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Relato: Juegos Secretos


 


Relato: Juegos Secretos

  

Juegos Secretos



Autor: Incestuosa




POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO


 



Otro estimable lector, estimulado sin duda por las
confesiones reveladas por mí en el relato "Metamorfosis",
se decide a confiarme los más íntimos secretos de su vida con la misma
finalidad: Que sea yo quien la cuente a ustedes, siempre y cuando su identidad
se mantenga en el anonimato. De modo que lo hago ahora, comprometida como estoy,
en primer lugar, con quienes me hacen el favor de leer mis historias, y en
segundo, con el propósito de cumplir mi compromiso con el protagonista. He aquí,
pues, lo que él mismo me confió, y cuyos originales guardo celosamente por
razones obvias.



Salud.




Incestuosa.



 


 


Cap. I.


La historia que os contaré es verídica, y lo hago hoy después
de haber analizado por años la necesidad que siento por revelar mi propia vida
tal como fue, para que todas esas vivencias sexuales que yo mismo experimenté en
carne propia sirvan al menos de algo a quienes las lean. Ignoro si todo esto sea
para bien o para mal, pero no puedo callar más lo que mi conciencia guarda desde
hace tanto tiempo, y que irremediablemente me llevó a internarme en la vorágine
salvaje del descubrimiento de los placeres de la carne de un modo prematuro. Hoy
que soy adulto, debo decirlo, todo eso que aprendí como entre juegos, sigue
marcando la pauta de mi vida y de mi conducta de tal forma que, he comprendido
lo inútil de intentar cambiar mis costumbres a la edad que tengo ahora.



Quisiera empezar diciendo que nací en un pequeño pueblo de la
costa colombiana, donde los paisajes son hermosamente exuberantes, y donde la
misma naturaleza volcó toda su creatividad para regalarnos generosamente un
pedazo de mundo tan rico; un entorno de verdor tan incomparable y tan bello, que
difícilmente se puede hallar un sitio igual en alguna otra parte del mundo. Yo
creo que por eso mismo la gente de aquel lugar era alegre, despreocupada; estaba
llena de vitalidad y de pasión por el sexo, y las relaciones entre los lugareños
era magnífica.



No quisiera que nadie me tachara de insensato, pues todo lo
que contaré es la pura verdad; y siendo todo tan cierto, no creo que exista
alguien que pueda decir que la verdad es sinónimo de insensatez. En fin.



Los primeros recuerdos claros que me vienen a la mente
provienen de cuando tenía unos 9 años, pues fue en ese entonces cuando
comenzaron los primeros juegos. Y digo juegos, porque en realidad todo comenzó
siendo eso: extraños y placenteros juegos en grupo. Yo empecé a conocer los
primeros secretos del sexo como un juego; un juego secreto y escondido; juegos
especialmente emocionantes y apasionados; en los cuales yo participaba
activamente junto con otros chicos de la vecindad.



Cada día, cuando el sol se estaba ocultando y pardeaba ya la
tarde, era cosa segura que nos reuniéramos para jugar en grupo en un amplio
campo de béisbol rodeado de espesura boscosa. Había allí niños y muchachos,
pequeños y más grandes, que formábamos la bola. Éramos al menos veinte o más, y
teníamos por costumbre en ese entonces jugar a las escondidas.



Había una base, que era el montículo del campo, y desde allí,
después de hacer la cuenta de rigor, todo el grupo salía corriendo a buscar un
lugar alejado donde esconderse. Quien era hallado primero sería quien después la
haría de buscador, de modo que todos procurábamos meternos en lo más intrincado
de los matorrales, internándonos entre la abundante maleza, para no ser vistos
ni encontrados. Algunos, que eran los menos, solían irse a esconder solos;
otros, que era la mayor parte, en parejas; y otros más, los más grandes,
procuraban aventurarse más allá del horizonte permisible junto con otros más
pequeños, ya que como he dicho, la zona estaba rodeada de densos bosques, y el
entorno era ideal para mantenerse escondido a la perfección. Yo participaba en
el juego porque mis dos hermanos mayores, que tendrían a la postre 11 y 13 años,
todas las tardes me llevaban a jugar con ellos. Así fui aprendiendo y dándome
cuenta de todo lo que se podía hacer "tras bambalinas" en esos jueguitos de
grupo, en la soledad de los escondites secretos.



Cuando la declaratoria de "Todos a esconderse" se
escuchaba, inmediatamente corríamos en estampida. El buscador contaba
hasta veinte, antes de darse a la tarea de meterse entre los árboles y el
follaje para hallar a su sucesor. Por lo regular las sesiones demoraban entre
veinte minutos y media hora, dependiendo de la astucia del buscador. Pero dadas
las condiciones del boscoso sitio y la habilidad de los demás para no ser
encontrados, no era tan fácil hallar a alguien tan pronto.



En cierta ocasión me tocó llegar corriendo a mi escondite con
otros cuatro chicos. Nos metimos todos en bandada debajo de un alto matorral,
algo lejano del campo. Los cuatro nos arrodillamos con la intención de
internarnos lo más dentro posible de la espesura. Era por eso que nuestros
sudorosos cuerpos se frotaban unos con otros. Había entre nosotros un niño
llamado Lorenzo, que tenía más o menos mi edad. Yo y él éramos los más pequeños.
Los otros tres eran mayores, como de 12 ó 13 años.



Silenciosos, procurábamos mantenernos a la expectativa a fin
de no hacer ruido. Uno de los chicos mayores llamado Mario, estaba pegado al
cuerpo del pequeño Lorenzo. Vi que lo abrazaba con fuerza por detrás y el otro
no decía nada. El adolescente frotaba disimuladamente sus piernas sobre el
trasero del más pequeño sin que éste manifestara disgusto. Yo, en ese tiempo,
aún no tenía referencia alguna en cuanto al sexo, pero no por eso dejaba de
observar el extraño comportamiento de los dos. Algo me decía que aquello no era
normal. Todo el tiempo que estuvimos escondidos, Mario estuvo apretando el
cuerpo del rubio Lorenzo sobre el suyo, sin que los otros chicos lo advirtieran.
O quizás se hacían de la vista gorda. Pero yo estaba muy atento a lo que
sucedía. Todo eso era nuevo para mí.



Sin que Mario dejara de apretar el cuerpo del pequeño Lorenzo
contra el suyo, algo vino a interrumpir su fugaz coloquio, ya que los pocos
minutos se escuchó el grito de "Salgan todos", que indicaba que alguien
había sido encontrado. Rápidamente abandonamos el refugio y corrimos hacia la
base. Vi allí a Julián y a Oscar, mis dos hermanos, que siempre se iba a
esconder cada quien por su lado, y que por alguna razón nunca me llevaban con
ellos. Tal vez lo que deseaban era que yo mismo fuera aprendiendo por mi propia
cuenta aquél juego entre varones, con el fin de que poco a poco fuera haciéndome
tan independiente como ellos. Y eso me agradaba.



Observé entre la bola a Lorenzo, el niñito rubio y pecoso,
más o menos de mi edad, que mostraba su el rostro colorado por el esfuerzo, y
que no se apartaba para nada del chico aquél que había visto que lo abrazaba por
detrás. Ese descubrimiento me hizo sentir una extraña curiosidad, de manera que
cuando oí de nueva cuenta el consabido "Todos a esconderse", hice todo lo
posible por seguirlos. Entre el desordenado tropel de muchachos que corrían, de
pronto los perdí de vista. Pero más adelante, al doblar un recodo entre la
tupida maleza, advertí que esta vez los dos se habían apartado solos en pareja,
y buscaban afanosamente un sitio más alejado donde apartarse de los demás. Yo,
por alguna razón, no quise agregarme a ellos, sino que me mantuve cerca. Cuando
me di cuenta que hallaron un lugar ideal para meterse, busqué la forma de
internarme entre el follaje para quedar muy cerca de ellos.



