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Relato: Ariadna, mi Lolita (1)


 


Relato: Ariadna, mi Lolita (1)

  


Ariadna



Bien, queridos amigos y compañeros internautas: luego de
hablarles de mi primera vez, con la hermosa Lupita, he de presentarles a
Ariadna, porque fue con ella con quien pasó lo mejor, y quien me contó (y sigue
contándome) algunas de las más fabulosas historias (o quizá así me suenen,
porque me las cuente entre polvo y polvo), que quiero compartir con ustedes, en
pago a sus historias, que tantos buenos ratos me han dado. Así que sean
pacientes. Esta historia, como la otra, es real.


Luego de que Lupita me desvirgara, de la manera que en otro
lado he contado, yo hubiera podido convertirme en su esclavo, pero la petición
que me hizo ese glorioso día no era broma, como pude comprobarlo pronto: cuando
el siguiente sábado la vi, en el comité de base, y busqué hablarle a solas, ni
pude ni me dejó. Me dijo: "es en serio, échate una novia y hablamos, y si
insistes antes, olvídalo todo". Y así fue: en meses, no me pidió ni siquiera que
cuidara a sus críos.


Pasé un largo fin de semana haciendo cálculos y midiendo
posibilidades, hasta llegar a la conclusión de que el único coto de caza real
era la escuela, es decir, la preparatoria en la que entonces cursaba el segundo
año. Pero aún ahí, como no tardé en comprobarlo durante un agónico mes, las
cosas eran harto complicadas, porque yo había pasado casi todo el tiempo metido
en mi rincón y sin socializar sino con los compañeros del equipo de fut-bol (yo
jugaba de defensa central en el equipo de la escuela, posición que no se presta
para la adoración colectiva ni individual) y con dos o tres chavos que jugaban
ajedrez. Dado lo que leía y la manera en que despreciaba mis clases, mi timidez
se confundía fácilmente con soberbia, y para colmo, ni era ni soy un tipo que
con su sola presencia incite a las chicas a lanzarse, o al menos, eso era lo que
creía hasta conocer a Ariadna. Terminó el curso y nada, y pasé las vacaciones en
blanco, y si no me ahogué en la desesperación fue porque ese verano fue
políticamente ardiente y yo ya estaba involucrado en la corriente cardenista que
daría origen, en la primavera siguiente, al PRD (del que, hay que decirlo, me
desafanaría un par de años después): fue el verano de las elecciones y lo que
nosotros llamamos "fraude monumental", etcétera, y esas distracciones me
salvaron de la desesperación, como ya dije.


En septiembre, como es usual, regresamos a clase. Yo estaba
casi resignado a que lo de Lupita hubiese sido una golondrina sin verano, y a
esperar un año en dique seco, hasta largarme de mi ciudad a estudiar en la UNAM
(faltaba sólo ese año), pero mi ángel guardián ("el destino/o no se quien
carajos") me tenía deparada una suerte mucho más grata, y pronto: en el recreo
del primer viernes entablé la enésima partida de ajedrez con mi carnal el Lucas,
cuando una chavita nueva, de primer ingreso, se acercó a vernos jugar y, al
terminar la partida, nos retó. Empecé a jugar demasiado sobrado y antes de darme
cuenta iba perdiendo y, pronto, me rendí (de todos modos, jugaba mejor que yo,
como se demostró después). Sonó el timbre y nos despedimos: "Ariadna", se
presentó. ojos, unos ojazos negros como penas de amores. Usaba la obligada falda
escocesa a media Nada espectacular, aparentemente, pero bien proporcionada y, lo
mejor en ella eran sus pantorrilla, pero lo que alcanzaba a verse estaba muy
bien torneado, delgadita, de mediana estatura (luego tuve los datos correctos,
porque Ariadna siempre ha sido obsesiva con sus medidas: su estatura era 1.58 y
sus medidas eran 77-58-82). La vi caminar hacia su salón y en ese momento me
dije: ahí está la papa.


