que mi mujer intentaba por sí sola zafarse el pantalón y
las pantaletas.


Desnudos por completo, ella lo acostó bocabajo y con su
lengua recorrió todo su cuerpo, desde la nuca y las orejas hasta sus pies,
haciendo el alto obligado en las nalgas y entrepierna del muchacho.


Luego lo puso de espalda, boca arriba. Ella lo besó en la
boca, el cuello, las tetillas y el ombligo, antes de acariciar y mamar con
suavidad de nuevo el duro pene de Chucho –del que según estimo, debe medir unos
18 centímetros", se recostó suavemente encima de él, mientras su pelvis buscaba
con avidez juntar su vagina con la punta del pene de su amante.


No tardó mucho. Pronto el pene de Chucho se fue metiendo
lentamente en la cueva caliente y húmeda de mi mujer, en tanto que sus bocas y
lenguas se entregan a largos y profundos besos.


Así estuvieron varios minutos. Ella encima de él, moviendo
sus caderas en forma rítmica, rozando el pene de Chucho dentro de su vagina en
busca de las sensaciones que finalmente, por segunda vez en su vida, la hicieran
llegar al orgasmo por medio de la penetración.


Mariana tiene el problema de no llegar al clímax cuando se la
cogen y antes de que nos conociéramos, ella, tras una sesión sexual, se quedaba
esperando siempre el ansiado final.


Cuando nuestra primera vez en la intimidad, ella me enteró
del problema y en la segunda ocasión, en que le hice de todas las formas habidas
y por haber, el intento de provocarle el orgasmo, al final opté por el sexo
oral.


Fue la solución. Sin embargo, en todo momento hemos buscado
el orgasmo por penetración y tras muchos experimentos, creemos que a mi mujer la
falta un pene más que grande, ancho, pero a la vez diestro.


Ella es de vagina grande, pero su punto "G" está muy próximo
a su entrada. Lo noto porque cuando le mamo su clítoris, a la vez la acaricio
esa sensible parte y con ello aceleramos el orgasmo.


Al tocar el pene de Chucho y sentirlo largo, pensó que esa
noche podría ser la ocasión esperada.


No lo logró en esa posición y cansada del ejercicio, se
separó y se recostó bocabajo a un lado de su amante, quien entonces decidió
devolverle las caricias con la lengua, desde la nuca hasta debajo de las blancas
nalgas de mi mujer.


Su pene siempre se mantuvo erecto y cada vez que le pasaba la
lengua por la nuca y sus oídos, su endurecido miembro se estacionaba en medio de
las nalgas de ella, aumentando la excitación de ambos.


Mi mujer levantaba su trasero y exponía su vagina en busca
del glande de Chucho. El la abrazó del vientre y de un levantón la ensartó
poniéndola en cuatro, o "de perrito", como por acá le llamamos a esa posición.


Mariana goza al máximo en esa posición porque dice que le
entra todo el pene y siente muy rico. Aparte suele acariciarse el clítoris
mientras su macho de turno arremete con fuerza. Le gusta que le empujen duro.


Así estuvieron un buen rato, sin que para ninguno de los dos
llegara el clímax pero sí el cansancio. Cambiaron a la posición usual de él
arriba y ella abajo y continuaron cogiendo hasta el agotamiento.


Chucho se disculpaba por no haber eyaculado y por no haber
logrado que Mariana llegara al orgasmo. Ella le dijo que no se preocupara, que
en un momento le ayudaría y acto seguido empezó a manosearle la punta del pene.
Ella es una experta en parar penes y pronto el del muchacho estaba a punto otra
vez.


Se incorporó un poco y mientras lo masturbaba rítmicamente,
fue acercando su boca al duro y largo trofeo. Chucho se sentía a las puertas del
Cielo cuando ella subía y bajaba su mano a lo largo de ese trozo de carne,
mientras mantenía el glande en su boca.


Su lengua pasaba en círculos alrededor de la hinchada cabeza
del pene y la saliva caliente hacía que la sangre de Chucho hirviera en presagio
del torrente que mi mujer, caliente al máximo, espera recibir en su boca.