Todo estaba en silencio. Eso era parte del ritual del juego.
Quien hacía ruidos era fácilmente encontrado. Me fui acercando al otro lado del
enramaje para ver más de cerca a Lorenzo y su amiguito mayor. Descubrí que
ahora, sabiéndose solos y seguros, el más grande se mostraba mucho más solícito
con el pequeño rubio, quien también cooperaba con más audacia en aquel jueguito
secreto y perverso. El adolescente llamado Mario, lo mantenía de nuevo
fuertemente abrazado por la espalda, y lo reafirmaba sobre sí mismo moviéndolo
contra su cuerpo. El pequeño Lorenzo suspiraba casi en silencio a causa del
abrazo, que por lo visto le despertaba emociones desconocidas. Quise seguir
observando lo que hacían sintiendo que mi respiración, por alguna causa, se
aceleraba por todo lo que estaba viendo.



En un momento dado, el mayor se mostró más resuelto en su
accionar, ya que sentándose sobre el pasto, vi que de pronto acomodó a Lorenzo y
lo sentó sobre sus piernas abiertas. Éste, por lo visto, no era la primera vez
que jugaba así con él, ya que su actitud era de total cooperación. Mario comenzó
a mover la grupa del pecoso sobre su pubis, y Lorenzo, disfrutando sin duda del
momento, se balanceaba rítmicamente sobre las piernas del otro.



Después de algunos minutos de ansiosos jugueteos, el mayor
levantó las nalgas de Lorenzo con la intención de ir más allá en sus calientes
escarceos. Vi que llevó una mano al cierre de su pantalón y lo bajó, para
después buscar afanosamente dentro de la prenda. A poco se sacó el pito, que ya
estaba medio erguido, y empezó a frotarlo con fuerza, seguramente con la
finalidad de ponerlo más duro. Y así fue en efecto, ya que advertí que luego de
ser un pequeño estiletillo semi flácido, pronto se convirtió en un mediano pene
endurecido que mediría a lo sumo unos 12 centímetros. Ahora que soy mayor, puedo
decir que aquellas dimensiones no estaban nada mal para su edad, pero en ese
entonces yo no tenía una idea clara de todo esas cosas.



Vi que Lorenzo volteaba a mirar todo lo que hacía su amigo,
sin dejar de observar la verga que éste tenía entre sus manos, y que movía para
todos lados. En cierto momento y al sentirla endurecida, Mario le hizo señas al
rubio y éste se fue sentando sobre su pene. Aquel juego secreto era para mi un
poco raro, pues veía a Lorenzo con sus pantaloncillos cortos puestos, mientras
que por encima de la tela, el mayor le frotaba su pito entre sus nalgas
cubiertas. Se mantuvieron varios minutos en ese estado, moviéndose los dos con
suavidad, sin que la cosa pasara a mayores.



Yo estaba confundido por todo lo que estaba viendo, alertado
por descubrir por primera vez un acto de esa naturaleza. Ignoraba que dos chicos
del mismo sexo pudieran practicar todo eso. Pero en el fondo, tengo que
confesarlo, comencé a sentir no sólo curiosidad, sino cierta especie de deseos
muy íntimos por saber lo que Lorenzo estaba experimentando en aquellos momentos.
Veía al pequeño rubio tan naturalmente cooperativo y animoso, entregado
totalmente a aquel juego con su compañero adolescente, que me llegó a parecer
una cosa normal que se pudiera hacer aquello entre dos varones. Pero por otro
lado y en esos instantes, tal vez debido a mi corta edad, aún no alcanzaba a
comprender del todo la diferencia que existía entre los sexos, pasando a ser,
como he dicho, un asunto más que natural para mí. No hay que olvidar que era mi
primer descubrimiento en ese aspecto.



Los dos amiguitos ya no pudieron continuar en sus maniobras
subrepticias debido al repentino grito que se oyó de "Salgan todos". De
inmediato el mayor levantó a Lorenzo de entre sus piernas y se puso de pie,
guardándose su erguido instrumento con rapidez. En seguida los dos salieron
corriendo de allí, y yo los seguí a corta distancia hasta la base. Por algún
motivo no quería que ellos supieran que los había estado espiando.



A los pocos minutos el juego siguió su curso, y toda la
pandilla en desbandada volvió a perderse entre la verdosa amplitud de los altos
y tupidos árboles del entorno. Por supuesto que yo le seguí los pasos a la
pareja, que de nueva cuenta buscó como escondite el mismo lugar de antes, por
considerarlo seguro. Pronto estaba yo acurrucado en mi antiguo sitio observando
las peripecias de los dos muchachillos. Era indudable que la sesión anterior
había puesto caliente a Mario y a Lorenzo, a juzgar por lo que hicieron en esta
ocasión.



Deseando de seguro aprovechar el poco tiempo de que
disponían, esta vez los dos fueron más allá de lo que yo había visto. El mayor,
dándose prisa, se bajó con prontitud y temblor la cremallera y se sacó el pito,
que ya estaba bien parado, estimulado por las caricias a que lo había sometido
minutos antes. Sin que mediaran palabras, el pequeño rubio se deshizo
rápidamente de sus pantaloncillos cortos y los bajó presto hasta sus rodillas,
enrollando con él sus calzones. Mario se sentó sobre el suelo y abrazó con
pasión al más pequeño, conduciéndolo poco a poco hacia abajo, hasta que lo
colocó cuidadosamente sentado sobre su pubis. Su pito aparecía levantado y duro.
Vi que escupió varias veces sobre su mano y fue removiendo la saliva alrededor
de su colorado glande. Las nalgas descubiertas del pequeño Lorenzo pronto
alcanzaron el cenit de carne del mayor, cuya verga ahora aparecía brillante y
húmeda. Cuando Mario sintió que las pequeñas bolas traseras del pecoso tocaban
la punta de su pito, deshizo el abrazo y le abrió los cachetes de sus nalgas,
acomodando la punta de su polla en el centro de su esfínter.



Yo miraba con desconocida lascivia aquel cuadro tan novedoso
y excitante, descubriendo por primera vez cómo mi pequeño bulbo que tenía por
pito se encendía hasta ponerse durito. Por alguna razón desconocida quise
palparlo como había visto hacer a Mario, y bajándome lentamente el short, lo
saqué tembloroso de su prisión. Lo cierto es que apenas si se me veía entre las
manos. Era un pitito tan pequeño que me daba vergüenza compararlo mentalmente
con la polla de Mario, que por lo menos era cuatro o cinco veces más larga que
la mía. Quise ver a Lorenzo de frente para ver qué tan larga la tenía, pero el
ángulo de observación no me permitía hacerlo.



A estas alturas, Mario trataba desesperadamente de
introducirle la cabeza al pequeño Lorenzo sin conseguirlo. Pero lo que más
asombro me causaba era ver las facciones del pecoso, quien no hacía muecas de
disgusto, sino que más bien parecía sonreír mientras mantenía los ojos cerrados,
embelesado por el accionar del otro en sus partes traseras. Era obvio que al
rubio le gustaba se dejaba hacer. Y era patente también que Mario llevaba la
batuta en el jueguito. El mayor estaba entregado a la ansiosa búsqueda del breve
hoyito trasero de Lorenzo, intentando insertarle allí la punta de su endurecido
pájaro. Al ver que no podía insertar su verga en el culo del más pequeño,
escuché cuando le dijo en un susurro:



-Lorenzo….así no se puede…mejor acuéstate en el suelo….como
el otro día.



