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Relato: Melisa Embarazada (2)


 


Relato: Melisa Embarazada (2)

  

MELISA EMBARAZADA 2



Durante los siguientes meses, Melisa fue ofertada a varios
degenerados, cogedores de embarazadas, los cuales pagaban excelentes sumas de
dinero. Johny vio como crecía su cuenta y Melisa también, a pesar que sólo el
veinticinco por ciento le correspondía a ella. Aún recuerda su primer "trabajo"
como puta embarazada, cuando se presentó en el apartamento de un viejo de
setenta años, de muy buen nivel, al que tuvo que complacerlo de varias maneras.
Primero le chupó la pija, durante media hora, para que se le parara al viejo.
Después el abuelo se la cogió por el culo, ya que no quería invadir su vagina,
por algún extraño preconcepto.


El viejo estuvo media hora, dale que te dale, perforando su
ano, hasta que se lo dejó bien lleno de leche caliente. Ese día hizo buen
dinero. Este degenerado le ofreció a Melisa trabajar para él y un grupo de
vejetes adinerados de su conocimiento, los cuales compartían el morbo por las
preñadas, máxime si eran jovencitas. Melisa prometió pensarlo, aunque temía de
las represalias que tomara su gigoló a la hora de enterarse.


Otro día, cuando tenía ya siete meses de embarazo, Johny la
ofertó en una despedida de soltero. Melisa no sabía que clase de trabajo era
para ese día. Pensó que algún degenerado más se sacaría las ganas con una
preñada. Pero grande fue la sorpresa cuando llegó a un apartamento céntrico, y
vio que se trataba de una fiestita bien cachonda. La esperaban ahí cinco tipos,
incluido el homenajeado. Melisa se presentó como le indicaron al momento de
contratarla: un hermoso vestido floreado "jumper" de embarazada.


Ya tenía su buena panza, bien redondita, y sus tetas bien
gordas de pezones café, manando las primeras gotas de calostro. Tenían la sala
preparada, y le solicitaron un "streaptease" encima de una pequeña mesa de
living. Se quitó eróticamente su vestido de futura mamá bien despacito,
ambientado con un fondo musical acorde a la situación. Terminado de quitarse el
mismo, quedó expuesta con un diminuto juego de lencería de encaje rosado que
permitía la transparencia de sus pezones y de los pendejos rubios de su concha.
Uno de los varones participantes, desplegó su verga sin miramientos y comenzó a
pajearse delante de todos. Una risa generalizada se desató en la sala, y las
bromas de los compañeros no se hicieron esperar.


Melisa mientras tanto, se quitó su corpiño, dejando al aire
sus gordos senos, llenos de leche, con sus pezones bien oscuros y gruesos como
un dedo. Uno de los participantes, padrino de la boda del honrado, acercó su
boca a una de las tetas y extendiendo su lengua saboreó uno de los pezones, en
forma suave y delicada. Un estremecimiento de gozo hizo estremecer a la preñada,
y sus manos delicadas acariciaban su enorme vientre, disfrutando de ese beso
sensual en su seno. Con sus tetas al aire y su bombacha puesta, los cinco se
acercaron y comenzaron a manosearla delicadamente. Las manos de los tipos, la
llevaron prácticamente a un orgasmo de sensaciones placenteras, y su concha
comenzaba a mojarse. Era la primera vez que iba a coger con más de un hombre a
la vez. El novio, estando Melisa de pie sobre la mesita, le hizo abrir las
piernas, al tiempo que la cabeza del homenajeado se metía debajo de las
intimidades de la preñada, aspirando a través de los calzoncitos rosados de
encaje, los aromas que emanaban de su concha bien jugosa. Una de las manos del
novio hizo a un lado su braga y la lengua del macho se metió dentro de sus
acuosos labios interiores. Un gemido de placer salió de la garganta de Melisa,
disfrutando de este momento cachondo.


El resto de los hombres se dedicaron al resto de su preñada
humanidad: uno en cada uno de sus senos, otro lamiendo su fértil inflado
vientre, y el pajero acariciaba su trasero sin dejar de menearse la pija, ya a
punto de acabar. Tanto placer táctil fue demasiado para Melisa y un orgasmo le
aconteció, al tiempo que jugos espesos y lechosos de su vagina eran devorados
por el novio, los otros saboreaban su calostro, mientras los otros dos la
sostenía para que no cayera desmayada y agotada de tanto satisfacción sexual.
Melisa sin querer había descubierto que era una puta bien viciosa, no imaginando
nunca el placer que estaba alcanzando. Los cinco hombres le propusieron aumentar
su paga, si Melisa accedía a una orgía con los cinco al mismo tiempo, que
difería a lo concertado con el gigoló, o sea de a uno por vez. Les dijo que sí,
aunque la puta preñada lo haría gratis de bien degenerada que se estaba
poniendo.


