Tomamos un ascensor, sin hablar, y paseamos un rato, en
silencio. Te parece que yo sí se adónde voy. Me paro delante de una tienda de
ropa. En el escaparate hay ropa de todo tipo, todo muy a la moda. Té cojo de la
mano y entramos. Es un lugar grande, con bastante gente entrando y saliendo.
"Siéntate aquí y espera", te digo
Al poco rato vuelvo con una falda corta y una camisa de
botones, te digo: "Pruébatelo"
Coges las piezas sin mirártelas y te encaminas a uno de los
probadores que están en el fondo del local. Corres la cortina y entras. No hay
casi gente esperando, pero te fijas en un grupo de chicos. Deben tener unos
veinticinco años y son extranjeros, parecen que un poco pasados de copas.
Entras en el probador y, como no, dejas la cortina
entreabierta.
Ves como me siento en un banco, un poco apartado, mirándote.
Sin fijarte siquiera en la ropa que te he entregado, vuelves
a mirar hacía el grupo de extranjeros. No parece que te observen. Te das la
vuelta y te quitas la camiseta por encima de tu cabeza. Te pones la blusa,
despacio. Es de gasa, negra, y absolutamente transparente. No puedes llevarla
sin sujetador y te arrepientes de no haber cogido uno de casa. Seguidamente te
quitas la falda y te pones la otra, por los pies. Es exageradamente corta. No te
has dado la vuelta, pero intuyes que debe insinuar claramente el principio de
tus nalgas. Te miras al espejo. Nunca has llevado un conjunto tan extremadamente
provocativo.
Sin esperar más te giras hacía mi. Tienes ganas de que te
vea. Te miro con aprobación y con un gesto te señaló el grupo de chicos. Cuando
los ves enrojeces de golpe. Están todos vueltos hacía ti, sonrientes, y alguno
más atrevido te hace señas indicándote que estas muy buena, asintiendo con la
cabeza y haciéndote gestos con la mano.
Ves como voy a la caja, pago, y te señalo que te espero
fuera, observándote desde la luna del escaparate. Esta vez decides darme lo que
quiero. Tienes ganas de que me lo pase bien, con la esperanza de vivir una noche
loca. Estas tan excitada...
Sigues con la cortina entreabierta y vuelta hacía los chicos,
te desnudas y te vistes de nuevo con la ropa que traías de casa. En el último
momento, dos de ellos se acercan hacía ti. Te asustas y, además, no sabes si era
eso lo que yo quiero. Cuando los tienes delante te escurres entre ellos, sin
poder evitar que, al pasar uno de ellos te ponga la mano en los senos,
magreándote, mientras otro se refrega entre tus nalgas. Yo te espero fuera, con
una sonrisa,.
Se ha hecho tarde y tienes hambre, así que te llevo a cenar.
Nunca habías estado en ese local. El comedor es pequeño, de
unas diez mesas, con una luz tenue, ideal para comidas intimas. Nos sentamos en
el rincón y encargo unos aperitivos y la cena para los dos.
Al retirarse el camarero, te susurro "Ve al lavabo a
cambiarte".
No puedes creer lo que oyes. "No puedo salir con la ropa que
me has comprado" contestas.
Por única respuesta, te cojo un pezón, apretándolo
suavemente, mirándote a los ojos. Al sentir la presión de mis dedos, empiezas a
notarte de nuevo húmeda.
Así que te levantas y vas hacia el lavabo. El espejo te
devuelve la imagen de una putita de lujo. Tu piel bronceada destaca bajo el
negro del conjunto. Se distinguen claramente tus pezones duros bajo la tela de
la blusa, y la falda, ceñida, no te tapa lo más mínimo. A cada movimiento temes
que tus nalgas queden al descubierto.
Al salir te parece que todo el comedor, ahora medio lleno, te
mira mientras lo cruzas para reunirse conmigo en la mesa.
Te pido que te desabroches un par de botones más. Totalmente
ruborizada (mitad por vergüenza y la otra mitad por la excitación que sientes),
me obedeces disimuladamente. El camarero aprovecha cada ocasión que tiene para
espiar dentro de tu escote, que descubre casi todos tus senos, con los pezones
duros de la excitación de sentirte observada.
La cena se va alargando, hasta que el comedor se queda
prácticamente vació. Avisas que vas al baño, momento que estoy esperando desde
hace rato.
"Espera" te digo, "llévate esto y te lo pones". "¿Qué es?, me
preguntas asustada.
Te respondo que una sorpresa, "venga… póntelo y ya está". El
paquete son unas bolas chinas que yo previamente he lubricado.
Así que te vas al baño. El hecho de imaginarte sin ropa
interior y con las bolas dentro de tu chochito hacen que me encienda. El tiempo
se me hace eterno hasta que llegas a mí y me sonríes confirmando mis deseos
cumplidos.
Me confiesas, para mi sorpresa, que las llevas puestas, lo
que corroboro con discreción metiendote la mano por debajo de tu corta falda y
palpando tu hermoso chochito desnudo y sólo decorado por el cordoncito que
sobresale de las bolas chinas.
Nerviosa y algo avergonzada no quieres ni moverte así que
pedimos los postres. "Estamos un rato y nos vamos", me dices. Estas deseosa de
marcharte porque te sientes desnuda y observada. Pero mis ideas son otras.....
Te pido por favor que vayas a la barra para buscarme tabaco.