El rubio pecoso obedeció de inmediato la petición de su amigo
y fue a tenderse boca abajo sobre el pasto. Al hacerlo, quedó unos instantes
frente a mí, pudiendo descubrir su pequeño pitito inflamado. Era evidente, como
ya he dicho, que todo aquel juego le gustaba, y que también lo disfrutaba al
igual que su amigo. Los dos mostraban, cada uno en sus propias dimensiones, la
protuberancia penil en toda su extensión. Ahora ya no me quedaba duda de que el
jueguito era el causante de las claras manifestaciones de excitación, y que ésta
se hacía presente en forma de erección en el pito de los tres, porque hasta yo
mismo acusaba el efecto de lo que ahora observaba escondido.



Al quedar Lorenzo recostado de espaldas, Mario se acomodó con
soltura entre las piernas del pequeño, haciéndolas a los lados. Después de
abrirle las nalgas, se fue dejando caer sobre la grupa del otro, no sin antes
haberle acomodado la punta de su polla en el centro de los dos albinos cachetes
traseros. Habiéndole puesto la punta en la entrada, comenzó a empujar suavemente
sobre el cuerpo tendido del pequeño. Como Lorenzo había quedado de cara hacia
mí, podía ver perfectamente sus reacciones. El pecoso rubio mantenía una actitud
totalmente pasiva y sumisa ante la animosa actividad del mayor, quien ya
arremetía con más fuerza sobre las nalgas paradas de su amiguito de juegos. Se
entretuvieron así por algunos minutos, y no tuve duda de que el mayor logró
penetrar por completo a Lorenzo, a juzgar por los gemidos ahogados que de pronto
ambos comenzaron a emitir.



Y las circunstancias ayudaron esta vez, pues por lo visto el
buscador no hallaba a nadie, prolongándose más de lo normal el tiempo de aquella
sesión de escondite. A los pocos minutos escuché que Mario le decía al otro en
voz baja:



-Anda Lorenzo…comienza a moverte…pero muévete rápido porque
ya me voy a venir….muévete….muévete rápido….



El pequeño rubio arreció los movimientos de sus nalgas y
Mario, urgido por la inminente sensación de la anunciada eyaculación, comenzó a
hacer lo propio con mayor fuerza dentro del imberbe culito del rubio, jadeando y
sudando copiosamente. En un momento dado, el mayor tensó todo su cuerpo y ahogó
un grito de placer, jalando las nalgas estremecidas de su receptor contra sus
sudados muslos. Observé la cara de Lorenzo, totalmente arrebolada por la
lascivia, que permanecía entregado con los ojos cerrados, disfrutando de la
feroz culeada.



El consabido grito de "Salgan todos" se escuchó de
repente, interrumpiendo de golpe el colofón de aquel subrepticio acoplamiento.
Yo no quise salir en seguida de mi escondite para no ser descubierto, y me
esperé para ver lo que los dos chicos hacían. Rápido como el rayo, el mayor sacó
su pito de la prisión trasera de Lorenzo y le dijo en un susurro:



-Anda….ya vamos a arreglarnos… no quiero que nos vayan a
descubrir.



Lorenzo se puso de pie y se subió con rapidez los
pantaloncillos con todo y calzones. Vi que Mario, con movimientos presurosos,
antes de guardar su lechosa herramienta en el pantalón, comenzó a limpiarla con
las manos. Por primera vez descubrí aquel líquido blancuzco y espeso que le
escurría por las manos. Hizo algunos movimientos agitando las manos con fuerza
para que aquel extraño aceite chicloso se le despegara, y después se las limpió
con su trusa. Luego se la guardó y le dijo al otro:



-Ya vámonos, anda….que ya deben estar todos reunidos.



Y así fue. Cuando ellos salieron de su escondite, esperé
algunos instantes y me fui corriendo por la senda contraria. Casi llegamos al
mismo tiempo a la base. Para cualquiera que no supiera lo que los dos amigos
habían hecho en secreto, nunca hubieran imaginado lo que yo había descubierto,
pues tanto Mario como Lorenzo aparentaban una actitud de completa indiferencia
ante el resto del grupo. Fue allí que me di cuenta de que por alguna causa esas
cosas debían hacerse de ese modo, siempre a escondidas de los demás, manteniendo
una actitud muy distinta a la que se solía tomar cuando practicaban todo aquello
en secreto.



Pero si debo decir la verdad, lejos estaba yo de suponer en
ese momento que aquellos jueguitos sexuales, en realidad, eran práctica común
entre la mayoría de los varones del grupo. La única diferencia es que había
muchachillos activos y otros que eran pasivos. Y algunos otros se pasaban la
estafeta, dando y recibiendo como si fuera un pacto secreto entre ellos. Pero al
fin y al cabo casi todos lo hacían. Aunque eso lo supe después. Ahora, habiendo
descubierto a los dos amiguitos en plena faena, mi mente infantil se abría a
nuevas posibilidades que por lo pronto me habían causado extrañas sensaciones
placenteras.



A causa de lo que había visto hacer a la pareja, mi pequeño
pitito se mantenía semi rígido bajo mi pantaloncillo corto, y de vez en cuando
bajaba mi mano para tocarlo gustoso. Me agradaba mucho sentir esa deliciosa
sensación de deleite que tanto me ruborizaba. Y cuando recordaba lo que acababa
de ver, podía darme cuenta de que mi pequeño botoncito de carne volvía a
adquirir el típico endurecimiento que tanto me excitaba. Lo bueno para mí es que
por el tamaño tan pequeño, el diminuto bultito ni siquiera se me notaba.



Esa noche, por lo visto, no habría más juegos entre los dos
amigos, pues minutos después, en la siguiente sesión de escondite, tanto Mario
como Lorenzo cogieron caminos distintos. Aquello me dio en qué pensar. Fue
entonces cuando comprendí que esa nueva actitud se debía a que ambos ya habían
logrado lo que deseaban, y que ahora se dedicarían a disfrutar del juego de las
escondidas sin repetir aquella práctica sexual tan agradable para mis ojos.



Al darme cuenta de que cada cual tomaba rumbos diferentes yo
no supe que hacer, y de pronto me ví solo, corriendo entre el follaje y otros
cuerpos, buscando ansiosamente un lugar donde esconderme.



Entre el desordenado tropel y por pura casualidad, fui a dar
a otro sitio mucho más apartado, donde me metí entre los altos arbustos y me
acosté sobre el pasto. Ahora quería estar solo, deseando con avidez volver a
tocar mi pajarito. Me daba cuenta que las sensaciones recién descubiertas me
provocaban extrañas palpitaciones que me llenaban de una emoción desconocida. Y
para ser sincero, sentía que todo mi cuerpo temblaba. Era una excitación tan
extraña como increíble, pero bonita. Todo aquello me gustaba.



Sabiéndome totalmente apartado de los demás, bajé un poco mi
pantaloncillo y saqué mi pedacito de pene endurecido. Aunque era muy pequeño, ví
que seguía tenso. Lo agarré con la puntita de mis dedos y comencé a sobarlo
lentamente, disfrutando con fruición de la suave caricia. Las sensaciones eran
extrañamente fantásticas. Aquellas cosas que poco a poco descubría me estaban
gustando. En esas me encontraba cuando oí ruidos de pasos. La noche ya había
caído, pero la luna alumbraba con claridad los senderos por donde solíamos huir
para escondernos. Sin embargo, en el interior de las enramadas, la luz no
alcanzaba a penetrar completamente, de modo que nadie que pasara por allí podría
verme.