La llevaron a un dormitorio contiguo, donde una cama de dos
plazas, bien tendida los aguardaba a los seis participantes. Imagínense la
escena, una embarazada con cinco tipos, en una orgía descomunal. Le quitaron su
tanguita rosada, y la dejaron desnuda, exhibiendo su panza de embarazada,
masajeándose las tetas, sacando pequeñas gotas de leche espesa y amarillenta en
grasa. Sin dudas el primero en estrenar tan tremenda puta, era el novio, por lo
que se acercó a Melisa, la acomodó boca arriba al borde de la cama, dejando que
los pies de la preñada se apoyaran en el suelo, abriendo sus piernas, mostrando
sus rosados labios vaginales, cubiertos por una suave mata de pelos rubios. El
hombre ya desnudo totalmente, en realidad todos ya estaban desvestidos, se
colocó entre las piernas de la embarazada, arrimando a la concha una pija
respetable en su tamaño, y comenzó a jugar con el glande, rozando por los labios
y el clítoris de la preñada, sin llegar a penetrarla esperando que la puta
implorara ser atravesada por el macho. ¡Métemela de una vez! – gritó Melisa en
una éxtasis de deseo sexual.


El novio sonrió y su verga se ensartó en una concha caliente,
llena de jugos, y el bombeo vino en forma natural. Sentía su pija abrazada a
tremenda concha, mientras sus bolas golpeaban los cachetes del culo, y sus
negros pendejos se mezclaban con los rubios de la embarazada. ¿Qué están
esperando muchachos? – preguntó el novio, ¡todos a gozar! – ordenó al instante.
Los otros no esperaron dos veces la orden, y dos buenas trancas, las del padrino
y le pajero se metieron en la caliente boca de Melisa. Era increíble como la
puta preñada se metía dos vergas en la boca al mismo tiempo, chupándolas como
una endemoniada. Los otros dos esperaban, pero pajeándose suavemente. El pajero
no aguantó mucho, y al cabo de unos segundos, esperma manaba de su pija y se
depositaban sobre la boca y el rostro de Melisa. ¡La puta que te parió! – gritó
el padrino, ¡me ensuciaste todo! – agregó molesto. ¡No importa papito!- habló
Melisa en un gemido, ¡dame esa verga y venga otra que mamá quiere pija! – gritó
ya desacomodada de goce sexual. Uno de los que esperaban tomó el lugar del
pajero, entonces ya Melisa era atendida por tres pollas a la vez.


Dos en su boca y la del novio en su jugosa concha. Pero el
novio no iba a resistir mucho más, y arqueando su espalda, clavó su verga en los
profundo de la concha de la preñada, casi llegando a su ocupado útero,
derramando torrentes de semen caliente. ¡Ahhhhhh! – gritó el novio, ¡toma mi
leche putita! – volvió a gritar en un orgasmo infernal. Se salió de ahí, y la
concha de la grávida se veía llena de leche de hombre, derramando gotas sobre el
suelo. El pajero, que era bien asqueroso, se metió entre las piernas de la
preñada y se puso a lamer los restos de la corrida de Melisa y del novio. Luego
con su cara toda mojada, lamió la gorda panza de la mujer, al tiempo que se
acomodaba para darle placer con su falo bien erecto. La pija del pajero era
respetable en tamaño, y de un solo envión se la clavó hasta las bolas. Parecía
un conejo, y como en la chupada, se acabó en cuatro bombazos. Sacó su cipote, y
restregándolo sobre los labios, el clítoris y los rubios pendejos de la
embarazada, los llenó de esperma espeso. ¡Ahh, esto si es coger! – dijo
lascivamente el pajero. Melisa seguía turnándose con las vergas que tenía en su
boca, una chupadita a una, un lengüetazo a la otra. En eso, el pajero se salió
de entre las piernas de la preñada, y tomo el lugar el quinto hombre.