De pronto la pelvis, abdomen y piernas del muchacho se
tensaron. Mariana, aceleró el movimiento de su mano derecha sobre el pene de
Chucho durante unos segundos más y entre espasmos de é y respiraciones
entrecortadas de ambos, ella recibió en su boca, debajo de la lengua, el semen
caliente de su amante.


Para eso serían ya las cuatro de la madrugada. Esa noche me
fui a la cama antes de la una, en el entendido que mi mujer y su chamaco sí
habían ligado que para esa hora se encontrarían en un motel.


Despertaba cada hora y constataba que mi esposa no estaba en
cama conmigo, sino en la de otro, gozando una rica cogida. Eso me excitó al
máximo, pero decidí no masturbarme y esperar al amanecer que ella llegara me
diera una de esas mamadas de ensueño que sabe dar.


En mis planes estaba que me ella diera una mamada, luego yo a
ella y enseguida cogérmela por el culito.


Llegó pasadas las ocho de la mañana. Yo la esperaba casi
desnudo y cuando abrí la puerta, le pregunté lo que siempre le pregunto cuando
viene de coger con otros hombres.


-¿Cómo te fue, cielo?


-Bien- me respondió.


-¿Cogiste rico?


-Más o menos- me dijo con una sonrisa cómplice y picarona.


-¿Tuviste un orgasmo?


-No, no, pero ya casi- me dijo-. Es que no nos fuimos al
motel, nos quedamos en casa de Nana y estábamos nerviosos porque la cama rechina
mucho.


Entonces le comenté mi plan y asintió, diciendo que en
particular esa mañana tenía gana de que la penetrara por el culito.


Y luego las preguntas de siempre.


¿Cómo empezaron? ¿Quién se desnudo primero? ¿Le tocaste el
pene antes? ¿Lo tiene grande? ¿Cómo te penetró? ¿Te lo metió por atrás?


Saber todo eso me pone cachondísimo y mientras me contaba a
grandes rasgos su velada sexual, se sentó en sillón y me puso frente a ella.
Bajó mi calzón y mi liberó mi erecto pene, que le quedó justo a la altura de su
rostro.


Empezó a masturbarme y mamarlo muy rico, como ella sabe
hacerlo y le advertí que estaba a punto de eyacular. No me creyó y de pronto un
chorro de esperma saltó hasta su pelo y luego otras expulsiones violentas
mancharon su blusa a la altura de las tetas. Otros chorros de esperma cayeron en
su pierna derecha, encima del pantalón. Yo, como Chucho horas antes, me sentí en
la Gloria...


La levanté del sillón y la llevé a la cama. Se quitó la blusa
y el pantalón y yo le quité las pantaletas. Ahí estaba su vagina, preciosa como
siempre, sólo que ahora sus labios menores presentaban un color rozado. Recorrí
con mi lengua toda su raja y la pasé varias veces por su clítoris.


Ella estaba caliente. Se notaba por sus reacciones.


Concentré mi trabajo en el clítoris e introduje el dedo medio
de mi mano derecho en su vagina hasta localizar el punto G, el que empecé a
estimular con una ligera presión circular.


No tardó mucho. Mariana terminó en un gran orgasmo, más
intenso que otros y mientras se estremecía y volvía a la realidad, saqué de su
vagina mi dedo y se lo metí de golpe en el culito con la finalidad de prepararlo
para la cogida prometida.


Se recostó bocabajo ofreciéndome su ano caliente. Le acaricié
las nalgas con la lengua y terminé el recorrido presionando la punta de mi
lengua contra los pliegues de su culito.


Luego me coloqué encima y puse sobre el orificio la punta de
mi pene.


Por lo general meterle a mi mujer el pene por el culito suele
ser parte de toda una ceremonia: despacio, con suavidad. Pero esa mañana ambos
estábamos más calientes que otras veces y rápido, casi sin preámbulos, mis
testículos chocaban ya en los labios de su vagina.


Vino un intenso vaivén, un mete y saca más rápido que de
costumbre, cuyo ritmo en todo momento controló empujando su trasero para recibir
con más fuerza mis embestidas y provocando también una eyaculación rápida pero
intensa en su recto.


Nos quedamos recostados, cansados, comentando detalles de su
reciente aventura con Chucho.


 

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Relato: El joven amante de mi esposa
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