Dos figuras se bifurcaron por el caminillo y se internaron en
la espesura, muy cerca de donde yo me hallaba. De momento no supe de quienes se
trataba, pero era indudable que los dos chicos buscaban un lugar apartado donde
esconderse. Yo no quise descubrir mi posición, pues eso era parte del juego. Me
mantuve tocando mi pequeño pitito en completo silencio y sólo me volteé hacia el
otro lado para prevenir que pudieran ver, en todo caso, lo que yo estaba
haciendo. De pronto escuché claramente el diálogo que se dio en voz baja entre
los dos:



-Rápido, Orlando…. porque en cualquier momento pueden gritar.


-Si. –dijo el otro- Pues ya.


-Me la voy a sacar para que me la chupes.


-Si….pero apúrate. –respondió el otro-



Al escuchar esas palabras volvió a despertarse mi furor
infantil y mi innata curiosidad, y quise ver lo que la pareja pretendía hacer,
aunque ya lo imaginaba. Ahora ya nada me detendría después de haber descubierto
al pequeño Lorenzo y a Mario jugando de aquella forma tan novedosa para mí. Como
pude me fui acercando a ellos tratando de pasar desapercibido. Pronto me ubiqué
tras unos setos que impedían que ellos me descubrieran.



Como mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, la
visión era clara para mí, de manera que me mantuve recostado tras la espesura.
Vi que uno de los chicos era mayor, como de 12 ó 13, y el otro, nombrado
Orlando, era aún más pequeño, como de unos 9 ó 10 años. El más grande se hallaba
de pie y se estaba sacando el pito. Cuando lo hubo desenfundado, comenzó a
manosearlo con velocidad, en tanto Orlando se mantenía de rodillas sobre el
piso, muy cerca de su amigo, observando atentamente sus maniobras.



El más grande, llamado Francisco, actuaba de prisa, como
deseando lograr la total erección con rapidez. Y eso se debía al poco tiempo de
que se disponía entre cada sesión de escondidas. Todo tenía que hacerse rápido,
porque si no aparecías en la base después del llamado, los demás podrían
descubrir la ausencia de alguien entre el grupo. Y todos se cuidaban de eso.



A poco, y estimulado por las ansiosas manipulaciones a que
era sometido, el aparato de Francisco comenzó a crecer, poniéndose tan duro y
parado como la verga que le había visto portar a Mario. Comparándolas
mentalmente, concluí que sus vergas eran casi del mismo tamaño, aunque la de
Francisco, al observarla bien, aparecía un poco más gruesa. Cuando su pito
alcanzó toda su dureza, éste le dijo a Orlando en voz baja:



-Ya…acércate…..y métetela en la boca….pero apúrate…



Sin hacerse esperar más, el pequeño Orlando acercó su boca
abierta al enhiesto pene del mayor y, tomándolo con las dos manos, comenzó a
moverlo de atrás hacia delante. Vi que el pellejo que cubre el glande se movía
con plasticidad, apareciendo debajo una roja y atractiva cabeza que se erguía
hacia el horizonte, como intentando doblarse hacia arriba. Orlando tenía prisa
por saborear aquel manjar, pues más pronto de lo que supuse, se lo metió con
ansias en la boca y empezó a chuparlo con golosidad. Honestamente yo no sabía
que aquello pudiera hacerse de esa forma, pues era la primera vez que veía a un
chico mamarle la verga a otro.



Este nuevo descubrimiento volvió a ocasionarme las típicas
punzadillas en mi pelvis, sintiendo claramente que mi pequeño pitito se ponía
mucho más tenso de lo que ya estaba. Lo agarré con una mano y continué sobándolo
suavemente, sin dejar de observar lo que los dos amigos hacían a escondidas de
los demás.



Para entonces, Orlando ya se había metido totalmente la
tranca del más grande en la boca, y ahora mamaba aquel pito parado con extraña
devoción. Pero lo que más asombro me causó fue ver como éste, al tiempo que
chupaba aquella paleta de carne, no dejaba de tocar ni un solo momento la base
del tronco, llena de abundantes pelos, yendo después a acariciar con suavidad
los inflamados huevos de su compañero. Era claro que ambos lo disfrutaban, pues
veía que Francisco echaba su cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y el
rostro enardecido, al tiempo que lanzaba leves gemidos de placer.



Ahora descubría que existían otras formas de jugar
sexualmente entre los varones de la pandilla, y aquel pensamiento me hacía
experimentar las más locas ideas en mi mente infantil. El pequeño Orlando
continuaba pegado a aquel pedazo de carne endurecida, mientras el falo de
Francisco entraba y salía una y otra vez del interior de su boca abierta. Con
sus labios apretaba fuertemente el tolete de su amigo, quien de repente repegaba
por completo su pubis a la cara del otro, poniendo sus manos tras su nuca.



Aunque en ese momento no lo sabía, después descubriría que
cuando se es tan joven como aquellos dos, la leche fluye rápidamente del
interior del cuerpo, debido a la vitalidad, a la energía de la edad, y a la poca
experiencia en esos menesteres. Y pronto escuché que Francisco le decía
angustiosamente a su amigo mamador:



-Me vengo…me vengoooooo….mámala más rápido…mámala más
rápidoooooo.



Como si hubiera sido una orden, Orlando intensificó la
violencia de sus chupadas, mientras llevaba una mano al trasero de Francisco.
Como estaban de perfil, pude ver cuando los dedos del más pequeño se abrían paso
entre las nalgas del mayor, buscando con desesperación su oquedad posterior.
Allí me di cuenta de lo que puede hacer un mamador mientras se deleita con el
pito del otro, pues Orlando, introduciendo su dedo medio en el culo de su
felador, lo fue hundiendo lentamente hasta que la falange desapareció.



Gratamente estimulado por la caricia de Orlando, Francisco
arreció los movimientos ondulatorios de sus nalgas, que al mismo tiempo
contribuían a que su pene entrara y saliera con mayor fuerza de la boca de su
chupador. Más pronto de lo que creí, los estertores de Francisco lo hicieron
estremecerse de lujuria, eyaculando con abundancia en la cavidad bucal de
Orlando, quien se debatía entre la mamada y la atragantada de leche caliente que
fluía con furioso frenesí.



La vaciada de Francisco debió ser fenomenal, pues vi escurrir
un gran torrente de líquidos lechosos por las comisuras de los labios del
pequeño. Al cesar los estertores, rápidamente los amantes se separaron. Ambos
procedieron a limpiar los restos de semen con sus camisas, y el mayor se guardó
el pene, ahora semi flácido, bajo su pantalón. Pero aunque habían acabado su
juego sexual, aún no se escuchaba el grito que daba término a la sesión. Así que
los dos se acurrucaron en el suelo y comenzaron a platicar casi en susurros.



-¿Te gustó? –le preguntó Francisco-


-Si, mucho….cuánta leche echaste esta vez… -dijo Orlando-


-Oye si…. ahora sí me vine como nunca antes…


-Eso vi…esta noche andabas mucho más caliente que otras.
¿Verdad?