Este era un hombre, buen mozo, alto, y de color ¡negro! Y ya
se sabe cuál es el mayor atributo de los negros, y no precisamente la bondad o
la inteligencia, porque al instante Melisa sintió que la partían al medio. Esa
sensación bien dolorosa, era el pijudo del moreno, clavando su verga en lo
profundo del ser de la embarazada. ¡El hijo de puta se la estaba metiendo en el
culo de la pobre puta encinta! Primero, la lubrico con los restos de las
corridas que tenía en la concha, jugos vaginales y semen de sus anteriores
copuladores: el novio y el pajero. La desgraciada futura mamá, sin poder ver el
rostro de quién era el responsable de tan tamaño dolor y placer, supo al
instante de que se trataba: ¡ayyyyy, uhhhhh, ayyyyyy, qué dolor, qué placer me
estás dando negrito! – gritó al instante la embarazada. ¡Sácame la mierda negro
hijo de puta! – volvió a gritar Melisa fuera de sí. Los cinco hombres no daban
crédito a tamaña perversión, pues la puta se les había puesta fuera de sí. El
negro comenzó con el vaivén dentro del prieto culito, gozando como un burro en
celo. ¡Qué culito mamita, qué calentito y apretadito lo tenés! – decía el negro
lascivamente. El cipote del hombre de color parecía un pistón de camión,
lubricadito por los jugos propios y de la preñada. ¡Muchachos, deberían probar
este culito! – gritó el negro, ¡no es para nada seco, al contrario está bien
jugoso! – agregó el hombre de ébano. Los otros dos sentían un placer increíble
en sus trancas mientras la puta se las chupaba, el pajero y el novio yacían en
el suelo, destrozados de tamaña sesión de sexo.


La puta gozaba como una loca, y de repente grito algo que los
dejó helados a todos: ¡doble penetración por favor!, ¡quiero dos vergas dentro
mío! – grito descontroladamente. ¡Es un antojo sin dudas! – gritó el padrino.
¡Entonces hay que cumplírselo! – agrego el novio. Los que tenían las vergas
ocupadas en la boca de Melisa se hicieron a un lado, ya que el negro, que
parecía un contorsionista, y sin sacar su verga del culo de la hembra grávida,
se giro, poniéndose de espalda sobre la cama, dejando la puta encima suyo, de
espalda, penetrada firmemente por el culo, el cuál parecía que iba a reventarse.
En esta posición, quedó la concha expuesta al máximo, deseosa de ser ensartada.
Era el turno del padrino, quién sin tener la polla del negro, era de un tamaño
respetable. ¡Ayyy, puta madre que soy! – gritó Melisa. El padrino se la venía
metiendo poco a poco, pero la puta ya gritaba de gozo. ¡Querías pija mamita! –
gritó el padrino, ¡toma entonces! – agregó, al tiempo que se la insertaba hasta
los huevos. Era el caos total del placer, una embarazada penetrada doblemente:
por la concha y por el culo.


En un movimiento acompasado, los hombres penetraban
sincronizadamente en el culo y la concha de la preñada, y cuando se perdía por
un instante la coordinación, las dos vergas entraban en el interior al mismo
tiempo, Melisa sentía que iba a reventar, y la harían parir por la boca en
cualquier momento. Pero no pudo gritar, porque el otro invitado, al que
anteriormente le estaba chupando la pija, volvió a ocupar el lugar, y clavó su
cipote en la boquita sensual de la grávida. Ahora era triple la cosa, y sin
tiempo fue cuádruplo, ya que el pajero, recuperó fuerzas y se unió a la fiesta y
una nueva pija se agregó a la boca de Melisa. ¡Únete a la joda! – gritó el
padrino, ¡eres el homenajeado! – agregó.


El padrino estaba dale que te dale en la concha de la hembra,
mientras el negro le taladraba el recto a la preñada. Entonces se dio una escena
de circo, ya que el negro se ubicó de manera, que sin dejar abandonado el culo
calentito que tenía ensartado, permitió que el padrino sin sacar tampoco su
respetable polla del coño de la embarazada, se hiciera a un lado como invitando
al novio para que penetrara a la puta. ¡Ven que hay sitio para ti! – dijo el
padrino. Entonces en forma increíble, el novio se ubicó entre las piernas
abiertas como un compás de la embarazada, y compartiendo lugar, penetró
vaginalmente a Melisa, de forma que dos pijas, las del novio y el padrino de
bodas estaban ensartadas en la concha de la preñada. Era una bruta triple
penetración, además de las dos vergas que mamaba al mismo tiempo. Todos gritaban
y gemían de placer, y estuvieron varios minutos así, cogiéndose los cinco a la
embarazada. Pero llegó el momento de las acabadas, y casi al mismo tiempo
acabaron en la boca las dos pollas que mamaba Melisa. La rubia tenía el rostro y
los labios llenos de leche espesa, le caía por la barbilla y se goteaba sobre
sus gordos senos.