Después te pido que vuelvas a la barra a pedir los postres. Luego que vayas de
nuevo al aseo, teniendo que subir y bajar las escaleras. Todo es por una razón
muy concreta, hacer trabajar a las bolas chinas. Y están funcionando. Un ligero
rubor cubre tu cara, indicando que empiezas a estar excitada, aunque no dices
nada.
De repente oyes que te pido que separes las piernas. La falda
es lo suficientemente corta para que, con las piernas ligeramente abiertas, no
pueda tapar nada.
La sombra de tu pubis es evidente para cualquiera que mire en
la dirección correcta.
De repente, notas mi mano sobre la parte interna de tus
muslos mientras te digo que llames al camarero y que le pidas los cafés.
Bajas la cabeza mientras llamas al camarero, que se acerca
sin quitar la vista de tu vientre, ahora que mis dedos te están masturbando a la
vista de quien se acerque.
Casi no tienes voz, pero soportas la mirada irónica del
maître mientras le pides dos cafés.
En mucho rato, es la primera ocasión en que nos quedamos
solos en el comedor. Entonces te miro a los ojos, me desabrocho despacio la
cremallera del pantalón y liberó mi pene, absolutamente erecto.
Es la primera vez que ves mi erección y la miras como
hipnotizada. Estamos en un establecimiento público y yo, tras el mantel, acabo
de sacármela. ¡No te lo puedes creer!
Alarmada, imaginas que te estoy pidiendo que me masturbes.
"Eso no, que no me lo pida", piensas. Eres sincera. Estas
muerta de vergüenza temiendo que alguien te atrape.
Pero yo te insinuo que no es eso lo que quiero, sino que te
la pongas en la boca.
No puedes ahogar un grito: - ¿¿¿Aquí???
Pero en el fondo toda esta situación te pone caliente, junto
con el hecho de que las bolas no paran de darte ese ligero masaje que si bien no
te hacen llegar al orgasmo, te provocan una excitación increíble.
Así que finalmente y sin pensarlo, bajas la cabeza
rápidamente, con la esperanza de hacerme correr antes de que entre nadie.
Estas completamente mojada y mis dedos en tu clítoris te
hacen perder el mundo de vista. Además, de cuando en cuando, doy pequeños
tironcitos a la cuerda de las bolas, lo que noto que te produce unos ligeros
espasmos de placer.
Sin entretenerte, te la introduces en la boca y, con la
lengua, me la vas lamiendo. Mueves la cabeza arriba y abajo, lentamente, al
tiempo que la giras para darme más placer. Notas que, si sigues masturbándome de
esa forma, me correré con mi polla en tu boca. Cada movimiento tuyo tiene su
recompensa porque las bolas chinas no paran de moverse en tu interior,
provocándote una intensa sensación.
No sabes de donde viene la excitación que sientes, si por el
morbo de la situación, por verme así o por las propias bolas, pero tus
movimientos cada vez se hacen mas espasmódicos, disfrutando de un placer
desconocido hasta ahora.
Es como si te estuviese penetrando, y sientes en cada
centímetro de tu boca y de tu coño ese punto de placer enloquecido.
De repente te aviso, echas la cabeza hacía atrás, justo a
tiempo para que te encuentres de cara con el camarero, que lleva un rato
observando.
Quieres morirte. Estas paralizada, con la cabeza gacha,
sintiéndote como una puta y, lo peor, colorada por la excitación y a punto de
correrte por la situación que estas viviendo.
La sonrisa del camarero es casi luminosa al decir: “El café
de la señora”.
Cuando se va el camarero dejándonos solos, soy yo quien toma
la iniciativa diciéndote: "venga, nena, ¿no quieres leche para tu cortado?".
Me miras suplicante, pero no te atreves a llevarme la
contraria. Me levanto, sentándome sobre la mesa. Tu, obediente, comienzas a
masturbarme. Primero lentamente, luego acelerando cuando ves que echo la cabeza
hacia atrás.
Tus movimientos no solo son para darme placer. Tu cuerpo se
convulsiona al notar esa pequeña pero intensa sensación de las bolas moviéndose
dentro de tu coño .
Cuando notas que me acerco el final, con toda naturalidad,
coges tu taza con una mano mientras con la otra aumentas un poco el ritmo, y,
con mucho cuidado, procuras que mi semen vaya a parar dentro de tu café.
Estas en estado de shock por la excitación. Respiras
agitadamente, anhelando que la situación no acabe, con las piernas juntas,
rozandote muslo con muslo, apretándote así tu clítoris, estimulándote tu misma,
a punto de correrte.
Te recuestas en el respaldo de la silla con los ojos muy
abiertos, sin dejar de mirarme a los míos y despacio, acercas la taza de café a
tus labios.
Finalmente, lo terminas de un trago mientras sientes cómo
explota un orgasmo salvaje en tu cuerpo.
Espero a que te normalices ( y yo también) y te digo:
"Efectivamente, eres la mujer que estaba buscando. Tu y yo vamos a convertir
nuestras fantasías, nuestros morbos y nuestras perversiones en realidad".
El tiempo de los juegos se a acabado. Vamos a empezar con las
cosas serias, asi que te digo "Ven, vamos a mi apartamento" y tu aun enloquecida
aun de placer aceptas sin pensar en lo que te espera .......
Y tu, sin pensarlo dos veces, totalmente entregada, tanto a
mi como a ti misma, sin decir nada, te levantas y nos vamos.............