-Si. Es que como tenía días que no lo hacíamos, yo creo que
fue por eso –comentó el mayor-


-Si. Debe ser por eso. Pero no había podido venir antes. Mi
mamá no me dejaba por las quejas que le dieron en la escuela. Y tuve que ponerme
a hacer todas las tareas pendientes.



Se hizo un breve silencio. En seguida Orlando volvió a
hablar, diciendo:



-Aunque el otro día que llegué tarde, vi que te fuiste a
esconder con el pecoso de Lorenzo.



Francisco se quedó callado. Pensó unos instantes y respondió:



-Si. Es cierto. No te lo puedo negar. Pero es que él mismo me
busca.


-¿Y qué le hiciste al pinche rubio ese?


-Nada…nada…


-No me digas eso, que no te creo. –dijo Orlando medio
molesto-


-No, en serio…..bueno, la verdad es que sólo me la chupó.


-¿Te la chupó? ….mmmmm….y dime…¿Te gustó?


-No…casi no. El rubio casi no sabe mamar. Necesita aprender
primero a hacerlo bien.


-¿Será cierto? –preguntó dudoso Orlando- ¿No será que tú
mismo le estás enseñando a hacerlo?


-No….no…ya te lo dije. Creo que debe ser porque aún está muy
chico.



Orlando se quedó pensando unos segundos. Luego dijo:



-Ya no quiero que te vayas a esconder con él, Francisco.
Mejor vámonos nosotros dos solos.


-¿Eso quieres? –preguntó el mayor con interés-


-Si….eso quiero. –afirmó el más pequeño-


-Pues así será…te digo que Lorenzo no sabe chuparla bien.


-Pero bien que le gusta que se la metan ¿No?


-Bueno, eso no lo sé… aunque me imagino que sí.


-Hummm….¿En verdad no lo sabes? –preguntó dudoso de nuevo
Orlando-


-No…. y la verdad es que no quiero metérsela….está muy
chico…y tengo miedo de lastimarlo.


-Oh, no lo creo….ese chiquillo, así como lo ves, debe tragar
más verga que tú y yo juntos.


-¿Por qué dices eso? –preguntó Francisco con evidente
interés-


-Porque lo he visto….ya sabes que Mario lo trae de su cuenta.


-¿Mario? ….eso no lo sabía.


-Pero yo sí…. los he visto varias veces….los he espiado
cuando se esconden juntos…y bien que se lo coge el cabrón.


-Mmmm….y a poco se la aguanta toda.


-Claro que se la aguanta…ya te dije….y vieras cómo le gusta
el pito al canijo guerejo pecoso.


-Bueno….pues tú no digas nada… que a nosotros dos también nos
gusta eso.



Orlando no contestó. Su silencio me hizo comprender al punto
que el comentario de Francisco era verdadero, y que yo acertaba al pensar que no
era aquella la primera vez que ellos lo hacían. Y de igual forma entendía
también que todos en el grupo se dedicaban a hacer todo aquello en la soledad de
sus propios escondites.



En ese momento se escuchó el clásico grito de "Salgan
todos".




Esperé a que los dos abandonaran su escondrijo para
escurrirme silenciosamente por el sendero contrario. Mientras me iba hacia la
base, ya iba recreando en mi mente todo lo que acababa de ver y oír entre ellos.
Había comprobado que muchos de los chicos del grupo practicaban aquellos juegos
sexuales en secreto, y que el asunto de las escondidas era sólo un magnífico
pretexto para que cada cual desfogara sus propias ansiedades homosexuales, como
si todo fuese un juego.



No pude evitar pensar en mis dos hermanos y di por hecho que
ellos eran también parte de todo aquello. Ese pensamiento me hacía entender
ahora el por qué de su actitud. Sabía que siempre se iba cada uno por su lado.
Ni siquiera ellos dos andaban juntos, y tampoco me llevaban a mí con ellos
cuando nos íbamos a esconder. Ahora yo estaba cierto de que hasta mis dos
hermanos, cada cual por su cuenta, sabía guardar muy bien sus propios
secretitos.



Descubrir toda esa serie de acontecimientos que hasta ahora
os he narrado, como comprenderán, abrió mi mente hacia otros horizontes mucho
más excitantes. Por esa causa, ahora era yo quien deseaba ardientemente tener
algún tipo de contacto o participación sexual en forma de juego, con alguno de
mis compañeros de pandilla. Pero no estaba tan seguro de saber cómo hacerle.



Fue por ello que en la sesión siguiente me fui a esconder
solo, para pensar en alguna forma de proceder, aunque ciertamente yo era un
inexperto en esas cosas. Aún así, me daba cuenta de que no podría insinuarme así
de pronto con cualquiera, pues de seguro las cosas no acabarían bien. Tenía que
actuar con tiento. De modo que llegué a la conclusión de que sólo podía tener
éxito si lo intentaba con alguno de los chicos que ya había visto jugar al sexo
secreto. Era lo más prudente que se me ocurría de momento. Pero tenía que
esperar mi oportunidad. Y así lo decidí.



 


 


Cap. II



Pasaron los días entre juegos y espiadas, inmerso entre la
turba sudorosa y el griterío de los chicos cuando estábamos en la base. Para mi
fortuna, pude volver a recrearme varias veces con las calientes observaciones de
Mario y Lorenzo jugando a las cogidas, y también con Orlando y Francisco en sus
trepidantes felaciones. Descubrí igualmente que éstos últimos también
acostumbraban gozarse mutuamente, culeándose el uno al otro e intercambiando
posiciones, al amparo del tupido verdor del intenso follaje del bosque. Todo
aquello me parecía increíble. Era un mundo diferente, pero demasiado excitante
como para no intentar ser parte de él, disfrutándolo a plenitud, como casi todos
lo hacían.



Por supuesto que durante estas visiones pude ir aprendiendo
más y más sobre la sutil forma en que se podían hacer todos aquellos jueguitos.



Ahora ya sabía claramente que se podía chupar un pito,
deleitándose con él metido en la boca. Sabía también que éste se podía insertar
por el hoyito de atrás, para después mover el cuerpo velozmente para
intensificar las sensaciones de gratitud anal. Sabía igualmente que los más
grandes ya podían eyacular ese líquido viscoso y blancuzco, y que el semen se
podía tragar con tanto gozo como si fuese algún tipo de crema láctea, muy
parecida por cierto a esos productos que vendían en las tiendas de la esquina.



Había aprendido los secretos artificios de las diferentes
posiciones en que se podía coger, y también la actitud que debe guardar aquél
que está siendo poseído. Había descubierto a lo largo de mis secretas
observaciones, que un chico puede adoptar una actitud pasiva y entregarse al
otro; pero igual puede también de pronto cambiar de posición y volverse activo,
de manera que ambos puedan disfrutar de la sensación de penetrar y ser penetrado
por detrás, en un complaciente goce recíproco.



Por otra parte, me había dado cuenta de que era obvio para mi
edad que yo no podría aún protagonizar el interesantísimo papel de cogedor
activo, pues mi pene, como he dicho, era todavía demasiado pequeño. Me faltaba
llegar al desarrollo pleno para que mis atributos masculinos experimentaran un
crecimiento aceptable. A mis casi nueve años no se podía esperar otra cosa, pues
ni siquiera podía aún eyacular. Así que tendría que esperar a cumplir los 12 ó
13 para poder jugar el papel de un macho activo. Y aún faltaba mucho para eso.
Quizás unos tres o cuatro años, que sé yo.