En eso le llegó el turno de acabar al padrino, quién
sacándola de la concha compartida con su "ahijado", se puso de pie sobre la
cama, acabando gruesos chorros de esperma sobre la gorda panza de la embarazada.
¡Ahhh, esto es un sueño! – gritó en un orgasmo el padrino. ¡Qué embarazada bien
puta conseguimos! – agregó, mientras se restregaba los últimas gotas de semen
sobre la panza de Melisa. Ya solo quedaban el novio y el negro, penetrando
doblemente a la preñada. Pero le llegaron las convulsiones orgásmicas al novio,
entonces empujó al fondo de la concha, depositando gruesos chorros de leche
caliente en el ya fertilizado útero de Melisa. ¡Ahhhh, qué leche caliente siento
en mi cotorra! – gritó Melisa mientras ella también se acababa.


A todo esto solo el negro faltaba acabar, y no duraría mucho.
Por lo que pidió a la pobre embarazada, que se pusiera en cuatro patas, ya que
no había gozado al máximo debido a lo compartido que había estado la cosa.
Obedeció la preñada, y en cuatro patas como una perrita, elevó su culito para
que veinticinco centímetros de una gruesa y negra pija, desgarrara su ya
dilatado esfínter. El negro escupió su cagado cipote, el cual emanaba olor a
mierda, y con solo eso se la mandó a guardar hasta las pelotas. Estas últimas
bailaban como colgajos, golpeando los labios vaginales de la embarazada. Era sin
dudas la pija más gorda y larga que Melisa hubiera recibido en su vida. El negro
embestía con fuerzas, mientras el resto de los hombres, tirados y agotados,
disfrutaban de tamaña escena. ¡Esto si es una despedida de soltero! – gritó el
pajero, al tiempo que el resto festejaba y aplaudía. Melisa sentía como su culo
estaba al máximo de dilatación, y su dolor no existía ya: era solo placer sexual
descomunal.


De repente el negro sintió que le llegó el turno, y
aumentando la profundidad de sus penetraciones, embistió finalmente contra el
recto de la preñada, descargando en sus intestinos litros de semen caliente y
espeso como una crema. ¡Ahhhh, uffff, me acabo! – gritó al negro mientras una
corriente eléctrica atravesaba su columna y descargaba a tierra en la punta de
su pija, en el interior de la puta. Melisa también sintió esa energía y casi sin
quererlo, acarició su clítoris, acabando al mismo tiempo que su amante de ébano.
Era el orgasmo más fuerte que hubiera sentido, superando al que muchos hubiera
sentido antes. El negro retiró su badajo de carne negra del culo de la futura
mamá, chorreando semen, jugos varios, un poco de sangre y algo de mierda. ¡Se ve
que mamita no cagó antes de venir! – dijo sarcásticamente el novio.


El culo de Melisa parecía un hoyo de golf, y la concha estaba
irritadísima de tanto coger, además nunca se imaginó sentir dos vergas en su
concha al mismo tiempo. Melisa estaba destrozada de tanto sexo y placer, y
tirada sobre la cama, acariciando su abultado vientre, se sonreía de agradecida
de tan tamaña sesión de sexo salvaje. Se levantó, entre todos la ayudaron a
bañarse y vestirse, y como agradecimiento hicieron una colecta entre todos y le
dieron un poco más de dinero, sin que supiera el chulo de Johny. ¡Esto es por lo
bien que te portaste! – dijo el padrino, quién había sido el organizador de la
fiesta.


Melisa se despidió de sus amantes circunstantes, pero
caminaba con cierta dificultad porque el culo se lo habían dejado como una olla.
Mientras lo hacía, guardaba el dinero de propina conseguido, acariciándose la
panza, agradecida por las buenas ganancias que estaba obteniendo en su estado.
En otros capítulos les contaré otras orgías embarazosas de Melisa, como la vez
que se la violaron unos vándalos callejeros, o cuando unos degenerados la
hicieron coger con unos perros enormes.


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Relato: Melisa Embarazada (2)
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