Hubo un segundo fin de semana de profunda reflexión y
profusas chaquetas, las primeras en honor de Lupita, pero las últimas ya
enfocadas a Ariadna, y el lunes llegué a la escuela con mis mejores garritas y
la mejor disposición. La reflexión giraba en torno a la manera de tirarme a una
virgen, porque seguro lo era, como las demás, y había llegado a una conclusión
que me parecía brillante: cuando me diera el sí, y nos estancáramos en los besos
y toqueteos, llegaría con Lupita y le exigiría que me enseñara a encontrar y
masajear el clítoris, y a succionarlo y lamerlo, total, si esas técnicas no
funcionaban con Ariadna, habría regresado a Lupita, que era lo que me importaba.


El lunes busqué a Ariadna en el primer recreo, y, oh
maravilla, la encontré leyendo... a Milan Kundera, que aunque me cagaba, lo
conocía, lo que me daba el pretexto para abordarla. Hablando de libros y tal nos
volamos la clase siguiente, y al despedirnos, quedamos de vernos en la tarde
para que le pasara yo algunas novelas. Así fue, y terminamos en beso,
declarándonos formalmente novios. Besos, faje (franeleo, le dicen en otras
latitudes), fantasías y puñetas llenaron la semana, y el viernes quedamos de ir
al cine. Ahí fue que decidí intentar avanzar hasta donde ella lo permitiese y,
el sábado, romper el impasse yendo a casa de Lupita. Pero, otra vez, las cosas
eran distintas, aunque nada de lo hasta entonces sucedido me lo anunció (lo que
reflejaba que a pesar de no ser virgen seguía siendo totalmente inexperto).


Saliendo de la escuela paseamos en un centro comercial, donde
comimos cualquier cosa (algo abominable), y luego entramos a ver también
cualquier cosa. A lo largo de la semana, ella había subido su falda de media
pantorrilla a las rodillas, pero en los fajes siguientes, yo no había metido mi
mano debajo. Ese día iba así, y con una ligera blusa blanca tras la que se
trasparentaba el sostén. Nos sentamos en un alejado rincón y más tardó en
empezar la película que nosotros en besarnos apasionadamente, y tan pronto
agarré cierto valor, metí mi mano bajo su falda y toqué suavemente su muslo, sin
que ella acusara recibo: siguió besándome como lo estaba haciendo. Fui subiendo
la mano suave y lentamente, tratando de alcanzar su más íntima prenda, y casi me
muero cuando descubrí que no había tal: mi pulgar había llegado a su ingle (y
dentro de mi calzón mi pito había alcanzado su máxima envergadura, que vale
decirlo de una vez, no se acerca a las de los protagonistas de otros relatos:
tengo un pito muy cumplidor, pa´que más que la verdad, aunque de tamaño,
digamos, mediano), y seguido de frente, hasta sentir sus primeros vellitos.


Ahí me detuve, acariciando apenas, hasta que un nuevo beso
suyo me hizo avanzar, y empecé a acariciarle con la yema del dedo, muy
suavemente, aquel de sus labios que más a mano estaba. Llevaría ahí unos tres
minutos, cuando ella metió su mano tomando la mía, y cuando yo pensaba que era
para quitarla, tomó mi índice con sus dedos y lo llevó más hacia el centro,
hacia arriba, hasta una rígida protuberancia que enseguida adiviné como su
clítoris, y me indicó el ritmo al que debía mover el dedo. Todo ello, sin hablar
ni dejar de besarme: ese beso ha de haber roto un record olímpico. Ahí estuve,
hasta que ella empezó a gemir en sordina, o mejor a suspirar entrecortadamente,
y llevó su mano al bulto, acariciando mi verga por encima del pantalón. Yo
estaba tan caliente que a los dos minutos intenté pararme para ir al baño, pero
no me dejó: retiró por fin su boca de la mía y dijo: "¿a dónde?" Yo articulé "es
que...", que ella interrumpió con un "¿te preocupa?" Total, que me vine ahí
mismo, mojando calzón y pantalón aunque, gracias a las chaquetas de la víspera,
no en exceso.


Ella se dio cuenta, y me dijo: "vámonos, ya no quiero ver la
película". Salimos a la luz del sol, yo todo avergonzado y sin saber qué hacer.
Ella me pidió que la acompañara a su casa, y recorrimos a pie las tres calles
que de ella nos separaban, yo todo cortado, sin atinar a decirle nada, pero
pensando que, a lo mejor, no era grave, y fantaseando incluso que sus padres no
estaban.