Por lo tanto deducía que si quería experimentar en los juegos
sexuales, como ya lo deseaba ardientemente, sólo me quedaba la opción de jugar
como un niño pasivo receptor, tal como lo hacía el rubio Lorenzo, o el espigado
Orlando. Y francamente aquella idea no me desagradaba en lo absoluto. Me
excitaba tanto pensar en esas cosas, que todo el día andaba con mi puntillita
parada, sin que se me bajara para nada. Y era lógico. No había un solo momento,
en aquellos tiempos de mi infancia, en que no pensara en todas las actividades
sexuales secretas que había descubierto sin querer.



Significaba algo tan novedoso y al mismo tiempo tan
tormentoso para mí, que la sangre hacía arder mis sienes y la excitación se
desbordaba por todos mis poros. Sólo ansiaba ardorosamente que se me presentara
una oportunidad para hacerlo. Y sinceramente yo ya la estaba buscando desde
hacía días. Pero por lo visto, cada cual se manejaba por su cuenta con su
parejita del momento. Lorenzo con Mario; Francisco con Orlando; Roberto con
Germán; Carlos con…….



¡Con una chingada! Ya no podía esperar más. Mi sangre hervía,
mi pubis se revelaba, mi pasión se acrecentaba cada día, a pesar de mis pocos
años. Estaba viviendo un violento y precoz despertar al sexo, en medio de
aquella vorágine de encuentros homosexuales entre los chicos del grupo.



Los días pasaban entre juego y juego, sin que yo pudiera
acoplarme con alguno de los compañeros que sabía que hacían todo eso. Cierta
noche me percaté de que Lorenzo el rubio, por alguna razón, no había aparecido
entre la turba, pues hacía rato que no lo divisaba para nada. Tal vez su madre
no le habría permitido salir por alguna razón que desconocía. Lo cierto es que
veía a Mario sólo, buscándolo ansiosamente entre el nutrido grupo, sin éxito.
Aquel descubrimiento me estremeció de pasión. Era mi oportunidad, pero
necesitaba hacer algo. Sólo que antes de actuar, tenía que cerciorarme de que el
pecoso Lorencito no llegaría.



Con esta idea en mente, esperé con paciencia a que pasaran
varias sesiones del juego, y de paso, aproveché para seguir a Mario de cerca,
para saber donde se escondía. Me di cuenta de que éste siempre acudía al mismo
sitio donde lo había visto cogerse varias veces al pequeño rubio, tal vez con la
esperanza de que éste llegara. Yo, por mi parte, me quedaba muy cerca de él,
pero sin dejarme ver para nada. No deseaba que mi plan se echara a perder.



Habiendo pasado un par de horas, y al ver que Lorenzo
definitivamente no aparecería, resolví llevar adelante lo que ya había pensado.
Así que cuando oí el siguiente grito de "Todos a esconderse", mi corazón
dio un vuelco de agitación dentro de mi pecho. Rápidamente divisé a Mario entre
la turba que corría, y que ya se dirigía rumbo a la espesura. Y yo me fui tras
él. A los pocos minutos estábamos los dos en el mismo lugar donde siempre lo
había visto con Lorenzo. Mario, al principio, se extrañó de verme allí, pero no
dijo nada. Era costumbre buscar siempre un lugar oculto, y a menudo se juntaban
más de dos en un mismo sitio por la premura de no ser encontrados.



Permanecimos silenciosos y acurrucados, intentando pasar
desapercibidos. En un momento dado, y sintiendo que todo mi cuerpo temblaba por
la enorme emoción y lascivia, comencé a moverme hacia él, tratando de fingir que
me quería esconder más adentro del follaje. Con esta maniobra logré quedar
delante de él. Mario no se movía, pero yo no podía estar quieto. Llegó un
momento en que procuré rozar mi cuerpo contra el suyo. El adolescente sintió el
roce y no hizo movimiento alguno. Su actitud me dio ánimos para continuar.



Haciendo de tripas corazón me volví a pegar un poco más,
tratando de no darle a conocer mis ocultos deseos. Lo que en realidad anhelaba
es que fuese él quien iniciara el juego sexual, ya que yo no tenía aún
experiencia en eso, por ser la primera vez que lo intentaba. No obstante, mi
sangre corría en furioso torrente dentro de mis venas, y toda mi cara aparecía
enrojecida por el deseo.



Para mis adentros, deseaba con furor que la sesión se
retardara lo más posible. Poco a poco me iba acercando más a Mario, y ya
nuestros cuerpos estaban totalmente pegados. El chico olía a sudor, y yo
también. Podía sentir su aliento sobre mi nuca, pues procuré quedar de espaldas
a él. En un acto de arrojo, me eché lentamente hacia atrás como si hubiera
perdido pie, a fin de que el chico pudiera tomarme, aunque fuera de modo
involuntario, entre sus brazos. Anhelaba sentir sus manos sobre mí, como había
visto que hacía con Lorenzo. De hecho, ya envidiaba a Lorenzo desde el primer
día que había visto lo que los dos practicaban a escondidas.



Este inusitado movimiento hizo que mi cuerpo fuera a dar
contra el cuerpo de Mario, quien sin moverse, se vio obligado a tomarme con sus
manos para evitar que cayera sobre él. Y allí pude sentirlo al fin tocando mis
dos brazos sudorosos. Era maravilloso. Y aunque mi pequeño pitito ya estaba
alzado desde hacía rato, esta vez sentí cómo se estremecía y se tensaba ante el
ansiado toque de sus manos.



Sin desear apartarme de él, deliberadamente no me moví para
nada, sino que me quedé quietecito. Nunca podré decir si Mario, acostumbrado
como estaba a tener siempre a su acompañante junto a él, se reflejó en esos
momentos en mí. No lo puedo asegurar con certeza. También podría ser que, ante
la patente ausencia de Lorenzo, él anduviera caliente y deseoso de jugar, sin
tener con quien hacerlo aquella noche. Pero lo que sí puedo decir sin
equivocación es que el chico, ante la cercanía de mi presencia, no pudo evitar
abrazarme. Y lo hizo igual como había visto que siempre lo hacía con su rubio y
pequeño amante.



Impulsado de seguro por un escondido pero manifiesto deseo
por los chicos más pequeños, que evidentemente prefería, y cavilando quizás que
yo podría ser un objeto potencial para calmar sus secretos ardores, de pronto me
preguntó al oído sin soltarme para nada:



-Oye, René….¿Y cuantos años tienes tú?


-Nueve. –le dije enseguida, haciendo un esfuerzo para que no
notara mi voz quebrantada-


-Mmmm…tienes la misma edad de Lorenzo.


-Si. –le dije- Somos de la misma edad.


-Oye –me dijo- ¿Y tú no tienes una pareja con la que siempre
te escondas a jugar?


-No –le contesté- Siempre me escondo solito.


-Ah….¿Y eso por qué?


-Porque sí….aún no sé jugar con otro. –le dije
deliberadamente-



El se mantenía abrazado a mí. Aventurando la pregunta, le
dije:



-Y tú…..¿Tienes una pareja con la que siempre te escondes?


-Bueno…no tanto así. Pero acostumbro esconderme a veces con
Lorenzo.


-Ah, si….el pecoso…


-Si….pero hoy no vino. –me dijo-


-¿No? –fingí- ¿Qué le pasaría?


-No lo sé. Lo he estado esperando pero ya no vendrá. Es
tarde. Quizás venga mañana.


-Ah, si. Seguro que mañana si vendrá. –le contesté-


-Oye.


-¿Si?


-Entonces tú no has jugado nunca a solas con alguien cuando
estás escondido… ¿No es cierto?


-¿Jugado? ….¿A qué? –volví a fingir descaradamente, pero
temblando ya de deseo-


-A hacerse cositas…. A lo que siempre se hace cuando nos
escondemos.



Me di cuenta de que Mario, sin ninguna duda, estaba
explorando el terreno con sus obvias preguntas, pues éstas eran tan directas que
en seguida supe a donde quería llegar. Yo le contesté rápidamente:



-No...nunca… ¿Qué cositas? Me gustaría saber eso. –le dije,
con ganas de estimularlo para que continuara-


-Oh, pues a sacarse el pito y esas cosas –me dijo, con el
deseo brillando ya en sus ojos-


-Pues no…. pero la verdad, me gustaría aprender. –le contesté
animoso-


-Entonces dime….¿Quieres que te enseñe?


-Si….si…si quiero. Pero tú dime cómo es, porque yo no sé….


-Mira René. Todo tiene que ser como un juego. Pero lo
importante no es eso, sino guardar el secreto.


-¿Guardar el secreto?....


-Si…guardar el secreto siempre…no tienes que contárselo a
nadie. Ni a tus padres ni a nadie. Esa es la cosa. Porque si lo haces, tendrás
problemas, y ya no te dejarán venir a jugar con la pandilla…


-Ah si ya….entiendo…pero no haré eso….yo no diré nada… –le
respondí seguro-


-¿Entonces…qué dices?


-Que si. Que si quiero….y ya te dije que siempre guardaré el
secreto. –le comenté lo más rápido que pude-



Mario se lo quedó pensando unos instantes, como sopesando el
asunto, y después me susurró:



-Bueno, mira... primero hay que empezar poco a poco. Y si te
gusta, pues seguimos. Y si no, ahí lo dejamos…pero aunque no hagamos nada…de
todos modos no tienes que decir nada…¿Quieres?


-Si…está bien….pero empieza tú….yo no sé cómo se hace todo
eso –le mentí de inmediato, obnubilado ya por la calentura-



Por toda respuesta, Mario se acercó más a mi. De pronto sentí
sus piernas apretando y abrazando mis caderas. Comenzó a presionarme con fuerza,
mientras su pubis se repegaba ansiosamente a mis nalgas, restregándome el bulto
endurecido. Ambos teníamos la ropa puesta, pero aún así, sentía que el mundo se
me venía encima. ¡Tanta era mi excitación!



No tardé mucho en sentir en plenitud la dureza de su polla
restregándose fuertemente contra mi culito. Yo aproveché para cooperar lo más
que pude, echándome hacia atrás para pegarme más a él. En esas estábamos cuando
se oyó el grito de "Salgan todos".



-¡Puta madre! –dijo Mario con evidente molestia- En qué
momento hallaron al pendejo que se dejó encontrar.


-Si. –le dije- no duró nada este juego.



El se me quedó mirando intensamente. En sus ojos se
manifestaba el ardor y el deseo en toda su potencia. Fue entonces que me dijo:



-Mira, René….haremos esto…. en la siguiente, nos vemos aquí
mismo. ¿Quieres? –Me preguntó con la vista ardorosa por la brama-


-Si. –le aseguré- Aquí nos vemos.



Salimos corriendo rumbo a la base. Estando entre la bola, me
di cuenta de que el adolescente no apartaba ni un momento su vista de mí. Yo
sentía su afiebrada mirada como si fuese un fuego que me quemaba, por lo cual no
podía evitar bajar mis ojos hacia el suelo. A los pocos minutos se dio la orden
de ir a esconderse. Todo el grupo salió corriendo en tropel rumbo a la zona
boscosa.



Tomando un sendero distinto, me dirigí por un atajo hacia el
mismo lugar. Cuando llegué, Mario ya me esperaba acurrucado sobre el pasto. Sin
decir palabra, los dos nos internamos lo más adentro que pudimos, perdiéndonos
entre el denso follaje. Estábamos silenciosos, pero nuestras vibrantes
respiraciones se escuchaban claramente. Estábamos calientes y embramados,
viviendo intensamente aquel momento tan sublime. De pronto sentí que Mario, sin
ningún pudor, me tomaba en sus brazos y me apretaba contra su cuerpo. Ambos
estábamos aún de pie.



Pude sentir su bulto endurecido golpeando contra mi vientre.
Por demás está decir que mi pequeño botoncillo ya estaba plenamente enhiesto. En
seguida me dijo:



-Bueno, René, espero que esta vez sí tengamos más tiempo para
jugar.


-Si. –le respondí- Pero enséñame tú...tú dime cómo se hace…
–le respondí con ansiedad-



Por toda respuesta, Mario llevó sus manos al cierre de su
pantalón. Rápidamente sacó su polla bien parada y la agitó violentamente, y
mostrándomela me dijo:



-Así es el juego… ahora tienes que sacarte la tuya.


-Pero es que….traigo short –le dije- No tiene abertura.


-Entonces bájatelo…pero rápido. –me ordenó-



Conduje mi mano hasta la cintura y cogí el delgado resorte de
mi pantaloncillo corto, bajándomelo de prisa con todo y trusa. Mis nalgas y mi
pubis quedaron expuestos ante la vista de mi compañero de juegos. Mario me
observó con atención. Sin duda se estaba dando un banquete de ojo con mi precoz
desnudez. Y de seguro, me comparaba mentalmente con su rubio amante secreto. Al
ver su lasciva y brillante mirada, comprobé lo que ya sabía. Aquel adolescente
sentía una especial preferencia por los niños menores como yo. No pude evitar un
estremecimiento de lujuria cuando me dijo con la voz quebrada:



-Vaya, René….qué lindas nalguitas tienes….y tu pichita es
igualita a la de Lorenzo. La tienes aún muy chiquita…del mismo tamaño que la de
él.


-¿En serio? ….no….no lo sabía….–alcancé a responder
tembloroso-


-Si….pero te diré algo más. Tú eres más moreno y eso me
gusta. Ya me di cuenta de que me atraes más porque no eres rubio. –me confesó,
no sé si para acabar de convencerme-


-Qué bueno. –le respondí ansioso- ¿Y ahora qué sigue….?


-Yo te lo diré…pero tenemos que apurarnos. Anda, ven aquí.
–me urgió, sin dejar de manosear su erguido tolete-



Me acerqué lo más que pude a él. Mario, habiendo adelantado
su pubis, me dijo:



-Anda….tócala un poco…hazlo igual como viste que yo le hice…


-Sssi.



De pie como estaba, tomé su pito estremecido con mis manos y
comencé a moverlas sobre el pellejito, descubriendo una y otra vez su roja
cabeza erguida, imitando al caliente y rubio Lorenzo. Yo sentía que el piso se
hundía bajo mis pies a causa de la brama. Y no era para menos, pues era la
primera vez que tocaba la verga de otro chico.



Después de estarla sobando por un rato, y habiendo visto que
el pito de mi compañero de juegos se tensaba en todo su esplendor, éste me
ordenó:



-Ahora, ponte de rodillas y abre la boca…ábrela todo lo que
puedas.



Sin contestarle nada, me puse en la posición indicada. Abrí
mis labios a todo lo que daban y Mario, acercándome su pija, me la puso entre
los labios. Sabedor de que aquella era mi primera vez, el listo adolescente se
dio cuenta de que tenía que enseñarme a mamar. Fue por eso que me dijo con voz
queda:



-Tienes que chuparla…pero suavemente. No uses para nada los
dientes….sólo utiliza tus labios y tu lengua….chúpala como si fuera un
caramelo…pero con suavidad.