No era casa de sus padres sino de su abuela, una viejita
semiparalítica a la que saludé apenas, esperando que no se diera cuenta de mis
humedades. Se platicó cualquier cosa, hasta que Ariadna dijo que habíamos venido
a recoger unos libros que había dejado en el cuarto de su tío, y subimos las
escaleras. Al llegar a una habitación llena de libros, me jaló de la camisa y
dándome un beso, uno más, murmuró "¿crees que me puedes dejar así?" Yo le dije:
"no sabría bien cómo evitarlo, pero lo intentaría si no fuera por tu abuela":
Entonces ella me llevó a la ventana y enseñándome un árbol cercano me dijo:
"baja, despídete y sube por esa árbol hasta esta ventana". De más está decir que
así lo hice.


Cuando llegué, ella estaba desnuda, acostada en la cama,
tocándose el clítoris. Al verme llegar, se paró de un salto y empezó a
desvestirme con tal ferocidad, que cuando acabó mi verga, toda pegajosa, estaba
claramente en pie de guerra. Iba a preguntarle si quería que le diera una
lavadita (para entonces, ya no pensaba en su supuesta virginidad), pero me tiró
en la cama con violencia, y muy pronto estaba yo ahí, por segunda vez en mi
vida, con una mujer cabalgándome, subiendo y bajando sobre mi pene, mientras yo
le acariciaba las nalgas y trataba de retrasar la venida del señor, que aunque
no se hizo esperar mucho, puso antes a Ariadnita a temblar sobre mi mientras
soltaba unos grititos: feliz, me di cuenta de que la había llevado a su orgasmo,
aunque buena parte lo había hecho ella, pues cuando entré por su ventana ya se
cimbraba.


Se acostó a mi lado y la seguí acariciando, tocándole sus
pequeños pechos, y diciéndole que la quería, que me parecía fantástica, que la
amaba como a nadie, que eramos almas gemelas, ya se sabe... y no mentía. Al
rato, estábamos cogiendo otra vez, esta, yo arriba: ella guió mi verga hasta su
dulce rajita, toda mojada, y con sus manos en mi cintura guiaba el ritmo de mis
movimientos. Me vine antes que ella y entonces, abrazándome, me pidió que nos
diéramos vuelta sin salirme yo, y me cabalgó hasta llegar a su orgasmo.


Volvimos a acostarnos juntos y a acariciarnos y a decirnos
cosas melosas, y así pasó no se cuanto tiempo. Yo había olvidado la situación en
que estábamos, cuando oímos una potente voz masculina en el piso de abajo. Mi
chica se levantó de un brinco, se enfundó la falda y la blusa, y me dijo "es mi
tío: ¡huye!" Yo medio estiré la cama, abrí la ventana, y estaba empezando a
vestirme cuando oí pasos en las escaleras. Hice un bulto con todo y me deslicé
bajo la cama. Vi entrar los pies de mi chica y los jeans y los zapatos de un
varón. De pronto, el "tío" jaló a Ariadna e indudablemente le dio un beso, y le
preguntó: "puta, ¿qué ha pasado aquí?" Y ella dijo: "lo evidente, tiíto, así que
no jodas: es mi novio, mi novio de la prepa, vete a hacer una paja y déjame ir,
que abajo está la abuela: te prometo que mañana vengo a dormir". El tío salió y
yo me escurrí de bajo la cama. Me dijo "vístete rápido y ahora sí sal por la
ventana, y espérame en la esquina".


No esperé ni cinco minutos cuando llegó. Con el ceño fruncido
dijo: "ahora ya lo sabes todo, y si dices algo..." Yo la puse la mano en la boca
y le dije: "te amo, y así es mejor, si no, ¿cómo hubiéramos hecho? ¿Crees acaso
que soy como todos?" Lo dudó un poco y volvió a besarme y, agarraditos de la
mano, nos fuimos de ahí, como dos noviecitos de prepa.


Así empezó esa historia.




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Relato: Ariadna, mi Lolita (1)
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