Hice lo que me pidió, y me inserté la cabeza en la boca.
Comencé a chupar aquel palpitante pedazo de carne caliente y sentía que me
desmayaba del placer. Es increíble, pero las sensaciones que se experimentan a
esa edad, aunque no lo crean, suelen ser tanto o más intensas que las que se
sienten en una relación heterosexual entre adultos.



Tratando de seguir al pie de la letra sus indicaciones, me di
a mamar su parada verga chupando golosamente su glande, hasta que el deseo y la
lujuria me llevaron a metérmela casi toda en mi boca. Mi lengua recorría los
alrededores del tronco enhiesto, y mi saliva se entremezclaba confundiéndose con
sus líquidos preseminales, que ya brotaban abundantemente.



Por varios minutos me deleité en mi iniciación de mamador,
deslizando mis labios por su pito, deseando comérmelo a causa de la lascivia tan
intensa que todo aquello me despertaba. Escuchaba los gemidos ahogados de Mario,
quien por lo visto hacía esfuerzos para no derramarse dentro de mi breve
garganta.



En esas estábamos, cuando de repente escuché que me decía
quedamente:



-Ahora suéltala…ya suéltala…quiero que te sientes sobre
mí….pero lo harás como yo te diga.



Vi que Mario se sentó sobre el pasto con el pito en ristre, y
poniéndome a modo y de espaldas a él, me ordenó:



-Ahora, bájate poco a poco…..y vete sentando sobre mí.



Para entonces, yo ya estaba con la sangre encendida,
anhelando solamente una cosa: Sentir por vez primera la verga de Mario rozando
mis nalgas. Mientras me iba agachando sobre él, ví que mi amigo escupía saliva
en sus manos y la frotaba lentamente contra su pene parado. Comprendí al punto
lo que intentaba hacerme. ¡Pero eso era lo que más deseaba!



Cuando mis nalgas chocaron con la punta de su pito, sentí la
humedad abundante y tibia que me hizo estremecer de pasión. Dándose cuenta,
Mario me preguntó:



-Dime una cosa…¿Nunca lo has hecho así?


-No….nunca…es la primera vez….


-Oh…¿De verdad?...entonces te tendrás que sentar muy
despacio…así se debe hacer cuando es la primera vez.


-Ssi. –le dije con la voz estremecida-


-Anda, mi niño….haz lo que te digo. –me dijo con ternura-



Lentamente y con tiento, me fui bajando hacia la punta de su
verga, la que muy pronto sentí tocar la puertecilla virgen de mi culito imberbe.
Pude sentir que mi amigo respiraba agitadamente, en tanto unos gemidos casi
inaudibles salían de su garganta. Pronto mi estrecha entradita se vió forzada
ante la intrusión de la cabeza de la verga de Mario. Éste, sabedor de que no me
la habían metido antes, quiso manejar las cosas con calma. De seguro no quería
arriesgarse a lastimarme, y de paso, correr el riesgo de que por esa causa se
armara un escándalo, al verme obligado a revelar la verdad a mis padres. Pero
por fortuna no fue así.



Ya veía que mi amigo tenía mucho más experiencia de la que yo
suponía, aún cuando no tendría más de 13 años. Sin duda y vistas sus
preferencias, la frecuencia de aquellos juegos secretos lo habían llevado a
experimentar con varios chicos de mi edad, y yo me imaginaba que a muchos de
ellos, él mismo los había iniciado en los candentes juegos sexuales,
rompiéndoles el culito por vez primera, como estaba a punto de suceder conmigo.



Con ese cúmulo de pensamientos en mi mente, me abandoné por
completo a las apasionadas órdenes de mi amigo, quien como tenía por costumbre,
le gustaba siempre llevar la voz cantante. Ahora que soy adulto, puedo decir con
toda certeza que Mario era el clásico macho activo, a quien sólo le gustaba
cogerse a los más pequeños. Igualmente descubrí, en ésta que fue mi primera vez,
que yo estaba destinado sin remedio a ser un homosexual pasivo; un chico al que
le gustaría en adelante recibir el placer proveniente de una verga dura y
lechosa; y sobre todo, a entregarme por completo y sin chistar a hombres de
mayor edad que yo. Pero eso lo iré relatando poco a poco más adelante.



Mario, con una parsimonia impresionante, me fue llevando paso
a paso a la consecución de sus ardientes deseos. Sentía que de repente me
quitaba su endurecido pito de la entrada del esfínter con el fin de embadurnarlo
con más saliva, para después volver a la carga, pero con suavidad. Era indudable
que el chico lo había hecho muchas veces con niños pequeños como yo. Para
entonces la raja de mi culito se hallaba toda salivosa y humedecida, y algunas
gotas de líquido resbalaban por mis nalgas estremecidas.



El momento de la verdad llegó cuando mi amigo, conociendo que
mi orificio estaba más que preparado, se echó sobre mí y me hundió por fin la
cabeza de su pene por detrás. La abertura de mi ano virgen acusó un leve
dolorcillo que me hizo apretar los dientes, pero me mantuve con decisión en la
misma posición sin proferir ningún grito, aunque no niego que deseaba hacerlo.
El chico, al darse cuenta de que había logrado penetrarme con la punta de su
parada polla, se mantuvo unos instantes quieto. Pero poco después volvió a
arremeter con soltura contra el breve orificio de mi pequeño y ansioso culo.



Poco a poco sentí deslizarse su pene endurecido por mi
apretado conducto, transformándose las primarias molestias en deleitosos
espasmos de placer. Fue por eso que no pude evitar decirle:



-Ay, Mario…qué rico siento….qué rico
sientoooo….así…así…más…más…métemela un poquito más…quiero más…quiero mássss…



Al escuchar mis ansiosos grititos de aprobación, mi amigo ya
no tuvo tanto cuidado y comenzó a empujar su verga con más fuerza dentro de mi
rajita. La daga de carne se fue hundiendo sin misericordia en el interior de mi
pasadizo secreto, desgarrando lentamente y para siempre las virginales paredes
interiores de mi recto.



El adolescente, después de haber logrado penetrarme hasta los
huevos, inició el típico movimiento ondulatorio de sus caderas, tal y como lo
había visto hacerle tantas veces a Lorenzo. Yo, menos avispado que él,
permanecía quieto. Fue por eso que me dijo:



-Ahora, muévete…pero muévete lento…no tan rápido…poquito a
poquito.



Empecé el suave movimiento de mis nalgas, como intentando
imitar al pequeño rubio cuando estaba siendo culeado. Sentía la verga de Mario
totalmente acoplada con mi laberinto trasero, y mis paredes interiores apretaban
febrilmente aquel pedazo de carne caliente que me tenía traspasado. ¡Era genial!
Tal como lo había supuesto en mis más calenturientas cavilaciones, eran las
ricas y tremendas sensaciones las que hacían que Lorenzo le diera siempre el
culo a Mario, gozándose mutuamente en sus entregas secretas. Su verga era
exquisita y dura. Y ahora yo, al sentirme penetrado hasta el tope, comprobaba en
carne propia la razón por la cual la mayoría de los chicos del grupo practicaban
todos aquellos jueguitos a escondidas.



Todo esto que comento sucedió en menos de treinta minutos, y
seguramente inducido por el apretamiento de mi culo recién desvirgado, Mario no
pudo contenerse más y se desbordó en abundantes ríos de leche, llenándome de
líquidos tibios y pegajosos hasta lo más profundo de mis entrañas, al tiempo que
yo recibía gozoso todo el torrente seminal
 

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Relato: Juegos Secretos
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